My shining Star
Quiero cogerte de la mano / I want to hold your hand
Quiero cogerte de la mano /
I want to hold your hand
¿Se había ido? ¿Así, sin más?
Se quedó quieto en medio del salón, esforzándose por respirar. El sonido del aire entrando y saliendo de sus pulmones resonaba estruendoso en el silencioso piso.
¿Mike se había marchado?
No podía ser cierto.
Se llevó las manos al pecho y se lo apretó con fuerza.
—No…
¡Dios, cómo dolía!
No había servido de nada abrirle su corazón, aparentemente.
¿Era tarde ya?
Estaba confundido. Por un instante pensó que todo iba a ir bien. Eso era lo que había podido interpretar de los gestos de Mike, de su mirada, de su tono…
Entonces, ¿por qué se había marchado?
«No te precipites, Simón. Ha dicho que va a volver», le dijo una voz tranquilizadora en su interior.
Pero ¿dónde había ido?
Se llevó las manos a la cabeza y las enterró en su pelo, alborotándoselo, mientras comenzaba a dar pequeños paseos erráticos por el piso.
Apenas podía controlar la emoción que se derramaba por todos los poros de su cuerpo. El simple hecho de poder mirarle había sido enorme. Y el poder sentir su piel bajo la palma de su mano y su calor corporal tan cerca de él… ¡Qué guapo estaba!
Un sonido llegó hasta él. Era su móvil que había dejado antes sobre la mesa. Se acercó y lo cogió. Era un escueto mensaje de Mike.
Baja a la calle.
Su corazón se desacompasó.
No se entretuvo nada más que en coger sus llaves. Cerró la puerta y bajó por las escaleras, tomando de dos en dos los escalones. La ansiedad recorría sus venas y proporcionaba alas a sus pies.
La calle estaba desierta. Miró a derecha y a izquierda, pero no vio a nadie.
De pronto, un breve pitido de un coche negro que había aparcado en doble fila le llevó a dirigir la vista hacia allí. Tenía las ventanas tintadas, pero la del pasajero se abrió y pudo ver a Mike sentado frente al volante.
¿Mike tenía coche?
Intrigado, se subió al vehículo. Era una berlina de lujo con asientos de cuero tostado, equipada con todas las comodidades. No se había fijado en qué tipo de coche era, pero el emblema de BMW sobre el volante le desveló la marca.
—Ponte el cinturón —le dijo Mike con suavidad.
Simón le obedeció. Estaba algo perplejo.
—¿Dónde vamos?
—Es una sorpresa. Es tu regalo de cumpleaños.
Con el corazón a punto de salírsele por la boca, aceptó aquella respuesta sin replicar. Sus ojos se dirigieron hacia la pantalla del navegador. Allí aparecía que faltaban cuatro horas y media para llegar hasta su destino.
Frunció el ceño.
Mike le lanzó una mirada de reojo mientras arrancaba. Sabía que Simón estaba inquieto. Su brusca partida del apartamento tenía que haberle dejado estupefacto. Tragó saliva. A pesar de que ya no estaba tan conmovido como antes, todavía no había sido capaz de controlar sus emociones del todo. Fijó la vista en la carretera.
Transcurrieron unos cuantos segundos en los que ninguno dijo nada.
—¿Y este coche? —preguntó Simón al fin.
—Lo he alquilado en el aeropuerto.
—Ah…
Otro silencio.
A pesar de que era muy consciente de la presencia de Simón a su lado, Mike trató de concentrarse en la conducción. No quería despistarse.
—El navegador dice que vamos a tardar más de cuatro horas en llegar a nuestro destino. —Su curiosidad era evidente—. ¿Te va a dar tiempo a regresar mañana para coger tu avión?
—No me voy mañana.
Un jadeo siguió a esa declaración.
—¿No te vas? —preguntó Simón con una ligera entonación esperanzada.
—No.
—Esa es… una buena noticia… —murmuró.
Mike giró la cabeza y le miró. Simón tenía los ojos cerrados
—Voy a quedarme unos días, hasta que…
Se interrumpió unos segundos mientras ponía el intermitente y accedía a la M-30, siguiendo las indicaciones de la femenina voz del navegador. El tráfico allí era bastante fluido.
—… hasta que tú y yo lo arreglemos todo —terminó con voz ronca.
Simón asintió sin decir nada. Su estómago estaba lleno de mariposas que danzaban alocadamente cada vez que Mike pronunciaba una frase.
—¿Quieres escuchar algo de música? —le preguntó Mike.
A Simón le hubiera gustado rechazar el ofrecimiento. Hubiese preferido hablar con él. Tenía mil preguntas en la punta de la lengua, pero no quería molestarle; parecía muy concentrado en la carretera.
—Está bien —aceptó.
Poco después, la voz de Michael Bublé emergía de los altavoces. Era Feeling good.
¿En serio?
—¿Es la radio? —preguntó.
—Sí —repuso Mike, risueño—. Supongo que el destino nos lo quiere poner fácil.
Al ritmo de esa canción habían bailado en su piso, con sus corazones latiendo al unísono y sus lenguas enredadas en un beso sin fin. Simón bajó los párpados, dominado por la emoción. No pudo resistirse más y aquellas palabras que llevaba tanto rato deseando de pronunciar salieron de él a toda velocidad.
—Me prometí que, si alguna vez volvía a verte o a hablar contigo te pediría perdón y, cuando por fin te he tenido frente a mí, ni siquiera he sabido cómo decirlo. Soy un idiota…
Mike tardó en contestar.
—Lo eres —dijo al fin.
—Te fallé. Tenía que haber confiado en ti y haberlo hablado contigo en lugar de decirte todas esas cosas que te dije. Te hice daño y me arrepiento de ello. Durante todos estos meses no me he podido quitar de la cabeza tu cara, aquella noche, cuando te estaba diciendo que lo nuestro se había terminado… Creo que hice algo imperdonable.
El silencio siguió a esa declaración. Simón notaba su garganta estrechándose por momentos y tragó saliva para deshacer el nudo que amenazaba con ahogarle. Enterró las manos en el regazo mientras sus ojos se clavaban en el salpicadero.
—Yo ya te perdoné hace tiempo —dijo Mike con voz suave—. ¿Por qué crees que compuse esa canción? Es nuestra historia y cada palabra de ella es cierta. Antes, en tu piso, he dicho muchas estupideces porque estaba cabreado por el mensaje de la tía esa y por tu actitud. Parecías tan insensible…
—¿Insensible? Me estaba rompiendo por dentro —confesó—. La culpa me paralizaba.
—Ah, Simón…
—¿Por qué te has ido del apartamento, de repente?
—Porque iba a llorar y no quería que me vieras así.
Simón se llevó una mano al cuello, abrumado.
—¿Por qué eres tan honesto cuando yo fui tan cobarde y mentiroso? —
suspiró.
—El amor es lo que tiene, Simón —respondió, encogiéndose de hombros.
—Pareces más adulto que yo —murmuró con admiración.
Mike se rio.
—¿De qué sirve engañarse uno mismo y engañar a la persona que uno quiere? Estoy enamorado de ti. Nunca, en ningún momento, he dejado de pensar en ti durante el tiempo que hemos estado separados. Admitirlo no me cuesta nada.
Simón soltó un gemido ahogado.
—Eres… increíble.
—No. Lo increíble es lo que nos ha pasado, Simón. ¿Crees que es algo normal que dos personas tan distintas se conozcan por casualidad, compartan un breve y perfecto espacio de tiempo y decidan que quieren
estar juntas incluso arriesgando su forma de vida? Yo creo que es algo especial y único.
—El que arriesga su forma de vida eres tú —resopló—. Yo arriesgo poco.
—Espera a ver lo que significa ser la pareja de Mike Allen. Todavía te arrepentirás de tus palabras —dijo y añadió con fiereza—: pero no pienses que puedes dejarme. Tienes que quedarte conmigo.
Simón le miró con decisión.
—No voy a arrepentirme de nada. Estoy decidido a seguir adelante, sea como sea. Ya he perdido demasiado tiempo.
—¿Entonces ya no tienes miedo de joder mi carrera?
—Sé que si algo se tuerce, tú serás capaz de arreglarlo. Confío en ti.
Mike giró la cabeza y le miró también. El contorno de su rostro apenas era visible en la oscuridad del vehículo; no obstante, todo en la postura de Simón parecía mostrar su firme determinación.
—Creo que no puedo seguir conduciendo si seguimos hablando en estos términos —masculló.
—¿Quieres que conduzca yo? —propuso Simón.
—Tú tampoco vas a poder conducir.
—¿Por?
—Resultaría difícil que lo hicieras mientras te estoy besando.
Mientras decía eso, accionó el intermitente. Acababa de ver un cartel que indicaba que había un área de descanso a unos quinientos metros.
Solo había tres o cuatro camiones estacionados allí. Él se dirigió hacia la zona de turismos, algo más alejada, y detuvo el coche junto a la silueta de un árbol. Apagó el motor.
La radio siguió sonando de fondo.
La penumbra en el interior del vehículo no era completa debido a la consola iluminada y a la fina tira de LED del techo; no obstante, el juego de luces y sombras creaba un extraño patrón sobre la cara de Simón. Mike se entretuvo contemplándole antes de hablar.
—Te he echado mucho de menos, Simón. Estos meses se me han hecho eternos sin ti. Si no hubiera sido por tu hermana…
—¿Mi hermana? —inquirió con el ceño fruncido.
—Sí, Paola me ha enviado fotos tuyas, y me ha mantenido informado sobre cómo estabas.
—¡No lo puedo creer! —resopló lleno de indignación.
¡Paola había estado en contacto con Mike todo el tiempo! Y no le había dicho ni una palabra. Ella sabía lo mal que lo había pasado y se lo había ocultado. Era difícil de digerir que le hubiera traicionado así.
—No se lo tengas en cuenta —dijo Mike con un ademán—. Es culpa mía. Yo le hice prometer que no te diría nada.
—¡Pero es mi hermana…!
—Sí, pero ella solo quería ayudar y que resolviéramos nuestros problemas. Cuando me marché a Londres estaba hecho polvo. No conseguía entender por qué habías cortado conmigo y de esa manera… Pasé unos días bastante jodidos. Llamé a Paola para preguntarle por ti, porque no podía no saber nada de ti —continuó—. Aunque es verdad que Andrew me confesó todo después, fue gracias a tu hermana que me enteré de que mi mánager fue a verte y de que te contó una serie de mentiras y verdades a medias… Me sentí doblemente traicionado, por él y por ti, la verdad.
El calor acudió a las mejillas de Simón producto de la culpa.
—Cuando descubrí que me habías dejado para no perjudicarme, pero que todavía seguías sintiendo algo por mí, decidí que esperaría hasta que contactaras conmigo. Pero joder, tardabas tanto… —se interrumpió y su vista se dirigió hacia el frente.
—Pensé que me habías olvidado y habías pasado página, Mike —dijo Simón meneando la cabeza—. Todas las fotos que veía en tus redes te mostraban siempre tan alegre y rodeado de gente. Incluso se rumoreaba que estabas saliendo con alguien…
—Fue todo un show para que me echaras de menos, para que te dieras cuenta de lo que habías perdido —repuso—. Lo del rumor de mi relación con Sunny se lo inventó la prensa. Solo somos amigos. La mayor parte de las veces no aguantaba ni diez minutos en todas esas fiestas y me largaba a casa. Llamaba a Paola para que me hablara de ti —se rio con desdén.
Simón enterró la cara en las manos y gimió.
—Yo había perdido la esperanza y pensaba que ya no había nada entre nosotros. Si no hubiese sido por la canción… El día que la escuché fue como si…, como si… —se detuvo con el corazón encogido. Le faltaban las palabras—. Creo que nunca me había sentido así antes. Estaba solo en casa y fui siguiendo la letra mientras contemplaba tu cara en la pantalla del ordenador y… —se le rompió la voz al recordarlo.
Notó la mano de Mike deslizándose por su pierna hasta que cubrió la suya, que tenía apoyada sobre la rodilla. El tacto le pareció reconfortante.
—Sabía que no me habías olvidado gracias a Paola, pero tu falta de reacción todos esos meses me tenía aturdido —prosiguió Mike—. La canción era mi última oportunidad. Era lo único que me quedaba para que reaccionaras. Si no me hubieras llamado, no sé qué habría hecho… Yo…
quería que fueras tú quien diera el primer paso… El orgullo me impedía darlo a mí…
Simón guardó silencio. Entendía muy bien cómo se había sentido Mike.
Él era el que se había comportado como un imbécil.
—Soy un cobarde —gimió—. No sé qué narices ves en mí.
Mike apretó su mano ligeramente y Simón le miró de frente. Sus ojos azules, apenas iluminados por la luz de la consola, brillaban risueños.
Todo él brillaba.
Era el jodido Mike Allen, ¿cómo no iba a brillar?
—Yo tampoco —se rio Mike.
Esa risa distendió el ambiente que se había convertido en algo pesado.
Simón sintió una explosión de efervescente entusiasmo en el pecho.
—Estoy enamorado de ti —confesó.
—Lo sé —respondió Mike con sencillez—. Pero quiero más que eso.
—Dime qué quieres —le pidió.
—Quiero que me abraces y me susurres al oído que estás loco por mí, que no has podido dejar de pensar en mí ni un instante en todos estos meses. Quiero que me digas que no puedes vivir sin mí —jadeó—. Y luego, después de que me hayas dicho todo eso, quiero que me beses como si fuera lo último que vas a hacer en tu vida. Eso quiero.
Simón se pasó la lengua por los labios y Mike siguió el gesto con avidez.
Entonces, Simón se desabrochó el cinturón de seguridad, acercó su cuerpo al de él y enroscó sus brazos en torno a su cuello con fiereza. Mike pudo sentir el aliento cálido de su respiración justo bajo el lóbulo de su oreja y sus dedos enredándose en su melena, a la altura de su nuca. Se estremeció.
—Estoy loco por ti. No he podido dejar de pensar en ti en ningún momento desde que te fuiste. No puedo ni quiero vivir sin ti.
Todas y cada una de las palabras que iban surgiendo de la boca de Simón, entrecortadas y sibilantes, iban filtrándose dentro de Mike y se le iban clavando en el corazón que había comenzado a latir a una velocidad absurda.
Exactamente lo que quería escuchar.
Mike rompió el abrazo y le miró con intensidad.
—Mi mente fantaseaba con esto constantemente —dijo sin aliento mirando los ojos de Simón que refulgían cargados de pasión—. Lleva haciéndolo meses…
Simón se mordió el labio inferior. Él sí que fantaseaba con Mike. Con sus dedos delgados que le acariciaban. Con su boca preciosa que le besaba.
Con su lengua ardiente. Con sus ojos que no se apartaban de los suyos.
—¿Qué estás pensando que tu mirada desprende fuego? —inquirió Mike
—. Estás rojo como si fueras a arder de un momento a otro.
—Hace calor dentro del coche… Eso es…
No pudo seguir hablando porque Mike se abalanzó sobre él y se apoderó de su boca con violencia.
—No quiero follarte aquí en el coche como si fuéramos unos críos que no tienen otro lugar al que ir, pero si sigues mirándome así, lo haré —gimió entre beso y beso.
Simón se estremeció.
La postura no era la más cómoda del mundo con la distancia que había entre los asientos y la palanca de cambios entre ellos, pero de algún modo logró que su cuerpo se amoldara al de Mike. Cada protuberancia y espacio parecieron encontrar su sitio, como si hubiese sido creado en exclusiva para él. Su mano terminó sobre su vientre donde comenzaba a manifestarse su erección.
Iba pareja a la suya.
También su miembro había despertado.
Demasiado tiempo sin saciar su hambre.
—Estoy excitado —murmuró.
—Yo también —repuso Mike.
No había nada que deseara más que poseer a Simón. Siete meses sin él eran muchos meses, pero era muy consciente del lugar donde se encontraban.
—Tenemos que parar —dijo con reticencia.
Simón gimió desencantado.
Y Mike se rio contra su boca.
—Si eres capaz de aguantar unas pocas horas, hay un sitio en el que deseo estar contigo cuando amanezca —susurró, colocándose los vaqueros y acomodándose en su asiento.
—Aguantaré. Qué remedio…
—Sí que me has echado de menos —dijo con algo de ironía.
—Ni te lo imaginas —dijo Simón torciendo el gesto.
Mike arrancó el coche y volvieron a ponerse en marcha. Justo cuando abandonaban el área de descanso e iban a acceder a la autovía, la radio comenzó a emitir los acordes de una famosa canción. Una sonrisa apareció en sus labios al escucharla. Subió el volumen.
—Habrá que hacerle caso a la puñetera canción, ¿no? —murmuró mientras le tendía la mano a Simón.
Este dejó escapar una breve risa feliz y no tardó en entrelazar los dedos con los suyos. Mike le apretó la mano, dando gracias al cielo por que el coche fuese automático. Le miró de reojo. Simón le contemplaba con los ojos chispeantes.
—No me mires así o no vamos a llegar a ningún sitio —dijo—. Bueno, quizá consigamos llegar hasta la próxima gasolinera.
Una sonrisa burbujeante curvó los labios de Simón y volvió a mirar al frente.
La mano de Mike era cálida y firme.
La noche se extendía ante ellos mientras en la radio sonaba I want to hold your hand de los Beatles.
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