My shining Star

Laura Sanz · Capítulo 8 de 42

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My shining Star

El paquete / The package

El paquete /

The package

—Simón.

Estaba a punto de introducir la llave en la puerta de su piso cuando la voz de Paz, su vecina de enfrente, le sobresaltó. Se dio la vuelta.

—Un mensajero ha traído algo para ti esta tarde. Como no estabas lo he cogido yo y he firmado —dijo, saliendo al descansillo de la escalera.

—Oh, muchas gracias, Paz.

—Nada, hijo, nada. Para qué estamos los vecinos —sonrió y le dio un paquete de generosas dimensiones.

Simón le devolvió la sonrisa. Tenía suerte de poder contar con ella. Era un verdadero encanto. Había enviudado hacía unos años y vivía sola.

Siempre se hacían pequeños favores.

—¿Cómo van las cosas?

—Muy bien, gracias. ¿Y tu hija, qué tal le va en el nuevo trabajo?

—Muy bien. Está muy contenta y tiene más tiempo libre ahora. Que pases buena noche.

—Buenas noches, Paz.

Ella volvió a su casa, cerrando la puerta con suavidad.

Quizá era por su carácter introvertido, tan semejante al de él, que se llevaba bien con ella. Era mujer de pocas palabras.

Accedió al interior de su piso y encendió la luz. Rico salió a recibirle y se frotó contra sus piernas mientras elevaba la esponjosa cola en el aire. Se agachó y le acarició entre las orejas. El gato le miró con sus enormes ojos azules.

—Hola —le saludó con afecto—. ¿Me has echado de menos?

Un ronroneo perfectamente audible llegó hasta sus oídos.

Se incorporó y dejó las llaves sobre la mesita que había junto a la puerta.

También iba a dejar allí el paquete, pero el remitente le llamó la atención.

No aparecía el nombre de ninguna persona que él conociera; provenía de un

famoso hotel de lujo situado en el Paseo de la Castellana. Frunció el ceño, confuso. ¿Sería algo para la academia? ¿Algún cliente? No solía recibir paquetes en casa; todas las empresas con las que trabajaban tenían la dirección de la escuela.

Dejó la mochila en el suelo y se dirigió a la cocina a coger unas tijeras para cortar el precinto de la caja. Se sentó en el sofá y lo hizo con movimientos rápidos. Cuando la abrió y vio el envoltorio blanco sobre el que destacaban unas gruesas letras negras, rápidamente supo quién lo había enviado.

Mike Allen.

Extrajo la bolsa que llevaba estampada la marca de su cazadora y la dejó a un lado. No se molestó en abrirla; estaba seguro de cuál era el contenido.

Debajo, envueltos en papel de burbujas, encontró unos CD, camisetas, pegatinas, chapas, llaveros, dos gorras y hasta una caja con vasos de chupito. Todo ello con el logotipo de los CFB.

Con la frente arrugada, fue dejando todo en la mesita baja que tenía delante.

Al fondo de la caja apareció un sobre blanco que llevaba su nombre escrito con rotulador negro. Simon. Sin tilde. Lo abrió y sacó un folio que había dentro con el membrete del hotel.

Lamento mucho haberte hecho sentir incómodo en el concierto. Muchas gracias por apoyar a los CFB. Saludos. Mike

Una disculpa escueta y totalmente impersonal. En español.

Estaba claro que la caja con todas aquellas chorradas no la había preparado él, pero la misiva sí parecía provenir de su puño y letra. Aunque, qué sabía él cómo era la caligrafía de Mike Allen. Quizá también había encargado que su asistente escribiera aquello.

Se quedó mirando el folio con sentimientos encontrados. Había tratado de borrar de su memoria el incidente de hacía dos noches, restándole importancia. Sí, fueron unos cuantos minutos de incomodidad, pero ya habían quedado atrás y no quería volver a recordarlos. No obstante, el que hubiera llegado una disculpa, ya fuese personal o escrita por algún empleado, le hacía sentir un pellizquito de satisfacción.

Desvió la vista hacia los objetos promocionales y torció la boca. ¿Qué iba a hacer él con todas esas cosas inútiles? Dárselas a su hermana no era

una opción. No si no deseaba que ella descubriera lo del percance de la cazadora.

Por el momento las conservaría y ya vería más adelante, decidió.

Guardó el folio en el sobre y metió este y todo lo demás en la caja. Se acercó con ella al dormitorio y la empujó debajo de la cama. Luego cogió la bolsa que contenía la cazadora nueva y la abrió. Era una prenda igual a la que ya poseía, solo que esa todavía llevaba las etiquetas. La colgó en el armario, junto a la otra.

Se quedó parado en medio de la habitación acariciándose la nuca. Se sentía extraño, aunque no sabía muy bien a qué se debía. En un impulso, se sacó el móvil del bolsillo y accedió a la galería de imágenes. Abrió la última y la amplió centrándose en el rostro de Mike. No había vuelto a hacerlo desde la noche del concierto.

Estaba ensimismado contemplando la foto cuando el aparato comenzó a sonar en su mano, alarmándole.

Era Paola.

—Hola —respondió.

—¿Acabas de llegar a casa?

—¿Tienes cámaras puestas en mi piso o algo?

—Es simple deducción. He pasado hace diez minutos por tu calle y las luces de tu piso estaban apagadas y ahora he vuelto a pasar y están encendidas.

—¿Estás por aquí? ¿Vas a subir?

—No. He quedado con una amiga a cenar en un restaurante que hay aquí al lado.

—¿Para qué me llamas? —le preguntó. Se dirigió al sofá y se sentó en él.

—He llegado demasiado pronto y estoy sola. Y me aburría. Además, no hemos hablado desde el sábado por la noche. Ayer tuve un lío con la puerta del garaje que ya te contaré. Y hoy, como me tocaba ir al hotel Cienvillas…

El Cienvillas era uno de los hoteles de Laureano Reyes, donde Paola impartía clases a sus empleados una vez a la semana.

—¿Has visto a Reyes?

—Sí, y le he dado las gracias por lo del pase VIP. Gracias a Dios estaba con un socio suyo y no ha tenido tiempo de quedarse a hablar conmigo. Es tan pegajoso…

Rico se subió al sofá y se tumbó encima de su pecho. Simón le acarició la barbilla.

—Por cierto, como no te he visto no te he podido contar que ayer saliste en la tele —dijo y expelió una pequeña carcajada—. Bueno, tu nombre, al menos.

—¿Y eso? —preguntó con un tono distraído.

Solo la escuchaba a medias, tenía la mente puesta en otro sitio, más concretamente en qué iba a hacerse de cena.

—Mike Allen te mencionó en la rueda de prensa que dieron ayer por la tarde.

Se incorporó con brusquedad, apartando a Rico, que le lanzó una mirada cargada de reproche.

—Eh… ¿cómo has dicho?

—Como vives en tu mundo particular, no te enteras de nada… —

murmuró ella al otro lado de la línea—. Es que después del concierto y de la canción que te dedicó, unas cuantas revistas digitales empezaron a comentar que si tenía un lío con un tío de Madrid, que si había salido del armario…

Se llevó una mano al pelo, alborotándoselo.

—En la rueda de prensa le preguntaron sobre eso —se rio ella con fuerza—. Te juro que casi me muero cuando lo vi. ¡Mi hermano en boca de los periodistas! Bueno, no tú, sino un desconocido llamado Simón. —Soltó otra risa todavía más potente que la anterior—. Vamos que Mike lo negó todo y dijo que solo fue una broma. Que había hecho una apuesta con los otros miembros del grupo. Y poco más.

Simón bajó los párpados.

A pesar de que ya lo había sospechado, en el fondo le jodía un poco haber sido el objeto de la burla de ese niñato. Sus ojos se dirigieron hacia la caja de cartón que asomaba por debajo de su cama.

Dentro estaba la disculpa.

—Supongo que piensan que por ser famosos pueden hacer cualquier cosa, que están por encima del bien y del mal.

—Son gamberros, pero de buen rollo —continuó ella—. Mike es un poco estrafalario y siempre hay gente inventando rumores sobre él, pero no es de esos grupos que van por ahí destrozando habitaciones de hotel y montándola. Son majos.

—Sí. Majísimos —resopló él con sarcasmo.

—Solo fue una broma y no fue para tanto.

—Paso de seguir hablando de ellos.

—¿Estás de mal humor?

—Estoy cansado. Mira la hora que es y acabo de llegar a casa.

—Es que no sé por qué has abierto tantos grupos nuevos este mes —le regañó ella.

«Porque estamos arruinados y necesitamos el dinero».

—Porque se ha presentado mucha gente.

—Seguro que luego se rajan como pasa siempre. Mientras tanto, delega.

Pásale algún grupo a Marie o a John.

«Entonces tendría que pagarles las horas y los que necesitamos el dinero desesperadamente somos nosotros».

Marie y John eran profesores freelancer 9 que acudían a la escuela a trabajar por horas cuando se les necesitaba. Marie, además de francés, también hablaba alemán. Y John se ocupaba de los grupos de inglés.

—Me lo voy a pensar —dijo, tratando de zanjar el tema.

—Si quieres… Oh, veo a mi amiga que está aparcando. Te dejo, ¿vale?

Mañana nos vemos en la academia.

Ni siquiera tuvo tiempo de despedirse porque ella ya había colgado.

Dejó el móvil sobre la mesita y se puso de pie, meneando la cabeza.

Rico se restregó contra su pierna derecha mientras emitía un maullido.

—Deja que me cambie de ropa y haga la cena y nos sentamos a ver una película —le dijo. Se había acostumbrado a hablar con él en voz alta—.

¿Has escuchado a tu tía defendiendo al impresentable ese? —preguntó al aire mientras se dirigía al dormitorio—. Pues se ha quedado sin camisetas, sin gorras, sin pegatinas y sin vasos de chupito —añadió, lanzándole un guiño al gato que le seguía con su elegante cola levantada.

Se puso unos pantalones cortos y una camiseta. Luego fue a la cocina y, en solo unos minutos, logró montar una ensalada con los ingredientes que encontró en el frigorífico.

Tomó asiento en el sofá, dejó que Rico se subiera a su regazo y empezó a comer, al tiempo que encendía su portátil. Navegó un poco por internet leyendo noticias hasta que la curiosidad pudo con él. Había intentado reprimirse, pero sucumbió.

Tecleó las tres letras.

CFB.

La primera noticia de todas era de un tabloide inglés, y más que reveladora.

Mike Allenś Outing! 10

Abrió el enlace y leyó la sarta de estupideces que aparecían en el artículo. Se mencionaba el concierto en Madrid y a un tal Simon —sin tilde

—que, aparentemente, era el novio secreto de Mike Allen.

—Por favor, qué gilipollez.

También había un vídeo de YouTube con la rueda de prensa del día anterior. Lo puso. Mike estaba sentado en el centro de la alargada mesa. A su derecha tenía a dos de sus compañeros, a su izquierda al otro y al que debía de ser su mánager. Llevaba el pelo suelto sobre los hombros y vestía de blanco.

«Como un puñetero ángel», pensó Simón, fascinado por su apariencia, muy a su pesar.

Fue pasando el vídeo hasta que llegó al trozo en el que le preguntaban por lo sucedido en la Sala Avenida. Con un aire despreocupado y una sonrisa capaz de deslumbrar al sol contestó al periodista que todo se trataba de una apuesta que había hecho con sus compañeros. Las risas fueron generalizadas.

Simón le dio a la pausa y se terminó la ensalada mientras contemplaba la imagen estática, pensativo. No sabía qué tenía aquel tipo, pero su físico le atraía como un imán.

No tardó en dejar el plato a un lado y abrir otra pestaña. Puso su nombre en el buscador y accedió a su biografía. Mike Allen había nacido en Manchester hacía veinticuatro años.

«Veinticuatro años. Ocho años menos que yo».

No era de extrañar que todavía siguiera haciendo travesuras.

Fue su gato el que le sacó de su ensimismamiento cuando se bajó de su regazo y comenzó a maullar.

Agitó la cabeza y cerró el portátil de golpe.

—Tienes razón —dijo en voz alta—. Se acabó seguir pensando en tonterías.

Se levantó y se llevó el plato a la cocina. Lo enjuagó y lo metió al lavaplatos. Regresó con una copa de vino tinto y se acercó a la estantería.

Repasó con el dedo las fundas de los DVD, leyendo los títulos en voz baja.

—Eh, ¿quieres que veamos La fiera de mi niña? —Se dio media vuelta y miró a Rico, que se había hecho un ovillo en un extremo del sofá—. Sé que te encanta el leopardo y a mí me gusta la pareja que hacen Cary Grant y Katherine Hepburn, así que vamos sobre seguro con esa película. ¿Te parece?

Segundos después tomaba asiento y le daba al play mientras sorbía su vino con parsimonia, dispuesto a pasar una noche tranquila en casa.

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