My shining Star
Felices para siempre / Happily ever after
Felices para siempre /
Happily ever after
—Despierta.
Mike apoyó la mano sobre el hombro de Simón y le sacudió con ligereza.
—¿Dónde estamos? —preguntó este con voz somnolienta, parpadeando.
—Hemos llegado a nuestro destino.
Simón abrió los ojos del todo, pero no pudo ver gran cosa, solo la figura de Mike al lado del coche. Seguía siendo más de noche que de día. Olfateó con curiosidad y el olor a mar le entró por las fosas nasales.
—¿Estamos en la playa?
—Sí —repuso Mike con una sonrisa deslumbrante, cogiendo su mano y tirando de él para sacarle del coche.
Simón paseó la vista por el entorno. Habían aparcado frente a un chalet de grandes dimensiones rodeado por palmeras. La grisácea oscuridad impedía ver mucho más. Solo vegetación a un lado y al otro.
—¿Dónde estamos?
—En un pueblecito de la costa mediterránea. Se llama Moraira.
—¿Moraira? Está en Alicante, ¿no?
—Sí.
—¿Y qué hacemos aquí?
—Reconciliarnos y celebrar tu cumpleaños —le lanzó Mike con una risa.
Estaba sacando una bolsa de viaje y una mochila del maletero. Llevaba también una bolsa de plástico en la mano.
—¿Cuántos días vamos a quedarnos? —preguntó Simón todavía confuso, acercándose y tendiendo la mano para cogerle la mochila—.
Porque no he traído ni ropa ni cepillo de dientes ni nada, y tengo que estar en la escuela el lunes.
—Está todo solucionado. He cogido también algunas cosas para ti. Y
por el trabajo, no te preocupes, ya lo he hablado con Paola…
Simón resopló. Su hermana la traidora…
—Mira detrás de la tercera maceta de la derecha —continuó Mike—, y busca la llave de la puerta. Claudia me ha dicho que el de la agencia la ha puesto ahí.
Simón le obedeció. En efecto, detrás de la enorme maceta blanca, en un sobre color café, estaba la llave.
—¿Cuándo has organizado todo esto? —le preguntó con suma curiosidad.
—Lo ha hecho mi asistente desde Londres.
Simón iba a replicar algo, pero no pudo porque Mike se acercó a él por la espalda y le abrazó por el talle. Con la mano que tenía libre le obligó a girar la cara y depositó un beso sobre la comisura de sus labios.
—Tenía muchas ganas de estar contigo y de besarte —le dijo al oído.
—Yo también.
Mike soltó un suspiro y le quitó la llave de la mano.
—Tenemos que darnos prisa. Son ya las seis. Hemos tardado más de lo que pensaba porque he parado en la última gasolinera a comprar café y a estirar las piernas.
—Haberme despertado —protestó.
—Estabas dormido y no quería molestarte.
El interior del chalet olía a pino y a algún producto más, como si alguien acabara de pasar por allí y lo hubiera limpiado. Encendieron la luz y un espacioso salón con suelo de mármol blanco y lujosamente amueblado apareció ante ellos.
—Impresionante —murmuró Simón.
—Esto no es nada. Espera —le dijo Mike dirigiéndose hacia la puerta de la terraza.
Descorrió las cortinas azules y, a solo unos metros de distancia, una piscina infinita iluminada se mostró ante sus ojos.
—¡Oh, Dios mío! —La voz de Simón llena de asombro le hizo volver la cabeza.
—¿Qué te parece?
—Es perfecto —dijo este, maravillado, al tiempo que accedía al exterior y bajaba los dos escalones que conducían a la piscina.
Mike sonrió para sus adentros. Solo había visto el chalet en fotos, pero al natural era igual que en las imágenes. Sabía que Simón se iba a enamorar de la casa, tal y como se había enamorado él. Parecía suspendida sobre el mar y estaba a solo cien metros de una pequeña playita privada, a la que se accedía por una escalera al otro lado del jardín.
Se sacó el móvil del bolsillo y miró la hora. Solo faltaba media hora para que amaneciera. Tenían el tiempo justo para dejar las cosas en el dormitorio, cambiarse y calentar el café.
—Simón —le llamó—. Voy a dejar esto en la habitación. Si quieres, busca la cocina y calienta los cafés. Tiene que haber un microondas.
Cuando Simón se acercó, le tendió la bolsa de plástico.
—Mike, estoy alucinando con esta casa. Es grandiosa. Tiene que haberte costado una fortuna alquilarla.
—¿Alquilarla? —se rio—. La he comprado.
Simón se detuvo de repente con los ojos abiertos como platos. Su mandíbula también se relajó.
—¿Cómo? Pero, pero… esto tiene que ser carísimo…
Mike arqueó ambas cejas.
—Sabes que soy millonario, ¿no?
—A veces se me olvida —farfulló.
Mike le pasó un brazo por encima de los hombros y le besó en la sien.
—Luego inspeccionamos la casa. Tenemos algo menos de media hora hasta que amanezca. Eso era lo que quería hacer contigo. Ver amanecer en la playa —le susurró.
Aspiró fuerte y su aroma, ese que tanto había echado de menos, le entró por la nariz. Estuvo a punto de liberar un suave gemido.
Simón giró la cara y le besó. Estaba conmocionado. Las sorpresas se sucedían una tras otra. No sabía ni qué decir.
Mike era simplemente perfecto.
—Eres el mejor —le dijo.
—Pues claro.
Ambos se sonrieron.
—Voy a buscar la cocina —dijo, apartándose de él.
—No creo que el café sea muy bueno, pero no había otra cosa. —Mike se encogió de hombros—. Voy a dejar el equipaje en el dormitorio. He traído bañadores para los dos. ¿Tienes frío o saco el tuyo también?
—En cuanto salga el sol seguro que la temperatura sube, sácalo.
—Vale, pero solo si te cambias delante de mí.
—¡Hecho! —le lanzó por encima del hombro al tiempo que se sonrojaba como un tonto. ¡Estúpida timidez!
Mike se rio.
La cocina, decorada en tonos blancos y azules, estaba equipada con todas las comodidades y parecía nueva. Tenía una isla en medio y sobre ella había una cesta de frutas con una nota que decía Welcome 41. Simón abrió el frigorífico y descubrió que estaba lleno. Las estanterías también estaban hasta arriba de comida.
«Qué eficientes los de la agencia».
Sobre la encimera había una moderna cafetera de cápsulas y, junto a ella, diferentes tipos de café. La rellenó con agua y se apresuró a preparar dos cafés. Sin duda, sería mejor que el que había comprado Mike en la gasolinera.
Poco después se encaminaba al jardín con dos tazas humeantes en las manos. Mike ya le estaba esperando, sentado en el borde de una cama balinesa que había en un lateral de la piscina. Se había quitado la ropa y solo llevaba un bañador blanco que le cubría hasta la mitad de los muslos.
El color blanco le sentaba bien.
—¿Hay cafetera? —le preguntó olisqueando el aire.
—Sí. Este es mejor que el de la gasolinera. Tu taza es la roja —le dijo y las dejó ambas sobre la mesita que había frente a la cama.
Sus ojos se posaron sobre el borde de la piscina. Era una de esas que se desbordaban y parecían no tener fin. Se fundía con el mar que había tras ella. Uno no sabía dónde acababa la una y dónde comenzaba el otro. Era impactante. Simón solo había visto algo así en las películas.
—Es impresionante.
—¿Te refieres a la cama, al paisaje o a mí en bañador?
—A ti en bañador —repuso sin dudarlo, girándose para mirarle.
Mike tenía un aspecto muy apetecible con su pálido cuerpo fibroso y la rubia melena sobre los hombros. Una breve claridad comenzaba a despuntar en el cielo y le iluminaba tenuemente. Hacía tiempo que Simón no le veía así, sin ropa, y debía confesar que no podía apartar los ojos de él.
No solo las vistas eran impactantes.
—Ponte el bañador y ven aquí —le apremió, lanzándole una prenda oscura—. Lo impresionante va a empezar en cinco minutos.
Simón cogió el bañador al vuelo y se fue dentro de la casa seguido por la risa burlona de Mike.
—¡Qué cobarde! —murmuró este viendo cómo se alejaba—. Sigues siendo igual de tímido.
Sus ojos azules se dirigieron hacia el horizonte donde el sol no tardaría en aparecer. Extendió la mano y, con los dedos, trazó la línea donde acababa el mar y empezaba el cielo, como si fuera algo tangible y pudiera palparla de verdad. Una sonrisa llena de satisfacción se proyectó en su boca.
Estaba feliz.
Demasiado.
Tanto que deseaba aullar.
O bailar.
Simón no tardó en aparecer. Su bañador era azul marino, del mismo estilo que el suyo.
—He elegido bien. Te queda perfecto —dijo, recorriendo su cuerpo de arriba abajo—. Has adelgazado, pero tienes más músculos que antes. ¡Joder, esos abdominales parecen tallados! —le dijo con admiración.
Se puso de pie, alargó la mano y se los rozó con la punta de los dedos.
Estaban duros.
—He entrenado mucho —reconoció Simón—. Me he matado en el gimnasio, la verdad.
—Tengo ganas de lamértelos —ronroneó, situándose a su espalda y abrazándole mientras apoyaba la barbilla sobre su hombro.
Simón soltó una carcajada tibia.
—Después del café.
—Hecho… —dijo y le dio un beso en la base del cuello.
Después de eso no hablaron más. Se quedaron quietos, en esa misma postura, el pecho de Mike pegado a la espalda de Simón. Saborearon el café con lentitud mientras el sol iba apareciendo poco a poco en el horizonte. Se miraban de soslayo y, de vez en cuando, se sonreían. Y, en un momento dado, sus manos se encontraron y permanecieron unidas.
Las nubes se fueron tiñendo de diversas tonalidades mientras los rayos de sol las atravesaban. Rojos, magentas, naranjas y violetas se sucedieron,
matizados por las nubes y las brumas marinas, formando una increíble paleta de colores y convirtiendo el cielo en un espectáculo único.
Y de fondo, el sonido de las olas chocando contra la orilla.
Parecía como si estuvieran completamente solos en el mundo, allí, lejos de aglomeraciones, lejos de la civilización, lejos del tráfico, y muy cerca de la esencia de la naturaleza.
Fue una ocasión memorable.
—Me gustaría que este instante durase para siempre —susurró Simón—.
Sentir siempre lo que estoy sintiendo ahora.
Mike se apartó de él y dejó la taza sobre la mesita. Luego le cogió del brazo y le giró para verle de frente. La luz del alba iluminaba su rostro.
—Pues hagámoslo posible.
Simón le contempló sin decir nada. En sus facciones se reflejaba todo lo que se le estaba pasando por la cabeza. Había anhelo, ilusión, entusiasmo y afecto, mucho afecto…
—Contigo, creo que todo es posible —dijo al fin con suma seriedad, dejando también su taza sobre la mesa.
La respiración de Mike se aceleró.
Se sacó el móvil del bolsillo y accedió a Spotify con rapidez. Encontró la lista de reproducción que buscaba a la primera y le dio al play. Luego tiró de Simón hasta que su cuerpo chocó con el suyo.
—Baila conmigo —musitó.
Simón se limitó a obedecerle. Se pegó a él como había hecho en tantas otras ocasiones, y se meció, dejándose llevar por los acordes de la melodía mientras apoyaba la frente en el hueco de su cuello.
Ambos se sabían la letra de memoria.
Era su canción.
— And you called me my shining sta r … —le cantó Mike al oído.
Simón se derritió. ¿Cómo no iba a hacerlo? Sentía las piernas como si fueran de gelatina y su estómago sufría un vuelco tras otro. Tenía todo el vello de su cuerpo erizado.
Alzó la vista y contempló su rostro.
Bello y perfecto.
—Feliz cumpleaños —dijo Mike—. ¿Te gusta tu regalo?
—Me encanta.
—Era esto o atarme un lazo rojo al cuello —se rio.
—Sin duda ese hubiera sido el mejor regalo de todos.
Se miraron fijamente unos cuantos segundos.
—Quiero acostarme contigo —dijo Mike con un tono de voz áspero y ronco. Erótico, muy erótico.
Esas tres palabras penetraron hasta el interior de Simón y le hicieron cosquillas en el abdomen. Cerró los ojos al notar cómo su miembro se endurecía.
—Yo también quiero acostarme contigo —admitió, fijando sus ojos en los de Mike.
Este le besó con suavidad.
Un beso con sabor a café que le trajo recuerdos.
—Me encantaría abrazarte, tumbarme encima de ti, besarte y pasar la lengua por cada centímetro de tu piel hasta que grites de placer… —Mike se interrumpió y suspiró—, pero me temo que no va a ser posible…
—¿No?
—No, no voy a ser capaz de ir despacio porque hace tanto tiempo, que no sé si voy a poder contenerme…
—¿De veras no has estado con nadie en todo este tiempo?
Quería saberlo.
—Te voy a confesar la verdad —le dijo, bajando la vista.
El corazón de Simón se detuvo. Si Mike se había acostado con alguien en esos meses no podría enfadarse, al fin y al cabo, no estaban juntos.
—No he estado con nadie, pero me he matado a pajas pensando en ti.
Simón se rio, aliviado.
—¡Qué romántico eres! —se burló.
—Vamos a dejar el romanticismo para mañana. Ahora lo que necesito es otra cosa —jadeó contra sus labios.
—¿Otra cosa? —le preguntó con tono provocador mientras se frotaba contra él—. ¿Como qué?
—Como follarte.
Y nada más decir eso, le metió la lengua en la boca y su manó encontró su erección y la apretó con firmeza.
Simón se pegó a él y enredó los dedos en su pelo. Había echado tanto de menos su voz, su olor y hasta su temperatura corporal…
—Creo que yo tampoco voy a poder aguantar mucho —gimió—. Si quieres, la primera vez que sea rápida. La segunda, nos podemos tomar más
tiempo…
—Joder, cómo me pones hablando así… —gruñó Mike.
No le dio tiempo a que pudiese reaccionar. Se apartó y le empujó con vigor, por lo que Simón cayó pesadamente sobre la cama, mas no lo hizo solo. Mientras caía tiró de la cinturilla del bañador de Mike y este cayó sobre él.
Sus lenguas se encontraron en un beso húmedo que se convirtió en un intercambio de potentes jadeos. Mike se movía contra él de un modo de lo más sensual y excitante. Y él hacía lo mismo.
Rodaron por la cama. A ratos, Mike se posicionaba encima. A ratos, era Simón el que cubría el cuerpo de Mike.
Hacía tanto tiempo que no estaban juntos que sus besos se tornaron algo violentos y apresurados, llenos de gemidos y algún que otro gruñido gutural.
Según transcurrían los segundos de pasión desenfrenada, su excitación fue en aumento. Simón trató de quitarle el bañador a Mike con prisas y cierta torpeza. Este levantó la cabeza y, respirando ahogadamente, le regaló una sonrisa canallesca.
—Qué impaciente…
Pero mientras hablaba, se apartó y se desembarazó de la prenda sin apartar la vista de Simón, que le observaba con las pupilas dilatadas y la boca entreabierta.
—¿Te gusta lo que ves? —le preguntó con lascivia, irguiéndose por encima de él.
Su polla se alzaba firme y rígida hasta casi alcanzar su ombligo. Se la rodeó con la mano derecha y se la acarició con languidez arriba y abajo.
—Sí… —jadeó Simón, observando sus movimientos, hipnotizado. De pronto, su bañador se le antojaba incómodo y molesto.
Mike, como si le hubiera leído los pensamientos, se inclinó y le liberó del tejido, dejando al descubierto su pesada erección. La brisa matutina acarició su desnudez, provocándole un estremecimiento. Ansioso por sentir el cuerpo de Mike contra el suyo de nuevo, le agarró de los bíceps y tiró hasta que este se tendió sobre él.
Piel contra piel. Carne contra carne. Músculo contra músculo.
Era una sensación indescriptible.
Mike se restregó contra él disfrutando con su cálido contacto mientras notaba cómo su ardor crecía. Una risa se fugó de garganta mientras le besaba, recreándose en la aspereza de su mentón.
¡Le había echado tanto de menos!
Ahora que le tenía justo debajo, se sentía pletórico.
—¿Por qué te ríes? —le preguntó Simón, jadeante.
—Me he imaginado este momento tantas veces…
—Yo también —confesó.
—¿También te la has cascado pensando en mí?
—Sí.
—¿No has estado con nadie más en estos meses?
—¿Con quién iba a estar? —expelió una risa ahogada—. Tú eres el único con el que quiero estar ya, me has echado a perder.
Mike le mordisqueó el labio inferior, deleitándose en el estertor ahogado que salió de su garganta.
Estaban tumbados de lado, uno frente al otro, solo separados por un soplo de aire, acariciándose con impaciente urgencia.
—Qué sexi eres y qué cachondo me pones, joder… —susurró Mike y le pasó una mano por el fornido torso y los abdominales—. Antes has dicho que podía lamértelos después del café, ¿no?
—Sí —respondió con voz temblorosa.
—Pues ya me he tomado el café —dijo con una sonrisa llena de lujuria.
Le empujó para que se tendiera boca arriba y su cabeza se deslizó hasta su pecho. Le lamió un pezón antes de introducírselo en la boca y succionarlo con suavidad, provocando que Simón gimiera. Pero no se detuvo ahí y siguió bajando, trazando un camino de besos hasta que llegó a sus abdominales y se los repasó con la lengua, tal y como había prometido.
Simón corcoveó muy excitado mientras farfullaba algo ininteligible.
—Quiero que me folles —suplicó.
Escucharse a sí mismo diciendo eso le avergonzó, y se cubrió la cara con las manos. Sintió la risa de Mike bajando por su abdomen, llegando a su cadera, y luego su respiración caliente sobre la punta de su erección.
Apenas había podido coger aire, sorprendido, cuando su boca le engulló por completo.
Soltó un grito ahogado y levantó la cabeza para poder verle. Mike le miraba con los ojos radiantes mientras su lengua le lamía desde la base
hasta el extremo, provocándole un espasmo tras otro.
La imagen era simplemente increíble y sensual.
—No voy a aguantar mucho más —balbuceó—. Si sigues así me voy a correr… hace demasiado tiempo…
Mike se incorporó sin apartar la vista de su cara.
—Pues eso no puede ser —murmuró.
Se giró y sacó algo de debajo del colchón. Debía de haberlo puesto ahí con anterioridad. Eran condones y un bote de lubricante.
— Top or bottom? 42 —le preguntó con una ceja arqueada.
—Creo que ya te lo he dicho antes. Quiero que me folles.
Mike volvió a reírse. Su risa era honda y genuina.
—Ay, Simón… cómo me gusta cuando eres así de vulgar… Me gusta tanto que voy a tener que sacrificarme y follarte —concedió en voz baja y muy voluptuosa.
Abrió el bote de lubricante y se echó una generosa porción en la mano.
Luego la condujo a la zona del perineo de Simón, presionando a propósito hasta que sintió sus sacudidas. Siguió su avance e introdujo los dedos viscosos entre sus glúteos, abriéndose paso con cuidado hacia su interior.
La cara de Simón era toda una maravilla de contemplar. Cómo entornaba los ojos, cómo arrugaba el ceño, cómo se mordía el labio inferior y cómo sus mejillas se oscurecían según él iba profundizando su caricia, preparándole poco a poco. Sus dedos entraban y salían, encontrando cada vez menos resistencia.
Comenzó a besarle en el abdomen y a recorrerle la polla con la lengua, deteniéndose en la punta y jugueteando con ella, rodeándola y succionándola con los labios. Aquella escena le llevó a acordarse del episodio que protagonizaron en la ducha del piso de Simón, la primera vez que le hizo correrse, y ese recuerdo le excitó sobremanera y le hizo ser más vehemente con sus envites.
Los gemidos de Simón adquirieron más intensidad y su cuerpo comenzó a estremecerse y a convulsionar, y Mike supo que estaba más que preparado. Retiró la mano y se incorporó. No vaciló y Simón tampoco mostró ningún tipo de titubeo cuando le contempló ansioso. Su mirada le animaba a seguir. A ir hasta el final.
Tardó solo un segundo en rasgar el envoltorio de un condón y en ponérselo, y otro más en llenarse de lubricante.
Un par de segundos después estaba en el interior de Simón.
Emitió un grito enronquecido al sentir su calor y su increíble angostura.
¡Joder! ¡Qué puta delicia!
Simón arqueó la espalda e hizo rotar las caderas. Mike le llenaba de una forma indescriptible mientras se iba moviendo dentro de él. Entraba y salía con suma languidez como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Y él se retorció en agonía. Era una tortura sentirle de aquel modo. Un atisbo de dolor se mezclaba con el más puro enardecimiento.
La escena tenía algo de mágico e irreal. El cielo azul y el mar. El sol sobre sus cabezas. Las cortinas blancas que colgaban del dosel agitadas por la brisa que tenía ese olor característico a sal marina…
Y Mike dentro de él…
Mike…
Sus ojos se trabaron en los suyos, hundiéndose en ellos.
—Me gusta hacerlo así contigo, mirándote a la cara —farfulló Mike justo antes de besarle, enredando la lengua con la suya.
Solo recibió un murmullo.
Quizá fue ese sonido el que provocó que comenzara a moverse más deprisa y con más ímpetu. Simón no pudo protestar ni objetar nada porque la mano de largos dedos de Mike le rodeó la polla y su puño comenzó a bombear con firmeza, llevándole a gritar de éxtasis.
—No voy a aguantar más… —gruñó Mike con la mandíbula apretada
—. Me voy a correr…
—¡Pues córrete! —jadeó Simón, que también estaba al borde del orgasmo.
Lo notaba en el calor que empezaba a esparcirse por su vientre y en el cosquilleo que sentía en la base de su miembro. Se retorció e hincó los talones en la cama, tensando todo su cuerpo cuando, solo unos instantes después, el placer se derramó de su cuerpo empapándole el abdomen.
Mike pudo sentir los espasmos de su clímax, estrujándole, y eso le catapultó a su propio orgasmo.
— Fuck! —rugió.
Le embistió un par de veces más hasta que sintió las palpitaciones por todas partes. Se puso rígido y se derramó dentro de un tembloroso Simón.
Este, exhausto y sin aliento, entreabrió los ojos y la imagen que se presentó ante él le dejó fascinado.
La rubia melena de Mike oscilaba en el aire, cubriendo parte de su rostro como una cortina dorada. Tenía la cara levantada hacia el cielo y la claridad del sol se reflejaba en ella y la convertía en oro puro.
Nunca le había visto tan hermoso.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
¡Dios, cómo era posible que estuviera tan sensible! Bajó los párpados y suspiró.
Mike, ajeno a su extraño estado de ánimo, salió de dentro de él con lentitud y se tumbó a su lado mientras se quitaba el condón y lo arrojaba al suelo. Jadeaba.
Tardó en recuperarse.
—¿Estás bien? —le preguntó al fin, depositando un ligero beso sobre su sien.
—Sí.
—Perdona por las prisas. Estaba demasiado ansioso.
—Yo también.
—Te prometo que la próxima será mejor. Seré un verdadero dios del sexo —dijo, y la risa resonaba en su tono.
Simón le acompañó en la risa, aunque la suya sonó hueca; todavía estaba demasiado abrumado.
Mike le miró de reojo. Algo no andaba bien con Simón. Escrutó su rostro con avidez.
—¿Qué pasa? —preguntó con seriedad.
Simón no respondió y ni siquiera le miró. Tenía la vista extraviada sobre el cielo. Cuando por fin habló, lo hizo en voz muy baja.
—Estoy feliz.
—¿Y por eso tienes esa cara? —le cuestionó, alzando la mano y acariciándole la áspera mejilla.
Simón volteó la cabeza y le miró. Un rayo de sol se filtró entre las cortinas y le dio de lleno en los ojos. En sus preciosos ojos castaños.
—Es porque estoy loco por ti —confesó—. Es porque no sé qué habría hecho si no hubieses dado el primer paso con esa canción. No me imagino mi vida sin ti.
A Mike se le encogió el pecho.
—Es perfecto, entonces, porque sientes exactamente lo mismo que yo
—murmuró, y una enorme sonrisa bailó en sus labios.
Su mirada se posó sobre su garganta, allá donde sus violentos besos habían dejado unas cuantas marcas. Las acarició con la punta de los dedos y su sonrisa se hizo todavía más amplia.
«Soy un salvaje».
Simón se acercó, buscando cobijo en su calor corporal. Tenía las emociones a flor de piel. Cada gesto que hacía Mike y cada palabra que pronunciaba le llegaban al alma. Enterró la cara en su cuello y se regodeó en la suavidad de su melena.
Mientras un ligero vientecillo arrullaba sus cuerpos desnudos intercambiaron unas cuantas caricias lánguidas, carentes de pasión pero llenas de afecto.
— I think this is the beginning of a beautiful friendship43.
La voz ronca por encima de su cabeza le hizo apartarse unos milímetros.
—¿Estás citando la frase final de Casablanca? —Abrió los ojos muy sorprendido.
—Has creado un monstruo —repuso Mike con un guiño—. Durante estos meses no he parado de ver cine clásico cuando tenía tiempo. Me he enviciado…
Simón soltó una risa entusiasmada. Aquella confesión le hacía una ilusión enorme. El que Mike se interesara por las mismas cosas que le gustaban a él le llenaba de felicidad.
—¿Quieres que nos demos un baño? —preguntó este repentinamente.
Asintió. Le pareció una idea fantástica. Se notaba pegajoso en la zona del vientre.
—Ven —le dijo entonces Mike, poniéndose en pie con energía y tirando de él.
Simón se dejó llevar hasta la ducha que había al otro extremo del jardín.
El agua estaba congelada, pero le vino bien sentir el chorro frío sobre su cuerpo. Miró a Mike a hurtadillas, que esperaba su turno mientras se estiraba al sol como un gato desperezándose.
Desnudo y fulgurante.
Seré un verdadero dios del sexo.
Eso había dicho.
Ya lo era. Vaya si lo era.
Mientras se encaminaba a la piscina pudo escuchar los gritos y sonrió.
Mike se quejaba de la temperatura del agua.
Se tiró de cabeza. El agua, en comparación con la de la ducha, estaba deliciosamente templada. Se sentía raro, sin bañador, pero hizo a un lado esa curiosa sensación y nadó con vigor hasta el borde más alejado, se acodó en él y contempló el mar que se extendía frente a sus ojos en colores verdosos y azul turquesa.
Estaba con Mike.
Apenas podía creerlo, pero así era.
No tenía ni idea de cómo iban a poder seguir adelante y mantener esa relación, siendo sus mundos tan diferentes, pero en ese momento no le importaba demasiado. Solo quería disfrutar del instante y dejarse llevar.
Un chapoteo a su espalda le indicó que Mike también se había sumergido. Se dio la vuelta, pero no le encontró; había desaparecido debajo de la superficie. De pronto, emergió a unos dos metros de él. Multitud de pequeñas gotas de agua salieron despedidas de su larga melena y volaron en todas direcciones, atrapando la luz del sol.
Simón le contempló boquiabierto. Era como un dios. El dios del agua.
Hermoso y seductor.
No podía ser, pero su masculinidad volvía a despertarse.
¡Joder! ¡Pero si acababa de correrse!
Incapaz de controlar sus instintos más primarios, se giró y se concentró de nuevo en el océano, respirando hondo. No tardó en sentir su cuerpo pegándose al suyo y sus labios mojados besándole el lóbulo de la oreja.
—¿Te gusta?
—Es espectacular —repuso, tratando de sosegarse. Cosa harto difícil cuando sentía la piel de Mike acariciando la suya.
Permanecieron unos segundos en silencio, hasta que Mike lo rompió.
—Quiero que repitamos esto con frecuencia. Que podamos escaparnos y estar solos, sin que nadie nos moleste. Por eso he comprado esta casa. Será nuestro refugio.
—¿Tan seguro estabas de que te iba a aceptar? —le preguntó con tono provocador.
—Por supuesto. Tengo una cómplice de lujo. Paola me informaba de todo. Sabía que te morías por mí —repuso con suficiencia.
—Paola es una traidora —resopló Simón.
—Ni se te ocurra meterte con mi cuñada. Y confiesa que te enamoraste de mí el primer día que me viste. Cuando te manché la cazadora.
—Lo confieso. Me enamoré de ti en cuanto te vi —confirmó haciendo un ademán vago con una mano—. ¿Y tú? ¿Cuándo te enamoraste tú de mí?
Mike paseó la vista por el entorno, deteniéndose en las palmeras que había a un lado del jardín. Frente a ellos, el sol arrancaba pequeños destellos del mar azul, que estaba tan calmado como si fuera la superficie de un espejo. Enredó sus piernas con las de Simón debajo del agua y apoyó la barbilla sobre su hombro derecho.
¿Cuándo se enamoró de Simón?
Era una pregunta fácil.
—Creo que me enamoraba de ti un poquito más cada día. Quizá la primera vez que sentí algo por ti fue en el concierto, cuando vi tu cara horrorizada al dedicarte aquella canción —se rio—. Y luego en tu piso, la primera mañana, cuando desayunamos en la terraza y me di cuenta de que estabas nervioso y que mi presencia te afectaba… Me mirabas como si fuera un hombre atractivo y no Mike Allen. Y eso me gustó… —se interrumpió—. En realidad, me gusta todo de ti.
Después de eso guardó silencio. Había muchas más cosas que quería decirle a Simón. Pero ya habría tiempo de hacerlo. Ahora solo quería disfrutar del momento.
Cerró los ojos y se abrazó a su musculoso cuerpo mientras el agua se arremolinaba en torno a ellos y la brisa acariciaba su cabello.
¿Cómo iba a ser el resto de su vida? ¿Qué iba a ser de ellos?
Si era honesto consigo mismo, no tenía ni la menor idea. Quizá pudiesen continuar con esa relación a distancia. O quizá se fueran a vivir juntos… No había modo de saber qué les deparaba el futuro; estaba lleno de incertidumbres. Pero sí que había una cosa de la que estaba muy seguro.
Solo una cosa.
El hecho indisputable de que quería estar con Simón.
Y era por eso que, independientemente de lo que les tuviera reservado el futuro, mientras estuvieran juntos, Mike estaba convencido de que serían felices para siempre.
Sí. Felices para siempre. Como en los puñeteros cuentos de hadas.
—¿Recuerdas que antes te he dicho que la segunda vez podía ser más lenta y que podíamos tomarnos más tiempo?
La voz de Simón, apenas un susurro sensual, llegó hasta él y le sacó de su ensimismamiento.
—Lo recuerdo perfectamente —musitó levantando la cara.
—Pues ya estoy preparado.
Soltó una risa breve.
—Eres insaciable…
—Contigo sí.
No pudo evitarlo. Mientras la sangre comenzaba a correr rauda por sus venas, le giró la cara y le miró. Gotas de agua se habían quedado suspendidas en sus largas pestañas negras y sus profundos ojos oscuros reflejaban una mezcla de ternura y deseo.
Una ternura y un deseo semejantes a los que sentía él.
Le besó con ansia y Simón le correspondió con el mismo ardor.
—Bien, estoy listo para el segundo asalto —susurró contra su boca.
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