My shining Star
Por favor / Please
Por favor /
Please
—¿Estás cortando conmigo? —La incredulidad se filtró en su tono.
¿Cómo había podido suceder eso? Hacía solo una hora estaba esperando a Simón para hablar con él de su futuro, para proponerle una vida en común, para pedirle que le esperara unos meses mientras él resolvía lo del nuevo álbum…
Y ahora, ¿estaba cortando con él?
—No lo entiendo —masculló.
—¿Qué no entiendes? —preguntó Simón soltándose y dando unos pasos hacia atrás.
—¡Esto! —exclamó, señalándolos a ambos alternativamente—. Que estés rompiendo conmigo… Eso es lo que no entiendo. ¿Qué ha pasado?
¿He hecho algo mal?
Simón tardó en responder. Tenía la mirada clavada en el suelo y las manos dentro de los bolsillos de su pantalón gris. Parecía muy incómodo e, incluso desde la distancia que los separaba, se podía apreciar que estaba muy tenso.
Mike sintió una enorme pesadez en el pecho. La intuición le decía que Simón había tomado una decisión definitiva y que estaba más que resuelto a seguir adelante hasta el final. ¡Pero él no estaba preparado!
¿Cómo narices se preparaba uno para que le dejaran?
—Es solo que me he dado cuenta de que esta relación no nos lleva a ningún sitio —dijo Simón en voz baja.
—¡Qué gilipollez es esa! —gritó—. ¿Esto es por todo lo que has leído en internet? ¿Te has creído todo lo que pone ahí? No lo puedo creer —
continuó. Estaba furioso. Más que furioso estaba perplejo—. Vamos, Simón, vamos a hablarlo…
—No hay nada de qué hablar. Tú tienes tu vida y yo tengo la mía.
Mike emitió una risa amarga.
—Parece una puta frase de esas películas tuyas.
Simón guardó silencio. Ni siquiera se atrevía a hablar por miedo a que la voz le saliera temblorosa de la garganta. Le estaba costando la misma vida no perder los papeles y abrazar a Mike. Se dio la vuelta y se alejó todavía más hacia el otro extremo de la terraza, buscando que las sombras de la noche ocultaran la expresión de su rostro. Tardó en recomponerse.
—Mike, creo que no hay mucho más que decir. Es mejor que terminemos con esto —logró pronunciar con cierta firmeza.
«Es lo mejor para ti, Mike, aunque ahora no lo veas», se repetía una y otra vez. «Solo estoy siendo más lógico y maduro. Solo quiero lo mejor para ti».
Mike se quedó mirando la silueta de Simón sumida en la penumbra.
Estaba tan lejos en ese momento. A kilómetros de él…
—¿Acaso te avergüenzas de estar conmigo? ¿De estar con un hombre?
¿Es eso?
No recibió respuesta.
¿Era eso? ¿Le resultaba vergonzoso tener una relación homosexual?
No podía creerlo. Simón no era ese tipo de persona. Incluso se lo había contado a sus amigos…
¿Qué podía hacer para que no le dejase?
Quizá se estaba comportando como un idiota, pero no podía evitarlo.
Gimió aturdido y apretó los párpados, tratando de contener la angustia.
En vano.
—No me dejes… —terminó por decir en un susurro.
Sabía que había sonado a súplica.
Porque lo era.
¡A la mierda su orgullo! ¡A la mierda todo! No podía perder a Simón.
—¿Cómo puedes hacerme esto? No quiero que esto se acabe —
murmuró—. No me dejes, por favor —volvió a repetir.
Notaba que le ardían los ojos y que se le había contraído la garganta.
Sentía como si alguien le hubiese clavado un puñal en el pecho y estuviera retorciéndolo con saña. ¡Joder, cómo dolía!
—No sé qué quieres de mí, pero sea lo que sea, dímelo. Estoy seguro de que puedo dártelo —dijo con convicción al tiempo que asentía con vigor—.
Lo que sea. ¿Necesitas más tiempo? ¿Algo de distancia? ¿Quieres que me vaya de tu casa para que puedas pensar? Lo que sea. Tú solo dilo. —Hizo
una pausa mientras se llevaba las manos a la cara y se la cubría con ellas—.
Pero… no cortes conmigo… No acabes con esta relación. Te lo pido por favor… Es muy importante para mí… —dijo.
Simón no reaccionó de ningún modo.
Mike no pudo soportarlo más. Con brusquedad, se dio media vuelta y abandonó la terraza. Se dirigió a la nevera y sacó otra cerveza. Necesitaba tener las manos ocupadas. La abrió y bebió convulsivamente.
Simón se giró y le miró. Los músculos de su espalda estaban tensos y mostraban a las claras cuál era el estado en el que se encontraba. Él también accedió al interior del piso, pero no se acercó a Mike. Se detuvo junto al sofá y trató de que el nudo de aflicción que se le había formado en el pecho se disolviera.
—Debería enfadarme contigo por no confiar en mí y creerte todos esos rumores de internet. —Escuchó decir a Mike que hablaba con suavidad y cierto tinte derrotista—. Debería estar cabreado contigo por prejuzgarme…, pero es que ni siquiera puedo enfadarme de verdad. Solo estoy jodidamente triste.
Simón cerró los ojos. No podía soportar que Mike reaccionase así. Todo sería mucho más fácil para ambos si empezase a gritar, a regañarle furioso, a insultarle.
—Vamos a olvidar que has dicho eso de que quieres acabar con lo nuestro —continuó al cabo de un breve lapso de tiempo—. Asumo que lo haces por mi bien o por lo que sea. No quiero que me des explicaciones, solo vamos a olvidarlo y a seguir como hasta ayer. ¿Acaso no éramos felices hasta ayer? —Se le rompió la voz.
Las manos de Simón comenzaron a temblar al escuchar todo ese dolor encerrado en las palabras de Mike, y volvió a metérselas en los bolsillos. Su resolución empezaba a flaquear. ¿Qué más podía decir para alejar a Mike sin delatar a su mánager? Le había prometido no contarle que habían hablado.
—Ni siquiera sé cuáles son tus razones verdaderas para romper conmigo.
«Miente, Simón. Miente».
—Mike, lo nuestro solo ha sido… una aventura —balbuceó sintiéndose como un verdadero miserable, al tiempo que se encaraba con él—. No te lo
tomes tan a pecho. Creo que los dos sabíamos que esta relación tenía fecha de caducidad.
Mike le miró con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer que aquellas frases hubieran salido de su boca.
—¿Fecha de caducidad? —gruñó—. ¡Habla por ti! ¡Cuando yo empiezo algo lo hago con todas las consecuencias! —dijo con pasión golpeándose el pecho—. Creía que tú también. No… te tenía por ese tipo de persona.
—Ha sido solo… sexo… —Casi se atragantó al decirlo.
—¿Solo sexo? —gritó Mike con enojo, llevándose las manos a la cabeza, mas no tardó en calmarse y soltar una risa cargada de desdén—. Sí, tienes razón. Ha sido solo sexo y ni siquiera el mejor que he tenido, la verdad.
Simón se encogió por dentro. Aquello dolía mucho, pero se lo merecía.
De pronto, Mike dio unos pasos hacia él y le acorraló contra la pared al lado de la puerta de entrada. Se le quedó mirando con los ojos relampagueando furiosos, y terminó por alzar el puño y estrellarlo contra el tabique justo a unos quince centímetros de su cabeza.
Simón ni siquiera se inmutó. Lo había esperado.
Mike siguió contemplándole. Parecía completamente fuera de sí, pero poco a poco, la ira que se reflejaba en sus facciones fue cambiando y convirtiéndose en pesadumbre. Una fina capa de humedad le cubrió los ojos y un suave gemido brotó de su garganta.
Simón bajó la vista. No podía soportarlo. No podía verle así.
—Perdóname… No he querido decir eso —musitó—. Me haces llorar…
Y yo no soy un tío que llore, Simón… Mírame. Mira en lo que me has convertido… —Se le quebró la voz.
Simón no quería mirarle, pero se obligó a hacerlo. Las lágrimas se concentraban en sus rubias pestañas. En el momento en que parpadease se derramarían.
Lo hizo. Parpadeó.
Dos gruesas gotas rodaron por sus mejillas. Simón tragó saliva. Incluso así, con toda esa tristeza envolviéndole, Mike Allen era un puñetero regalo para la vista. ¿Cómo podía alguien ser tan absurdamente hermoso?
Reprimió el impulso de alzar la mano y enjugarle el llanto con los dedos.
—Si ibas a terminar conmigo de este modo, tenías que haberme rechazado. No deberías haber aceptado ni mis abrazos ni mis besos… Ni mi
puta confesión de amor. Me siento como si me hubieses arrancado el alma… ¿Te parezco débil y frágil? ¿Te parezco gilipollas?
Nada más decir aquello se apartó con brusquedad, mostrándole solo su perfil al tiempo que se limpiaba las mejillas con inusitada rudeza.
Simón rechinó los dientes y alzó el brazo. Estuvo a punto de tocarle, pero se dio cuenta a tiempo de lo que iba a hacer y se retiró en el último segundo. No podía flaquear.
—¿Por qué cojones me llamabas my shining star? ¡Dilo! Me hiciste creer que yo…, que yo…
Simón no pudo soportarlo más. Con el último ápice de entereza que todavía le quedaba se dirigió hacia el baño.
—Deberías recoger tus cosas… —murmuró justo antes de acceder a la pequeña estancia.
Nada más cerrar la puerta, se derrumbó.
Apoyó la espalda sobre la hoja de madera y se deslizó hasta que quedó sentado en el frío suelo. Enterró la cara en las rodillas y se mordió los labios para no soltar una maldición ahogada.
«Es por su bien. Es por su bien», se decía, pero ya no tenía ni idea de nada.
Unos golpecitos suaves le hicieron levantar la cabeza.
—Simón, por favor… —La voz de Mike sonaba frágil y sin fuerza—.
Abre la puerta. Vamos a hablarlo…
Cerró los ojos y un desagradable zumbido se le instaló en los oídos. Se llevó las manos a las orejas y se las tapó cobardemente.
Mike golpeó la puerta de nuevo con los nudillos.
—Ábreme. —Llamó con desesperación.
No podía soportar esa situación. Simón a un lado de la puerta y él al otro. Era absurdo. Necesitaba verle cara a cara. ¡Ver la expresión de su rostro!
—Si he dicho algo que te haya ofendido, me disculpo. Te prometo que nunca voy a hacer nada que no quieras —dijo en un susurro.
Se sentía patético hablando de ese modo, pero no sabía de qué otra manera podía llegar hasta Simón. Era la primera vez que le sucedía algo semejante.
—Dame otra oportunidad —balbuceó.
No hubo reacción alguna.
Se golpeó los muslos con los puños al notar cómo nuevas lágrimas se desprendían de sus pestañas. Fuck! ¡Estaba llorando! No podía ser verdad, pero la tristeza que sentía en su interior era inmensa. Una tristeza que le estaba asfixiando.
¿De verdad se había acabado todo? No entendía nada.
¡No! Se negaba a aceptarlo.
Simón y él tenían algo especial…
Apoyó la frente sobre la superficie de madera y volvió a intentarlo.
—Simón, joder, no me hagas esto… Abre la puerta y vamos a hablarlo.
Estoy enamorado de ti y, a pesar de que nunca me lo has dicho con palabras, estoy seguro de que… tú también sientes algo por mí, no lo niegues… Simón, por favor… Ábreme. Por favor, por favor…
Nada. Ni un solo sonido.
—¡Simón! —exclamó, invadido por la impaciencia y el desaliento—.
¡Abre la puñetera puerta! Tienes diez segundos. Si no la abres me marcharé y no volverás a verme… —amenazó.
Simón no sabía durante cuánto tiempo iba a poder soportarlo. Si seguía escuchando a Mike suplicándole de aquel modo, sucumbiría, sin lugar a dudas. Su voz sonaba tan diferente a lo usual… No vibraba cálida como siempre, sino apagada y triste.
Los diez segundos pasaron y diez minutos más y quizá una hora, y Mike seguía murmurando cosas ininteligibles desde el otro lado de la hoja de madera.
La preocupación comenzó a embargarle. ¿Y si Mike tenía otro ataque de ansiedad? ¿Y si perdía los nervios? Su mánager le había dicho que era una bomba de relojería, que podía saltar con la mínima chispa. ¿Y si lo que estaba sucediendo le provocaba una nueva crisis? Él sería el responsable de eso…
Un sollozo ahogado seguido por unos cuantos golpes llegó hasta él desde el salón.
—Te vas a arrepentir de esto, Simón… —Le oyó decir.
Mike se quedó mirando la puerta cerrada unos instantes antes de girarse con ímpetu y dirigirse al dormitorio, tambaleante. Tenía la cabeza enmarañada y era incapaz de pensar con coherencia. Un velo de lágrimas le nublaba la vista. Por instinto, cogió una cazadora, la gorra, las gafas de sol,
la cartera y el móvil. Y, con el corazón destrozado, se encaminó a la puerta de la calle.
Se detuvo antes de agarrar el picaporte. No se atrevió a mirar hacia atrás.
No quería ver el piso en el que habían pasado tan buenos momentos en las últimas semanas.
Una vocecita le dijo que volviera a insistir, que llamara a Simón una y otra vez hasta que este no tuviese más remedio que abandonar el baño y encararse con él.
Otra vocecita, un poco más coherente, le dijo que se largase, que tuviera algo de orgullo y dignidad y que dejara de arrastrarse; que una persona que se comportaba como lo había hecho Simón no merecía la pena.
Se sentía roto por dentro.
Elevó la barbilla y cogió aire. Luego se limpió la cara con tanta furia que se hizo daño.
— Fuck off! 39
Se tragó las lágrimas y, respirando sonoramente, abrió la puerta y se fue.
El ruido del portazo hizo que Simón diera un respingo.
¿Se habría ido de verdad?
Aguardó y agudizó el oído.
Solo había silencio.
Sí, se había ido.
Sentía un enorme vacío en su interior y le hubiera gustado gritar. Al contrario que Mike, él no había derramado ni una sola lágrima. Sin embargo, tenía ganas de vomitar. La bilis le acudió a la garganta y terminó con la cabeza dentro del retrete y el cuerpo sacudido por las arcadas.
Tardó mucho tiempo en abandonar el baño.
Una eternidad.
Cuando lo hizo, ya de madrugada, le recibió un piso desierto. Ni siquiera Rico estaba a la vista. Debía de haberse escondido debajo de la cama, huyendo de la horrible escena que habían protagonizado.
—Mike… —susurró.
No obtuvo respuesta, por supuesto.
Enterró la cara en las manos y soltó un gemido.
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