My shining Star
Sexo, sexo, sexo... / Sex, sex, sex...
Sexo, sexo, sexo... /
Sex, sex, sex...
El vídeo fue un puñetero éxito. Desde que Mike lo subió a Instagram, el teléfono de la escuela no paró de sonar y el correo electrónico se saturó.
Cuarenta y ocho horas después ya tenían abiertos seis nuevos grupos de clases presenciales y otros doce de clases online.
—Casi que me arrepiento de haber subido el vídeo —refunfuñó Mike—.
Ahora sí que vas a estar todo el día fuera y no te voy a ver el pelo.
Estaba sentado en la terraza desayunando. Simón, frente a él, no paraba de hablar por teléfono con unos y con otros, tratando de organizar la agenda de todos sus profesores.
El móvil de Mike volvió a sonar con insistencia. Miró la pantalla.
Andrew.
Llevaba dos días esquivando esa conversación y sabía que no podía retrasarla más. Suspirando con desgana, se puso de pie y cogió el aparato.
Le hizo un guiño a Simón y se marchó al baño. No quería que este le escuchase hablar con su mánager.
—Dime.
—¿Dime? —gritó su mánager—. ¿Eso es todo? ¿Dos días ignorando mis llamadas y ahora un simple Dime?
—Buenos días, Andrew —masculló con sarcasmo.
—No me jodas, Mike —resopló—. ¿Por qué no me has cogido el teléfono? Te he llamado mil veces.
—Precisamente para que no me dieses por el culo.
—¿Por qué cojones subiste el vídeo ese a tus redes? ¿Qué has firmado con ellos? ¿Dónde está el contrato? ¿Quién lo ha negociado por ti? No me has consultado.
Mike cerró los ojos un instante.
—No he firmado nada con nadie ni ha habido negociación alguna. Los dueños de la academia son mis amigos y solo he querido echarles un cable.
Ya está.
Hubo un largo silencio al otro lado de la línea. Mike casi podía ver el gesto maquinador de Andrew.
—No puedes hacer cosas así sin consultarme.
—Es mi vida privada. Puedo hacer cosas así constantemente —le cortó.
—Entonces, el amigo ese del que siempre hablas es el dueño de la academia. Y estás en su casa.
—No. Ese es otro amigo.
—Ya.
—¿Quieres algo más? —preguntó con impaciencia.
—Sí, que dejes de ser tan cabezota y vuelvas a casa cuanto antes.
—Vuelvo la semana que viene. Ya tengo el billete de avión. ¿Se sabe algo del chiflado? —Cambió de tema.
—Nada todavía. El inspector Myers llamó hace dos días para decirme que tenían una pista, pero ayer volvió a llamar y me dijo que solo era un callejón sin salida, que nos mantendrían informados.
—Pues qué bien —masculló Mike.
—Al menos, en el vídeo tienes buen aspecto —dijo Andrew al cabo de unos instantes—. ¿Te están sentando bien estos días?
—Me están sentando muy bien —murmuró, desviando la mirada hacia la rendija de la puerta. Por ella podía ver a Simón, que seguía con el móvil pegado a la oreja—. Ni te imaginas lo bien que me están sentando —añadió con voz soñadora.
Se mordió el labio al ver cómo Simón se estiraba y la camiseta se le subía, dejando al descubierto sus marcados abdominales, su ombligo perfecto, esos oblicuos tan puñeteramente sexis y la cinturilla de sus bóxers… Las ganas de pasar la lengua por todo su cuerpo le sobrevinieron como una ola furiosa. Apartó la vista con rapidez y se acercó al lavabo con los ojos cerrados y la respiración acelerada.
—Me alegro. —La voz de Andrew llegó lejana hasta él.
—¿Puedo colgar ya? Tengo cosas que hacer.
—Llámame todos los días, Mike.
—Lo haré.
Cortó la llamada y se miró al espejo, tratando de ignorar la imagen que se le había grabado a fuego en el cerebro. Andrew tenía razón. Tenía buen
aspecto. El cansancio que llevaba arrastrando desde hacía meses había desaparecido de su expresión. Su piel y sus ojos resplandecían.
Y el artífice de aquello tenía un nombre: Simón.
Hizo rodar los hombros, desentumeciéndolos. Luego se acarició el cuello y su mano descendió hasta su pecho, su estómago, su abdomen y su entrepierna. Estaba empalmado. Maldijo por lo bajo. Era viernes y Simón no tardaría en marcharse al trabajo. Tenía dos opciones: quedarse un rato más en el baño y esperar hasta calmarse o masturbarse. Desde luego, masturbarse siempre era una mejor opción, pensó mientras se palpaba la erección por encima de los pantalones.
La decisión le fue arrebatada de manera repentina cuando el causante de su excitación asomó la cabeza por la puerta.
—Mike, tengo que… —Simón se interrumpió al darse cuenta del lugar en el que Mike tenía posada la mano.
Sus ojos se cruzaron en el espejo. Los de Mike desprendían fuego.
—Ignórame —le dijo, dejando de tocarse y apoyando ambas manos en el lavabo. Le sonrió con aire culpable—. ¿Necesitas el baño para ducharte?
Simón se había quedado muy quieto. El reflejo de Mike en el espejo, sin camiseta y acariciándose se le había incrustado en las retinas. Un escalofrío recorrió su cuerpo.
—Solo quería decirte que he organizado mi agenda y que hoy no tengo que ir a trabajar, que podemos pasar el día juntos. —Lo dijo en un tono mucho más provocador de lo que había pretendido.
Apenas había terminado de hablar cuando Mike se giró y se acercó a él de dos zancadas. Le empujó del pecho y le empotró contra la pared. Su aliento ardiente con aroma a café le acarició la comisura de los labios.
—Joder, Simón, has llegado en el momento preciso.
—Ya lo veo —dijo mientras notaba cómo la erección de Mike se le clavaba en el vientre. Él mismo comenzó a notar que se excitaba.
Giró la cara y, tomando la iniciativa, se apoderó de los labios de Mike que estaban a solo unos milímetros de los suyos. Sus lenguas no tardaron en enredarse frenéticamente. A veces, los besos con Mike eran así, salvajes y furiosos. Otras veces, eran tiernos y dulces. Simón todavía no había logrado averiguar cuáles le gustaban más.
Se aferró a su cuello con ansia, enterrando las manos en su melena.
Inclinó la cabeza a un lado para que el beso pudiera hacerse más profundo y
adelantó las caderas para que la fricción entre ambos fuese mayor.
Mike gimió en su boca.
—Creo que deberíamos continuar en la cama —susurró, alzando la cabeza.
—Espera… —jadeó Simón—. Creo que hoy… quiero llegar hasta el final.
Llevaba días dándole vueltas al asunto y esa noche se había desvelado incluso pensando en ello. Estaba preparado, al menos todo lo preparado que se podía estar en una situación semejante.
—¿De verdad? —Mike se había quedado inmóvil y le miraba con intensidad—. Sin presiones.
—No hay presiones. Es lo que quiero.
— You wanna top me? 30
Simón le miró durante un largo rato tratando de leer en sus ojos. Creyó descubrir en ellos un pequeño brillo de inseguridad. Quizá por eso había hablado en inglés. Solía hacerlo cuando estaba nervioso.
—¿Tú… qué quieres?
—Follarte como si no hubiera un mañana —dijo Mike con voz ronca—.
Pero la decisión es tuya. Me adapto.
—Creo que prefiero que tú estés encima, esta vez —dijo con cierta vacilación.
Mike cerró los ojos y apoyó la frente contra la de él. La respiración salía entrecortada de su boca.
—Entonces, vamos a hacerlo bien…
Se apartó con brusquedad, dejándole tembloroso y vacío.
—Lo más importante es que no estés tenso —continuó, alejándose.
—No lo estoy —protestó.
—Para nada —repuso con una risa breve cargada de ironía—. Entonces lo de las manos apretadas, ¿a qué se debe?
Simón bajó la vista y se dio cuenta de que era verdad. Tenía los puños cerrados a la altura de los muslos. Quizá sí estaba más tenso de lo que creía.
—Vale, tienes razón. Voy a tratar de serenarme. Pero tampoco es fácil contigo así. —Le señaló con la mano.
—¿Así? ¿Cómo?
—Sin camiseta.
Mike volvió a reírse al tiempo que se pasaba una mano por el torso y le miraba con lascivia.
—¿Te pone mi cuerpo?
Simón tragó saliva mientras veía sus dedos largos descender desde su pezón derecho hasta su vientre.
—Sabes que sí —musitó.
Su erección vibró dentro de sus pantalones y tuvo que reprimirse para no agarrársela con fuerza.
—Pues no sabes cómo me pone a mí el tuyo… —gruñó Mike, sacando la lengua y lamiéndose el labio inferior—. Fuck! —masculló de pronto, dándose la vuelta—. No tengo autocontrol cuando se trata de ti. Llena la bañera mientras yo voy a tomarme otro café.
Nada más decir aquello se marchó.
Simón se quedó indeciso, contemplando la bañera con la mirada perdida. ¿Se iban a dar un baño? Se imaginó a los dos allí dentro, con sus cuerpos pegados y envueltos por agua caliente y jabonosa, y su excitación aumentó varios niveles.
Abrió el grifo y reguló la temperatura del agua. No solía tomar baños, prefería las duchas, pero de vez en cuando, algún domingo por la tarde, se permitía el lujo de relajarse dentro de la bañera. Su hermana le había regalado un bote de espuma de baño que solo había usado una vez. Lo abrió y lo olisqueó. Olía a coco. Vertió un poco en el agua y, pronto, las burbujas comenzaron a crecer.
Mike escuchó el borboteo rítmico del agua desde la cocina. Mientras le daba un sorbo a su café, buscó música en su móvil. Con las cejas arqueadas, se dio cuenta de que todo lo que tenía guardado era punk, indie rock y heavy metal. Nada era apropiado para destensar el ambiente. Terminó por meterse en Spotify y buscar una lista tras otra. Todo le sonaba cursi y en exceso ñoño. Suspiró con exasperación.
¿Desde cuándo le daba tanta importancia a la música ambiente a la hora de echar un puto polvo?
Porque no era un puto polvo. Era Simón con el que iba a acostarse.
Simón.
De pronto se dio cuenta de que le temblaba la mano con la que sostenía el aparato. ¿En serio? ¿Así de agitado estaba?
Sí. Lo estaba. Era importante para él que aquello saliera bien. Quería que Simón disfrutase del encuentro y que no se arrepintiera de la decisión que había tomado. Recordaba su primera vez haciendo de pasivo y no fue agradable, al menos al principio. Por lo menos él tenía experiencia y sabía lo que se hacía.
Terminó por seleccionar una lista de clásicos del soul y le dio al play. La melódica canción Cry to me de Solomon Burke llenó el apartamento. Sí, eso le gustaba. Dejó la taza en el fregadero, se metió el móvil en el bolsillo del pantalón y comenzó a mover las caderas al ritmo de la música.
—Siempre estás bailando.
La voz de Simón le hizo darse la vuelta.
—Adoro bailar —repuso, acercándose a él—. Baila conmigo.
—No tengo ritmo.
Simón trató de alejarse, pero no se lo permitió. Le agarró por las caderas y se pegó a él mientras se contoneaba con sinuosidad.
—Cierra los ojos y déjate llevar.
—Pero…
—Pero nada. Vamos, abrázame y cierra los ojos. Yo te guío.
Simón, aunque reticente, le obedeció. Le echó los brazos al cuello y bajó los párpados. Sus mejillas se habían oscurecido por la vergüenza.
Mike le contempló emocionado. La mezcla de la música sensual y el cuerpo de Simón tan cerca del suyo eran demasiado. Temió que la ternura le desbordara. Le abrazó por la cintura y enterró la cara en su cuello, dejando que ambos se balancearan con languidez sin moverse del sitio.
El corazón de Simón se había detenido un segundo para luego bombear sangre más deprisa. Todas las partes de su cuerpo que estaban en contacto con la piel de Mike hormigueaban. Sintió sus labios besándole bajo la oreja y se estremeció.
Nunca jamás en su vida se había sentido así. Nunca.
Creo que me estoy enamorando de ti.
La frase que Mike le había susurrado la noche anterior acudió a su memoria. Se le estrechó la garganta y se pegó todavía más a él enredando los dedos en su cabello. Las manos de Mike se colaron dentro de su camiseta y pasearon por su espalda hasta llegar a sus hombros.
En ningún momento dejaron de bailar mientras el sol entraba a raudales por las ventanas y los bañaba con su luz y su calor. Y seguían moviéndose y
sus cuerpos se acoplaban el uno al otro con inusitada perfección.
La canción se terminó, pero no tardó en ser reemplazada por These arms of mine de Ottis Reading, y Simón sintió que se derretía al ritmo de la música y de las caderas de Mike.
—Dime que te gusto —murmuró este junto a su oído.
—Joder si me gustas —logró articular.
Una risa enronquecida le acarició el lóbulo de la oreja.
—Vámonos al baño.
Consiguieron llegar hasta allí a trompicones, entre besos lánguidos y caricias desordenadas. Se quitaron la ropa con rapidez y la dejaron caer al suelo. Ambos estaban muy excitados, pero ninguno hizo amago de tocar al otro. Mike fue el primero en entrar en la bañera. Se sentó, soltando un gemido de placer, y le tendió la mano.
Simón se sentó frente a él. Sus piernas se enredaron debajo del agua.
—Estás muy lejos —le dijo Mike—. Ven aquí.
Le miraba de un modo que hacía imposible decir que no. Aunque tampoco hacía falta que insistiese mucho, Simón estaba deseoso de sentirle más cerca. Dando gracias mentalmente a que la bañera era lo suficientemente grande, se dio la vuelta y se colocó entre los muslos de Mike, apoyándose contra su pecho. Pudo sentir cómo su miembro rígido se le clavaba en la parte baja de la espalda y cerró los ojos deleitándose en ello.
La música llegaba sofocada desde el móvil que seguía dentro de los pantalones de Mike, en el suelo. Ahora sonaba When a man loves a woman de Percy Sledge.
—Has elegido una música muy sensual…
—¿Te gusta? —preguntó Mike, pasándole los brazos por encima y acariciándole los pectorales.
—Sí. Lo que no sé es si me va a relajar o me va a excitar todavía más.
Entonces hizo algo con lo que ninguno de los dos había contado, ni siquiera él mismo. Fue una acción espontánea. Cogió una de las manos de Mike y la guio hasta su entrepierna. Jadeó cuando este la rodeó con sus dedos y presionó, deslizándolos arriba y abajo.
—No me parece nada mal que te excites —susurró Mike—, pero si sigues provocándome así es probable que el baño solo dure unos minutos y que acabemos en la cama en nada…
Simón giró la cabeza para poder besarle. Mike le agarró la cara y sus bocas se encontraron. Suspirando de placer, intercambiaron un beso húmedo. Y otro. Y otro más. Fueron tantos que Simón perdió la cuenta.
—Llevo días fantaseando con esto —farfulló Mike después de un rato
—. Lo cierto es que ni todas las pajas ni todas las mamadas del mundo me resultan ya suficientes.
Mientras hablaba seguía acariciándole.
—No sigas tocándome así, Mike, porque es demasiado —jadeó—.
Preferiría correrme contigo dentro de mí.
—Joder, Simón… ¡cómo me pones cuando hablas así!
A regañadientes, apartó la mano y la posó sobre su pecho. Y volvió a besarle, mordisqueándole el labio.
—Creo… que ya estoy relajado —dijo Simón con la voz entrecortada, trabando sus ojos en los de él.
—Yo no lo creo —masculló—, pero no soy de piedra y ya no aguanto más.
Le empujó hacia delante para poder incorporarse. Su cuerpo chorreando, lleno de agua y espuma, se irguió sobre Simón, que apenas tuvo tiempo de admirar la dureza de su erección porque Mike tiró de su mano y le obligó a levantarse también.
Se fundieron en un abrazo resbaladizo y volvieron a sellar sus bocas con un beso ardiente y mojado.
Mike fue el primero en apartarse y salir de la bañera. Se secó por encima y luego le tendió la toalla a Simón, antes de levantar del suelo su móvil, que seguía emitiendo acordes sensuales. Apenas esperó a que este se secara, le cogió de la mano y tiró de él, arrastrándole fuera del baño, camino del dormitorio. Dejó el teléfono en la mesilla y le empujó con cierta delicadeza para que cayera sobre el colchón.
La luz del sol iluminaba todos y cada uno de los rincones del piso y Simón se sintió cohibido. A pesar de que no se avergonzaba de su cuerpo, lo que estaba a punto de suceder le ponía nervioso y deseó que fuera de noche y que pudiesen apagar las luces, pero la mirada cargada de admiración y anhelo de Mike le quitó ese pensamiento de la cabeza.
Terminaron ambos tendidos sobre la cama, uno frente al otro.
Mike comenzó a recorrerle la piel con los dedos, casi con reverencia.
Empezó en la parte inferior de su muslo justo sobre la rodilla y fue
subiendo hasta su cadera, su cintura, la parte externa de su torso y su pecho, delineando todos sus músculos y provocando que se le pusiera la carne de gallina. Continuó ascendiendo por su clavícula y su cuello y terminó posando la mano sobre su mejilla.
—Eres perfecto… —le dijo, como si supiera que eso era lo que necesitaba escuchar.
— My shining star —murmuró él, seducido por su voz, alzando la mano y pasando la punta de los dedos por su tatuaje.
La sonrisa que recibió como respuesta hizo que las mariposas que sentía en el estómago quisieran escaparse por su boca, pero solo un jadeo salió por ella.
—Eres muy sensitivo.
Simón se mordió el labio inferior. Jamás lo había sido con anterioridad, pero su forma de acariciarle le excitaba de una manera increíble.
Mike se tumbó encima de él, aplastándole con el peso de su cuerpo y robándole el aliento. Trazó un reguero de besos desde su boca hasta su pecho y una de sus manos se deslizó hasta su glúteo, apretándolo con energía.
Simón vibró y la ansiedad que sentía se hizo mayor.
Deseó que Mike fuera más allá.
Se retorció enardecido e, inexplicablemente, terminó bocabajo mientras Mike le besaba en cada hueco de piel que encontraba.
—No creas que no me tienta hacértelo así —gruñó, restregándose contra él—. Pero hoy no. Hoy prefiero mirarte a la cara.
Simón no respondió nada. Podía sentir la dureza de Mike presionando contra sus nalgas y eso le inflamaba por dentro. No obstante, se dejó girar con docilidad y se tumbó bocarriba.
Mike alzó la cabeza y le interrogó con un gesto como si quisiera asegurarse.
Simón asintió. Estaba más que preparado.
Mike estiró el brazo y abrió el cajón de la mesilla. Sacó algo de allí y lo dejó encima de la cama. Simón echó un vistazo y vio que era una caja de condones y un bote de lubricante. Sabía que estaban a punto de llegar a ese final que llevaba días imaginando en su cabeza y cogió aire, muy agitado, cerrando los ojos. Escuchó un sonido. Era la tapa del bote abriéndose.
Lo siguiente que sintió fue la viscosidad del lubricante y unos dedos calientes acariciándole entre las piernas y, poco después, abriéndose paso hacia su interior. No pudo evitarlo y se tensó, pero Mike le besó con extrema suavidad, perfilándole el contorno de los labios con la lengua.
—Me pones a cien, Simón. Me gusta ver cómo te retuerces de placer entre mis brazos y escuchar cómo jadeas cuando te toco.
Simón gimió arqueando la espalda. Sabía que Mike solo pretendía distraerle y lo estaba consiguiendo. Sentía todo su cuerpo en llamas mientras los dedos de Mike le preparaban entrando y saliendo de él, al tiempo que su boca bajaba por su barbilla, su cuello y se detenía sobre sus pezones, lamiéndolos con ansia.
Casi se había acostumbrado a la peculiar sensación cuando Mike se apartó y se irguió sobre él. Tenía los ojos empañados por el deseo y la boca entreabierta, la expresión de su rostro era de pura voluptuosidad. Simón no había visto nada tan hermoso y erótico en su vida y todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo comenzaron a arder. Alargó los brazos y le acarició el pecho con frenesí. No pronunció ni una sola palabra, pero su mirada decía suficiente.
Fóllame.
Mike gruñó casi sin aliento. Veloz, abrió la caja de los condones, sacó uno y rasgó el envoltorio con los dientes. Se lo puso y se untó con abundante lubricante. Luego cogió una de las piernas de Simón y la levantó, colocándose justo delante de su entrada.
Simón contuvo la respiración.
Le dolió. No iba a negarlo. Mientras Mike se iba deslizando dentro de él con cuidado y una expresión concentrada en el semblante, le miró con intensidad tratando de relajarse. Difícil. La quemazón era muy desagradable y cerró los ojos al tiempo que apretaba la mandíbula. Mike debió de darse cuenta de su incomodidad porque se detuvo.
—Puedo parar en cualquier momento —resopló, pero no parecía demasiado convencido.
Simón ya había llegado hasta allí. No había marcha atrás.
—¿Te he… dicho que pares? —balbuceó.
Mike continuó adentrándose en él hasta llenarle del todo. Simón no pudo evitarlo y gimió al tiempo que aferraba las sábanas con los dedos crispados. La sensación era extraña. Mucho. Sentía como si fuese a estallar.
Comenzó a respirar superficialmente y elevó los párpados con lentitud. Los ojos de Mike se incrustaron en los suyos con ansiedad. Todo su rostro mostraba una expresión mezcla de excitación y preocupación. Tenía las pupilas muy dilatadas y la frente empapada en sudor.
—¿Estás bien?
Se limitó a asentir. No creía que le saliera la voz.
Mike se inclinó y le besó con voracidad una y otra vez, de nuevo distrayéndole de todo lo que no fuera su lengua rozando la suya mientras comenzaba a moverse despacio, forzándole a acostumbrarse a su fricción, hasta que logró relajarse un poco y soltó la sábana.
Mike se quedó mirándole con embeleso. Simón tenía los párpados entrecerrados y sus larguísimas pestañas proyectaban sombras debajo de sus ojos. Sus mejillas sonrosadas y sus labios húmedos pedían ser besados mientras breves gemidos brotaban de ellos.
—Eres increíble —murmuró, acercándose y besándole con infinita parsimonia.
Simón desprendía un ardor tal que amenazaba con sofocarle. Tenía que contenerse para no empujar más rápido y con más potencia, y eso le estaba costando la vida, pero no quería precipitarse y que aquella experiencia no fuera tan buena para Simón como estaba resultando para él.
Muy poco a poco comenzó a dejarse llevar por toda aquella pasión contenida y aceleró sus movimientos, pendiente de sus reacciones. Simón no protestó. Por el contrario, sus rápidos jadeos parecieron alentarle a que siguiera haciéndolo. Era evidente que estaba muy excitado.
Mike le rodeó la polla con la mano, admirando su increíble dureza y tamaño, y empezó a acariciársela al ritmo de sus embestidas, provocando que Simón terminase bajando los párpados y gritando de placer.
Ese sonido reverberó dentro de él haciéndole vibrar.
—Quiero… que te corras mirándome a los ojos —le ordenó con fiereza al sentir cómo se ponía rígido debajo de él.
Simón farfulló algo ininteligible y abrió los ojos bruscamente mientras el clímax le golpeaba. Terminó por derramarse en su mano con fuerza, soltando un estertor ahogado.
Al borde de su propio abismo de placer, Mike bombeó unas cuantas veces más con sus caderas, hundiéndose hasta la raíz en su pulsante interior
antes de convulsionar y alcanzar también un orgasmo intenso y arrebatador.
La sensación de plenitud que se expandía por todo su cuerpo era grandiosa.
Se desplomó, jadeante, y aspiró el aroma del cuello de Simón con deleite. Olía a coco y a sudor limpio. Frotó la nariz contra su piel antes de retirarse y salir de dentro de él. Luego le miró.
—¿Cómo estás? —le preguntó ansioso apartándole un mechón de pelo que se adhería a su frente.
—Ha dolido y… no ha sido para nada cómo esperaba… —confesó, clavando su mirada color chocolate en la de él—, pero no me importaría repetir más adelante —añadió con una sonrisa cansada—. Ha sido…
increíble.
Mike notó cómo el corazón se le expandía en el pecho y una sensación extraña le atenazó la garganta. Estaba conmocionado. Carraspeó. Era la primera vez en su vida que sentía algo similar después del sexo. Era raro y desconocido, pero muy satisfactorio.
—Ahora mismo vuelvo.
Ignorando el pequeño gemido de protesta de Simón, se bajó de la cama y fue al baño. Se deshizo del condón y humedeció una toalla. Luego regresó, limpió a Simón con cuidado, que se dejó hacer sin emitir ni un solo sonido, y se tiró sobre la cama.
—¿Te puedes creer que me siento como si me hubieran pegado una paliza? —resopló Simón rodando hacia un lado—. Estoy destrozado.
—Ese es el mejor cumplido que me ha hecho nadie en mucho tiempo —
dijo con arrogancia.
Simón se rio bajito y extendió una mano para acariciarle la cara con una expresión de absoluta satisfacción en el semblante.
Mike se acercó hasta que solo unos milímetros separaron sus bocas.
—Despiertas todos mis sentidos y haces que me hablen, ¿sabes, Simón?
—murmuró con emoción contenida.
Era la pura realidad.
—Eso es porque soy especial —repuso sonriendo.
—No te imaginas lo especial que eres…
Se miraron durante unos segundos hasta que Simón rompió el silencio al fin.
—¿Qué música es esa?
Mike cogió el móvil y miró la pantalla.
—Es Aretha Franklin, I never loved a man the way I love you31.
Simón hundió la cara en la almohada y gimió.
—Joder qué canción más oportuna… —dijo con la voz ahogada.
Ahora fue el turno de Mike de reírse.
—Anda, ven aquí y déjame abrazarte. Duérmete un rato si estás cansado.
—Pero si ni siquiera es mediodía —protestó con tibieza, pero mientras lo hacía ya se acurrucaba en sus brazos y apoyaba la cabeza en su hombro al tiempo que dejaba escapar un suspiro contra su cuello.
—Y qué más da… —murmuró, dándole un beso en la frente.
Cerró los ojos y dejó que el calor del cuerpo de Simón le envolviera mientras el corazón le latía potente en el pecho.
¿Cómo era posible sentirse tan jodidamente bien?
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