My shining Star

Laura Sanz · Capítulo 13 de 42

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My shining Star

Viviendo juntos / Living together

Viviendo juntos /

Living together

Mike no quería irse.

Y Simón no quería que se fuera.

Así que ninguno sacó el tema. Y el par de días se convirtieron en diez.

Diez días de compartir cenas, de ver películas, de desayunar en la terraza, de jugar con Rico, de hablar de nimiedades…

—Me encanta la tortilla de patata —confesó Mike una mañana—. Pero en casa no la como nunca. Es una cosa que echo de menos de España.

—Puedo hacer una cuando quieras.

Los ojos de Mike se mostraron entusiasmados.

—¿Ahora? ¡Por favor!

Simón sonrió.

—Son las ocho de la mañana.

—¿Cuándo vuelvas de trabajar esta tarde, entonces?

—Me parece bien. ¿Con cebolla o sin cebolla?

Mike fingió una mueca exagerada como si le hubiera ofendido la pregunta.

—Eso no se pregunta. Se sobreentiende.

Simón se quedó un rato mirándole con la nariz arrugada.

—Entonces con cebolla —dijo al fin.

La sonrisa algo canalla de Mike iluminó toda la puñetera casa.

Otras veces hablaban de lugares a los que habían ido y de lugares a los que querían ir. Mike había estado en todas partes, pero se quejaba de que solo conocía los interiores de las habitaciones de los hoteles. Simón había estado en pocos sitios, pero vivió durante tres años en Alemania, en Berlín, y le dijo a Mike que quería volver porque se había enamorado de esa ciudad.

También hablaron de fútbol, por supuesto. Hubiera sido extraño que dos hombres que compartían piso no hablaran de eso. Y aunque Simón no era

un gran entusiasta de ese deporte, se negó a aceptar lo que Mike pretendía hacer pasar como verdad absoluta: que el Manchester United era el mejor equipo del mundo, y le restregó por la cara que de todas las veces que se había enfrentado al Real Madrid en la historia solo hubiera ganado un par de ellas, habiendo perdido o empatado el resto.

Mike terminó por ceder, refunfuñando.

Y también llegó el momento de las revelaciones.

Por fin, Simón se atrevió a decirle que no era un seguidor de los CFB.

Estaban sentados en la terraza, bebiendo una copa de vino. Hacía ya rato que habían terminado de cenar y la oscuridad reinaba en el exterior.

—Entonces, ¿por qué estabas en el concierto? —le preguntó Mike después de haber escuchado su confesión con las cejas arqueadas.

—Me obligó mi hermana. Es una gran seguidora vuestra.

—¿Y la camiseta?

—Me obligó mi hermana.

— Seriously? Don’t fuck with me, man! 20—exclamó Mike.

A Simón ya no le sorprendía que hablara en inglés de vez en cuando.

Solía hacerlo cuando algo le asombraba o le incomodaba.

—Entonces, antes de eso, ¿no habías escuchado nunca ninguna canción nuestra?

—Ni siquiera había oído mencionar vuestro nombre —reconoció con cierta turbación.

Mike emitió una risa incrédula.

—Cuando vine aquí a tu piso pensé que, al ser un fan, te sentirías halagado por acogerme. —Soltó una carcajada y meneó la cabeza—. Qué patético… Y mi asistente mandó una caja llena de artículos del grupo.

¿Dónde los tienes, por cierto?

—Debajo de la cama. En su caja —admitió.

Mike expelió un bufido lleno de ironía.

—Es una lástima que estés desperdiciando los vasos de chupito —

continuó con sorna—. Deberíamos estrenarlos, al menos.

Simón se rio con complacencia. Había vacilado antes de confesarle a Mike que no conocía su grupo, pero después de llevar varios días conviviendo con él, sabía que se lo tomaría a broma. Tenía un carácter afable y juguetón.

—Y ahora que nos conoces, ¿nos has escuchado?

—Bueno, mi hermana está loca por vosotros. A veces pone algún CD

vuestro en la escuela. Desde que sé quiénes sois, algo he escuchado, sí.

—Me cae bien tu hermana, al menos está claro que tiene buen gusto —

sonrió—. ¿Y qué canción te gusta más?

—No sé los títulos —repuso y le miró de reojo.

Recordaba uno de ellos a la perfección, el de la canción que le dedicó en el concierto. Se esforzó por mantener la sonrisa intacta en la boca mientras su mente repetía la sensual letra. ¡Dios! ¿Por qué se acordaba ahora de eso?

Se removió intranquilo en el butacón.

Mike volteó la cabeza y le miró.

—Sé lo que estás pensando —dijo.

«No tienes la menor idea».

—Estás recordando la canción que te dediqué.

Simón, que se había llevado la copa de vino a la boca, estuvo a punto de atragantarse. Alzó la vista y la ancló en la de Mike.

— I’ll take you from behind. Please, don´t move and stay quiet. I know this is what you like. You wanna love me or fuck me? —comenzó este a tararearla en voz baja sin quitarle la vista de encima.

El calor invadió a Simón.

—Por una vez has sido muy transparente… —murmuró Mike con una amplia sonrisa, y no dijo nada más.

No hacía falta.

Al cabo de unos segundos, Simón, todavía azorado, se levantó. Dejó su copa encima de la mesa y se alejó.

—Voy al baño… y luego… me voy a acostar… Mañana madrugo.

Mike observó su huida con los ojos entornados. Episodios como ese se sucedían con frecuencia. Episodios en los que la tensión entre ellos era evidente.

Tensión sexual con todas las letras.

Hacía días que había aceptado que se sentía atraído físicamente por Simón. No iba a negarlo. Y estaba casi seguro de que a Simón le pasaba lo mismo, solo que parecía reacio a reconocerlo.

Mike había comenzado a lanzarle indirectas —algunas bastante claras y otras más sutiles—, y a provocar escenas de ese tipo entre ambos.

Sí, era un poco capullo. Lo reconocía.

Empezó la noche anterior, cuando decidieron ver una película.

—¿Te parece bien Arsénico por compasión? —propuso Simón.

—Bien. —Se encogió de hombros. Nunca había oído hablar de ella en su vida.

—¿No la conoces? —Simón se dio la vuelta y le contempló con asombro.

—¿Es muy antigua? Entonces creo que no.

—Quizá no sea una buena idea…

—Ponla —le interrumpió, poniéndose de pie y acercándose a él—.

Siempre estoy dispuesto a probar cosas nuevas. ¿Cómo sé si algo me va a gustar o no, si no lo pruebo? —lo preguntó con una entonación más que provocadora.

Las aletas de la nariz de Simón se dilataron y tragó saliva, visiblemente nervioso.

Era la reacción que Mike había esperado.

No volvió a hacer ninguna insinuación más, y decidió armarse de paciencia hasta que Simón aceptase la realidad y desliara la madeja enredada que parecía tener en el interior de su cabeza.

A veces se sentía como una araña esperando a que la mosca quedara atrapada en su tela.

Arsénico por compasión resultó ser una comedia bastante ingeniosa y divertida. Mike disfrutó mucho con ella. Si algo estaba aprendiendo de la convivencia con Simón era a apreciar el cine clásico. Todas las noches, este sacaba algún DVD de su extensa colección de la estantería y lo ponía.

Vieron la película sentados en el sofá, uno al lado del otro, separados por solo unos centímetros. Centímetros que ninguno de los dos se esforzó por acortar. Simón parecía demasiado turbado y Mike no quería precipitarse.

Y esa noche había vuelto a suceder algo similar.

Había vuelto a lanzar la caña. Y Simón había vuelto a huir.

«Paciencia», se dijo.

Recogió las copas y las metió en el lavaplatos. Rellenó el cuenco de comida de Rico y se sentó en la cama con el móvil en la mano para revisar unos mensajes de Vince y de Joe que todavía no había leído. Le echó una última mirada a la puerta del baño con una mueca calculadora en el rostro.

Al otro lado de la puerta, el coleccionista de cine clásico se hallaba frente al lavado, con las manos apoyadas en el borde y la cabeza hundida en

los hombros.

Aturdido.

Lo que había sucedido con la letra de la canción le había estremecido por dentro. El escuchar la voz de Mike cantando de ese modo tan sensual le había provocado un ardor inesperado en el vientre y algo más: una reacción física con la que no había contado. Había creído morir de vergüenza.

Mike era capaz de convertir las conversaciones más simples en diálogos llenos de segundas intenciones. Siempre parecían estar impregnadas de insinuaciones veladas. ¿O era él el que las interpretaba así? Ya no lo sabía.

Estaba confuso. No obstante, cada vez le resultaba más difícil ignorarlo.

¡Y esa noche, había tenido una erección!

¡Una puñetera erección!

Llevaba días dudando de su propia sexualidad. Aquello no tenía ningún sentido. ¿Qué demonios le estaba pasando? Había tenido dos relaciones serias en su vida. Una de tres años y la otra de dos. ¡Con mujeres! Jamás se había sentido atraído hacia un hombre.

Hasta conocer a Mike Allen.

Bueno…, aquello no era del todo cierto.

Recordaba un pequeño episodio de hacía mucho tiempo, cuando acababa de cumplir los quince años. Estaba en casa de su amigo Nico y se habían puesto a tontear con el ordenador. Habían estado bebiendo y viendo porno y llegaron a una página de porno gay. Sus amigos, cuatro en total, comenzaron a emitir exclamaciones y a gritar diciendo barbaridades.

Su propia reacción fue diferente. Él no se sintió asqueado; por el contrario, contempló a los dos hombres que estaban teniendo relaciones sexuales en la pantalla con cierta fascinación. Fingió que le desagradaba lo que veía para no quedar de imbécil delante de los demás, pero después, solo en casa, se masturbó pensando en aquella película. Se sintió avergonzado.

Mucho. Y no volvió a hacerlo. Tampoco volvió a interesarse por el porno gay ni trató de ver algo semejante de nuevo.

El episodio se había diluido en su memoria y lo había olvidado por completo.

Hasta ese momento.

Una paja a los quince años pensando en dos tíos follando no le convertía en gay, ¿no? Pero ¿y la erección que tenía en los pantalones en ese instante?

¿Qué la había provocado?

No era solo el aspecto físico de Mike lo que le atraía. Era mucho más que eso. Era su comportamiento, su forma de ser, su carisma… ¡Y esa puñetera canción saliendo de sus labios!

—¡Joder!

Y no podía engañarse a sí mismo diciéndose que Mike parecía una mujer y por eso se excitaba. No. En los días que llevaba viviendo en su piso, había podido comprobar que no había nada de femenino en él, excepto sus rasgos. No era nada delicado o afeminado. Desprendía virilidad.

Mientras esperaba a que su excitación se aplacase, se lavó los dientes y se preparó para irse a la cama. Mejor dicho, al sofá. A pesar de que Mike había insistido unas cuantas veces en que intercambiaran sus lugares, se había negado.

Cuando abandonó el baño, Mike ya había recogido las copas y había puesto comida nueva para Rico en su comedero. Estaba sentado en el borde de la cama, ojeando su móvil.

Todavía demasiado alterado para encararse con él, le dio las buenas noches, se dirigió al sofá y se acostó. Mike le respondió con su característica voz ronca. Luego le escuchó andar hasta el baño y cerrar la puerta, y pudo oír cómo abría el grifo del lavabo.

Soltando un pequeño gruñido, se dio media vuelta y se tumbó boca arriba. Contempló el techo de escayola con un brazo flexionado sobre la frente. A pesar de que estaba terriblemente confundido, la parte positiva de tener a Mike en su casa era que conseguía hacerle olvidar el resto de sus preocupaciones. Al menos, no se pasaba todo el día agobiado por ellas.

Ni siquiera el hecho de que Luis le hubiera llamado esa mañana para decirle que todavía no había encontrado comprador para el piso le afectó demasiado.

Era curioso cómo Mike, que siempre decía que él era un oasis de paz, se había convertido a su vez en un refugio de serenidad para Simón. Su cercanía era perturbadora y reconfortante al mismo tiempo, si es que eso tenía algún sentido.

¿Le gustaba Mike?

¿O era solo que le resultaba una persona interesante?

«Y la erección, ¿qué?».

Su cuerpo alto y fibroso, sus manos con esos dedos largos y delgados, su cara perfecta y su sedoso cabello rubio… Y esa forma de mover las

puñeteras caderas cuando bailaba…

Mortificado, cambió de postura y se tumbó de lado. Cerró los ojos con fuerza al tiempo que expelía un gemido. Estaba cansado, pero tenía claro que no iba a poder conciliar el sueño.

No con esos pensamientos ridículos pululando por su mente.

Imposible.

Cuando Mike salió del baño, diez minutos más tarde, Simón estaba dormido. Su respiración profunda le delataba. Se acercó hasta el sofá y le contempló con una sonrisa condescendiente al tiempo que se cruzaba de brazos.

«Ay, Simón… Este sofá es demasiado pequeño. Si tú quisieras…».

Se quedó un rato allí, estudiando su varonil rostro, tan calmado en ese momento. Tenía las facciones algo ásperas, pero sus labios eran carnosos.

Seguro que serían suaves al tacto de otros labios…

De los suyos, por ejemplo.

Meneando la cabeza con cierta resignación, apagó las luces del piso y se alejó camino de la cama.

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