My shining Star

Laura Sanz · Capítulo 33 de 42

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My shining Star

Echar de menos a alguien... / To miss somebody...

Echar de menos a alguien... /

To miss somebody...

Echar de menos a alguien era como no tener hogar. Como estar siempre desubicado, en un lugar en el que uno se sentía extraño y poco bienvenido.

Echar de menos a alguien era como no tener suelo en el que apoyar los pies ni cielo sobre la cabeza.

Echar de menos a alguien era despertarse por las mañanas y clavar la mirada en el techo sin ganas de levantarse, y acostarse por las noches sin ganas de cerrar los ojos para no quedarse dormido.

Así era como se sentía Simón.

Desde hacía seis meses y medio.

No lo había pretendido, pero su mente traidora contaba los días desde que Mike se marchó.

¿Qué se había dicho a sí mismo por aquel entonces? ¿Que para olvidar a una persona se necesitaba el doble de tiempo que uno había pasado con ella? ¡Qué imbécil fue! Hacía mucho tiempo que las diez semanas previstas habían transcurrido y el dolor de la pérdida seguía siendo enorme.

Y lo peor de todo era que no tenía opción de poder pasar página porque Mike estaba en todas partes. Si ponía la televisión, allí estaban los CFB, en algún vídeo musical o en alguna entrevista. Si encendía la radio, su música sonaba atronadora una y otra vez. La cara de Mike le sonreía desde las marquesinas de los autobuses y desde las portadas de las revistas en los kioscos. Y hasta en internet, cuando solo quería consultar noticias, anuncios del lanzamiento de su próximo álbum ocupaban los faldones de los periódicos online.

Incluso su hermana se pasaba el día reproduciendo sus canciones en la academia y tenía como fondo de pantalla en su ordenador una foto de los CFB.

Imposible ignorar todo aquello.

Después de la conversación que tuvo con Paola poco después de que Mike y él rompieran, Simón no había querido volver a hablar sobre el tema pues le resultaba muy doloroso, pero ella parecía insensible y lo mencionaba constantemente.

Era para volverse loco.

Mike no le había llamado en todos aquellos meses. Y tampoco él había intentado contactarle. Si bien no podía evitar espiar sus redes sociales para saber qué hacía y cómo estaba. Sus fotos le mostraban siempre rodeado de gente, sonriendo y bromeando, acudiendo a galas, a fiestas…, trabajando, paseando y descansando en su fabulosa casa de Londres. Y con mujeres…

Se rumoreaba que había empezado a salir con una decoradora que tenía un programa de televisión. Se le había visto con ella en varias ocasiones.

A pesar de que él era el responsable de que ya no estuvieran juntos, estaba celoso.

Mike parecía haber recuperado su vida. Y haberlo superado.

Simón no había sido capaz de hacerlo todavía.

Demasiados recuerdos.

Demasiados sentimientos.

Quizá en un futuro pudiesen ser amigos, se decía una y otra vez. Ser su amigo sería mucho mejor que no saber nada de él… Al menos, de ese modo se sentiría parte de su vida…

Pero todavía era pronto.

Había intentado vivir como vivía antes de conocerle. Se levantaba, iba a trabajar, preparaba sus clases, corregía exámenes, tenía reuniones con los otros profesores… Y los fines de semana, cuando no estaba en casa viendo películas o leyendo, quedaba de vez en cuando con sus amigos para hacer rutas en bici, o para comer o tomar algo… Mario había probado a ser un casamentero de nuevo y trató de emparejarle con otra chica diferente, también enfermera, pero él la rechazó. No quería salir con nadie. Todavía estaba lleno de Mike. No le interesaba nadie más.

En ocasiones, cuando más le echaba de menos, se cuestionaba si dejarle marchar fue lo mejor. Quizá fue demasiado tajante a la hora de tomar la decisión de separarse. Tenía que haberle dejado hablar, haberle escuchado, haber confiado en él… Sin embargo, esos momentos de debilidad desaparecían cuando su parte racional acudía a él y le decía que Mike iba a estar mejor sin un lastre como él entorpeciendo su carrera.

Al menos, ya no tenía problemas económicos. Esa espada de Damocles, que durante tanto tiempo sintió sobre su cuello, se había esfumado. Se había puesto al día con sus deudas y la escuela marchaba muy bien.

Por lo demás, su mundo había vuelto a ser anodino y gris.

Solo que ahora era mucho más gris que antes.

Un maullido le hizo girarse en la cama. Rico estaba sentado encima de la almohada, a su lado y le observaba con interés.

—Buenos días —le susurró, palmeándole la cabeza.

El gato le lamió la mano y se marchó después de conseguir lo que quería: que se espabilara.

Simón suspiró y se incorporó, desentumeciendo los músculos. De todas maneras, ¿para qué se iba a quedar más rato en la cama? Se le antojaba demasiado grande y vacía. Recordaba que las primeras semanas, después de que Mike se fuera, no cambió las sábanas y solía enterrar la cara en la almohada, aspirando con fuerza y deleitándose en los restos de su aroma que habían quedado allí, como un masoquista enfermo. Pero ya hacía mucho tiempo de eso y el olor de Mike hacía meses que se había desvanecido de todas partes.

Era un día festivo en Madrid, el dos de mayo, y no tenía que ir a trabajar ni tenía planes de ningún tipo hasta las nueve de la noche, hora en la que se iba a encontrar con Paola, Pedro y su madre en casa de esta última, donde habían quedado para cenar. Así que decidió pasar el día paseando por la ciudad o tomando algo en alguna terraza mientras leía un poco.

Huyendo de su piso que seguía lleno de recuerdos deshilvanados.

Desayunó, se duchó, se vistió con ropa ligera ya que hacía un día espléndido, y se fue al centro a pasear, a la zona de Malasaña, pero pronto se dio cuenta de que no era una buena idea. Las calles estaban llenas de gente y era difícil relajarse entre la muchedumbre. En cada placita había conciertos, estatuas vivientes, barras metálicas donde se servían bebidas y ni una sola mesa libre en ningún bar.

Terminó por vagabundear por Atocha. A las dos de la tarde, consiguió hacerse un hueco en la barra de un concurrido bar y se comió un bocadillo acompañado por una cerveza. Luego se encaminó hacia el paseo del Prado.

Iba distraído, sin rumbo fijo, y antes de que pudiera darse cuenta, había llegado hasta la calle Alcalá, al Círculo de Bellas Artes.

La remembranza de aquel atardecer que vio con Mike desde la azotea del edificio le sacudió por dentro. Se maldijo en silencio por ser tan sensiblero. Sin pensarlo demasiado, para espantar aquella sensación de tristeza, compró una entrada para el próximo pase de una de las películas que se proyectaban. Una cualquiera.

Acabó sentado en una sala en penumbra con la única compañía de dos señoras ancianas unas filas por delante de la suya. La película resultó ser un documental polaco en versión original sobre prostitución y trata de blancas.

Abandonó el cine con mal sabor de boca. No había sido la mejor la elección, desde luego, pero al menos le hizo olvidarse de todo durante una hora y media.

Se miró el reloj. Eran las siete y media. Decidió ir andando hasta Callao y coger allí el metro para ir hasta la zona donde vivía su madre. La Gran Vía era un hervidero de gente, y el cuarto de hora que tardó en llegar hasta la plaza de Callao le pareció eterno, mientras esquivaba a grupos de adolescentes dispuestos a comerse la calle, a personas cargadas con bolsas y a paseantes ociosos.

Había elegido el peor día para pasear por la ciudad.

Iba camino de la boca de metro cuando la gigantesca pantalla digital que había sobre los cines Callao cambió su imagen y se volvió negra. Casi por inercia, alzó la vista y echó un vistazo.

De pronto, en primer plano, apareció la cara de Mike. Solo su cara, preciosa y perfecta.

Se detuvo en seco.

Era un vídeo musical. Un vídeo musical de los CFB. Aparentemente, uno nuevo.

En la parte izquierda de la pantalla, abajo del todo, se mostraba el nombre del grupo y el título de la canción.

Cuando Simón leyó el título se quedó paralizado. El aire se escapó de sus pulmones de manera tortuosa mientras trataba de controlar el temblor de sus manos.

¡Aquello no podía ser verdad!

My shining Star.

Ese era el título.

Cerró los ojos durante unos segundos tratando de sobreponerse a la miríada de emociones que recorrían su cuerpo. Comenzó a sudar.

Tenía que escuchar la letra de la canción.

Tenía que escucharla.

A solas.

Repentinamente, se dio la vuelta y, abriéndose paso entre la gente, se acercó a la calzada. Alzó la mano con energía y un taxi no tardó en detenerse frente a él. Le dio la dirección de su casa mientras se acomodaba en el asiento trasero. La ansiedad le recorría de arriba abajo y tuvo que contener su impaciencia cuando el taxista decidió frenar en lugar de acelerar frente a un semáforo que había cambiado a naranja.

El trayecto, a pesar de que solo tardaron doce minutos, se le hizo largo y pesado.

Pagó la carrera con la tarjeta de crédito y subió las escaleras corriendo hasta su piso, sin esperar al puñetero ascensor. Jadeaba cuando entró por la puerta.

Rico le miró con desinterés desde la mesa del comedor.

Se sentó en el sofá y, con las manos temblorosas, abrió el portátil que había dejado sobre la mesita y lo encendió. Temía que el corazón fuera a salírsele por la boca, tal era el estado de nervios en el que se encontraba.

Buscó en internet y descubrió que esa canción era el primer single del nuevo álbum de los CFB que iba a ser lanzado en unas semanas.

Respirando hondo, se puso los cascos y los conectó al ordenador.

Vaciló. No quería hacerse ilusiones ni tener demasiadas esperanzas, pero… ¿Y si aquello significaba que Mike no le había olvidado?

Le dio al play.

Era una balada, diferente al tipo de música que los CFB solían interpretar. Los ojos azules de Mike fijos sobre la pantalla parecían hablarle directamente a él. Las primeras palabras de la canción penetraron en sus oídos…

Y le desarmaron.

We lived in our own paradise for five weeks. We kissed and everything tasted sweet, even the bitterest coffee. For five weeks we played the starring role in our own romantic movie. And everytime our eyes met, we fell in love

again. And you called me my shining star 40.

Simón se llevó la mano a la boca y se la cubrió, abrumado.

No había derramado ni una sola lágrima desde aquel viernes de octubre en que Mike se fue, pero en ese momento sintió cómo sus ojos se empañaban.

Esa canción era suya.

Era su canción, de Mike y de él.

Los latidos de su corazón se aceleraron.

Siguió escuchando mientras la ronca voz de Mike continuaba hablando de ellos.

Era su historia de amor.

¿Cómo podía caber todo lo que habían vivido juntos en cuatro estrofas y un estribillo?

Pero lo hacía. Cabía…

Y emocionaba.

Casi sin respirar y con el vello de la nuca erizado, escuchó la letra hasta el final, hasta que la cara de Mike se fundió con el fondo oscuro y los últimos acordes desaparecieron poco a poco. Una frase apareció en la pantalla en letras blancas. En español.

No consigo olvidarte.

Simón gimió. Se echó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas.

—Yo tampoco consigo olvidarte —murmuró y la voz le salió ahogada y sibilante, como si no le perteneciera.

Volvió a darle al play, pero pausó la imagen en cuanto Mike fue plenamente visible. Alargó la mano y mientras delineaba su contorno con la punta de su dedo índice, se recreó en todos y cada uno de sus rasgos.

Llevaba el cabello de otro modo al habitual, más liso y con la raya en medio. Todo lo demás era igual: su mirada penetrante, sus pómulos marcados, con esa estrella negra diminuta destacando sobre el derecho, sus labios generosos, y su nariz ancha y algo aplastada, que le hacía más humano y menos etéreo…

Un suspiro emergió de su boca.

Mike…

Reanudó la reproducción y escuchó la letra de nuevo con los ojos cerrados, llenándose de cada frase, cada palabra…

Volvió a oírla tres veces más, hasta que, finalmente, se sacó el móvil del bolsillo y buscó su número de teléfono en la agenda. Seguía ahí. La última llamada era de octubre del año anterior.

Titubeó.

Apenas podía creer que, después de todo lo que le dijo y después de aquellas frases hirientes y de haberse comportado como un imbécil, Mike siguiera pensando en él. ¿De verdad le echaba de menos y no le guardaba ningún rencor?

«Hazlo, Simón. Llámale».

El problema era que no sabía qué podía decirle. Después de más de seis meses de silencio, ¿qué narices se le decía a alguien a quien uno había hecho mucho daño?

Dejó el móvil sobre la mesa y se puso de pie, pero volvió a sentarse.

«No seas cobarde».

Con determinación, cogió el aparato y llamó.

Tenía tantas ganas de escucharle… De oírle pronunciar su nombre con ese acento suyo casi imperceptible…

La respiración salía entrecortada de su boca mientras aguardaba a que se estableciera la llamada. Una locución automática fue la respuesta. El móvil estaba apagado o fuera de cobertura.

—Joder…

Todavía seguía con el aparato en la mano cuando comenzó a vibrar.

Estuvo a punto de escurrírsele de entre los dedos. Ansioso, miró la pantalla.

Paola.

—Hola —respondió.

—Eh, Simón, sé que no quieres hablar del tema, pero creo que deberías ver algo… —dijo ella con rapidez. Sonaba muy seria.

Simón frunció el ceño.

—¿Es algo referente a los CFB?

—Sí.

—¿Es su nuevo vídeo?

—¿Lo has visto ya? —Había sorpresa en su tono.

—Acabo de hacerlo —suspiró.

—¿Y le has llamado?

—Tiene el móvil apagado.

Hubo una pausa al otro lado de la línea. Larga.

—Pues sigue intentándolo. Está claro que no te ha olvidado. Joder, Simón, ese vídeo es una declaración en toda regla.

—Eso parece… —musitó, frotándose la nuca—. Es solo que… no sé qué decirle.

—Lo primero, es pedirle perdón. Veinte mil veces, si es necesario. Te comportaste como un verdadero gilipollas. Lo segundo, es decirle que estás loco por él y lo tercero, preguntarle que cuándo viene. Simple.

Simón dejó escapar una risa seca carente de humor.

—Si fuese tan fácil…

—Tú eres el que complica las cosas.

Guardó silencio al tiempo que asentía. Su hermana era bastante más inteligente que él. No le quedaba ninguna duda.

—Quizá tengas razón —capituló—. Voy a volver a intentarlo.

—Perfecto. ¿Vas a venir a casa de mamá o prefieres quedarte en tu casa hoy?

—Prefiero no ir.

—Vale. Pues se lo digo. En cuanto sepas algo, llámame y cuéntame —

dijo y añadió con entusiasmo—: Jo, seguro que todo va bien, Simón. Mike y tú estáis hechos el uno para el otro. Qué fuerte. Estoy supercontenta por ti.

—Me gustaría tener la misma seguridad que tú tienes…

—Pero ¿no has visto la frasecita al final del vídeo? —exclamó—. Está tan claro que va dedicada a ti… Vamos, blanco y en botella.

—Sí, sí…

—Bueno, llámame en cuanto sepas algo. Un beso enorme, hermanísimo.

Y dale un beso enorme también a mi cuñadísimo.

—Adiós, mema.

Colgó y se quedó pensativo.

Rico se había subido de un salto al sofá y se tendió a su lado como si supiera que necesitaba ánimos.

—Vamos a volver a llamar a Mike —le dijo.

El gato cerró los ojos y se acurrucó contra su muslo.

Simón sonrió levemente y pulsó el icono de llamada.

El mismo mensaje.

—Bueno, tengamos paciencia. Quizá esté ocupado, pero cuando vea las llamadas perdidas, me llamará… ¿no?

Una mezcla de inseguridad y ansiedad le embargó y se extendió por todo su cuerpo.

Mike le miraba desde la pantalla del portátil.

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