My shining Star
¡Quiero un cigarrillo! / I want a smoke!
¡Quiero un cigarrillo! /
I want a smoke!
Estaba comenzando con la puta ansiedad otra vez, lo notaba en el temblor de las manos y en la opresión que sentía en el pecho, y todavía quedaban dos temas más antes del descanso. Para que el público no se diera cuenta de nada, dejó el micro en el soporte y se dio la vuelta, colocándose de espaldas, mientras los acordes de la última canción reverberaban en el aire.
Rob le lanzó una mirada preocupada desde la batería. Mike le hizo un breve guiño para tranquilizarle.
«Tú puedes, Mike. Tú puedes», se dijo, intentando hacerse dueño de su propia respiración, que empezaba a perder el compás.
Hizo una de las poses que tanto gustaban a sus seguidores, elevando los brazos y la cabeza hacia el techo al tiempo que oscilaba las caderas.
Extendió el dedo índice de la mano derecha en el aire. Era la señal para que sus compañeros supieran que necesitaba hacer una pausa. Habían convenido que, si Mike se encontraba mal, pasarían a cambiar el repertorio y tocarían You are everywhere. Era un tema rápido y corto y lo interpretaba Vince, de manera que él podía abandonar el escenario y tomarse un respiro.
Joe comenzó con el solo de guitarra que era el preludio de la canción.
Era una de las más famosas de su primer álbum y siempre solían tocarla en todos sus conciertos. El público empezó a gritar entusiasmado.
Mike sabía que no podía largarse de repente y joder el espectáculo, así que se acercó a Vince y tonteó un poco con él, imitando sus movimientos antes de alejarse hacia uno de los laterales del escenario. Le resultó difícil llegar. Cada vez le costaba más respirar. En cuanto alcanzó las negras cortinas y estuvo seguro de que el público no podía verle, se detuvo y se dobló sobre sí mismo aspirando bocanadas de aire.
«Mierda, mierda, mierda. Otra vez, no».
—¿Estás bien, Mike? —La voz de Greta, la asistente del grupo, llegó hasta él como a través de un túnel.
No contestó. Se limitó a despojarse de la chaqueta y a arrojarla al suelo.
El sudor frío que le provocaban los ataques de ansiedad se mezclaba con el otro, con el sudor que cubría su cuerpo después de llevar una hora cantando y moviéndose sin parar. Sin mirar a Greta, alargó la mano con impaciencia.
Esta le alcanzó una botella de agua.
Mike la abrió y se vació el contenido por encima de la cabeza. El líquido no estaba demasiado frío, pero su piel ardiente lo recibió con avidez. Seguía encorvado y con los ojos cerrados, concentrado única y exclusivamente en contar del uno al diez para sus adentros. Tardó algo más de doce series de números en volver a ser dueño de su respiración y en que la presión del pecho comenzase a disminuir. Se irguió con lentitud.
—Póntela. —Greta le tendió una sudadera con capucha—. Sabes que siempre te quedas helado después.
La cogió con movimientos mecánicos y se la puso, sin protestar.
—Ciento veinticinco segundos —musitó—. Ha durado ciento veinticinco segundos.
—Mucho mejor que la última vez.
Ella le sonrió al tiempo que le tendía otra botella de agua. Mike la cogió y se la llevó a la boca. Bebió con ansia mientras sus ojos recorrían el entorno. No había nadie allí, solo ellos dos. Andrew, su mánager, había dispuesto un espacio entre cortinas en un lateral del escenario a salvo de ojos curiosos por si acaso sucedía algo similar.
—Dame un cigarro —le pidió una vez hubo vaciado la botella.
Ella alzó la barbilla y le miró con el ceño fruncido. Era bajita y muy delgada. Llevaba el pelo muy corto y teñido de color verde menta.
—Es mejor que no.
Mike soltó un improperio y cerró los ojos con fuerza.
—Es solo uno —suplicó volviendo a mirarla.
—No deberías fumar.
—Lo sé. Es solo esta vez.
—Pero Mike…
—Joder, dame un puto cigarro —masculló, perdiendo la paciencia.
—Vale, Mike, te doy un puto cigarro, pero espero que sea el último. Le prometiste a Andrew que no volverías a fumar. Joder, hace solo cuatro meses de la neumonía. Estuviste grave, Mike.
—Lo sé, lo sé… —Se llevó las manos a la cabeza y se echó el pelo hacia atrás—. No quiero volver a fumar, es solo que no sé cómo controlar esta mierda de ansiedad y el tabaco me calma.
Ella no replicó a pesar de mirarle con escepticismo. Metió la mano en la riñonera que llevaba en la cadera y sacó un mechero y un paquete de Marlboro, extrajo un cigarrillo y se lo dio con una mueca desencantada.
—¿Por qué me haces rogarte si al final haces lo que quiero? —preguntó él.
—Tengo la esperanza de que algún día dejes de ser tan cabezota y me escuches. Que no se entere Andrew de que te lo he dado, tú verás dónde vas a fumártelo. Toma también chicles. —Miró su reloj de pulsera—. Después de esta canción es el intermedio. Tienes media hora. Si no llegas a tiempo, que empiecen con Juliet. Pero no te retrases mucho más. ¿Te vas a poner la camisa blanca?
Mike se abrochó la sudadera y se subió la capucha.
—Sí, pero tráela aquí. No voy a ir a la sala de descanso. Paso de ver a Andrew. Y dame mi móvil.
—Como tú digas. —Le dio el móvil al tiempo que se encogía de hombros.
Mike no se entretuvo más con ella. Seguido por los últimos acordes de la canción y la voz de Vince, apartó las cortinas y abandonó el pequeño espacio privado para encontrarse de lleno con la cara menos glamurosa del escenario: los montones de cables, los carros y las decenas de cajas metálicas apiladas unas sobre otras. Un par de técnicos pululaban de un lado a otro. Y dos guardias de seguridad le estaban esperando a solo unos metros de distancia junto a un andamio.
Estaba un poco desorientado y no sabía muy bien hacia dónde dirigirse.
No quería cruzarse con su mánager, así que ir hacia la zona de vestuarios quedaba descartado. Normalmente, este no los acompañaba en las giras, pero hacía una semana había cogido un avión y se había plantado en París, donde tenían un concierto. Llevaba con ellos desde entonces. Era un jodido incordio porque su presencia los obligaba a portarse bien y a no desfasar.
Vio a Toby, uno de los roadies que los acompañaban en todas sus giras, y a Howard Cambell, el novio de su maquilladora. Estaban sentados en una de las cajas, charlando. Ambos eran fumadores empedernidos. Mike les hizo una señal con la mano y se acercó a ellos.
—Eh, chicos. ¿Dónde vais vosotros a fumar?
—En la parte de atrás, en la salida de emergencia hay un patio donde almacenan cosas. Pero tú no puedes, tío —contestó Toby—. Está todo lleno de gente. Vayas donde vayas llamarías mucho la atención.
«Joder».
—Sube a la sala VIP —sugirió Howard—. Allí hay baños. Por allí te puedes mover con libertad. Los de seguridad tienen la zona controlada.
Mira, es por ese pasillo, la escalera que hay al final. —Señaló a su espalda.
—Vale, tíos, gracias —repuso.
Se acercó a uno de los de seguridad, un tipo negro de metro noventa y cabeza afeitada.
—Voy arriba, al baño —le dijo.
Este asintió sin despegar los labios.
A Mike le jodía tener a esas sombras pegadas a su trasero, pero sabía que su mánager lo hacía por precaución y con la mejor de las intenciones.
Estaba preocupado por él. Todo el mundo lo estaba.
Su acosador particular, después de no haber contactado con él por espacio de varios meses, había vuelto a encontrarle. Y había regresado por la puerta grande, enviándole una foto que indicaba que también se encontraba en España. Eso había sucedido solo hacía unas horas, poco antes de empezar el concierto. Andrew, rápidamente, había dado parte a la policía.
Los dos guardaespaldas con aspecto de tanques alemanes de la Segunda Guerra Mundial eran necesarios, aunque llamaban demasiado la atención.
De camino a la planta superior, se cruzó con un grupo de chicas en las escaleras, que comenzaron a darse codazos y a cuchichear entre ellas. A pesar de llevar la capucha bien baja sobre la frente ocultando su llamativo cabello y su cara, suponía que no era muy común encontrarse a un tipo seguido por dos hombres con pinganillo en la oreja a punto de reventar la ropa debido a su musculatura.
Les indicó que le esperasen a la entrada de la sala VIP. No quería que le siguieran hasta el baño. Atravesó la puerta de cristal deslizante y echó un vistazo a su alrededor. La estancia debía de estar insonorizada porque la música apenas llegaba hasta allí. Había un grupo de personas delante de una barra atendida por dos camareros y un par de mujeres sentadas en un conjunto de sofás a la derecha. La iluminación era suave y él se camufló en
las sombras de la pared, por lo que logró pasar desapercibido sin demasiado esfuerzo. Un pequeño rótulo luminoso en el techo le indicó dónde estaban los aseos.
De camino hacia allí, cogió otra botella de agua de una de las mesas que había pegadas a la pared y se la metió en el bolsillo.
No había nadie en el baño. Atravesó la zona de lavabos con rapidez, sin molestarse en mirarse al espejo, y se encerró en el cubículo más alejado. Se sentó en la tapa del retrete y se encendió el cigarrillo. La llama del mechero osciló con el temblor de sus manos.
La primera calada fue dolorosa y estuvo a punto de hacerle toser.
Demasiado tiempo sin nicotina ni alquitrán en los pulmones. El humo no le supo tan bien como esperaba, aun así, se echó hacia atrás y apoyó la cabeza en la pared de azulejos con los ojos cerrados.
Su vida se había vuelto a complicar. Otra vez a vivir con mil ojos, mirando por encima del hombro, sin poder salir a la calle cuando le apeteciese, y siempre custodiado por guardaespaldas. Era lo que peor llevaba de la fama: la falta de privacidad y de libre albedrío. Al menos, cuando su vida no estaba amenazada, podía escabullirse de tanto en tanto y respirar con libertad.
Todo comenzó hacía algo más de un año, cuando sacaron su último disco, que fue un éxito inmediato en Reino Unido. Poco después, los mensajes de aquel psicópata empezaron a llegar a su agencia. En un primer momento, Andrew no les dio demasiada importancia —el grupo recibía multitud de amenazas y cartas llenas de odio constantemente—, pero las cosas pasaron a tornarse serias cuando los mensajes se convirtieron en algo más personal hacia Mike, y uno de ellos llegó a su domicilio particular. Iba dentro de un sobre de un despacho de abogados londinense, por lo que Claudia, su secretaria y chica para todo, lo abrió sin sospechar nada. Dentro encontró una carta escrita a máquina en la que se le conminaba a abandonar el grupo si no deseaba sufrir un «lamentable accidente». La misiva iba acompañada por un par de fotos que le mostraban a él en situaciones de su vida privada. Una de ellas de un restaurante donde había cenado con su padre y otra en una tienda de ropa cercana a su domicilio.
Andrew procedió a contratar seguridad privada y puso el asunto en manos de Scotland Yard que, a pesar de tratarlo con la mayor seriedad, no logró encontrar ninguna pista o evidencia. El despacho de abogados
londinense cuyo membrete aparecía en las cartas resultó ser un callejón sin salida. El logotipo habría podido imprimirlo cualquiera en una de las numerosas imprentas que había en la capital. Y no había ninguna huella dactilar ni en el sobre ni en la carta.
A las dos semanas llegó otra misiva. Y poco después, otra más. Así hasta un total de cinco. Todas con un texto similar. Dos de ellas llevaban fotos de Mike paseando por Regents Park, cerca de donde vivía, en la zona de Primrose Hill.
Las crisis de ansiedad comenzaron después de recibir la tercera carta.
Mike jamás había pasado por algo semejante y la primera vez que le sucedió creyó que estaba sufriendo un ataque al corazón. Estaba solo en su casa y ni siquiera tuvo tiempo de coger el móvil y avisar a alguien. Terminó tendido en el suelo de su cocina, respirando con dificultad y mirando al techo, aterrado, pensando que iba a morir. El ataque le duró unos diez angustiosos minutos y fue el primero de muchos. Le sobrevenían en cualquier momento y lugar y no era capaz de controlarlos. Terminaron por afectar toda su vida personal y profesional, llegando incluso a obligarle a suspender un concierto. Finalmente, consultó a un psiquiatra que le recetó ansiolíticos y le enseñó unas pautas para aprender a manejarse. Al menos, la prensa no se había enterado del problema.
Las cartas dejaron de llegar unos meses después, y sus crisis empezaron a mejorar hasta desaparecer del todo. Luego sucedió lo de la neumonía y comenzaron la gira europea y pensó que la mierda de la ansiedad era agua pasada y que ya lo había superado.
Hasta esa tarde, cuando apareció la carta en el hotel donde se alojaban.
Alguien la dejó en la recepción a nombre de Andrew Brown. Esa vez el sobre no llevaba membrete y dentro solo había una fotografía tomada la noche anterior en el restaurante donde estuvieron cenando. La foto tenía dos frases escritas a máquina en la parte de atrás, las mismas que el psicópata acosador había utilizado en sus anteriores misivas.
Mike, ¿cuándo vas a dejar el grupo? Los CFB estarían mejor sin ti.
Nada más.
En la furgoneta, de camino a la sala de fiestas, tuvo un ataque —el primero después de medio año—, y terminó con la cabeza dentro de una bolsa de papel. Viendo la consternación en las caras de sus compañeros,
insistió en seguir adelante y no interrumpir el concierto, aun sabiendo que quizá podría repetirse algo semejante, como finalmente había sucedido.
¿Por qué era tan débil? ¿Por qué cojones le pasaba eso a él? ¿Por qué no era capaz de controlar su propio cuerpo? ¿Durante cuánto tiempo iba a tener que aguantar algo así?
Abrió los ojos y soltó un suspiro antes de darle una honda calada al cigarro. El humo le quemó la garganta, la laringe y los pulmones y tosió un par de veces.
El ruido de la puerta le obligó a alzar la cabeza con brusquedad. Alguien acababa de entrar al baño. Se mantuvo en silencio y aguardó sin moverse hasta que volvió a escuchar la puerta de nuevo. Otra vez estaba solo.
Le echó una ojeada a la pantalla de su móvil. Todavía tenía al menos un cuarto de hora antes de tener que volver al escenario. Siguió fumando con parsimonia, apurando el cigarrillo hasta llegar casi al filtro.
—¡Mierda! —masculló.
Menudo fracaso. La nicotina no le había proporcionado la calma que iba buscando.
Se puso de pie, abrió la tapa del retrete y arrojó allí la colilla. Luego tiró de la cadena. Estaba a punto de descorrer el cerrojo y abandonar el cubículo, cuando escuchó que la puerta se abría de nuevo y que alguien entraba.
El recién llegado hablaba por el móvil, aparentemente. Tenía una voz agradable y bien modulada.
Mike resopló con frustración y tomó asiento de nuevo. Se sacó la botella de agua del bolsillo y bebió un trago con impaciencia. Luego abrió el paquete de chicles de menta y se llevó uno a la boca, mientras esperaba a que el desconocido acabase su conversación y se largara.
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