My shining Star
¡Buenas noticias! / Good news!
¡Buenas noticias! /
Good news!
Mike había tomado una decisión.
No le había resultado fácil porque sabía que iba a joder a sus compañeros, a su mánager, a su agencia y a muchas personas.
Se quedó mirando el móvil antes de coger aire y expulsarlo con lentitud.
Una vez. Dos veces.
Llamó a Andrew.
—Hola Mike. Voy a entrar a una reunión ahora mismo. ¿Puedes llamarme en una hora?
—No. Esto es importante.
—Espera.
Se oyeron unos murmullos al otro lado de la línea mientras Mike aguardaba con paciencia. Estaba sentado en un banco del parque cercano a la vivienda de Simón. Eran las seis de la tarde y había muchos niños jugando por la zona, pero él había encontrado una diminuta placita en la que no había nadie más, solo algunas palomas que se acercaban a él de vez en cuando con curiosidad.
—Ya estoy disponible —dijo Andrew—. ¿Ha pasado algo?
—Nada grave. Es solo que he tomado una decisión y quería hablarte de ello.
—Dime.
—No voy a volver mañana.
Solo hubo silencio después de eso.
—¿Por qué no? —Aunque sonaba muy moderado, incluso a través del teléfono se podía palpar la tensión contenida en la pregunta.
—Necesito más tiempo para mí.
Había meditado mucho sobre ello antes de decidirse, pero tenía claro que no podía regresar todavía.
—¿Tiempo para ti? ¡¿Tiempo para ti?! Llevas un mes allí, desconectado del mundo. ¿Sabes la de problemas que nos traería que no volvieras a tiempo?
—Sí. Lo sé.
—Tenemos un estudio reservado. Las fechas con la discográfica están cerradas desde hace meses. Hay empresas y mucha gente con la que nos hemos comprometido. Tenemos obligaciones que cumplir, Mike. No es tan simple como decir: prolongo mis vacaciones unos días más y ya.
—Lo sé —repitió.
—Entonces, si lo sabes, ¿por qué narices me vienes con esas?
El enfado de Andrew iba adquiriendo proporciones gigantescas.
—Llevo cinco años sin hacer ni una pausa —comenzó—. Hace pocos meses me pasé unas semanas muy jodido en un hospital casi sin poder respirar, y aunque los médicos me recomendaron guardar reposo, me fui a hacer una gira por Europa para no joder a nadie ni perjudicar a la discográfica porque tú me lo pediste… Hay un tío que anda detrás de mí enviándome amenazas y que quiere que desaparezca de la faz de la tierra…
Espera, que seguro que se me olvida algo… —continuó con sarcasmo—.
Ah, sí, llevo semanas tomando ansiolíticos para poder mantener mis crisis de ansiedad bajo control…
—Vale, Mike. No sigas —le cortó. Y después guardó silencio.
Mike alzó la vista y la posó sobre un grupo de mujeres que hablaban entre ellas cerca de unos árboles. Parecían las típicas mamás que iban a buscar a sus niños al colegio. Se quedó mirándolas mientras trataba de relajarse. Aferraba el móvil con excesiva fuerza.
—Necesito más tiempo para mí —gruñó.
Todo lo que le había dicho a Andrew era verdad. La ansiedad, el cansancio, el estrés, la falta de sueño… Todo ello se le había ido acumulando en los últimos meses, dejándole exhausto.
Pero había otra razón, quizá la más importante de todas.
Simón.
Era la primera vez en su vida que Mike estaba viviendo un momento así.
Un momento único y especial que quería exprimir al máximo. Todavía no estaba preparado para despedirse. Era demasiado pronto. Apenas había comenzado a rozar la felicidad con la punta de los dedos.
Sabía que estaba siendo egoísta. Sabía que sus compañeros se iban a sentir traicionados, pero tampoco estaba pidiendo demasiado, ¿no? Solo unas cuantas semanas más.
—¿Cuánto tiempo necesitas? —masculló Andrew al otro lado de la línea.
—Dos o tres semanas más.
—Dos.
Mike apretó los labios y un temblor recorrió sus extremidades. Dos semanas más para poder estar con Simón. Para poder afianzar esa relación que acababa de nacer. Dos semanas más para poder hablar con Simón de sus sentimientos y dejarle claro lo que quería. Había tantas cosas que quería hacer con él y que todavía no habían hecho. Ni siquiera habían podido dar un paseo, juntos.
Catorce días más para poder despertarse abrazado a Simón.
¿Iban a ser suficientes dos semanas?
—Sabes lo que nos jugamos aquí, Mike. —Andrew había bajado el tono y hablaba con él como si hablase con un niño pequeño—. Son muchas personas las que dependen de ti. Voy a aplazar todas las citas, pero más de dos semanas es imposible, Mike.
—Lo entiendo.
—Asegúrate de estar aquí antes del día veintidós. Ese es el plazo límite
—suspiró con aparente resignación—. Mike, sé que estás agotado. El último año no ha sido fácil para ti. De veras que te entiendo.
Mike se mordió los labios. Escuchar a Andrew decir aquello le hacía sentirse culpable. Sí, el último año había sido jodido, pero si no hubiera conocido a Simón habría seguido adelante y habría continuado con su ajetreada vida sin pensar en el cansancio ni en sus otros problemas. No era un tío frágil.
—Voy a llamar a Vince, a Joe y a Rob ahora mismo y les voy a comunicar…
—Déjame que los llame yo —le pidió.
Era lo mínimo que podía hacer. Quería ser él el que hablara con sus compañeros. A Rob y a Joe les contaría lo mismo que a Andrew. A Vince le diría la verdad. Vince era lo más parecido a un hermano que podía tener.
Llevaban casi diez años juntos, desde que él se fue a vivir con su padre a Manchester. Vince vivía en el piso de enfrente y se cayeron bien desde que
se vieron por primera vez. No tardaron mucho en convertirse en inseparables.
—Bien. Hazlo. —Hizo una pausa—. Y sigue llamándome todos los días.
Necesito saber que estás bien. Y cualquier cosa que necesites me contactas a mí o a Greta.
—Eh… sí —consiguió decir.
La culpa le atenazaba la garganta.
Se despidieron.
Apoyó los codos en las rodillas dejando caer la cabeza hacia delante. Se sentía fatal por no haber sido del todo sincero con Andrew.
Una lucecita en la pantalla de su móvil le llevó a desbloquearlo. Había recibido un mensaje mientras hablaba con Andrew.
Simón.
Se quitó las gafas y lo leyó con avidez.
Tengo buenas noticias. Llegaré sobre las siete y media y lo celebramos.
Mike sonrió. Simón siempre conseguía ponerle de buen humor. Miró la hora. Eran las seis y media. Tiempo de sobra para llamar a sus compañeros y volver al apartamento. Echó un vistazo a su alrededor.
La sonrisa se le borró de la cara.
Un grupo de chicas de unos quince años se habían reunido a unos metros de él y hablaban entre ellas, cuchicheando excitadas al tiempo que le señalaban.
¡Mierda! Le habían reconocido.
Ni con esa ropa tan sencilla y la gorra calada había podido pasar desapercibido.
Se apresuró a ponerse las gafas de sol de nuevo. Se puso de pie a toda velocidad y se escabulló por una de las sendas del parque, esperando que no le siguieran.
Solo se detuvo unos segundos para teclear un rápido mensaje.
Te espero en casa
* * *
Simón leyó el mensaje con emociones encontradas.Se sentía feliz porque había recibido buenas noticias y quería compartirlas con Mike. Y que este se refiriese a su piso como su casa le
provocaba vibraciones en el estómago. Y, al mismo tiempo, sentía una tristeza enorme al saber que solo quedaban dieciocho horas para que Mike se fuera y regresase a su vida.
Carraspeó y se guardó el móvil en el bolsillo.
Estaba en la sala de descanso de la escuela preparando un juego de preguntas y respuestas para una clase de principiantes del día siguiente cuando recibió la llamada de Luis.
En un primer momento, casi no pudo creer que hubiese aparecido un comprador para su piso y uno que, además, aceptase todas sus condiciones.
Según le dijo Luis, era una empresa inversora que estaba adquiriendo inmuebles para luego revenderlos por un precio superior después de haberlos reformado. Su piso entraba dentro de sus parámetros. Incluso cuando les comentó lo del alquiler, habían aceptado.
Eran realmente buenas noticias y un motivo de celebración.
Había quedado en la agencia inmobiliaria al día siguiente para firmar el contrato de arras.
El día siguiente.
Ocho de octubre.
El día en que Mike se marchaba.
Hizo girar la silla hacia la ventana y contempló los árboles y la estructura de la plaza de toros al otro lado de la calle.
No quería que Mike se fuera.
En el fondo, siempre supo que se trataba de una relación con fecha de caducidad. No obstante, trató de vivir el presente y no preocuparse demasiado por el futuro. Ahora, ese futuro había llegado y no sabía muy bien cómo enfrentarse a él. Tenía suficiente experiencia en la vida a sus espaldas, sin embargo, nunca había tenido que lidiar con ese tipo de sentimientos que ahora le carcomían por dentro.
Había vivido rupturas sentimentales, pero no recordaba que le hubiesen afectado de esa manera. Ni con Mónica ni con Andrea se había sentido así.
Iba a echar mucho de menos a Mike.
Se había acostumbrado a tenerle en su vida.
En su piso.
En su cama.
Cerró los ojos cuando las imágenes de la noche anterior acudieron a él.
Se estremecía cada vez que lo recordaba.
Los dos enredados en las sábanas con una sensual canción de fondo, haciendo el amor. Ya ni siquiera podía llamarlo echar un polvo porque había sido una experiencia lenta, lánguida y llena de caricias y besos pausados y largos.
Habían intercambiado sus papeles dos veces.
Simón había disfrutado siendo el dominante y se había sentido muy satisfecho al saber que podía llevar a Mike hasta el clímax arrancándole gemidos de placer.
Pero tenía que reconocer que prefería que Mike fuese el activo.
Jamás había experimentado nada semejante en el sexo. Hacerlo con Mike le había abierto una gran cantidad de puertas mentales que tenía cerradas y que ni siquiera se había planteado abrir porque no sabía ni que existían.
Todo con él era tan sencillo y natural.
—Mike…
Pronunció su nombre en voz alta, recreándose en él, aprovechando que estaba solo.
¡Cómo le había cambiado la vida en solo unas semanas! ¿Y ahora tenía que volver a su rutina de antes? ¿A su vida de color gris?
Se esforzó por recuperar algo de aplomo y respiró hondo. Ese mediodía había pasado una hora en el gimnasio descargando su desaliento en el saco de boxeo, pero no le había servido de mucho. Seguía igual de frustrado.
«Anímate. Has vendido el piso bajo tus condiciones. Se acabaron los problemas económicos».
Sí, eso era cierto.
Su móvil vibró.
Echó un vistazo y vio que tenía un mensaje de Pedro. Era una foto de dos tíos besándose y debajo ponía #loveislove. Elevó los ojos al techo.
Desde el día en que había hecho su salida oficial del armario con ellos, sus amigos no paraban de mandarle cosas semejantes.
—Simón, tengo un hueco ahora, antes de mi próxima clase. ¿Cuadramos la agenda de la semana que viene?
Era Paola. Había entrado en la sala sin hacer ruido, así que cuando su voz resonó a solo unos centímetros de distancia, dio un respingo.
—Joder, qué susto me has dado —murmuró.
—Te he llamado dos veces, pero estabas como abducido.
Se plantó frente a él y acercó la cara a la suya. Tenía el ceño fruncido.
—¿Quieres darme un beso en la boca o algo? —le preguntó él con ironía.
Ella no respondió, se limitó a mirarle durante unos segundos.
—Anda, apártate —dijo él con incomodidad, girando la silla—. Y no hace falta que cuadremos la agenda, ya lo he hecho yo.
—Eres el más mejor —repuso ella, alborotándole el pelo.
Luego se sentó en una silla al lado de la suya, apoyó los codos en la mesa y la barbilla en sus manos cruzadas y le estudió en silencio. Él trató de centrarse en la pantalla de su ordenador, pero podía sentir sus ojos clavados sobre su perfil todo el tiempo.
—¿Qué quieres? —le preguntó con un suspiro.
—Dime qué te pasa.
—Nada.
—Mentiroso. Dímelo. —Hizo una pequeña pausa y continuó con voz suave—: ¿Es porque Mike se va mañana?
Simón cerró los ojos. Sabía que podía disimular su tristeza ante cualquier persona del mundo. Solo Paola sabía leer en él como si fuera un libro abierto.
Asintió.
—¿Él sabe cómo te sientes?
—No. No he hablado con él de esto, la verdad.
—¿Él tampoco ha dicho nada?
—No —dijo—. Creo que ambos hemos evitado mencionar el tema.
—Pues deberíais hablarlo. No sé. Guardar silencio no creo que sea lo mejor. Creo que ambos necesitáis saber dónde estáis. Es más que obvio que tú estás colado por él y que él está colado por ti.
Simón se puso de pie y se acercó a la ventana. Su hermana tenía razón.
Por supuesto. Era solo que…
Era un puñetero cobarde.
¿Y si Mike no sentía lo mismo? Todo parecía indicar que sí, pero ¿en realidad él conocía a Mike? ¿Sabía cómo era? Quizá tuviese cientos de aventuras repartidas por todo el globo. Como los marineros, un amor en cada puerto…
Se sentía muy inseguro.
—¿Por qué no te vas a casa y sigo yo con eso que estás haciendo? —
propuso ella, acercándose a él y abrazándole por la cintura—. Vete y prepara una cenita romántica con velas o algo y hablad de todo lo que tengáis dentro. No pierdas el tiempo aquí.
Se dio la vuelta y la abrazó.
—Eres mi mejor amiga —le dijo en voz baja y luego añadió en tono de broma—. Y tan lista ella, como si hubiera estudiado una carrera…
—Soy tu hermana mayor y te voy a dar unos azotes en el culo para que espabiles. Ah, no, en el culo mejor no… que ese es de Mike, ahora —
canturreó con exageración.
—¡Eres una cabrona! —le dijo fulminándola con los ojos mientras le daba un capón.
—Vete a casa ya, hombre —le ordenó con voz de mando mientras tomaba asiento frente al portátil—. Y haced unos cuantos niños que quiero ser tía.
Simón no pudo reprimir una risita, pero no le llevó la contraria. Recogió sus cosas a toda velocidad y se despidió de ella con un gesto.
Las ganas por llegar a su piso cuanto antes pusieron alas a sus pies. Y
cada vez que tenía que detenerse en algún semáforo en rojo con la bicicleta, tamborileaba con los dedos sobre el manillar, ansioso.
Todavía no tenía muy claro lo que le iba a decir a Mike ni cómo iba a comenzar la conversación, cuando su calle apareció ante él. Tomó la curva y accedió a ella. Alzó la vista y sus ojos se posaron sobre el último piso de su edificio, sobre los paneles de cristal de su terraza. Inhaló con fuerza al darse cuenta de que Mike estaba apoyado sobre la barandilla. Su cabello rubio ondeaba suavemente con la brisa.
Le había visto. Elevó el brazo en el aire y le saludó.
Incluso desde la distancia, su sonrisa enorme brillaba como un puñetero arcoíris.
El corazón de Simón hizo una cabriola.
Entró al portal y dejó la bicicleta en el cuartito. El ascensor tardaba demasiado en llegar, así que desistió y subió los cinco pisos por las escaleras a toda velocidad. Cuando llegó arriba, jadeaba.
Antes de que pudiera meter la llave en la cerradura, Mike le abrió la puerta. Sonreía.
Le devolvió la sonrisa mientras trataba de recuperar el aliento.
—Tengo noticias increíbles —exclamó, entrando en el piso y dejando la mochila en el suelo.
—Cuenta —repuso Mike, sentándose en uno de los brazos del sofá y mirándole con fijeza.
—¡He vendido el piso! Luis ha encontrado un comprador —se rio, feliz
—. ¿No es fantástico?
—¡Es genial! ¡Cómo me alegro por ti! —repuso.
—Mañana firmo el contrato y en una semana podemos ir al notario.
Estoy muy contento.
Rico se acercó a saludar y Simón se agachó y lo cogió en brazos.
—Además, han aceptado que pueda seguir viviendo aquí de alquiler. Y
en cinco años puedo recomprarlo. Tengo un derecho de opción de compra preferente.
Mike le contempló un buen rato sin decir nada. Adoraba ver a Simón tan entusiasmado.
—Así que he pensado que podríamos celebrarlo. No sé, podemos salir por ahí o cenar algo especial en casa. Lo que más te apetezca. —De pronto, su alegría pareció verse enturbiada—. Como hoy es… la última noche…
—Yo también tengo noticias.
—¿Buenas?
—Para mí las mejores. Espero que para ti también.
—Seguro que sí.
—No me voy mañana.
Simón se quedó paralizado en medio del salón. Se agachó y dejó al gato en el suelo sin dejar de mirarle.
—Repite eso.
—Que no me voy mañana. Me quedo dos semanas más —dijo con seriedad, aunque apenas podía contener la euforia que se derramaba por todos los poros de su cuerpo.
Simón se cubrió las mejillas con las manos. Parecía no ser capaz de encontrar las palabras adecuadas.
—Te… quedas —murmuró con la voz entrecortada.
—Me quedo.
Las ganas de acercarse a él y abrazarle le provocaron un cosquilleo en la punta de los dedos. Se incorporó y dio un paso en su dirección.
—Tus noticias superan las mías —dijo Simón con una sonrisa trémula.
Había comenzado a respirar de modo superficial. Era evidente que estaba emocionado.
El pecho de Mike se constriñó, embargado también por los sentimientos.
—Entonces pago yo si salimos por ahí —se rio—. ¿No vas a reaccionar de otra manera? No sé, abrazándome, besándome, desnudándome… Yo doy ideas.
Simón avanzó hacia él hasta que sus cuerpos chocaron. Su mirada ardiente perforó la suya.
—Mike —le dijo con voz grave—, esta noche vamos a salir a celebrarlo y vamos a quemar la calle. —Le echó los brazos al cuello—. Y después vamos a volver a casa y te voy a abrazar, a besar y a desnudar… —Su cara se aproximó más, hasta que sus bocas casi se rozaron y sus alientos se mezclaron—. Y si te portas bien, voy a dejar que me folles hasta el amanecer…
—Joder, Simón…
No pudo seguir porque sus labios fueron tomados por asalto.
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