My shining Star
Mantenlo en secreto / Keep it a secret
Mantenlo en secreto /
Keep it a secret
Era lunes y hacía tres días que Mike se había marchado. La única noticia que tuvo de él en ese tiempo fue un mensaje que recibió el domingo por la noche en el que le avisaba de que alguien pasaría a recoger sus pertenencias al día siguiente. Escueto, seco e impersonal.
Y así fue.
Esa mañana se habían presentado dos hombres en su casa. Habían llamado a la puerta a primera hora cuando él ni siquiera había terminado de desayunar y, en menos de un cuarto de hora, se lo habían llevado todo.
Todo.
Solo fueron necesarios quince minutos para borrar a Mike Allen de su piso.
Con la cabeza hundida en los hombros, terminó de tomarse el café de pie junto a la encimera de la cocina. Había sacado dos tazas del armario, de nuevo. Y el azúcar.
Era un imbécil.
Rico estaba tumbado encima de la cama y le dirigía miradas cargadas de reproche, como si supiese que él era el culpable de que Mike ya no estuviera allí. Le echaba de menos, era evidente. Todos los días se subía a la cama y olisqueaba la almohada. Simón todavía no había podido ni querido cambiar la funda que seguía oliendo a él.
Era curioso con qué facilidad Mike había conseguido ganarse el afecto del gato.
Y el de su dueño.
Suspiró y recorrió el apartamento con la vista. El apartamento que ahora era de Mike y en el que él vivía de alquiler.
Era tan extraño.
Todo estaba igual que antes de que él se fuera. No había papeles por ningún lado con canciones a medio escribir ni ropa colgada en los respaldos
de las sillas. La pulcritud reinaba por doquier. Mike se había marchado y se había llevado también el pequeño caos en el que convirtió el impecable piso el día que llegó.
¿De verdad habían respirado el mismo aire alguna vez? ¿De verdad habían compartido el mismo espacio y andado por el mismo suelo? ¿De verdad se habían sentado en ese sofá, juntos?
Todas aquellas cosas que Mike le dijo mientras él estaba encerrado en el baño seguían revoloteando por su cabeza, martirizándole. En especial sus últimas palabras: Te vas a arrepentir de esto…
Ya lo hacía.
Se frotó el esternón cuando notó una nueva oleada de angustia aprisionándole el pecho. El corazón le dolía tanto que a veces sentía como si se fuera a ahogar.
Trató de animarse a sí mismo como llevaba haciendo desde que aquel portazo puso fin a su historia. Se dijo que solo habían pasado tres días. En unas semanas estaría mejor, mucho mejor.
«¿De verdad lo crees?».
En ese instante, su móvil comenzó a vibrar. Se lo sacó del bolsillo. No pudo evitar sentirse desilusionado al ver el nombre de su hermana en la pantalla. ¿Qué había esperado?
—¿Por qué has aplazado todas tus clases?
Fue lo primero que le preguntó cuando aceptó la llamada.
—No me encuentro bien —murmuró, aclarándose la garganta.
—¿Ha pasado algo?
—No…
—Mentira —rechazó con vigor—. Dímelo.
¡Joder! Paola le conocía demasiado bien.
Se dirigió a la terraza y tomó asiento en uno de los butacones mientras dejaba que su vista se perdiera en el cielo grisáceo.
—Mike se ha ido.
Aunque trató de mostrar fortaleza, él mismo se dio cuenta de que la voz no le salió tan clara y potente como había pretendido.
—¿Necesitas que vaya ahora mismo o puedes esperar hasta que acaben mis dos últimas clases?
—No hace falta que vengas. De verdad…
—Vale. Voy para allá. Cuadro la agenda y en media hora estoy allí.
—Pero…
No tuvo tiempo de continuar porque Paola ya había colgado.
En realidad, sí deseaba que su hermana fuese a verle. No creía que fuera una buena idea estar solo. Había pasado todo el fin de semana sentado en el sofá, como petrificado, envuelto en tristeza y sin atreverse a cuestionarse si lo que había hecho era correcto o no.
Y echándole de menos.
Mucho.
Sintiéndose miserable.
Mike Allen se le había metido muy adentro.
No sabía cómo demonios iba a conseguir superar aquello.
* * *
Mike tenía el móvil agarrado como si le fuera la vida en ello. Miraba la pantalla con ansiedad. De pronto, la persona a la que le había enviado el mensaje privado a través de Instagram lo leyó y comenzó a escribir. Solo dos segundos después recibía la contestación a su pregunta.Era un número de teléfono.
Lo marcó con prisas y se llevó el aparato a la oreja. No tuvo que esperar demasiado. Solo dos tonos después aceptaban la llamada.
—¿Mike? —Una voz conocida y llena de asombro pronunció su nombre.
—Sí, soy yo.
—Joder, me ha sorprendido un montón que me pidieras mi teléfono.
¿Qué ha pasado entre mi hermano y tú? Acabo de hablar con él ahora mismo y me ha dicho que te has ido. Creía que te ibas a quedar unos días más.
—¿Eso es todo lo que te ha dicho?
—Voy para su casa ahora. Le he notado bastante triste. ¿Ha pasado algo?
—Hemos acabado —dijo con tono ronco y áspero.
Admitirlo en voz alta era un verdadero tormento.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Por eso mi hermano está tan hecho polvo…
Mike se rio con cinismo. ¿Simón estaba hecho polvo?
—Ha sido él el que ha tomado la decisión.
—No puedo creerlo —dijo ella y la incredulidad resonaba en sus palabras—. Pero si mi hermano está loco por ti…
—Yo también pensaba eso —suspiró y se revolvió inquieto en el sillón.
—¿Y por qué? ¿Qué te dijo? ¿Lo habéis hablado?
Vaciló, preguntándose cuánto debía contarle a Paola.
—Me dio un montón de excusas absurdas y otras no tanto. Ya no sé ni qué pensar —dijo al fin con ambigüedad.
—¿Sigues en Madrid?
—No. Estoy en Londres. En mi casa.
—Ah…
Mike volvió a titubear, sin saber muy bien cómo decirle por qué la había llamado.
—Vas a pensar que soy gilipollas, pero te llamaba para preguntarte por Simón —reconoció con embarazo—. Para saber cómo está.
Cerró los ojos sintiéndose como un imbécil.
—Llevo tres días sin hablar con él, así que no puedo decirte mucho, pero si quieres, cuando me entere de qué ha pasado, te puedo volver a llamar.
El corazón le dio un vuelco en el pecho.
—Pero no le digas que has hablado conmigo —suplicó—. Mantenlo en secreto.
—Vale. No le digo nada… —se interrumpió brevemente—. ¿Tú estás bien?
—Paola, ¿puedo confiar en ti?
—¡Por Dios! Eres Mike Allen. Pídeme lo que quieras y será tuyo —
exclamó con ansiedad.
Mike no pudo contener una ligera sonrisa.
—La verdad es que estoy jodido —admitió con un suspiro—. No tengo ni idea de por qué tu hermano ha tomado esa decisión, pero ha sido algo unilateral por su parte.
Hubo un largo silencio al otro lado de la línea.
—No sé qué habrá pasado, pero conociendo a Simón, si ha tomado esa decisión, tiene que haber sido para no perjudicarte o algo parecido. Déjame a mí. Yo me encargo de averiguarlo y regañarle, cuñado.
Mike soltó una risa seca.
—Te llamo luego.
Se despidió de ella y colgó el teléfono. Luego se echó hacia atrás en el sillón y apoyó la cabeza en el respaldo. Centró la vista sobre la enorme lámpara de diseño que colgaba del techo.
Todavía tenía una extraña sensación de irrealidad dentro de él. Estaba en su casa, pero se sentía como si no perteneciera a ese lugar.
Cuando se largó del piso de Simón, se fue directo a un hotel a pasar la noche. Fue lo suficientemente sensato para llamar a Claudia y pedirle que reservara un vuelo para el día siguiente a Londres, antes de abalanzarse sobre el minibar que había en una esquina de la habitación y vaciar todas las botellas que había dentro, menos las no alcohólicas. Después se tendió en la cama y estuvo horas lamiéndose las heridas y autocompadeciéndose, hasta que la luz del amanecer entró por la ventana.
Había llegado a Londres el sábado a mediodía. Voló en primera y, aunque no se esforzó demasiado en ocultar quién era, quizá el destino decidió ser bueno con él y, exceptuando un par de chicas y una pareja que se acercaron para pedirle un autógrafo, nadie más pareció reconocerle.
Consiguió llegar a su casa de Primrose Hill sin mayores complicaciones y se encerró en ella.
Casi cuarenta y ocho horas después seguía allí dentro, como entumecido, incapaz de aceptar o comprender por qué su relación se había ido a la mierda y por qué Simón se había comportado así.
Le echaba de menos.
El domingo por la noche, cuando tuvo que contactar con él para comunicarle que alguien iba a ir a buscar sus pertenencias, le temblaban las manos. Tardó media hora en redactar aquel estúpido y práctico mensaje.
El lunes a primera hora alguien irá a recoger mis cosas Solo recibió un Ok por respuesta.
Estuvo a punto de estampar el móvil contra la pared, pero su sentido común le detuvo en el último instante.
Todavía no había hablado con nadie sobre su regreso, solo Claudia sabía que había vuelto. Claudia y, ahora, Paola.
Le había costado mucho tomar la decisión de hablar con su hermana. Sin embargo, estaba tan desesperado por conseguir información que no se le había ocurrido otra cosa. Necesitaba saber cómo estaba Simón y por qué había actuado así.
Dispuesto a esperar su llamada, se puso de pie y se encaminó hacia su estudio. Mientras recorría la casa y bajaba al piso inferior, le pareció enorme. Demasiado grande para una persona sola.
Y silenciosa. Y vacía. Y triste.
Abrió la puerta de su estudio y sus ojos lo recorrieron. Todo estaba tal cual lo había dejado, no había ni una sola mota de polvo a la vista. Su señora de la limpieza era más que eficiente. Se acercó a la mesa y echó un vistazo a todas las cartas que Claudia le había dejado. Las repasó con desinterés sin detenerse en ninguna de ellas; luego encendió el ordenador y se sentó frente a él. Accedió a la nube y comenzó a descargarse todos los archivos que había ido almacenando allí mientras estaba en Madrid. Había al menos un par de canciones que podían servir para algo.
Sus ojos iban una y otra vez hacia el móvil, esperando ansiosos la llamada de Paola.
Dos horas y media después, no recibió una llamada, sino un mensaje que decía Escúchalo junto con un archivo de audio.
¿Un audio?
¿Qué se iba a encontrar ahí?
Lo abrió. Duraba algo más de dieciocho minutos. Conectó los auriculares al teléfono, se los puso y le dio al play.
Lo primero que llegó a sus oídos fue la voz de Paola, algo distorsionada.
Luego la de Simón, y eso le aceleró el corazón y provocó que se le secara la boca. Se echó hacia atrás en la silla y cerró los ojos. Al parecer, Paola había grabado la conversación que había tenido con su hermano.
— Pero no entiendo nada. Estabais superbién.
— Es verdad.
— Cuéntame qué ha pasado.
— La verdad es que no sé ni por dónde empezar. Estoy bastante hecho polvo — dijo y sonaba realmente desmoralizado.
—¿Por qué cojones estás sufriendo en secreto si eres tú el que me ha apartado de tu lado? —murmuró Mike, entrecerrando los ojos.
—Joder, Simón, me da mucha rabia verte así —dijo Paola—. Haz el favor de decirme algo, desahógate.
—Hace unos días vino el mánager de los CFB a buscarme —barbotó.
Mike se incorporó en la silla con violencia. ¿Cómo? ¿Andrew había ido a buscar a Simón?
—¿El tipo raro inglés ese del que hablaba Miriam?
—Sí. Ese.
—¿Y?
—Me contó algunas cosas de Mike que… no sé… Me hicieron replantearme todo.
—¿Qué te dijo?
—Me pidió que pusiera punto final a la relación porque Mike había hablado con él y le había dicho que iba a abandonarlo todo por mí.
Mike cerró los puños lleno de ira. ¡No podía creer que Andrew hubiese hecho algo semejante!
—Me estuvo hablando de sus relaciones anteriores y de que no es la primera vez que algo así le sucede a Mike. Vamos, me dijo que no me creyera que soy alguien especial, que no soy el primero por el que Mike pierde la cabeza y quiere dejarlo todo —se rio con sequedad—. Me dijo que es bastante inmaduro y que se entusiasma con facilidad. Y añadió algo de que Mike, debido a que su madre le abandonó, está necesitado de cariño y que es frágil…
Mike gruñó y se puso de pie, incapaz de creer todo aquello que estaba escuchando.
— No sé — dijo Paola— . Es que no me cuadra nada con el Mike que conocemos y, además, yo le sigo en redes desde hace años y no me encaja.
Es verdad que ha tenido muchos líos y otras relaciones, pero de ahí a decir que es un tipo inmaduro y vulnerable… Joder, es que me parece surrealista.
¿Y tú te lo creíste?
— En un primer momento, no, la verdad, se lo rebatí, pero me dio tantos datos y había tanta preocupación en su voz… y me contó algo más…
— ¿Qué?
— Me habló de que le afectan mucho las cosas y que necesita medicación. Ahora mismo está tomando ansiolíticos porque tiene ataques de ansiedad. Aunque eso yo ya lo sabía.
— Bueno, mamá también los toma.
— Sí, pero me habló de que hay un tío que está acosándole y que Mike lo está pasando mal. Insinuó más o menos que Mike es adicto a las pastillas y que ya estuvo ingresado en una clínica de rehabilitación.
— Eso fue hace años — murmuró Paola— . Creo que desde entonces no se ha vuelto a publicar nada de eso.
— Lo sé, lo sé. Lo vi en internet y él mismo me lo contó.
— No sé, Simón, pero me parece como si ese tipo hubiese exagerado cierta información para separaros. No lo entiendo. Y tampoco entiendo muy bien que tú le hayas seguido el juego.
Mike asintió con vehemencia. Exacto. Paola había dado en el clavo.
— Es que hay algo más… — Hizo una pausa— . En realidad, todo eso que me contó me da bastante igual, pero me enseñó una foto que tenía en el móvil. Aparecíamos Mike y yo besándonos… — se interrumpió y su voz se escuchó entrecortada— . Me dijo que estaba poniendo en peligro la carrera de Mike. Que no era el mejor momento para que nuestra relación se hiciera pública, que los CFB estaban a punto de sacar un disco y que lo que estaba pasando iba a resultar perjudicial para él y para todo el grupo. También me dijo que había confrontado a Mike con eso y que este le había dicho que prefería ver su carrera arruinada y la de todo el grupo antes que ocultar lo nuestro…
— Joder — masculló Paola.
Mike se dejó caer en la silla y enterró la cara en las manos. ¡Maldito Andrew!
— Paola, ¿cómo podía yo consentir que mandara su carrera a la mierda por mí? — exclamó con angustia— . Solo me conoce desde hace cinco semanas…
— ¿Lo hablaste con él?
Silencio. Finalmente, se escuchó un gemido.
— La verdad es que, cuando llegué el viernes a casa después de haberme pasado todo el día dándole vueltas, apenas le dejé hablar. Su mánager me pidió que no le dijera que nos habíamos visto y no pude confrontarle con muchas de las cosas de las que me había enterado. Pero en un momento dado de nuestra discusión, Mike dijo algo así como que estaba dispuesto a dejarlo todo por mí — dijo y se rio con amargura— .
¡Por mí! Como si yo fuese más importante que su carrera… — concluyó con incredulidad.
— Estoy convencida de que eres superimportante para él. Por lo poco que yo he visto…
— Es probable, pero ¿qué podía hacer? ¡Dios! Tenías que haberle oído cuando le dije que era mejor dejarlo… Se me encoge el pecho cada vez que recuerdo todo lo que me dijo. Y yo, ahí, como un imbécil, rompiéndome por
dentro y fingiendo que no me importaba… Te prometo que fue uno de los peores momentos de mi vida.
Mike sintió cómo le daba un vuelco el corazón. ¡Ah, Simón, Simón!
— No quiero ser un lastre para él — continuó— . Quiero que siga cantando y brillando… — se le rompió la voz.
Mike no pudo evitarlo. Cuando le oyó mencionar eso, se le llenaron los ojos de lágrimas. Fuck!
— Jo, Simón, nunca te había visto así…
—Le echo muchísimo de menos, Pao… Le dije cosas muy feas, muy feas… Y cuánto más daño le hacía, más herido me sentía yo… —Un nuevo gemido ahogado le hizo detenerse—. Y lo peor de todo es saber que no nos vamos a volver a ver y que piensa que yo no siento nada por él, cuando lo cierto es…
Mike cogió aire por la nariz y lo expulsó por la boca, tratando de controlar sus emociones.
— Simón, me vas a hacer llorar… — susurró Paola— . Sabía que estabas colado por él, pero no tenía ni idea de que estuvieras tan…
—¿Tan qué? —la interrumpió—. ¿Enamorado? —se rio, y de nuevo su risa fue amarga—. ¿Sabes que me confesó que estaba enamorado de mí y yo no le dije nada? ¡Nada! Me limité a besarle. Me voy a arrepentir toda la vida de que esas palabras no salieran de mi boca… Soy un gilipollas…
—Dilas —le insistió ella, de pronto—. Dímelas a mí.
Mike contuvo el aliento y aguardó con el corazón en un puño y la mandíbula apretada.
—¿Que te las diga a ti? ¿De qué va a servir eso? ¿Quieres que te diga que estoy enamorado de Mike? ¡Claro que lo estoy! Estoy enamorado de Mike. Me da igual que solo hayan pasado cinco semanas. Es tiempo suficiente para mí, para saber que es la persona con la que quiero estar.
¡Joder, no sabes cuánto le echo de menos!
Mike soltó el aire que había retenido en los pulmones y pestañeó. Una lágrima se desprendió de sus pestañas y rodó por su mejilla hasta aterrizar sobre la comisura de sus labios. Se la secó con nerviosismo. ¡Ah, Simón!
¡Cómo había podido ser tan imbécil!
— Lo único que me consuela en todo esto es saber que va a estar mejor sin mí y que su carrera va a seguir adelante — murmuró Simón.
— ¿No vas a contactar con él? — preguntó Paola al cabo de rato.
— ¡No! No quiero arruinarle la vida, Pao… Él lo superará y yo también… Espero…
Después de eso se escuchó un sonido extraño como de un golpe y la grabación terminó.
Mike se quitó los auriculares y los arrojó sobre la mesa. Luego se levantó y comenzó a dar paseos erráticos por el estudio. Ahora todo tenía sentido. Ya tenía las piezas que le faltaban para encajar el rompecabezas.
Andrew fue el causante de todo.
¡Hijo de puta!
Estuvo tentado de llamarle en ese mismo instante, pero recapacitó. Era mejor actuar con frialdad. ¿Cómo había podido Andrew traicionarle de aquel modo? Había exagerado algunas cosas y otras, se las había inventado directamente.
Y Simón se lo había tragado todo.
No debería haberse creído todas esas gilipolleces ni haberle seguido el juego a su mánager, si bien era cierto que Andrew era convincente y muy manipulador, y que tenía parte de razón al decir que la carrera de Mike podría haberse visto perjudicada si su relación salía a la luz en ese preciso momento.
Pero si Simón hubiese ido a buscarle y hubiera hablado con él, habrían podido idear un plan, alguna estrategia… Habrían podido solucionarlo todo y todavía seguirían juntos.
¡Estúpido Simón! Tenía que haber confiado en él.
Se detuvo en medio de la habitación y meneó la cabeza con cierta impotencia. ¿Qué narices iba a hacer ahora?
Tenía que hablar con Andrew y dejarle las cosas claras. Muy claras.
Y también tenía unas fechas que cumplir y obligaciones, por lo que no podía volver a España por lo menos en cuatro o cinco meses…
—¡Mierda!
Quería estar con Simón, pero tenía que ser él el que fuera a buscarle. Al menos le debía eso. No iba a dar el primer paso. Tenía su orgullo y lo había arrojado a un lado hacía tres noches, desnudando su alma delante de él.
Ahora le tocaba a Simón hacer lo mismo. Si tanto le importaba, tenía que ser él el que tomara la iniciativa y le rogase.
Tenía paciencia. Él podía esperar.
Esperar hasta que Simón le echase tanto de menos que no pudiera soportarlo.
Se llevó la mano al pecho. La pesadez que llevaba sintiendo desde el viernes por la noche se había aligerado. No había desaparecido del todo, pero era mucho más soportable.
Se sacó el móvil del bolsillo con determinación. Tecleó con rapidez.
Lo he escuchado. En unos días te llamo.
Iba a necesitar la ayuda de Paola y sabía que podía contar con ella.
Simón no iba a poder vivir sin él.
«Estúpido Simón… No vas a poder olvidarme, porque voy a estar en todas partes, te lo aseguro».
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