My shining Star

Laura Sanz · Capítulo 5 de 42

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My shining Star

Primeras impresiones / First impressions

Primeras impresiones /

First impressions

En cuanto escuchó la puerta cerrarse, Mike abandonó el cubículo y se dirigió a los lavabos. Lo primero que llamó su atención fue un móvil sobre la repisa que había encima, justo debajo del espejo.

El tipo de los problemas económicos se había dejado el teléfono.

No había podido evitar seguir su conversación. Las paredes de azulejos del aseo eran excelentes conductoras del eco de las voces, y el español de Mike era excelente, no en vano había pasado gran parte de su infancia en España. Aunque su padre era de Manchester, su madre era madrileña.

Todo el mundo tenía sus propios problemas y cada uno lidiaba con ellos como podía. El único que al parecer no sabía cómo afrontarlos era él. Qué patético. Dudaba mucho que el tipo del teléfono sufriera ataques de ansiedad debido a sus preocupaciones. Su voz había sonado serena y apacible.

Apoyó las manos en el borde del lavabo, apretándolo con fuerza, y hundió la cabeza en los hombros, muy enfadado consigo mismo.

Una gota viscosa se deslizó de su nariz y aterrizó en la blanca superficie del sanitario.

¡Mierda! Ahora sangraba por la nariz también.

No había tenido tiempo de limpiarse cuando la puerta del baño se abrió con ímpetu.

Mike se mantuvo encorvado, intentando que el recién llegado no le viera la cara.

—Disculpa —murmuró Simón a la alta figura que se doblaba sobre el lavabo. Localizó su móvil con la vista y alargó el brazo para cogerlo.

Mike había reconocido la voz del tipo instantáneamente. Era modulada y tranquila. Era el del teléfono. Masculló algo ininteligible y siguió en la misma postura. Una nueva gota de sangre cayó al lado de la anterior.

¡Joder!

Los ojos de Simón se posaron sobre la sangre que destacaba contra la blancura de la pila. Abrió la boca muy sorprendido. Su innato sentido del deber y su buena educación le llevaron a acercarse al individuo que parecía petrificado.

—¿Estás bien? —le preguntó—. ¿Necesitas ayuda?

Mike rechinó los dientes. Estaba claro que lo de pasar desapercibido se había ido al carajo. Resignado, irguió la cabeza con demasiada brusquedad y unas gotas de sangre que brotaron de su nariz terminaron en la manga de la cazadora del desconocido.

— Fuck! 4 —masculló, fijando la vista sobre las manchas que, rápidamente, impregnaron la tela de ante y se quedaron allí estampadas.

Simón también se quedó mirando la manga como idiotizado. Tardó un par de segundos en reaccionar antes de alzar la vista y mirar al causante del desperfecto, que había echado la cabeza hacia atrás. A toda velocidad sacó unas cuantas toallitas de papel del expendedor de la pared y se las tendió.

— Sorry 5… Ahh… lo siento mucho —murmuró el tipo con voz grave cogiéndolas y llevándoselas a la cara. Arrastraba las palabras con un ligero acento.

—No pasa nada. ¿Tú estás bien?

Mike bajó la vista al tiempo que asentía en silencio.

—No te preocupes por la cazad…

La frase que Simón iba a pronunciar se le quedó atascada en la garganta mientras su mirada se anclaba en unos impresionantes ojos azul océano bordeados por pestañas de color castaño muy claro, casi rubias.

¡No podía ser verdad!

Incluso a pesar de que la capucha de la sudadera le cubría el cabello, y la parte inferior de su cara estaba oculta tras las toallitas de papel, le reconoció al instante.

Nadie brillaba de ese modo.

El cantante.

Mike se percató del cambio de actitud del tipo inmediatamente. Su expresión se había quedado congelada. Era obvio que su identidad acababa de ser descubierta. Se apresuró a abrir el grifo y a lavarse, frotándose con una toallita para eliminar los restos de sangre. La hemorragia se había detenido con rapidez y ya no le goteaba la nariz. Podía notar la inmóvil

presencia del otro a su lado y se sintió incómodo. Terminó por incorporarse y encararse con él.

Simón, por su parte, no podía apartar la vista. Sus erráticos ojos se fijaron en pequeños detalles que no había apreciado desde la sala VIP.

Llevaba las uñas cortas, pintadas de negro y tenía un tatuaje diminuto en forma de estrella debajo del ojo derecho en un lateral. Sus orejas estaban perforadas, una de ellas desde el lóbulo hasta la parte superior con pequeños aros metálicos. Tenía la piel blanca y las líneas de su rostro eran aniñadas, si bien el ángulo de su mandíbula era prominente. Sus pómulos eran altos y pronunciados y sus labios, carnosos con el área de Cupido muy marcada. Su barbilla tenía una ligera hendidura apenas perceptible.

Era perfecto.

Mike se dejó examinar sin decir ni una palabra. Estaba acostumbrado. Él mismo escrutó al otro de arriba abajo. Era algo más bajo que él, aunque eso no significaba nada. Él medía un metro ochenta y ocho por lo que quizá el otro midiese uno ochenta, aproximadamente. Era atractivo con ese pelo castaño ondulado, los ojos color chocolate y el mentón cubierto por una sombra oscura. Tenía las cejas pobladas y sus pestañas eran largas y negras.

Rezumaba masculinidad por todas partes.

—Yo me encargo de pagarte la cazadora —rompió el silencio.

—No, no hace falta —reaccionó Simón por fin.

Seguía sin poder asimilar que la persona que había a solo un metro escaso de él fuese Mike Allen, el cantante de los CFB. Y que hablara español, con acento, pero un español impecable.

—Insisto. Las manchas de sangre no se quitan fácilmente.

—¿Tú estás bien?

Le hizo un gesto señalando su nariz. Era quizá la única parte de su cara que no era perfecta del todo, se percató Simón. Era algo ancha en el puente.

Pero eso no le restaba atractivo. Esa imperfección lo convertía en humano.

Mike asintió. El tipo tenía una voz muy agradable como ya había podido constatar antes cuando le escuchó hablar por teléfono. Resultaba agradable.

Tontamente deseó que dijese algo más.

—Me llamo Mike —dijo, aunque sabía que era absurdo presentarse.

—Yo soy Simón.

Simón. Aquel nombre iba con él. Le gustaba mucho más la variante española, más que la anglosajona. Tenía más garra.

—Me gusta Simón. —Exteriorizó sus pensamientos—. Más que Simon

—lo pronunció en inglés al tiempo que esbozaba una sonrisa.

Simón tragó saliva y notó cómo el calor le invadía al ver aquella sonrisa de perfectos dientes blancos. Si de lejos la belleza algo andrógina de Mike Allen le había encandilado, de cerca era impresionante.

No entendía lo que le sucedía. Jamás le había llamado la atención un miembro del sexo masculino con anterioridad, al menos no de ese modo.

Mike inclinó la cabeza a un lado con curiosidad al darse cuenta de que el hombre que tenía frente a él se sonrojaba. ¿Había dicho algo raro que hubiera podido molestarle?

—Vuelvo a insistir en lo de la cazadora. De veras que me siento mal por haberla estropeado. No, no —le interrumpió al darse cuenta de que iba a volver a rechazar su ofrecimiento.

—¡Pero no es necesario! Tampoco es para tanto y las manchas casi ni se ven.

—Pero es una cazadora muy cara y parece nueva. Es una lástima —

continuó Mike.

Se sentía culpable. Más todavía después de haber escuchado que el tipo tenía dificultades económicas. Estaba seguro de que no podría reemplazar la prenda. Si Mike entendía de algo era de ropa. Esa cazadora era de marca y su precio no bajaba de las mil quinientas libras.

Simón volvió a mirar las manchas de la manga. Sí, se veían perfectamente. Su hermana iba a matarle cuando se enterase. Pero no podía consentir que Mike Allen le indemnizase, a fin de cuentas, había sido un accidente.

—Déjalo —repitió decidido.

—Espera —murmuró Mike, sacándose el móvil del bolsillo—. Voy a hacer una foto.

Antes de que Simón hubiera podido protestar o decir algo, ya le había apuntado con el móvil y había tomado un par de fotos.

—Le paso la imagen a mi asistente y ella se encargará de conseguirte una igual.

—Pero…

—No hay peros. Dime tú número de teléfono y tu dirección.

Simón se mordió los labios. Seguir negándose le parecía ridículo y más todavía cuando vio la expresión impaciente de Mike. Se sintió como un

imbécil. Con cierta reticencia y vergüenza le dio sus datos.

Mike anotó todo en su móvil con un gesto satisfecho. Era testarudo y solía salirse con la suya.

—¿Qué talla es?

—No lo sé. Es un regalo.

—De tu novia, seguro. ¿Ves como es necesario que te consiga otra?

Seguro que se enfada contigo —dijo.

—Es un regalo de mi hermana —repuso Simón en voz baja, desviando la vista. No estaba habituado a hablar con tanta familiaridad con desconocidos y se sentía incómodo.

Mike le miró tratando de contener una sonrisa. A pesar de que debía de ser algunos años mayor que él, el tal Simón era realmente tímido. Le resultó peculiar.

—Déjame ver la talla.

Lo primero en lo que Mike se fijó cuando Simón se quitó la cazadora fue en su musculatura. La ajustada tela de la camiseta no ocultaba nada en absoluto. Ni los poderosos bíceps que las estrechas mangas apenas podían contener, ni los abdominales bien marcados. Le sorprendió. No daba la impresión de ser el tipo de persona que presumiera de músculos de gimnasio.

Durante un instante, sintió envidia de ese cuerpo tan bien entrenado, pero apartó ese tonto pensamiento de su cabeza con rapidez. Sus ojos se posaron sobre el logotipo blanco que adornaba su pecho.

—Ah, eres fan… —constató con una nueva sonrisa incrédula.

Tampoco parecía ser la clase de persona que siguiera a un grupo como los CFB. Sus fans solían ser bastante más jóvenes y del sexo femenino, principalmente. No obstante, el mundo estaba lleno de sorpresas. El descubrimiento le encantó.

Simón bajó la vista hacia las letras que destacaban sobre la tela de su camiseta como si fuese un letrero parpadeante de neón rosa reluciente.

Cerró los ojos y le mandó una silenciosa maldición a Paola.

—Eh… sí, claro… —mintió.

Mike cogió la cazadora y le hizo una foto a la etiqueta. Luego se la devolvió.

—¿Cuál es tu canción favorita? —preguntó, interesado.

—Eh… eh… es que no recuerdo el título.

Mike arqueó una ceja, perplejo.

La mente de Simón trabajó a toda velocidad. ¿Cómo había dicho Rocío que se titulaba esa canción? Cry… algo…

—Con la que habéis empezado el concierto… —se detuvo, inseguro.

— Cry, baby, cry. —El propio Mike llegó en su auxilio sin saberlo—. A mí también me gusta mucho, es una de mis preferidas.

A pesar del calor que hacía, Simón se puso la cazadora de nuevo y se la abrochó hasta la barbilla para tapar el traidor logotipo. Apenas se atrevía a mirar al otro de frente. No pensaba que a este le importase mucho la opinión de alguien como él; seguro que tenía millones de seguidores fanáticos, pero había visto la expresión halagada en su rostro cuando descubrió las letras en la camiseta y se sentía culpable por haber mentido.

No era su estilo.

Mike escrutó a Simón de reojo. Seguía sorprendiéndole que un hombre de su edad se mostrara tan inseguro. Al mismo tiempo le resultaba irresistible.

—¿Nos hacemos una foto?

La pregunta sorprendió a Simón que se le quedó mirando con la boca entreabierta. ¿Una foto?

Mike alargó la mano y señaló el móvil que asomaba del bolsillo delantero de los vaqueros de Simón. A pesar de que su carácter era extrovertido y no le costaba relacionarse con la gente, desde que los CFB

habían alcanzado la fama y hordas de fans los perseguían por todas partes, se había vuelto bastante esquivo y no solía ser tan agradable con nadie, mucho menos con alguien a quien acababa de conocer. Sin embargo, el reservado y tímido comportamiento de Simón le hacía querer prolongar aquel encuentro. Era curioso, pero a su lado se sentía calmado. Casi no podía creerse que solo unos minutos antes hubiese sufrido un ataque de ansiedad.

Simón le tendió el móvil y puso cara de circunstancias mientras contemplaba cómo Mike se bajaba la capucha de la sudadera. Su rubia melena quedó al descubierto. Se la ahuecó con los dedos al tiempo que se lanzaba una breve ojeada al espejo.

Inesperadamente, se acercó a él y le pasó un brazo por encima de los hombros mientras que alargaba el otro con el teléfono. Simón se puso rígido

al sentir el delgado cuerpo pegado al suyo. No era un gran amante del contacto físico y tanta proximidad con otro hombre le aturdió.

—¡Qué serio sales! —se rio Mike contemplando la pantalla después de hacer la foto. Volvió a subirse la capucha ocultando su cabello.

—Es mi naturaleza —murmuró Simón, cogiendo el móvil y guardándoselo en el bolsillo.

—¿Te pongo nervioso?

La pregunta le sobresaltó. Ancló los ojos en los de Mike que le contemplaba con interés. Parecía encantado consigo mismo.

—Sí —respondió con franqueza tras un instante de vacilación. No iba a negarlo. Era obvio.

—¿Por qué? ¿Porque soy famoso? —inquirió Mike ladeando la cabeza.

«Porque brillas y eso me tiene descolocado».

Aquel pensamiento se materializó en su mente a toda velocidad. Era ridículo, por supuesto, y no iba a confesar en voz alta algo semejante. Se limitó a asentir.

Mike se acercó a él hasta que solo dos pasos los separaron, y Simón tuvo que alzar la barbilla para poder seguir mirándole de frente. ¡Joder! Era muy alto. Reprimió el deseo de echarse hacia atrás y huir de su apabullante presencia.

«Aguanta el tipo», se dijo. «A fin de cuentas y por mucho brillo que despida, es un crío a tu lado».

—No muerdo —dijo Mike provocador, con una sonrisa deslumbrante.

Quería que Simón volviera a sonrojarse. Le había visto hacerlo antes y quería volver a recrearse en ello.

En ese momento, la puerta del baño se abrió con brusquedad, rompiendo la insólita e íntima escena en la que ambos estaban inmersos. Dos hombres entraron en los aseos. Apenas les echaron una ojeada y siguieron hablando entre ellos mientras se dirigían hacia el fondo.

Mike se había dado la vuelta y se había alejado hacia la pared. Simón permaneció quieto donde estaba, tratando de controlar los latidos de su corazón que la cercanía de Mike había acelerado.

—No entiendo que tengan tanta fama. Tampoco es para tanto. —Se escuchó la voz del primero de los tipos desde un cubículo.

—Son imitadores de The Smiths. Y la primera canción que han tocado es un plagio de otra del grupo este…, ay, joder, ahora no sé cómo se

llama… —repuso el otro.

Los ojos de Simón volaron hacia Mike. Su figura, enfundada en la sudadera negra y los vaqueros azules parecía relajada, pero tenía los puños cerrados a la altura de los muslos. Debía de ser una mierda escuchar algo semejante y no poder reaccionar.

Los dos tíos no tardaron en aparecer de nuevo y se acercaron a los lavabos a lavarse las manos. Mientras lo hacían, les lanzaron unas cuantas ojeadas furtivas.

Simón hubo de reconocer que la situación parecía sospechosa. Se sentía como si le hubieran pillado haciendo algo indebido. Carraspeó con incomodidad y se metió las manos en los bolsillos, evitando que su mirada se cruzara con la de ninguno de ellos.

Finalmente se marcharon.

Mike había tenido que morderse la lengua para no replicar algo cuando escuchó la mierda esa del plagio. Al principio de su carrera, cuando apenas comenzaba y todavía no sabía desenvolverse en ese mundillo, lo hubiese hecho. Se habría enfrentado a ellos y habría rebatido su afirmación. Ahora, cinco años después, había aprendido a controlar su temperamento y a salir airoso de situaciones como esa con un encogimiento de hombros. A fin de cuentas, qué cojones le importaba lo que pensaran de su grupo unos imbéciles.

Se dio la vuelta por fin y se encaró con Simón, que le miraba consternado y con un brillo de inquietud en sus ojos oscuros.

«¿Cree que estoy dolido o algo y le afecta? ¡Qué tío más encantador!», pensó con incredulidad y cierta satisfacción.

—¿Con quién has venido? —le preguntó.

—Con mi hermana y unos amigos.

—¿Dónde estáis?

—En una de las salas VIP.

Mike asintió con lentitud.

—Si quieres te dedico una canción —le ofreció.

Sabía que a la mayoría de sus seguidores aquello les habría complacido mucho, de ahí que la curiosa reacción de Simón le sorprendiese. No dijo que no, pero una mueca indecisa se mostró en su boca.

—Como tú veas… —Se encogió de hombros.

Hubo un silencio.

Simón le contempló a hurtadillas. Tenía en la punta de la lengua confesarle que no era un verdadero fan, que la camiseta era solo un regalo y que, hasta el día anterior, ni siguiera había oído hablar de los CFB, pero se echó atrás. A pesar de que Mike se mostraba muy seguro de sí mismo y parecía algo arrogante —cosa comprensible si se tenía en cuenta su fama—, también era agradable y simpático. Además, había apreciado cierta vulnerabilidad en su mirada, aunque trató de disimularla con su tono despreocupado.

Tampoco le costaba tanto seguir fingiendo ser su seguidor.

—Tu español es perfecto. Pensé que eras británico —le dijo algo que llevaba rondándole un rato por la cabeza.

Mike le miró con ambas cejas arqueadas. ¿Acaso no sabía que su madre era española y que había pasado su infancia en España? Cualquier fan lo sabría. Su biografía estaba por todas partes. Era raro.

—Mi madre es de Madrid —repuso—. Y yo he vivido unos años aquí también.

En ese instante, la alarma de su móvil comenzó a sonar con estridencia.

Se lo sacó del bolsillo y lo silenció. El descanso había acabado; tenía que volver al escenario.

—Tengo que irme —dijo con desgana.

Simón asintió. Un pequeño pellizco de decepción se le alojó en el estómago al ser consciente de que esa era la última vez que iba a volver a hablar o ver a Mike Allen en persona en su vida.

—Claro. Ha sido un placer —dijo con educación.

—Mi asistente te hará llegar la cazadora en unos días. —Mike introdujo las manos en los bolsillos de la sudadera y vaciló—. Bueno, te deseo lo mejor.

—Igualmente. Eh…, mucha suerte en el escenario… —balbuceó Simón.

Se aclaró la garganta al darse cuenta de que la voz le había salido demasiado entrecortada.

¿Por qué la despedida estaba resultando tan extraña?

—Gracias. Ha sido genial conocerte, de veras, Simón. Estaba un poco agitado antes de hablar contigo, pero este rato me ha venido bien —confesó Mike.

Nada más decir aquello lo lamentó. ¿No había sonado estúpido?

Además, ¿desde cuándo él era tan franco con alguien a quien acababa de

conocer?

Sin decir nada más, echó a andar con grandes zancadas hacia la puerta, la abrió y abandonó los aseos.

Simón le vio partir con sentimientos encontrados. Estaba desconcertado.

Se acarició la nuca con suavidad mientras trataba de asimilar la situación.

Todo había sido demasiado rápido y surrealista. Si Mike Allen resultaba llamativo sobre el escenario, en las distancias cortas era imponente.

¿En serio le iba a dedicar una canción?

Era algo tan infantil… Sin embargo, se sentía extrañamente halagado.

Con cierta expectación expandiéndose por su cuerpo, abandonó los aseos y se dirigió hacia la sala VIP.

Mientras tanto, Mike bajaba las escaleras metálicas con rapidez, seguido por los dos guardaespaldas. Iba sumido en sus pensamientos y una sonrisa perezosa curvaba sus labios. Si bien el encuentro con Simón había sido breve y casual, le había dejado un buen sabor de boca, haciéndole olvidarse de todas sus preocupaciones por unos minutos.

«Simón, qué tipo más interesante».

Exudaba serenidad y era un verdadero regalo para los ojos. Y sus sonrojos…

Se rio, recordándolo.

¿Qué canción podía dedicarle?

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