My shining Star
Él es especial para mí / He is special to me
Él es especial para mí /
He is special to me
Mike abrió los ojos y se encontró con una naricita rosa y unos enormes ojazos azules a solo unos centímetros de su cara.
—Eh, Rico, buenos días…
El gato sacó su áspera lengua y le pegó un lametón en la frente. Luego se marchó de un salto, abandonando la cama.
Mike se incorporó y cogió su móvil. Eran las nueve de la mañana.
Simón se había marchado sin despertarle. Era el día en el que tenía que acudir al notario a firmar la venta de su piso.
Se levantó y se dirigió a la cocina para hacerse un café, pero en cuanto llegó se dio cuenta de que Simón ya le había preparado el desayuno. Incluso le había dejado una nota pegada a la tostadora.
Gracias por lo de anoche.
¿A qué se refería? ¿A su confesión? ¿A lo que pasó después? Simón no había respondido a su declaración, pero había reaccionado dándole cientos de besos que los llevaron directos a la cama y a su paraíso particular.
Una respuesta muy válida.
Comenzó a canturrear la canción de Bublé mientras se servía café en una taza y le ponía azúcar. Ojalá todos los días de su vida fueran como ese.
Su móvil comenzó a sonar.
Seguro que era Simón.
Era Andrew.
Resopló, decepcionado, y cogió la llamada.
—Buenos días.
—Buenos días, Mike.
—¿Todo bien? No sueles llamarme.
—Estoy en Madrid.
Mike se detuvo en medio de la habitación con la frente arrugada.
—Estás en Madrid —repitió con la mandíbula apretada—. ¿Por?
—Tenemos que hablar.
—¿De qué? —Una sensación de disgusto comenzó a formarse dentro de él. No le gustaba el tono que estaba empleando Andrew.
—Estoy en la cafetería que hay frente al edificio donde estás viviendo.
Baja y hablamos.
La sensación de disgusto aumentó.
—¿Cómo sabes dónde estoy?
—Baja y lo hablamos.
Colgó sin despedirse. El buen rollo que había sentido solo hacía cinco minutos se había esfumado.
Se duchó a una velocidad récord. Se enfundó unos vaqueros ajustados, unas deportivas, una sudadera gris con capucha y las gafas de sol, y cogió las llaves. Antes de salir del piso, su mirada se dirigió hacia la cocina. Sobre la encimera seguía su café y las tostadas que no se había comido.
En fin…
La cafetería era pequeña y estaba casi vacía. Solo había dos personas en la barra y Andrew, que le esperaba en una mesa del fondo. Tenía una taza frente a él y ojeaba un periódico inglés. Su traje gris y su corbata granate rezumaban elegancia. Alzó la vista cuando le vio entrar.
El camarero, un chico muy joven con barbita, le saludó con un movimiento de cabeza.
Pidió un café solo y tomó asiento frente a su mánager, sin quitarse ni la capucha ni las gafas.
—¿Cómo sabías dónde me alojaba?
Ni siquiera le saludó. Prefirió ir directo al grano.
Andrew se limitó a sonreír.
—Vamos, Mike, sabes que no dejo nunca nada al azar —repuso al cabo de un breve lapso de tiempo.
Lo sabía. No obstante, por un momento, había creído que Andrew sí que le había dejado vivir su vida en paz. Tenía que haberlo sabido. Suspiró y se llamó ingenuo.
—¿Y qué haces aquí?
El camarero llegó con su café y lo dejó sobre la mesa.
—Hablar contigo —dijo Andrew.
—Pues habla.
Abrió el sobrecito del azúcar y se la echó en el café. La removió con la cucharilla, aguardando tenso.
—Me he enterado de que has comprado un piso aquí en Madrid. —Su mánager pronunció aquellas palabras con mucha parsimonia.
Mike apretó los labios convirtiéndolos en una fina línea.
—Creo que Walsh tiene la lengua muy larga.
Malcolm Walsh era su abogado personal, no el de la agencia, y la persona a la que había encargado que comprara el piso de Simón con absoluta discreción.
—No le culpes. No ha sido él. Ha sido todo una casualidad. Mi secretaria es la mejor amiga de la secretaria de Timothy Evans.
Evans era el socio de Walsh.
—Pues voy a tener que cambiar de despacho de abogados —masculló, llevándose la taza de café a la boca—. No obstante, eso no explica qué haces aquí.
—Estoy aquí para salvaguardar tus intereses y los del grupo, que también son los míos. No fuiste sincero del todo conmigo cuando hablamos hace una semana, Mike. No te has quedado en España para relajarte. Te has quedado porque tienes algo con el tipo ese, el tal Simon.
Pronunció el nombre al estilo anglosajón, dejando caer la entonación sobre la primera sílaba. A Mike no le gustó nada. Era como si se estuviese refiriendo a otra persona, no a su Simón.
—Eso es asunto mío. Es mi vida privada —masculló. La furia comenzó a expandirse por su cuerpo.
—Si los intereses de Mike Allen son contrarios a los intereses de los CFB, se convierte en un asunto mío también. He tenido que mover cielo y tierra para coordinar las nuevas fechas, con la consiguiente pérdida de dinero. Y todo porque tú has decidido que necesitas vivir una historia de amor con un tío que… —Hizo una pausa antes de proseguir con voz helada
—. Con un tío que se está aprovechando de ti.
—¡No te pases!
—Primero promocionas su negocio y luego compras su piso y le sacas de sus apuros económicos. Lo he investigado. Lo sé perfectamente. Está claro lo que quiere de ti.
—No tienes ni la menor idea, así que es mejor que te calles —gruñó—.
Además, lo que haga con mi dinero es cosa mía.
—Perfecto, haz con tu dinero lo que quieras, pero si el grupo se ve perjudicado por tu culpa, tengo que intervenir.
Mike desvió la vista y la clavó sobre las lucecitas de la máquina tragaperras que había al fondo del local.
Andrew tenía su parte de razón. Sus decisiones personales habían terminado por afectar al grupo. Eso era cierto. Pero que dijera que Simón se estaba aprovechando de él era una gilipollez.
—¿Cuánto dinero te ha costado? Dímelo y yo asumiré las pérdidas —
dijo al cabo de unos segundos.
—No se trata de eso.
—Entonces, ¿dónde quieres ir a parar?
Andrew se echó hacia delante y apoyó los codos sobre la mesa. Su expresión había cambiado, transformándose en una más amigable, de pronto.
—Mira Mike, creo que estás pasando por un momento algo complicado.
Las cosas no han sido fáciles y estás agotado. Eso lo sé. Y tengo la sensación… —suspiró—. Creo que te has aferrado al tipo ese por necesidad.
Mike soltó la taza con brusquedad. Esta tintineó sobre el plato produciendo un sonido desagradable y haciendo que tanto el camarero como los dos clientes de la barra giraran la cabeza en su dirección.
—¿Por necesidad? —exclamó muy cabreado.
—El psiquiatra dijo que tu estado mental era frágil, por eso tenías los ataques de ansiedad.
—¿Eso no es secreto?
—No olvides que yo fui contigo la primera vez que estuviste allí.
Mike resopló y cerró los ojos. Era una mierda que Andrew supiera tantas cosas de su vida. Por otro lado, nadie tenía la culpa más que él. Por pereza, había dejado que su mánager se ocupara de casi todos los asuntos de su vida personal.
—Lo de mi ansiedad está controlado del todo. No he vuelto a tener ni una puñetera crisis desde que estoy aquí —mintió—. Estoy lo suficientemente bien para saber cuáles son los motivos que me llevan a estar con Simón. Y créeme si te digo que no es por necesidad ni por dependencia emocional ni ninguna gilipollez de esas.
—¿Por qué es, entonces? ¿Por amor? —preguntó con tono despectivo
—. No me hagas reír, Mike. Solo le conoces desde hace unas semanas. Lo que tienes es un calentón. Ya hemos pasado por esto antes.
Apretó los puños por debajo de la mesa y trató de respirar hondo mientras contemplaba a Andrew a través de sus pestañas y de los tintados cristales de sus gafas. Parecía tan convencido de lo que decía y su expresión era tan desdeñosa que las ganas de abofetearle le invadieron.
—Esto es diferente.
Andrew soltó una risilla muy fastidiosa.
—Diferente… —murmuró asintiendo—. ¿Qué me dices de Camille o de Gemma o de Jason? Ah, también recuerdo a Chris y a Sonja. Oh, y a ese Phil, el que tenía el bigotito absurdo, o a esa modelo islandesa… ¿Cómo se llamaba…? Ah, sí, Margrét.
Todos esos eran nombres de personas con las que Mike había tenido relaciones; algunas más serias, otras solo esporádicas. Ninguna de ellas tenía nada que ver con Simón.
—Esos son solo nombres sin ningún tipo de significado.
—Se te olvida que querías casarte con Gemma. Viniste a mí para contarme tus planes, eufórico, diciendo que habías encontrado a la mujer de tu vida.
Mike gruñó. Aquello era verdad, pero por aquel entonces solo tenía diecinueve años y acababa de sacar su primer álbum. El éxito repentino y unas cuantas juergas de alcohol y drogas se le habían subido a la cabeza y, cuando aquella groupie37 que los seguía a todas partes le confesó su amor, la confusión le llevó a pensar que también estaba enamorado de ella. No tardó en darse cuenta de que estaba equivocado.
—¿Y Chris? —continuó Andrew—. ¿No lo recuerdas?
¿Cómo no iba a recordar a Chris? Fue el primer tío con el que se atrevió a tener relaciones sexuales. Hacía ya cuatro años de eso.
—También estabas muy enamorado de él.
—No era amor. Era un capricho —protestó.
—¿Y qué es Simon, entonces?
Volvía a pronunciar su nombre al estilo anglosajón. Era irritante.
—Simón es diferente. Él es muy especial para mí —confesó. Notaba los músculos de su espalda completamente rígidos.
Andrew resopló con incredulidad.
—Estás actuando igual que entonces, Mike. Dejas de pensar en el grupo para pensar en ti.
—¡Yo nunca he dejado de pensar en el grupo!
—Solo porque yo intervine —aseveró con gran seguridad—. Igual que estoy haciendo ahora. Creo que deberías pensarlo muy bien, Mike. En cuanto lo hagas te darás cuenta de que lo que tienes con ese hombre es algo pasajero.
Mike meneó la cabeza con exasperación. ¡Qué diablos sabía Andrew!
Lo que sentía por Simón iba mucho más allá de ser algo superficial y sin significado.
—Una cosa es que estés preocupado por el grupo y hasta por mi estado de salud mental, vale, lo acepto —concedió con un ademán—. Otra cosa es que trates de meterte en mi cerebro e intentes convencerme de algo que no es cierto. No sabes cómo me siento. No sabes qué es lo que siento por Simón
—Pues perdona que no termine de creerme ese profundo amor que sientes por él, pero con tus antecedentes es difícil.
—Joder, hace como un siglo de todo eso que dices. Ahora soy de otra manera.
—Si tú lo dices… —repuso con escepticismo—. Cuando me he enterado de lo que estaba pasando he cogido un avión de inmediato para hablar contigo cara a cara e intentar que no la jodas.
—¡No voy a joder nada!
—Ya lo estás haciendo.
—¡Solo quería un poco más de tiempo para mí!
—Si solo es eso, me parece perfecto. —Se encogió de hombros—. Pero no puedes zafarte de tus obligaciones. Tenemos un contrato que hay que cumplir, no lo olvides. Esto es serio, Mike. No puedes estar jugando. La semana que viene tienes que volver a tu vida como estaba previsto. Todo tiene que seguir igual. Entonces yo me callaré y no diré ni una palabra más.
¿Entendido?
Mike bajó los párpados y se concentró en el borde de su taza. Cada vez que una nueva frase salía de la boca de Andrew, la culpabilidad que sentía aumentaba.
Se sentía culpable porque en el fondo sí había barajado esa opción, la opción de quedarse con Simón. Desde hacía unos días, la idea de dejarlo todo y comenzar de cero le rondaba por la cabeza.
Paseó la mirada por la superficie de la mesa y sus ojos se chocaron con el sobrecito de azúcar que había usado antes. En su cara visible se podía leer una frase impresa:
Para poder seguir a veces hay que empezar de nuevo.
Estuvo a punto de soltar una carcajada sarcástica. Puta psicología barata…
—Mike, tú y yo hemos pasado ya por muchas cosas juntos y nos conocemos. Sabes perfectamente que tengo motivos para estar preocupado.
Además, no solo me importa el grupo, también me importas tú. —Se detuvo unos instantes antes de fruncir los labios con disgusto—. Ese tío…
—Ese tío es una persona estupenda —le interrumpió Mike, enfadado—, y no tiene ni puta idea de que he comprado su piso. Jamás me ha pedido nada, así que no vuelvas a hablar de él en ese tono.
Andrew alzó las manos en el aire.
—Perfecto. No voy a volver a mencionarlo.
Después de eso, el silencio se alargó entre ellos.
Mike se alisó las perneras del pantalón con cierto malestar. No quería seguir allí. Tenía ganas de levantarse y largarse. Necesitaba aire fresco.
Necesitaba pensar.
—Ah, una última cosa… —dijo Andrew.
Se sacó el móvil del bolsillo y lo toqueteó, luego se lo tendió para que pudiese ver la pantalla.
Mike apenas le echó un vistazo. Sabía lo que iba a encontrarse allí. Una foto. Una foto de Simón y él. A pesar de que en la que Andrew le mostraba él llevaba la gorra y las gafas de sol, cualquier fan habría podido decir que se trataba de Mike Allen. Simón y él se estaban besando. Era de aquella tarde que fueron al parque del Oeste.
—¿Tienes a alguien siguiéndome? —le preguntó. Ni siquiera estaba enfadado. Su voz sonaba más resignada que otra cosa.
—Sí. Desde hace unos días —admitió y parecía realmente incómodo—.
Sé que te importa bien poco que la gente sepa sobre tu orientación sexual, pero ya hablamos sobre eso en su momento y aceptaste ser discreto. Hasta ahora la prensa se ha limitado a especular sobre ello nada más, pero si
sigues así, es más que probable que en breve se publiquen fotos similares en algún tabloide de esos de mierda. Y, ahora, no nos conviene. No hasta que salga el nuevo álbum.
Mike se levantó y se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros.
—Me voy.
Su mánager se le quedó mirando antes de asentir con lentitud. Sus ojos oscuros brillaban con suspicacia.
—Piensa bien en todo lo que te he dicho y no hagas ninguna tontería, Mike. El día veintidós te espero en la agencia. Tus compañeros también cuentan contigo —terminó con voz suave.
Mike no se quedó para seguir escuchándole. Se dio la vuelta y abandonó el local con rapidez. Salió a la calle y una bocanada de aire frío, que recibió agradecido, le acarició la cara. Echó a andar, sin saber muy bien qué dirección tomar ni adónde ir.
Su cabeza bullía.
A pesar de que sentía que estaba siendo malinterpretado y prejuzgado, Andrew tenía razón en tantas cosas…
Era cierto eso de que la había cagado en el pasado con algunas relaciones. Había sido demasiado voluble y se había ilusionado con facilidad. Pero desde entonces hasta ese momento había llovido mucho y él no era la misma persona.
Y Simón también era diferente a todos los demás.
No obstante, era lógico que Andrew estuviese preocupado. Lo aceptaba.
Y, si bien no era tan frágil como pensaba su mánager, todavía no estaba recuperado y seguía tomando las puñeteras pastillas para la ansiedad, aunque desde aquella vez en la ducha no había vuelto a sufrir ningún episodio semejante. No sabía si era por la medicación o porque había logrado encontrar su equilibrio mental gracias a la serenidad que le proporcionaba Simón.
Casi sin darse cuenta había llegado al parque cercano. Era temprano y no había mucha gente. Solo se cruzó con un señor que paseaba a su perro y con dos mujeres de avanzada edad que hablaban entre ellas.
Tomó asiento en uno de los bancos y apoyó los codos en las rodillas.
La realidad había venido a buscarle y le había golpeado de lleno. Quizá ya era hora de bajarse de las nubes y aterrizar en el suelo.
Y de tomar decisiones.
Como bien había dicho Andrew, tenía obligaciones y deberes y no podía abandonarlo todo y perjudicar a tanta gente. No podía defraudar a sus compañeros. Y tampoco podía defraudar a su agencia, que había apostado todo por él cuando no era nadie.
Pero ¿renunciar a Simón? No. No podía hacerlo.
Sin embargo, solo imaginar que estaban obligados a vivir su historia de amor a escondidas, le revolvía las tripas. No soportaba pensar que tenían que mantener su relación dentro de un armario. Ni él ni Simón se merecían eso.
Joder, él quería gritar a los cuatro vientos que Simón era su pareja. Que estaban juntos. Que lo que tenían era algo especial. ¡No quería ocultarse!
Aunque también sabía lo que iba a suponer eso. Él no era un personaje anónimo. Era el puñetero Mike Allen, una estrella de fama mundial, ídolo de masas. La repercusión que una noticia semejante podía tener sobre su carrera y, sobre todo, sobre la pacífica vida de Simón, era inimaginable.
Un puto caos.
Se imaginó a los fotógrafos rodeando el portal de la casa de Simón y molestándole en su trabajo. ¡Mierda!
Cerró los ojos. El pecho había comenzado a dolerle y su garganta a estrecharse. Su respiración se aceleró.
¡No! No podía perder los nervios. Tenía que mantener la calma. Inspiró y espiró varias veces y trató de pensar en cosas bellas y agradables: los besos de Simón, su risa, su forma de bostezar, su manera de cruzar las piernas o cómo se concentraba frente al portátil…
Y consiguió controlar el ritmo de los latidos de su corazón en unos pocos segundos.
—Ah… Simón…
A pesar de que solo se conocían desde hacía cinco semanas, él sabía que lo que sentía era lo más real que había sentido en su vida. Simón se había convertido en su todo y había comenzado a pesar más que toda su carrera.
Era una locura.
¿Y si se veía en la obligación de tener que elegir?
Negó con la cabeza.
Él lo quería todo. No deseaba renunciar a nada.
Simón y él tenían que hablar.
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