My shining Star

Laura Sanz · Capítulo 37 de 42

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My shining Star

Di que lo sientes / Say you are sorry

Di que lo sientes /

Say you are sorry

Sabía que su tono de voz había sonado duro y cabreado, pero ¿qué cojones hacía Simón planteándose el quedar con una tía? El escucharle decir que quizá se mereciese una cita con esa mujer fue como si le hubieran echado un jarro de agua fría por encima.

Todo lo que había planeado decirle se esfumó y fue barrido por el enojo.

Estaba en el dormitorio, a oscuras, sentado en el borde del colchón jugueteando con su móvil, ansioso debido a la tardanza de Simón, cuando escuchó cómo se abría la puerta. Con el corazón encogido por la emoción de volver a verle, se mantuvo quieto y expectante. Sus ojos siguieron su figura mientras accedía al apartamento y se movía por él.

No podía apartar la vista.

Simón tenía el pelo algo más largo de lo que recordaba; le caía sobre la frente y se enroscaba por encima de sus orejas. Llevaba unos vaqueros azules y un polo de manga corta de color negro.

Y, como siempre, traía la calma y la serenidad con él.

Su forma de hablarle a Rico, sus movimientos, su mímica…

Paz en estado puro.

Mike tragó saliva. ¡Cómo le había echado de menos!

Simón ni siquiera se había dado cuenta de que no estaba solo, tan ensimismado estaba con el gato.

Entonces llegó el audio y esa odiosa voz de mujer pretendiendo quedar con él. ¡Y Simón dudando sobre si hacerlo o no!

La ira le invadió.

—Pues espero que la rechaces porque tu puto regalo de cumpleaños soy yo —exclamó con rabia, poniéndose de pie y abandonando el dormitorio.

Simón giró la cabeza y se encontró cara a cara con Mike, y todo su cuerpo pareció desintegrarse de repente. Tuvo que apoyar una mano en la mesa del comedor que estaba frente a él. Tenía que estar soñando. Pestañeó

un par de veces para convencer a su cerebro de que aquella imagen que se presentaba ante sus ojos era real.

¿Mike?

Sí, Mike Allen, alto, delgado y brillante estaba en su casa.

No había cambiado en absoluto.

Vaqueros muy bajos en la cadera y camiseta azul. El pelo recogido en una coleta. Su cutis blanco sobre el que resaltaba su tatuaje de estrella. El marcado ángulo de su mandíbula. La hendidura de su barbilla. Sus orejas perforadas con unos cuantos pendientes. Sus ojos azules bordeados por esas pestañas rubias.

Y sus labios… contraídos y mostrando enfado.

—¿Mike? —acertó a murmurar.

—Simón.

—Pero ¿cómo? —se interrumpió porque su voz se negaba a colaborar con él—. ¿Qué… qué haces aquí?

—Estoy de paso —respondió con tono neutro y frío—. Estaba en Sevilla rodando un anuncio. He pasado por Madrid para saludar a viejos amigos antes de volver a mi casa. Tu hermana me ha abierto la puerta.

La respiración de Simón se aceleró.

Bum bum bum…

«Para de latir así, estúpido corazón».

—¿De paso?

Había tantas cosas que había planeado decirle cuando se encontrara con él, y ahora que estaba ahí, a solo dos metros de distancia, su mente se había quedado en blanco.

—Sí. Mañana me voy a Londres.

—¿Mañana?

Se sentía como un gilipollas, repitiendo todo lo que decía. Era incapaz de formar una frase coherente, tal era el estado de excitación en el que se encontraba.

Le recorrió de arriba abajo con ansia, de nuevo, buscando alguna emoción en él. Algo que le indicara que la canción tenía un significado especial y que todavía había esperanza para ellos. No halló nada. Sus ojos se detuvieron más de la cuenta sobre sus manos. Esas manos de largos dedos con las que le había acariciado en tantas ocasiones…

Tragó saliva, abrumado.

Mike estaba tan tranquilo y sosegado como si aquella situación no le afectara en absoluto, mientras que él era un puro manojo de nervios.

En realidad, no era así. Mike apenas podía reprimir su enojo, aunque trataba de que su rostro solo mostrara impasibilidad. Su aplomo era impostado. Las ganas de abrazar a Simón y ahogarle con sus besos eran enormes, pero se controlaba.

«Está bastante más delgado», pensó mientras le devoraba con la mirada.

—Hoy es tu cumpleaños, ¿no? Felicidades.

—Ah…, gracias…

—Tú no me felicitaste por el mío. Fue hace dos meses —soltó con sequedad.

Simón se puso rojo.

—Lo… lo siento —dijo.

—Da igual. Tampoco es necesario que estemos pendientes de nuestros cumpleaños y cosas así, a fin de cuentas, ya no hay nada entre nosotros…

Sabía que estaba siendo ruin y pueril, pero estaba enfadado. Y quería que Simón sintiera su enfado. Además, no iba a ceder un ápice. No iba a ser él el que diese el primer paso. Era el turno de Simón.

«La última vez fuiste tú quien me alejó de tu lado. Ahora te toca a ti extender la mano primero».

—Sé que no hay nada entre nosotros —susurró Simón. Su voz sonaba llena de pesar—. Aun así…, yo quiero… —se interrumpió y se dio media vuelta, dándole la espalda.

Mike maldijo en silencio. Las ganas de adelantarse y abrazarle le acuciaron. No sabía si iba a aguantar mucho tiempo más siendo tan inaccesible y seco, así que decidió cambiar de tema.

—Supongo que te ha sorprendido encontrarme aquí —dijo. Sus ojos seguían todos y cada uno de los movimientos de Simón, que se había alejado hacia la puerta corredera que separaba el salón de la terraza y la abría—. La verdad es que no quería subir, pero tu hermana ha insistido. La llamé ayer para decirle que iba a pasarme a saludar. La he visto unos minutos, pero se ha tenido que ir con su marido. Está tan guapa como siempre. Ha dicho que no te importaría que esperara aquí.

—No, no me importa. Me… alegro de que… a pesar de todo lo que pasó, hayas querido saludarme a mí también.

—Bueno, no soy rencoroso y ha pasado mucho tiempo. Está superado

—mintió.

Simón cerró los ojos al escucharle decir aquello.

Está superado.

«¡No, no y no!», deseó gritar. «Yo no lo he superado».

Además, ¿y la canción? Si lo había superado y había pasado página,

¿por qué componer aquella canción que le dio esperanzas? Quería preguntarle por ello con desesperación.

Pero no lo hizo.

—¿Quieres tomar algo? —propuso en cambio.

Le miró por encima del hombro. La presencia de Mike era demasiado apabullante y no estaba preparado para poder encararle de frente, no sin sentir cómo su corazón se partía en pedazos.

—Claro. ¿Qué tienes?

—¿Cerveza?

—Me vale.

Simón se acercó a la nevera. Sus ojos se enfrentaron a la foto de ambos y la contempló con tristeza, vencido por la desazón. Suspiró antes de abrirla y sacar dos latas. Le tendió una a Mike sin mirarle. Luego se dirigió a la terraza.

Tomó asiento en uno de los amplios bancos y clavó la vista en el borde de la mesa. De soslayo, comprobó que Mike, en lugar de sentarse en uno de los butacones de enfrente, se sentaba a su lado. Estaban muy cerca el uno del otro. Mucho.

Abrió su lata y le dio unos tragos a la cerveza. El frío líquido apenas había tenido tiempo de atravesar su garganta cuando volvió a beber.

Ganaba tiempo.

La situación era absurda.

Y surrealista.

Ahí estaban ambos, sentados a meros centímetros de distancia y no había nada que pudieran decirse. Con todo lo que habían vivido juntos…

Mike sabía que Simón se moría por hablarle y por hacerle preguntas, pero se limitaba a agarrar la lata con firmeza, como si fuera un náufrago sujetándose a un salvavidas; bebía de ella como si se tratase de la última cerveza del mundo. La ansiedad era notoria en sus facciones, sin embargo, se mantenía cabizbajo y se esforzaba por rehuir su mirada.

Apretó los labios. No estaba dispuesto a tomar la iniciativa. Tenía que ser Simón el que lo hiciese. Él ya había esperado mucho tiempo con infinita paciencia. No podía hacer más. Ya le había abierto una puerta con la canción para animarle a lanzarse y a reaccionar.

Iba a seguir aguardando.

«Vamos, pregúntame. Dime algo», le animó en silencio mientras le contemplaba con los ojos entornados, saboreando su cerveza con lentitud.

—Escuché la canción —murmuró Simón, de pronto.

—¿Canción? —Fingió ignorancia.

Simón dejó la lata sobre la mesa y carraspeó. La zozobra que le dominaba era más que evidente.

—La de… My shining Star.

—Ah, sí. La estaba componiendo mientras estaba aquí en Madrid.

Cuando la acabé, a mis compañeros les gustó y la discográfica se empeñó en que formara parte del álbum. Es algo sensiblera, pero a la gente parece gustarle mucho.

Todavía no había terminado de hablar cuando se dio cuenta de que el rostro de Simón se ensombrecía. Acalló la vocecita interna que le llamaba capullo.

—Es muy emotiva —dijo Simón alzando la cara. Un atisbo de dolor se mostraba en sus oscuros ojos.

Mike le sostuvo la mirada con aplomo.

«Pídeme perdón, Simón. Vamos, hazlo. Solo abre la boca y dime que lo sientes. Dime que sientes cómo te comportaste conmigo. Dilo. No hay nada en este mundo que desee tanto como perdonarte, así que pídeme perdón, joder…».

Pero Simón no dijo nada.

—¿Por eso me llamaste? —preguntó Mike al cabo de un breve silencio incómodo—. ¿Para hablar de la canción? Tenía unas cuantas llamadas perdidas de tu número.

—Eh… sí —admitió con voz entrecortada—. Era para felicitarte.

—¿Para felicitarme?

Simón apretó los labios. Odiaba mostrarse tan ansioso y vulnerable, pero así era cómo Mike le hacía sentir. Parecía tan seguro de sí mismo, tan indiferente…

—Sí, quería darte la enhorabuena por la canción. Independientemente del significado que pueda tener para nosotros, es una canción preciosa. Me alegro muchísimo de que esté teniendo tanto éxito.

«Cobarde», se reprochó para sus adentros.

—Vaya, eso suena muy rebuscado… Independientemente del significado que pueda tener para nosotros… —repitió Mike con un tono de voz algo desdeñoso antes de darle un sorbo a su cerveza—. Tampoco es para tanto…

Cada vez que Mike le hablaba de ese modo despectivo, Simón sentía como si una mano helada le estrujase el corazón. Aunque no le sorprendía.

Después de lo mal que se portó con él, no era de extrañar que la opinión que Mike tenía de él fuera tan baja.

Ahora ya sabía que la canción no significaba lo mismo para los dos.

«Se acabó…».

Al menos, quería pedirle perdón, pero no sabía cómo.

—A pesar de todo, me gustaría que siguiéramos… siendo amigos —dijo con un suspiro.

—¡¿Amigos?! —exclamó Mike con las cejas arqueadas—. ¿Amigos, dices? —repitió con más dureza, dejando la lata encima de la mesa con un golpe seco. Soltó una risa desagradable y sus ojos relampaguearon—. No es eso lo que quiero de ti. No. ¡No quiero ser tu puñetero amigo! —masculló entre dientes.

Simón se estremeció. ¿Ni siquiera quería ser su amigo? ¿No iban a poder mantener el contacto? Apartó la vista y terminó por ponerse de pie y alejarse hacia el ventanal.

Aquello dolía.

Mike estaba colérico.

¿Qué gilipolleces estaba diciendo Simón? ¿Acaso Paola había estado equivocada todo el tiempo? ¿Qué cojones estaba pasando? ¿Amigos? Él no podía ser su amigo. Ni podía ni quería.

Se incorporó también y se pasó las manos por el pelo. Con brusquedad, se deshizo la coleta y dejó que la melena le cayera sobre los hombros.

Sacudió la cabeza y esta se agitó a un lado y a otro. Luego cerró los ojos y respiró hondo.

Quizá estaba enfocando mal toda la situación. Quizá tenía que haber sido el que diese el primer paso en vista de la indecisión de Simón, pero su maldito orgullo se lo impedía.

¡Tenía que ser Simón! ¡Joder!

«¿No te das cuenta de que solo quiero que me pidas perdón?», le lanzó con la mirada fija en su espalda.

En cuanto Simón le dijese que lo sentía, que sentía no haber confiado en él y haberle alejado de su lado, él le perdonaría.

¡Qué frustrante!

Estaba decepcionado. Se había imagino el reencuentro de otra manera.

Con más pasión y más fiereza. En su mente había idealizado una situación en la que Simón se arrojaba a sus brazos y no podía reprimir sus sentimientos.

Y se devoraban a besos.

No quería que Simón le dijese lo bien que se sentía a su lado. No quería solo gustarle de un modo descafeinado. Tampoco quería que le confesara que estaba enamorado o que le había echado de menos… No. Aquello no era suficiente.

¡Era demasiado poco!

Lo que él quería escuchar era más que eso. Quería que Simón reconociese que estaba loco por él. Que admitiera que solo pensaba en sus besos, en sus caricias, en su olor, en su piel, en el timbre de su voz… Quería que le dijese que no podía ni quería vivir sin él.

Eso quería.

Él estaba dispuesto a ofrecer lo mismo, por lo que no iba a conformarse con menos.

Pero Simón seguía ahí, rígido como un poste de madera, guardando silencio.

Eso era más de lo que él podía soportar. ¡Tenía que hacer algo!

No estaba en él seguir con esos juegos mentales y pretender que no sentía lo que verdaderamente sentía. En lugar de aguardar una confesión de Simón que no terminaba de llegar, iba a tener que ser él el que se lanzara.

Suspiró para sus adentros. Sentía que estaba perdiendo y que su orgullo se quedaba en el camino, pero el que estaba desesperado era él, así que tenía que rendirse.

Deseaba a Simón con todas sus fuerzas y no quería seguir esperando.

Capituló.

—Sé que Andrew vino a verte y que habló contigo. Sé todo lo que te dijo. Me lo confesó —murmuró al fin.

Simón se dio la vuelta como impulsado por un resorte y le escrutó con fijeza. Las aletas de su nariz se habían dilatado.

—Lo sabes…

—Lo sé —repuso con mucha seriedad—. Sé que pensaste que dejarme era la mejor solución y que creías que ibas a ser un lastre para mi carrera…

No tenías que haberle hecho caso a Andrew. Muchas de las cosas que te dijo no eran ciertas. —Chasqueó la lengua con fatiga—. Tenías que haberlo hablado conmigo.

Vio el fogonazo de dolor que atravesó las facciones de Simón.

—No estuve a la altura de las circunstancias —admitió este con amargura.

—Me hablaste como si yo fuera un crío y no supiera nada de la vida. —

Hizo una pausa antes de proseguir—: Pero Simón, el que no sabe nada eres tú… Decidiste que lo nuestro no era importante. No creíste en nosotros…

Fue una gran decepción para mí.

Simón cerró los ojos y dejó escapar el aire de los pulmones. Sentía que se ahogaba. Mike estaba diciendo la verdad.

Y la verdad hacía daño.

Durante todos esos meses le había dado muchas vueltas a lo que pasó y sabía que no había actuado bien. Fue un necio y tomó la decisión equivocada.

—No soy frágil ni estoy necesitado de cariño porque mi madre me abandonara. Me llevo muy bien con mi padre y su segunda mujer, ¿sabes?

—continuó Mike con desdén—. Y es verdad que he tenido otras relaciones, pero joder, ¿quién no? Soy una persona normal, no un monje. —Volvió a detenerse y meneó la cabeza con incredulidad—. Solo estuve un par de meses tomando ansiolíticos, pero él te dijo que yo era adicto a las pastillas… —murmuró como para sí mismo con ironía—. Y tú lo creíste.

—¡No lo creí! —protestó, pero hasta a él mismo su voz le sonó poco firme.

—No confiaste en mí —concluyó Mike con suavidad.

Simón se estremeció. Era cierto. No había confiado en él.

—Tienes razón. Lo que hice no estuvo bien. Tenía que haber hablado contigo. Me he arrepentido mil veces —balbuceó.

El cambio en Mike era muy evidente. Si antes se había comportado con indiferencia y dureza, ahora, su postura y su actitud eran las de una persona

desilusionada y triste. Alguien a punto de tirar la toalla. Tenía los ojos cerrados y había dejado caer la cabeza hacia delante. Su pelo, que ya no llevaba recogido, caía sobre sus hombros formando una cascada sedosa que le cubría el rostro parcialmente.

Simón hubiese deseado enterrar los dedos en esos mechones. Dio unos pasos al frente, acercándose a él, pero se detuvo antes de alcanzarle. La vergüenza le impidió continuar.

—Yo estaba dispuesto a darlo todo por ti —farfulló Mike.

Aquellas palabras pronunciadas en un tono áspero le llegaron al alma. Y

el uso del tiempo pasado en ellas le llevó a gemir. Estaba dispuesto…

Apretó los puños.

Entonces Mike alzó la cara y le miró de frente. Solo los separaban un par de metros.

—¿Y tú? ¿También estabas dispuesto a darlo todo por mí? —le preguntó con ojos indagadores.

Simón se le quedó mirando con la vista nublada y una enorme opresión en la garganta. Quería asentir con energía y pedirle que le diera otra oportunidad. Quería decirle que sus sentimientos no habían disminuido, por el contrario, habían aumentado y eran mucho más profundos que antes.

Deseaba gritarle que solo quería estar con él.

Pero una mezcla de culpa, de innata timidez y de cierto miedo al rechazo le llevaron a permanecer callado, aunque todo aquello que pensaba y que su boca no acertaba a decir se derramó por sus ojos.

Mike resopló frustrado.

A pesar de que podía leer en la mirada de Simón todo lo que no se atrevía a expresar con palabras, le jodía que no fuera capaz de decirlo en voz alta.

Decidido, se acercó a él hasta que ni un soplo de aire quedó entre ellos.

Con el cálido y fornido cuerpo de Simón pegado al suyo y su respiración trabajosa penetrando en sus oídos, le miró fijamente.

«Intenta pretender que mi cercanía no te afecta. Vas a sucumbir de un momento a otro y lo sabes, Simón. ¿Qué más tengo que hacer?».

—Pídeme perdón. Dime que lo sientes. Hazlo —susurró con apremio.

—Pero no te merezco… Me porté como un cabrón. Te hice mucho daño

—jadeó con los labios abiertos ligeramente.

Mike apretó los puños para contenerse y no besarle.

—Déjame que eso lo juzgue yo y pídeme perdón. Dime que sigues sintiendo lo mismo por mí. ¡Hazlo!

Entonces Simón alzó la mano y la posó sobre su mejilla. Mike tragó saliva. El tacto de esa piel que tanto había echado de menos le removió por dentro.

—Perdóname, Mike. Lo siento tanto… —admitió Simón con voz trémula—. Claro que sigo sintiendo lo mismo por ti… Y quiero que tú y yo… seamos un nosotros.

Mike cerró los ojos. El corazón había comenzado a repiquetearle furioso en el pecho. Esa confesión acababa de desbordarle.

¡Dios! ¡Había deseado tanto escuchar aquello!

Bajó la cara hasta que su frente se posó sobre la de Simón y permaneció unos segundos así, inmóvil, aspirando su olor —seguía oliendo al mismo champú de entonces, ese que habían compartido cuando vivieron juntos—, y sintiendo el roce de su mano sobre su rostro. Se le habían empañado los ojos y se maldijo en silencio por ser tan proclive a las lágrimas últimamente.

¿A quién pretendía engañar haciéndose el duro y el fuerte?

Estaba muy emocionado.

Quería abrazarle y besarle, apretarle contra su cuerpo y decirle al oído todo lo que llevaba dentro. Quería contarle muchas cosas, tantas que le iban a faltar vida y aliento para poder hacerlo.

Pero necesitaba serenarse primero.

Se apartó con brusquedad y se dio la vuelta. Apenas podía hablar.

No quería que Simón le viera así, con los ojos llenos de lágrimas. Frágil y conmovido como si no fuera capaz de controlar sus emociones.

—Ahora vuelvo —dijo en un tono de voz casi inaudible.

Y se alejó camino de la puerta.

—Mike…

Su nombre fue lo último que escuchó antes de abandonar la vivienda.

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