My shining Star
Simón era fotogénico / Simón was photogenic
Simón era fotogénico /
Simón was photogenic
—¡No me jodas, Andrew! —exclamó Mike muy enfadado.
Se levantó del sofá y comenzó a dar paseos por la enorme suite del hotel lanzándole miradas iracundas a su mánager, que le contemplaba con expresión conciliadora y paternalista, como hacía siempre.
—Mike, tú sabes que es necesario. Esto es serio.
—Lo sé. Pero me estás pidiendo que vaya a todas partes con esos dos tipos. —Señaló a los dos guardaespaldas que se hallaban al otro lado de la estancia.
—¿Tienes una idea mejor?
Mike resopló. No, no la tenía.
—No puedo dejarte solo en España, ¿no lo ves? Tienes a un pirado que te ha seguido hasta aquí. No sabemos si es peligroso. Es mejor que vuelvas a Londres con nosotros.
—Yo tengo… planes —masculló.
—Tu viaje particular a la nostalgia de tu infancia puede esperar.
La ira constriñó el pecho de Mike, pero no dijo nada. Se dejó caer sobre uno de los sillones que había junto a la ventana y se cruzó de piernas. Su respiración comenzaba a acelerarse y notaba el sudor frío cubriendo su piel.
«¡Joder, otro ataque de ansiedad, no!».
Se echó hacia delante y enterró la cabeza entre las rodillas, tratando de controlar sus inhalaciones y exhalaciones mientras contaba del uno al diez.
—Mira el estado en el que te encuentras, no puedo consentir que prescindas de ellos.
La voz de Andrew se escuchó de fondo como en un murmullo.
Su mánager no andaba del todo errado. No estaba en condiciones de quedarse solo. Y no era por el maldito acosador, era por las jodidas crisis.
Intentó concentrarse en las series de números y en atraer recuerdos positivos y relajantes a su mente como le había enseñado el terapeuta y, sin
pretenderlo, la voz sosegada y tranquila de Simón acudió a él. Era curioso, pero la noche anterior cuando habló con él en los aseos había sentido una gran calma. No sabía qué tenía su tono de voz, pero exudaba paz.
Se irguió con brusquedad y clavó los ojos en los de Andrew.
—Cincuenta segundos —masculló con un jadeo.
—Vas mejorando.
—Puedo apañármelas solo.
El otro soltó un suspiro exasperado.
—No me lo pongas difícil.
—Mira, entiendo que estés preocupado, pero llevo mucho tiempo queriendo hacer esto. Han sido años sin tener ni un día para mí. Quedamos en que, en cuanto acabase la gira, podría tomarme unas semanas libres.
Todavía falta más de un mes para que comencemos a trabajar en el nuevo disco.
—Pero la situación ha cambiado —protestó Andrew meneando la cabeza.
Mike se echó hacia atrás y apoyó la espalda en el respaldo del sillón.
Todavía notaba los efectos del breve ataque de ansiedad. Se sentía algo mareado.
Era casi mediodía y Vince, su compañero de habitación, había bajado al gimnasio del hotel. Era un obseso del deporte. Incluso sin haber pegado ojo porque estuvieron de celebración hasta altas horas de la madrugada, había puesto el despertador para ir a hacer pesas o algo similar. Por el contrario, Joe y Rob, que compartían la otra suite, dormían a pierna suelta. Él mismo hubiera deseado seguir durmiendo, pero se había levantado para encontrarse a solas con Andrew y dejarle las cosas claras. No iba a volver con el resto del grupo a Londres como el mánager había insinuado después del concierto. Hacía mucho tiempo que Mike había planeado ese viaje y no iba a ceder por mucho que las cosas hubieran cambiado desde el día anterior.
—Tengo los ansiolíticos. Volveré a tomarlos de nuevo —dijo ansioso.
Hacía nueve años que no volvía a España, desde que su madre le abandonó y su padre tuvo que volver a buscarle desde Reino Unido. A pesar de que las cosas habían acabado mal con su progenitora, Mike se sentía muy conectado al país y a la ciudad de Madrid en especial, donde había vivido desde los seis años a los quince. Quería quedarse unos días y, como había dicho Andrew, hacer un viaje particular a la nostalgia de su
infancia. Además, tenía necesidad de libertad, de poder andar por las calles sin ser acosado o agobiado cada dos metros por los fans o los periodistas.
En Londres, aquello era imposible.
—Mike, sé que te hacía ilusión lo de estas vacaciones…
—Llevo mucho tiempo queriendo hacer algo así. Estoy agotado —habló con tono persuasivo—. Me lo merezco.
—Lo sé.
Desde que los CFB habían saltado a la fama, hacía cinco años, no habían parado. Tras el éxito de su primer álbum, las vidas de los cuatro integrantes del grupo habían cambiado muchísimo. Los conciertos, las ruedas de prensa, las entrevistas, los ensayos, las grabaciones en el estudio, el rodaje de los vídeos musicales, las colaboraciones en programas de televisión y de radio, las giras… Y en el caso particular de Mike, a todo eso se sumaba tener que lidiar con el acosador, con la ansiedad, y con la neumonía que le había llevado a estar semanas en un hospital.
—¿No puedes aplazar esto un poco y disfrutar de unas vacaciones en Londres? —Andrew lo intentó de nuevo, aunque ya no sonaba tan enérgico como antes.
—No —rechazó de pleno Mike—. Mira, tanto tú como yo sabemos que no puedes obligarme a hacer nada que yo no quiera y que, si me apetece quedarme en Madrid, me quedaré. No quiero discutir. Ya he tomado una decisión. Solo quería hablarlo contigo. No te estoy pidiendo permiso, te estoy informando de lo que voy a hacer.
—Tienes que entender que estemos preocupados, Mike. El tipo ese está por aquí y la policía no tiene ni una pista. ¿Quién nos garantiza que ese loco no te va a hacer nada?
—Pues vamos a dar una rueda de prensa informando de que nos vamos todos en el vuelo de esta noche. Si me ha seguido hasta aquí es seguro que volverá a seguirme hasta Londres otra vez, ¿no? —propuso.
Andrew arrugó la frente y se acarició el mentón, pensativo. Mike le contempló con fijeza. Le conocía muy bien y sabía que aquel gesto indicaba que estaba a punto de ceder. Recién pasados los cincuenta, era alto y tenía el pelo frondoso y rubio. Sus ojos pequeños y oscuros derrochaban inteligencia. Llevaban muchos años trabajando juntos, desde el principio.
Era él quien había impulsado su carrera musical. Hacía seis años, Vince y Mike solo eran unos desconocidos que se entretenían tocando en el garaje
de los abuelos de Vince y luego subían sus vídeos de pésima calidad a YouTube. La casualidad quiso que Andrew —representante musical con un olfato increíble para descubrir talentos— los viese y apostara por ellos. Les consiguió un contrato con una discográfica y buscó a Rob y a Joe para que formaran un grupo.
El resto era historia.
—Admito que puedes tener razón —concedió al cabo de un breve lapso de tiempo—. Pero sigo sin estar tranquilo sabiendo que te vas a quedar en España tú solo. Tienes que permitir que ellos se queden contigo. —Hizo una señal con el dedo hacia los guardaespaldas.
Mike tensó la mandíbula. No era eso lo que quería. Cruzó la mirada con la del otro y durante unos segundos hubo un pequeño duelo silencioso entre ambos.
Mike decidió dar marcha atrás. Por el momento.
—Está bien. Que se queden. —Se encogió de hombros con resignación.
Andrew le miró con suspicacia, pero terminó por apartar la vista.
—Voy a organizar la rueda de prensa —dijo, irguiéndose—. Y a ver cómo hacemos para que parezca que viajas con nosotros.
—Que alguno de los roadies de confianza se ponga mi ropa y vuele con vosotros. Seguro que cualquiera estará encantado de ir en primera.
—Algo así habrá que hacer… —dijo, dirigiéndose a la sala.
—¡Dile a Greta que necesito hablar con ella! —exclamó Mike.
Todavía no había acabado la frase cuando sonaron unos golpes en la puerta. Uno de los guardaespaldas se acercó y la abrió.
Greta.
—Joder, ¿estabas al otro lado espiando y has oído tu nombre? —se rio Mike.
—No tengo nada mejor que hacer que estar disponible para ti en cada momento del día —refunfuñó ella elevando la mirada al techo.
—Te lo dejo a ti —le dijo Andrew.
Y sin más, se marchó de la habitación.
Mike se puso de pie y se acercó a la nevera. Sacó una botella de agua, la desprecintó y bebió un buen trago.
—¿Resaca? —preguntó Greta, tomando asiento en el sillón que él acababa de desocupar.
—No bebí tanto anoche —repuso.
La miró de soslayo. Llevaba unos vaqueros negros y una camiseta ajustada de color blanco. Su pelo verde estaba algo alborotado.
—Tengo que enseñarte una cosa. Mira —dijo ella mientras le tendía su tablet.
—¿Qué es?
—Unas entradas en unos cuantos blogs, un artículo en la revista digital Music Monster, y otro en The Sun. Todos hablan de lo mismo: del concierto de anoche y de tu… salida del armario.
Mike soltó una risa. No hizo amago de coger la tablet y ni siquiera miró la pantalla.
—Imbéciles —murmuró, meneando la cabeza. Una sonrisa burlona curvaba sus labios.
—Deberían estar acostumbrados a tus travesuras y tus excentricidades y no dar crédito a estas gilipolleces, pero ya sabemos cómo son… Por cierto, anoche no tuve tiempo de preguntarte, pero ¿quién es el tal Simón?
—Un tío que conocí en los aseos en el descanso.
—¿Ahora te los buscas en los aseos como los pervertidos? —Una carcajada socarrona acompañó a la pregunta—. Pobre hombre. Anoche debió de pasarlo mal. Miles de ojos centrados en él. Susan dice que le vio a la salida y que estaba pálido. Eres un capullo. ¿Qué te hizo para dedicarle esa canción?
Mike volvió a beber un trago de agua y luego dejó la botella en la mesa.
—En realidad, me echó un cable. Me sangraba la nariz y él me dio unas toallitas de papel. A cambio, le manché la cazadora.
—¿Cómo? —Greta arqueó una ceja.
Mike suspiró. Se acercó a la ventana y contempló el exterior. A través de las copas de los árboles se podía vislumbrar la carretera y un pequeño tramo de acera. La suite estaba insonorizada por lo que solo se apreciaba el movimiento de los coches abajo en la calzada, pero no su sonido. El tráfico era fluido.
—Fue una broma, aunque creo que se me fue de las manos —dijo meditabundo.
Se sentía algo culpable por lo sucedido. Debería disculparse con el pobre tipo.
—Eres demasiado impulsivo. —Ella chasqueó la lengua.
—Luego en la rueda de prensa, si algún periodista lo menciona, aclararé que fue por una apuesta o algo.
—¿Una rueda de prensa?
—Sí, acabo de hablarlo con Andrew.
En breves palabras le explicó lo que habían decidido.
—Al final te has salido con la tuya.
—Más o menos —resopló, lanzándoles una mirada a los guardaespaldas.
—Ten mucho cuidado, Mike. Hasta que no cojan al tipo ese… —se interrumpió. Sus ojos azules irradiaban preocupación.
—Lo sé, lo sé. Seré cuidadoso. Lo prometo —le dijo con voz persuasiva
—. Voy a necesitar ansiolíticos. Y también quiero que me hagas otro favor
—añadió.
Se sacó el móvil del bolsillo de los vaqueros y accedió a la galería de imágenes. Las últimas fotos eran las que había tomado de Simón. Se las mandó. Luego buscó la nota con su dirección y se la envió también.
—Quiero que consigas una cazadora igual que esa y la envíes a esa dirección.
—¿Este es el tal Simón? ¡Joder, no está nada mal!
Mike contempló la foto taxativamente. Greta tenía razón. Simón era un hombre muy atractivo.
—No. No lo está —admitió.
—A ver dónde puedo conseguirla. Creo que es de la colección de este mismo año —dijo ella hablando consigo misma.
—Tiene que ser igual. Es un regalo de su hermana.
—Joder, pues sí que os contasteis cosas en los aseos —dijo con malicia.
Él la ignoró mientras se dirigía al escritorio que había frente a la cama.
Abrió el cajón superior y sacó unas cuartillas con el nombre del hotel en la parte superior. También había un par de bolígrafos.
No tardó mucho en redactar una breve disculpa.
—Cuando le mandes la cazadora, mete esto en el paquete y también algún CD de los que tenemos firmados. Y algunos productos promocionales. Es fan.
—Vale —repuso ella tendiendo la mano y cogiendo la nota—. Te dejo, entonces. ¿Nos vemos en un rato en el restaurante?
Mike asintió. Le hizo un gesto de despedida y volvió a dirigirse a la ventana. Esa vez la abrió y se asomó. El ruido de los coches que circulaban por la carretera se introdujo en la habitación y una suave brisa lo acompañó.
Hacía bastante calor para ser septiembre.
Volvió a desbloquear el móvil y le echó un nuevo vistazo a la foto.
Simón era fotogénico.
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