My shining Star
Impaciencia / Impatience
Impaciencia /
Impatience
Había terminado la segunda clase del día y se dirigió a la salita de descanso para tomar un café antes de que llegara el siguiente grupo de alumnos. No había nadie. Paola aún no había acabado con su clase y Dolo, la profesora de ruso, todavía no había llegado, aunque no tardaría en aparecer por allí.
Se sirvió una taza de café y tomó asiento en el sofá que había bajo la ventana.
Llevaba toda la mañana muy distraído; tanto era así, que en la hora de alemán había sacado el libro de inglés y había comenzado a impartir la clase como si nada. Sus alumnos se burlaron de él sin ningún tipo de conmiseración.
Qué desastre.
Cerró los ojos y por enésima vez se preguntó qué estaría haciendo Mike en su piso. Se había marchado tan aprisa que no le había dejado instrucciones de ningún tipo, ni le dijo dónde había una copia de las llaves ni cuál era la clave del WiFi ni nada. Y ni siquiera sabía cómo contactar con él.
No solía comportarse con tanta impulsividad. Jamás se le habría pasado por la cabeza invitar a su casa a un extraño a dormir y marcharse, dejándole allí solo. Eso no era propio de él. Era muy celoso de sus cosas y su vida privada. ¿Qué bicho le había picado para actuar así?
Contempló el negro contenido de su taza, pensativo.
—¿Ya has acabado?
Paola entró como un vendaval, como siempre, sorprendiéndole.
«Adiós, tranquilidad».
—Te juro que creo que me he equivocado de profesión. Debería dedicarme a otra cosa —exclamó, mientras cogía una barrita energética del armario—. Algo que me permitiera estar sola y sin relacionarme con gente.
Me falla la paciencia.
Se tumbó en el sofá y apoyó la cabeza en el muslo de Simón.
—No me hagas reír —repuso este soltando una pequeña risa—. ¿Tú, la señorita más sociable de este lado del océano sin relacionarte con gente?
Que lo diga yo, que soy medio ermitaño…
—Es que la clase de hoy ha sido horrible. Todos hablando sin parar y sin hacerme caso. Joder, menos mal que son adultos. Me tienen más respeto los niños.
A las clases de la mañana solían asistir adultos. Por el contrario, por las tardes, eran los niños los que ocupaban las aulas.
—Hoy me voy a las dos y media —dijo Simón—. No tengo nada esta tarde.
— Yo fí… Qengo dog clageg pregencialeg y una ognline.
—¿Por qué no tragas primero?
Ella le sacó la lengua llena de cereales y chocolate.
En ese momento un agudo pitido emergió de su pantalón.
—Te suena el pito —canturreó su hermana con una carcajada tonta.
Simón la ignoró y se sacó el móvil del bolsillo.
Era un mensaje de un número extranjero desconocido. Lo abrió.
Puedo coger unos calzoncillos de tu armario? Los míos todavía no están secos
El calor se concentró en sus mejillas al leerlo. Estaba claro quién era el remitente. ¡Mierda! Se había olvidado de poner la secadora esa mañana.
—¡Eh! —Su hermana se incorporó con brusquedad y le dio un golpe en el brazo—. ¿Con quién hablas? Te has puesto rojo. ¡No me digas que has conocido a alguien!
—¡No! —exclamó.
Y se levantó con precipitación. Conociendo a Paola, esta intentaría quitarle el móvil para ver qué tipo de mensaje había recibido.
—¡Mentiroso! —gritó ella, apuntándole con el dedo—. Tu reacción te delata. Dame el móvil.
—Tengo que ir al aseo —dijo, y escurrió el bulto a toda velocidad, pero aún escuchó la voz de su hermana a su espalda.
—¡Sabes que al final me lo vas a contar!
Se cruzó con Miriam, la recepcionista, en el pasillo. La saludó con un gesto, sin detenerse, ignorando la mirada curiosa que le lanzó. Se encerró en el baño y releyó el mensaje otra vez.
¿Cómo había conseguido Mike su número de teléfono?
Tuvo unos cuantos segundos de vacilación, pero finalmente decidió llamar. Respiró hondo y se aclaró la garganta antes de hacerlo. Solo tres tonos después, Mike contestó.
—¿Simón?
—Sí, hola. Eh, ¿cómo has conseguido mi teléfono?
—Tienes aquí encima de la estantería unas facturas y había una de teléfono. Espero que no te moleste que las haya mirado.
—No, no. No pasa nada. Eh, respecto a tu pregunta, claro… que puedes coger… eso… —Hizo una pausa—. He olvidado poner la secadora esta mañana con tu ropa.
—La he tendido —dijo—. Y he lavado las tazas.
Sonaba muy alegre, como si hacer las tareas del hogar fuese algo maravilloso.
Los labios de Simón se combaron al imaginarse a Mike fregando. ¡Qué imagen más absurda!
—Hay una copia de las llaves en el primer cajón de la estantería del salón. Son las del llavero de cuero. Te lo digo por si quieres salir. Eh… y…
Y la clave del WiFi está apuntada en una libreta en el tercer cajón. En el frigorífico hay agua, zumo y cerveza. Y si tienes hambre…
—Está todo perfecto —le interrumpió—. No te preocupes. No necesito nada. Solo estar aquí, tranquilo. Gracias.
Su voz ronca y llena de matices llegó hasta Simón y reverberó en su interior. Sintió cómo se le ponía la carne de gallina.
—Eh… bien… —repuso al fin—. Yo llegaré sobre las tres… y llevaré algo de comer…
—Genial. Te espero.
—Adiós…
Colgó y se quedó mirando el móvil con fijeza.
Qué conversación tan trivial y qué poco significativa. Y cuánto le había afectado.
En algún momento iba a tener que ponerle nombre a esos ambiguos sentimientos que Mike provocaba en él. Tenía que admitir que lo que sentía se acercaba bastante a algo que no había experimentado antes con una persona de su mismo sexo.
Y no sabía cómo podía aceptar algo así sin cuestionarse muchas cosas.
* * *
A unos cuantos kilómetros de distancia, en el pequeño ático, la risa seguía brotando de la boca de Mike incluso un par de minutos después de haber colgado.
¿Cómo era posible que incluso por teléfono la timidez de Simón fuera tan evidente? ¿Sería siempre así con todo el mundo?
Le resultaba tierno.
Meneó la cabeza, risueño, dejó el móvil en la mesa del comedor y fue al dormitorio a buscar unos calzoncillos en el armario. Se había duchado y solo llevaba una toalla anudada en la cadera. Encontró unos similares a los que Simón le había prestado el día anterior, también de cuadros azules, y se los puso. Eran cómodos.
Había hablado ya con su mánager, que le insistió en que le dijera dónde estaba, pero él se negó. También habló con Claudia, que acababa de volver de sus vacaciones y le explicó cómo funcionaba la aplicación de pago que tenía en el móvil. Incluso se comunicó con Vince y contestó un mensaje que tenía de su padre.
No tenía más obligaciones.
Podía relajarse.
Se sirvió un café —había preparado otra cafetera— y se fue con él a la terraza. Buscó en el móvil, en sus listas de reproducción de Spotify, y seleccionó una que tenía el nombre de Punk classic. Bajó el volumen para que la música solo se escuchara de fondo. No sabía si al gato —que no se había dignado a aparecer— le molestaría el ruido. Tarareó la primera canción, Cherry bomb de The runaways, mientras respiraba hondo y disfrutaba del instante.
Un instante perfecto.
Había abierto las ventanas y el olor a tierra mojada del parque cercano mezclado con el del café recién hecho le provocó un suspiro de puro placer.
Si pudiera pasar unos días así, tan relajado, seguro que no necesitaría el puñetero Ativan.
No sabía cuánto tiempo le dejaría quedarse Simón. Era probable que esa misma tarde tuviese que marcharse de allí. Estaba claro que tenía las horas contadas, así que iba a disfrutarlas al límite.
Inesperadamente, algo suave rozó su pierna. La apartó, sobresaltado, hasta que miró al suelo y se dio cuenta de que era el esponjoso gato. Se inclinó y trató de tocarlo, pero este se alejó con lentitud mirándole de reojo.
De pronto se dio cuenta de que no tenía ni idea de cómo se llamaba.
— Cotton, come here! 14 Chh, chh, chh —le llamó.
Por supuesto, el gato no le hizo ni puñetero caso. Le contempló con una sonrisa perezosa en los labios mientras el animal recorría todos los rincones de la terraza, deteniéndose en sus zapatillas que había dejado cerca del tendedero. Sorprendentemente, después de haber inspeccionado la zona, volvió a acercarse a él. Se detuvo a solo un paso y le miró con fijeza.
— What do you want, Cotton? 15 —le preguntó. Y volvió a inclinarse.
Esa vez el gato no se alejó y se dejó acariciar—. You are my friend? You like
me, buddy? 16
Su sonrisa se hizo más amplia cuando el felino restregó la cara en su mano. Animado por ese gesto, se agachó y lo cogió en brazos, poniéndolo sobre su regazo. El gato se dejó hacer.
Una absurda sensación de triunfo se expandió por su cuerpo.
Cogió su taza y le dio un sorbo a su café mientras que con la otra mano acariciaba el pelaje del animal que se había hecho una bola y había cerrado los ojos.
Estaba en el puto paraíso.
* * *
La primera imagen que vieron los ojos de Simón cuando entró en el piso le hizo detenerse de golpe. La escena era tan hogareña que le dejó sin habla.Mike estaba sentado en el sofá con la misma ropa que le había dejado el día anterior: el pantalón de chándal y la camiseta blanca. Estaba descalzo.
Se había recogido el pelo en una especie de moño suelto del que se escapaban algunos mechones rebeldes. Tenía a Rico en el regazo y le acariciaba el lomo con suavidad.
—No puedo levantarme —bisbiseó—. Se ha dormido.
Simón le hizo un gesto con la barbilla y cerró la puerta. Dejó la mochila en el suelo y se dirigió a la cocina. Depositó la bolsa con la comida en la encimera. Como no tenía ni idea de qué le podría gustar a Mike, se había
detenido en una hamburguesería y había comprado lo típico: hamburguesas y patatas.
Se dio la vuelta y se acercó al sofá.
Rico le miró con los ojos entrecerrados.
—No está dormido. Se está aprovechando de ti para que le sigas tocando
—le dijo.
Mike le lanzó una mirada llena de consternación.
—¿En serio? —seguía susurrando.
Simón, al ver la expresión algo ofendida de su rostro, sonrió mientras asentía.
Mike se quedó perplejo. Era la primera vez que veía sonreír a Simón.
Las arruguitas que había en torno a sus ojos se multiplicaban.
Estaba guapo.
Se incorporó algo nervioso, obligando al gato a apartarse.
—Me ha tenido la última hora completamente quieto —protestó—. Creo que nos hemos hecho amigos.
—Cuando coge confianza es muy pesado.
—¿Cómo se llama?
—Rico.
— Rich 17?
—No. Rico como delicioso.
—Yo llevo toda la mañana llamándole Cotton.
—Si le haces mimos le puedes llamar de cualquier manera —repuso—.
Ah, y no dejes calzoncillos por ahí, le encanta meterse dentro.
—¿En serio? —se rio.
Simón tragó saliva, embobado. Era un esclavo de esa risa.
—Sí, en serio —dijo al tiempo que carraspeaba, y añadió—: He traído hamburguesas porque no sabía qué te gustaría.
—Como de todo. Hamburguesas suena bien.
—¿No has salido?
—No. Me ha dado pereza. Se está tan bien aquí. No sabes cómo te envidio.
Mientras decía aquello estiró los brazos hacia el techo, desperezándose.
La camiseta se le subió y dejó al descubierto su estómago plano y su ombligo.
Simón se dio la vuelta con precipitación y regresó a la cocina.
—¿Me envidias? —preguntó cuando recuperó la voz—. Seguro que tienes una casa impresionante.
—Es muy bonita, pero es enorme y siempre está llena de gente. Mi secretaria vive a cinco minutos y viene todos los días. Es la que se encarga de mi correo y de todos mis temas personales. Greta, que es la asistente del grupo, lo mismo. Viene constantemente. Mi agente parece que está más casado conmigo que con su propia esposa y tengo también una señora que limpia y un jardinero —enumeró con fastidio—. Y no te cuento ya de Vince y Rob. Joe vive más lejos y esa es mi suerte, si no, también se tiraría las horas muertas en mi salón. Y el teléfono no para de sonar —suspiró—.
Tenía ganas de escaparme unos días de todo ese caos.
Simón no podía imaginarse vivir así. Por lo que Mike decía, daba la sensación de que no tenía elección, y que era la gente de su alrededor la que decidía por él todos los aspectos de su vida. Qué agobiante.
—Me alegro de que hayas encontrado un poco de tranquilidad, entonces.
—¿Un poco? Esto es un edén. Te debo la vida.
—No exageres —le dijo, pero no pudo evitar sonreír con cierta tonta satisfacción.
Mientras comían en la terraza, Mike le habló de su infancia. Le contó que cuando sus padres se separaron, su madre se lo trajo a vivir con ella a Madrid. Él tenía seis años cuando llegó a España y apenas hablaba el idioma. Le costó muchísimo acostumbrarse a su nueva vida.
—Te puedes imaginar cómo fue crecer aquí, en un barrio obrero. Un niño inglés, rubio y blanquísimo, con aspecto de niña —resopló—. Siempre he tenido estos rasgos tan… finos. Me tuve que espabilar pronto para sobrevivir. Luego comencé a crecer y cuando cumplí los catorce ya medía casi un metro ochenta y nadie se atrevía a meterse conmigo. Al final resultó que era bastante gamberro y era yo el que iniciaba las peleas. Me vi envuelto en bastantes líos —se rio con los ojos llenos de jocosidad mientras se metía una patata en la boca.
Simón asintió mientras sonreía brevemente. No le costaba nada imaginarse a un Mike adolescente, buscabroncas y pendenciero. Todavía quedaba algo de esa chispa en él.
—Luego mi madre se largó —continuó—, y me fui a Manchester, a vivir con mi padre. Y allí me pasó justo lo mismo, pero al revés. Llevaba
tantos años en España que mi gramática y mi vocabulario eran una mierda y los otros chicos me hicieron la vida imposible en la secundaria. Me llamaban fucking spic18. Menos mal que conocí a Vince y encontré algo de apoyo. Y luego llegó la música y lo de YouTube y hasta aquí.
Simón le escuchaba con atención. A él y a Paola también los había criado su madre sola en un barrio obrero de Madrid. Era curioso que, habiendo tenido infancias tan similares, Mike y él fuesen tan diferentes.
Sintió curiosidad por saber cómo había llegado a convertirse en el ídolo que era, pero no se atrevió a preguntarle y demostrar así que no era ningún seguidor de los CFB. Buscaría la información en Google, se dijo.
—Cuéntame algo sobre ti —le pidió Mike después de terminarse la hamburguesa.
—Bueno, mi vida no es tan interesante como la tuya. —Se encogió de hombros—. Mi madre se quedó viuda al poco tiempo de que mi hermana y yo naciéramos. Y decidió montar una escuela de idiomas. Ella es alemana y pensó que era un buen negocio. Nos animó mucho a Paola y a mí para que nos dedicáramos a esto también. Mi hermana se licenció en Filología Inglesa y yo en Filología Alemana. Los dos somos profesores. Como ves no hay mucho que contar.
—¿Te llevas bien con tu hermana? Ella fue la que te regaló la cazadora,
¿no?
—Sí. Somos mellizos, pero no nos parecemos en nada. Ella es como mi madre, alegre y siempre dispuesta a vivir aventuras. Es como un terremoto.
Yo soy bastante más aburrido.
Mike se quedó mirando el gesto lleno de afecto que se mostró en la cara de Simón. Sin duda, quería a su hermana.
—Yo no creo que seas aburrido —dijo, escrutándole con fijeza—.
Pienso que eres como un mar en calma.
—Oh… —Simón emitió un breve jadeo.
—Ya te lo dije ayer. Transmites paz. Apenas nos conocemos, pero me gusta estar cerca de ti porque haces que me olvide de mis problemas.
Nada más decir eso, Mike se frotó la nuca un tanto abochornado. Él no solía hablar de ese modo. Si Vince o Joe estuviesen allí se habrían burlado de él y le habrían llamado sissy19. Volteó la cabeza y buscó los ojos de Simón; se dio cuenta de que este estaba igual o incluso más avergonzado
que él y evitaba mirarle. Se le escapó una pequeña risa al darse cuenta de la situación.
—¿Ha sonado cursi? Se dice cursi, ¿no? —trató de distender el ambiente.
Simón asintió. Y terminó por unirse a su risa.
Después de aquello, ambos guardaron silencio. Una peculiar sensación de bienestar había quedado flotando en el aire.
—Voy a hacer café —propuso Simón—. ¿Tú también quieres?
—Sí. Te ayudo.
—No. Quédate. Ya me encargo yo —rechazó, poniéndose en pie y recogiendo los envoltorios de cartón de la comida—. Busca algo de música en tu móvil, si quieres. Eso que tenías puesto antes sonaba bien.
—¿Te gustan los Ramones?
—Sí, no están mal.
Mike cogió el móvil y miró la hora en la pantalla. Eran casi las seis de la tarde. Murmuró una imprecación y tensó la mandíbula. Sabía que tenía que ir pensando en marcharse.
Pero no quería despedirse de Simón todavía.
Entró a Spotify y buscó el álbum de los Ramones que había estado escuchando antes. Le dio al play y los primeros acordes de I wanna be sedated llenaron el apartamento.
La música llegó hasta los oídos de Simón con claridad. Había puesto la cafetera al fuego y la observaba ensimismado mientras se sonaba los nudillos. Era una fea costumbre a la que recurría instintivamente cuando estaba nervioso.
Pienso que eres como un mar en calma. Apenas nos conocemos, pero me gusta estar cerca de ti porque haces que me olvide de mis problemas.
¡Dios!
¿Cómo ignorar algo así si se le había encogido el pecho al escucharlo?
Las cosas se le iban de las manos y no sabía qué hacer. Él, Simón Muñoz Neumann, se sentía atraído por un cantante famoso ocho años más joven que él… ¡Un hombre! Ni en sueños se podía haber imaginado algo semejante. Tenía que parar esa situación como fuera. No iba a acabar bien.
Eso estaba claro.
El borboteo del café emergiendo de la columna del compartimento de la cafetera le devolvió a la realidad. Se llevó las manos a la cabeza y se peinó
el cabello con los dedos. Luego sirvió el café en dos tazas y puso azúcar en una de ellas de manera mecánica, como si llevase años haciéndolo.
Respiró hondo antes de regresar a la terraza.
Dejó las tazas en la mesa y se sentó. Se fijó en que Mike parecía inquieto.
La música de Ramones a un volumen bastante moderado sonaba de fondo y una ligera brisa entraba por los ventanales. El piso estaba orientado hacia el este por lo que a esa hora de la tarde ya no daba el sol sobre la fachada. Se estaba muy bien allí.
Transcurrieron unos cuantos minutos.
—Eh, Mike —dijo Simón, de pronto, rompiendo el silencio con la vista fija en su taza de café—. Que… he pensado… —se interrumpió y se aclaró la garganta—. Quédate un par de días más, si quieres…
Mike contempló a Simón sin mover ni un solo músculo. Finalmente, miró al cielo, que presentaba un limpio color azul. Le dio un sorbo a su café. No lo había removido y el azúcar no se había disuelto, no obstante le pareció más dulce que nunca.
—Vale —respondió en tono neutral.
«¡Sí, sí sí!».
Le acababa de dar un vuelco el estómago.
OceanofPDF.com