My shining Star

Laura Sanz · Capítulo 6 de 42

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My shining Star

¡La jodida canción! / The fucking song!

¡La jodida canción! /

The fucking song!

Su hermana le recibió con un mohín enfadado.

—¿Dónde estabas? Íbamos a ir a buscarte. ¿Quién te ha llamado? —Se acercó a él y le dio un puñetazo en el brazo.

—Era el padre de uno de mis alumnos —mintió mientras se despojaba de la cazadora y la dejaba sobre un sofá. Gracias a Dios la luz era muy tenue y no se veían las manchas de sangre.

—¿Un sábado a estas horas? Joder, no tienen consideración. ¿Qué quería?

—Saber qué tal iba su hijo.

—¡Qué fuerte me parece! Anda, toma tu cerveza. Se está calentando. —

Le alcanzó la botella que llevaba en la mano—. Has llegado justo a tiempo porque la segunda parte está a punto de empezar.

Mario se acercó a él y le ofreció un sándwich.

—Están de muerte —le dijo con la boca llena.

Simón lo rechazó. No tenía apetito.

De pronto, las luces de la sala se apagaron y las tres pantallas gigantes se encendieron mostrando imágenes de calles vacías de Londres. El público comenzó a gritar.

—Es The City. ¡Te va a encantar esta canción! —exclamó Paola. Y se alejó para ir junto a Rocío.

Simón se apresuró a ir hacia delante y asomarse, recorriendo el escenario con la vista de un extremo a otro con avidez. No quería indagar en su interior el porqué de su ansiedad, al menos no en ese momento.

Los integrantes del grupo fueron entrando uno a uno. Primero el batería, que tomó asiento y comenzó a tocar los primeros acordes de la canción.

Luego llegaron el guitarrista y el bajista que cogieron sus instrumentos y le acompañaron.

Solo dos segundos más tarde, Mike Allen hizo su aparición.

Y Simón expulsó el aire que había contenido en los pulmones.

Al igual que en la primera parte del concierto llevaba el pecho al descubierto, pero en lugar de la chaqueta gris, lucía una camisa blanca y se había recogido el pelo en una coleta baja.

Estaba muy guapo.

Y eso mismo parecían pensar las mujeres que albergaba la sala, porque sus chillidos adquirieron el volumen de una explosión nuclear. Era evidente que la mayoría de las seguidoras de los CFB, y en especial de Mike, eran féminas. Y muy jóvenes.

Simón se llevó una mano a la frente y se la frotó con resignación, pasando revista al momento en el que Mike había descubierto su camiseta.

Estaba claro por qué se había mostrado tan sorprendido. Probablemente, era la primera vez que veía a un tío de más de quince años vestido así. Le lanzó una mirada asesina a su hermana que, ajena a todo lo demás, canturreaba y daba saltos de la mano de Rocío.

Abajo, en el escenario, Mike les hizo un gesto tranquilizador a sus compañeros que le habían estado esperando ansiosos. Apenas había tenido tiempo de quitarse la sudadera, ponerse la camisa y recogerse el pelo con una goma que Greta tenía preparada para él, antes de entrar en escena. No hubo tiempo para nada más. Por los pelos había conseguido llegar puntual y no hubo necesidad de cambiar el repertorio.

Comenzó a cantar la primera estrofa de la canción mientras sus ojos recorrían las salas VIP de la primera planta. Solo había cuatro, pero le resultó difícil distinguir algo. La iluminación no jugaba a su favor. Se desplazó a la derecha, huyendo del cañón de luz que le daba en la cara, cegándole, y volvió a intentarlo.

¡Sí, ahí estaba!

Simón.

Esbozó una sonrisa mientras apartaba la vista y seguía cantando, pendiente del público de la sala.

Simón agarró la botella con fuerza antes de llevársela a la boca. No podía estar seguro al cien por cien debido a la distancia, pero creía haber visto cómo Mike recorría la planta superior con la mirada. Y, durante una milésima de segundo, los ojos de ambos se habían cruzado. Aunque quizá fuera casualidad. ¿Qué probabilidades reales había de que un tipo como

aquel cumpliera lo que le había dicho en el baño? Más bien escasas o inexistentes.

Y tampoco le importaba gran cosa.

Claro que no.

Volvió a darle otro trago a su cerveza mientras seguía los movimientos de Mike con la vista. Este animaba al público a cantar el estribillo. Era una persona muy diferente a la que Simón había visto en los aseos. El cantante de los CFB irradiaba una vitalidad y seguridad en sí mismo apabullantes, pero también parecía lejano e intocable como si no fuera humano. Sin embargo, el Mike con el que Simón había hablado, si bien seguía poseyendo esa aura radiante y poderosa, se había mostrado cercano y terrenal.

No sabría decir cuál de los dos le resultaba más fascinante. Quizá la mezcla de ambos.

¿Cómo era posible que alguien de su edad tuviera tanto carisma?

Siguió mirándole como hipnotizado, fijándose en detalles que en la primera parte del concierto le habían pasado desapercibidos, como que cada vez que iba a empezar a cantar una nueva canción se tocaba el largo collar que llevaba al cuello, o que siempre se pasaba el micrófono de una mano a otra elevando el dedo meñique ligeramente. Pequeñas manías, suponía.

Aturdido, meneó la cabeza al darse cuenta de que había pasado varios minutos contemplándole embobado y que el grupo había interpretado por lo menos cuatro temas más. Apartó la vista y la fijó en su hermana que se había abrazado a su marido y le cantaba al oído. Rocío y Mario seguían el espectáculo con atención, disfrutando de la música.

Mike no había vuelto a mirar hacia arriba, por lo que Simón estaba más que seguro que se había olvidado de él. Si bien lo había esperado, se sintió desilusionado.

Volvió a darle otro trago a su cerveza, tratando de enfocarse en los otros miembros del grupo o en las pantallas que mostraban interesantes caleidoscopios de colores, pero sus ojos se iban una y otra vez en pos de la alta figura de Mike, como si esta fuera un imán para ellos.

Imposible dejar de observarle.

Mike era muy consciente de Simón, allá arriba en su sala. No le había mirado directamente, pero sí que le había lanzado alguna que otra rápida ojeada de soslayo. Estaba perplejo porque nunca, durante un concierto, su

atención se había visto atraída hacia ningún fan en particular. Para él solo eran un mar de personas sin rostro que gritaban o aplaudían. Nadie era especial. De ahí su estupefacción.

En verdad, pese a que parecía muy centrado en su actuación, se devanaba los sesos pensando cuál sería la mejor canción para Simón.

Tuvo que reprimir la sonrisa burlona que acudió a su boca en una breve pausa en medio de un tema cuando una idea algo descabellada se materializó en su mente. ¡Ya sabía qué canción podía dedicarle! Aunque era probable que se muriera de vergüenza. El Mike juguetón que vivía dentro de él aplaudió su decisión. El otro, un poco más serio, se mantuvo en silencio, así que la decisión estaba clara. Habían decidido que aquella fuera la última canción con la que iban a cerrar el show, por lo que todavía quedaban tres hasta llegar a ella.

Se acercó a Joe que estaba haciendo un solo de guitarra y, mientras le ponía el micrófono cerca de la boca para que continuara con esa estrofa, estuvo a punto de soltar una risa pícara al imaginarse a Simón cuando escuchase su dedicatoria, pero se contuvo. Lástima que desde el escenario la distancia fuese tan grande. Le habría gustado ver su expresión.

Simón seguía el espectáculo con una mueca impávida en el rostro, ajeno a las maquinaciones de Mike.

—¿Estás aburrido?

Paola se había acercado a él sin que se diera cuenta. La miró de reojo.

—Bueno… —Se encogió de hombros fingiendo desinterés.

—No creo que dure mucho más. Son ya más de las once. Esta debe de ser la última canción. Aguanta un poco, aguafiestas —le regañó.

La sensación de decepción se hizo más grande dentro de él al escuchar las palabras de su hermana. Hasta ese momento todavía le había quedado un diminuto resquicio de esperanza.

«¿En serio, Simón? ¿En serio?», se reprendió. ¿Por qué le daba tanta importancia a una nimiedad semejante? ¿Cuántos años tenía? ¿Doce?

Resopló, enfadado consigo mismo.

Los últimos acordes de la canción resonaron como un eco en el recinto mezclados con los aplausos de todos los asistentes. Rocío se llevó dos dedos a la boca y emitió un potente y atronador silbido.

—¡Gracias, Madrid! Muchas gracias a todos por estar aquí esta noche acompañándonos. —Se escuchó la voz de Mike algo jadeante a través de

los altavoces.

El público rompió a gritar al escucharle hablar en español.

—Sois todos maravillosos… —continuó con la boca pegada al micrófono—. Esta va a ser nuestra última canción y se la quiero dedicar a alguien muy especial para darle las gracias.

A Simón le dio un vuelco el estómago. ¿A alguien muy especial? Se agarró a la barandilla con incredulidad. No…

—Esta canción es para… —se detuvo e hizo una pausa de lo más efectiva—. Es para mi amigo Simón. You wanna love me or fuck me? 6 —

pronunció con voz ronca y aterciopelada al tiempo que elevaba la barbilla y le miraba directamente a él. Incluso se atrevió a señalarle con el micro mientras sus ojos chispeaban divertidos y sus labios esbozaban una enorme y deslumbrante sonrisa.

El color inundó las mejillas de Simón. De repente, miles de ojos se desviaron hacia él. Se quedó petrificado sin saber cómo reaccionar. Aquello no podía ser verdad, no podía estar pasándole a él. ¡Qué diablos! ¿Por qué le hacía eso?

Entonces Mike comenzó a cantar y, a pesar de que la conmoción había paralizado su cuerpo, su mente pudo seguir sin dificultad alguna la sensual letra de la canción. Y por primera vez en su vida deseó no tener ni puta idea de inglés.

—Tú y yo tenemos que hablar —siseó su hermana a su lado.

La ignoró.

Estaba demasiado ocupado tratando de controlar la expresión de su cara mientras seguía sin moverse. Retirarse no era una opción cuando todo el mundo parecía estar pendiente de él y tenía un jodido foco de luz apuntando en su dirección. Tendría que aguantar el tipo como fuera.

El capullo de Mike seguía cantando con esa sonrisa en la boca que él hubiera deseado borrarle de un puñetazo. ¡Y se permitía el lujo de lanzarle miradas de tanto en tanto, e incluso un guiño cómplice! La ira creció en su interior. Si bien había deseado que le dedicara un tema, ¿por qué ese? ¡¿Por qué?!

I’ll take you from behind. Please, don´t move and stay quiet. I know this is what you like7 .

¡La madre que…!

El calor de la vergüenza más profunda se esparció por todo su cuerpo según iba escuchando la letra. Todos los pensamientos positivos que Mike había inspirado en él durante su breve encontronazo en los aseos desaparecieron como por encanto.

¡Menudo niñato gilipollas!

Mike se acercó a Vince mientras Joe cantaba el estribillo.

—No sé quién es ese tipo al que le has dedicado la canción, pero creo que vuestra amistad se ha terminado —le dijo este pegando la oreja a su oído. En su tono vibraba la ironía.

Un breve conato de culpabilidad se instaló dentro de él mientras le echaba una ojeada a Simón a hurtadillas. Uno de los técnicos de iluminación había decidido girar uno de los cañones de luz hacia la sala del primer piso y su figura estática era claramente visible desde el escenario.

Como había esperado, parecía abochornado, aunque su expresión era pétrea.

Quizá se había pasado eligiendo esa canción.

«En fin, ya no hay vuelta atrás», se dijo con resignación. A veces era muy impulsivo y no pensaba demasiado en las consecuencias.

Se encogió de hombros casi imperceptiblemente y volvió al centro a terminar la última estrofa. Segundos después acompañaba el ritmo del solo de batería de Rob con la oscilación de sus caderas, arrancando nuevos gritos y aplausos del público.

Era la última parte de su actuación

Y se acabó.

— Thank you! Thank you! You are fantastic! See you soon8 —exclamó al micro, inclinándose ante los cientos de caras desfiguradas por la emoción.

Cuando se incorporó, dirigió una breve mirada hacia la sala del primer piso.

Simón ya no estaba allí.

¡Mierda!

Simón se había alejado de los ventanales en cuanto el batería comenzó con su solo. Había aguantado todo lo que pudo, pero ya no tenía ganas de más. Sentía la cara acartonada por el esfuerzo y solo quería largarse de allí cuanto antes. Notó la mirada suspicaz de su hermana mientras se retiraba hacia el fondo.

Pronto, el ruido de los aplausos y los silbidos resonó atronador. La profunda voz de Mike despidiéndose llegó también hasta él.

El concierto había finalizado.

Por fin.

—¡A ver, cuéntanoslo todo! —exigió Paola.

Le cogió del brazo antes de que pudiera dar ni un solo paso en dirección a la puerta. No era la única que le miraba con asombro. Todos lo hacían.

—No hay mucho que contar —trató de zafarse.

—¡Ja!

—Nos hemos encontrado en los aseos y le he echado una mano. Estaba sangrando por la nariz —replicó escueto.

Abajo, los asistentes habían comenzado a corear: Otra, otra.

—¿Nada más? —resopló Paola—. Pues joder… Si no estuviera segura al cien por cien de que eres hetero habría jurado que entre vosotros había algo.

—Bah…, es un crío imbécil —repuso con un encogimiento de hombros

—. Seguro que se ha apostado algo con sus amigos o yo qué sé.

—Pero es que ha sido muy fuerte —intervino Rocío—. ¿Habéis visto su cara? Y cómo te miraba, como si quisiera acostarse contigo. Pero creo que Mike no es gay. ¿No está saliendo con la actriz británica de la serie esa de ciencia ficción? Ay, qué mala soy para los nombres…

—Con Shirley Thomas —intervino Paola—. Pero ya no. Cortaron hace meses. Yo creo que es bisexual.

—O es simplemente gilipollas —replicó Simón con indiferencia.

—Tiene que serlo —se inmiscuyó Mario en la conversación—. Para gastarle una broma semejante a alguien a quien solo ha visto unos minutos y que encima le ha echado un cable… No sé, corregidme si me equivoco, pero parece una trastada de crío de diez años.

—Es bastante gamberro y siempre está metido en algún lío, no es la primera vez que hace algo raro —dijo Paola.

—La verdad es que me importa poco —dijo Simón. Cogió la cazadora, pero no se la puso. No quería que su hermana viera las manchas de la manga—. ¿Nos vamos ya?

—Espera a ver si vuelven a salir —exclamó Rocío con voz suplicante.

—No. Nunca hacen un bis —dijo Paola con suficiencia como si fuera una experta en el tema—. Podemos irnos.

—¿Nos tomamos la última en otro sitio? —propuso Pedro mientras salían a la sala principal.

Había varias personas allí hablando cerca de la barra. Algunas se quedaron mirando a Simón que irguió la espalda y siguió andando como si nada de aquello fuera con él.

—Yo tengo que volver a casa —se disculpó Rocío—. No puedo dejar a mis dos niños abandonados tanto tiempo.

—Yo tengo guardia mañana —dijo Mario.

—Y yo estoy cansado —repuso Simón.

Más que cansado, estaba de mal humor.

—Pues lo dejamos para otra vez, entonces —capituló Pedro—. Vete llamando a un taxi antes de que salga todo el mundo —le dijo a Paola.

—No hace falta. Hay una parada al otro lado de la calle. Las noches de concierto siempre hay muchos taxis allí —repuso esta.

Descendieron las escaleras metálicas hablando entre ellos mientras Simón se quedaba más rezagado, ensimismado en sus pensamientos. Tenía una sensación extraña en la boca del estómago. Era una mezcla entre disgusto y enojo.

De pronto recordó algo. Se sacó el móvil del bolsillo y fue a la galería de imágenes. La última foto era la que había sacado Mike de ambos.

Incluso en una miserable foto tomada en un aseo con una mierda de iluminación, Mike brillaba con luz propia. Él, por el contrario, tenía un gesto serio y adusto. Amplió la imagen para poder contemplar más de cerca la cara de Mike. Sus ojos eran espectaculares. Y su sonrisa también.

¡Joder!

Rechinó los dientes y pulsó el icono de la papelera. El mensaje ¿Quieres mover 1 imagen a la papelera? apareció en pantalla. Su pulgar osciló en el aire vacilando entre una respuesta y la otra.

—¿Qué haces ahí parado, Simón? —le llamó su hermana obligándole a alzar la cabeza.

—Voy —respondió echando a andar.

Posó el dedo sobre la palabra Cancelar y se guardó el móvil en el bolsillo.

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