My shining Star
La primera mañana / First morning
La primera mañana /
First morning
La alarma de su móvil le despertó a las siete y cuarto, como todas las mañanas. Simón tenía el sueño ligero y, en cuanto la escuchó, alargó el brazo y la apagó con rapidez sin dejar que sonara más de dos segundos.
Todavía no había amanecido del todo y, aunque algunos vestigios de claridad comenzaban a mostrarse en el cielo, las sombras reinaban en el piso.
Se levantó, estirándose y desentumeciendo los músculos de la espalda.
El sofá era cómodo, pero no tanto como su cama.
Su cama.
Sus ojos fueron hasta allí. Y sus pasos también. Se detuvo al otro lado del tabique de cristal y se quedó inmóvil contemplando a Mike, que dormía boca arriba con los brazos flexionados sobre la almohada. Había apartado la sábana y su cuerpo semidesnudo quedaba a la vista.
No había sido un sueño.
Mike Allen estaba en su cama.
Tenía las extremidades largas y estaba muy delgado. Su piel presentaba una tonalidad pálida y no tenía vello ni en el pecho ni en los brazos ni en las piernas. O si lo tenía, era tan claro que no se apreciaba.
Dormido, parecía más joven, casi un adolescente. Sus facciones, que de por sí eran delicadas, se suavizaban todavía más confiriéndole un aspecto inocente y virginal. Y con el pelo rubio arremolinado en torno a su cabeza parecía un ángel.
La mirada de Simón, inintencionadamente, se posó sobre el bulto que destacaba en los calzoncillos de cuadros que le había prestado.
De ángel nada. Era todo un hombre.
Se giró con brusquedad, azorado, y se fue a la cocina a preparar el café.
Lo hizo tratando de no hacer ruido. Luego se fue al baño sin dirigir ni una
sola ojeada en dirección al dormitorio. Necesitaba una ducha para despejarse.
Fue el sonido del agua corriendo lo que despertó a Mike. Solía dormir profundamente, pero esa noche no fue así, quizá porque había olvidado tomar el Ativan. Pestañeó unas cuantas veces hasta que su visión se aclaró.
Resopló al darse cuenta de que todavía no había terminado de salir el sol.
Alargó el brazo y cogió su móvil. Eran las siete y media de la mañana.
Demasiado pronto. Se dio media vuelta y enterró la cara en la almohada, dispuesto a dormirse de nuevo.
Solo un minuto después se dio cuenta de que era inútil.
Estaba más que despierto.
Sus pensamientos volaron hacia el dueño del piso. A las cuatro de la mañana, la última vez que se había desvelado, se levantó y deambuló por la casa, acercándose al sofá donde este dormía. Y le observó a la tenue luz de la lamparita.
Se había tapado con una fina colcha y solo su cabeza, sus brazos y la parte superior de su pecho, enfundado en una camiseta, eran visibles. Tenía las manos cruzadas sobre el torso y Mike se fijó en que eran morenas y fuertes, muy diferentes a las suyas, que eran mucho más pálidas, de dedos largos y delgados. Sus antebrazos nervudos estaban cubiertos por una moderada cantidad de vello negro. La sombra de una barba oscurecía su mentón y tenía las cejas gruesas y rectas. Finas líneas se marcaban en su frente y en su entrecejo, como si acostumbrara a llevar ambos fruncidos por las preocupaciones.
Tuvo que reprimir el impulso de acercar la mano y alisárselos.
Había vuelto a la cama con una extraña sensación en la punta de los dedos que persistió hasta que volvió a quedarse dormido.
La puerta del baño se abrió con lentitud y la silueta de Simón se recortó en el umbral Mike cerró los ojos, fingiendo dormir, y le espió a través de las pestañas. Solo llevaba puestos los pantalones cortos de la noche anterior, y su ancha y musculosa espalda se mostraba en todo su esplendor. Algunos mechones de pelo húmedo se enroscaban en su nuca.
Ya se había dado cuenta de que Simón era un hombre muy varonil, de esos que en un primer momento solían pasar desapercibidos, pero que a la larga, uno no podía dejar de mirar. Precisamente eso le estaba sucediendo a
él en ese instante, que no podía apartar la mirada. Le siguió con los ojos con mucho interés mientras se movía por la estancia de puntillas.
Ajeno a que estaba siendo escrutado, Simón retiró la cafetera del fuego, sacó un paquete de pan de molde del armario y metió un par de rebanadas en la tostadora. Mientras esperaba a que el pan se tostara, cogió una taza y se sirvió el café.
La ducha le había sentado bien. Había alternado agua fría y caliente y eso le sirvió para aclarar sus confusas ideas. La llegada de Mike a su piso había supuesto una alteración con la que no había contado, pero eso era todo: una breve distracción en su monótona vida, una experiencia diferente que estaba a punto de acabar.
Aquel día, sin duda, Mike se iría y él volvería a su rutina.
No tenía que darle demasiada importancia a lo sucedido. Qué más daba si Mike se había sentido ofendido por su actitud de la noche anterior. A fin de cuentas, no iban a volver a verse jamás.
—Buenos días.
La voz ronca y adormilada a solo unos centímetros de distancia le sobresaltó, al igual que había sucedido la noche anterior. Al menos, en aquella ocasión, no tenía nada en las manos que pudiera tirar al suelo.
Todavía no se había recuperado de la sorpresa, cuando sintió el cuerpo delgado de Mike pegado a su espalda y su cara apareció por encima de su hombro.
—¡Qué bien huele a café! —exclamó este con deleite olisqueando el aire.
Y se apartó.
Ni siquiera había sido un segundo, pero el vello de la nuca de Simón se erizó.
—Buenos días —dijo, girándose.
Sus traidores ojos se percataron al instante de que Mike todavía no se había deshecho de su erección matutina. Se puso nervioso y apartó la vista con rapidez, pero ya era tarde. Mike se había dado cuenta. Una sonrisa lenta y amplia se dibujó en su boca al tiempo que enarcaba ambas cejas.
—Voy al baño —dijo, y en su voz había un tono irónico.
Simón se dio la vuelta y, con expresión pétrea, sirvió café en otra taza y puso una cucharada de azúcar en ella. Mecánicamente, introdujo un par de
rebanadas más en la tostadora mientras se preguntaba cómo narices era posible que alguien que acababa de levantarse tuviera tan buen aspecto.
Los primeros rayos de sol comenzaban a bañar el piso en luz dorada y él aprovechó para salir a la terraza y abrir una de las ventanas. El olor a tierra mojada le penetró en las fosas nasales. Le dio un sorbo a su café y se pellizcó el puente de la nariz, meditabundo.
Tenía los nervios a flor de piel, pero se negaba a analizar el porqué.
—Muchas gracias por el café —dijo Mike, uniéndose a él.
Simón le miró de reojo. Se había puesto la camiseta que le prestó la noche anterior, aunque había prescindido de los pantalones. Una fina capa de vello rubio cubría sus piernas y tenía los pies largos y delgados.
—Sin problema —contestó con sequedad.
—¡Qué maravilla poder desayunar aquí! —exclamó Mike mientras echaba un vistazo a su alrededor—. Se respira paz.
Se acercó a una mesa de forja y cristal que había en un extremo y se sentó en uno de los butacones. Se cruzó de piernas y echó la cabeza hacia atrás.
Lo que acababa de decir era completamente cierto. No solo el dueño de la casa era capaz de proporcionarle serenidad, como ya comprobó en el concierto, el piso mismo era tan acogedor que invitaba a relajarse. Suspiró con deleite. Necesitaba algo así.
—Me encanta esto —musitó como hablando consigo mismo.
No recibió ningún tipo de respuesta o reacción.
Se giró y contempló a Simón, que estaba muy serio y agarraba la taza como si le fuera la vida en ello. Era muy patente que se sentía incómodo.
Bajó los párpados, bastante confundido. Simón era como un libro cerrado o, mejor dicho, como un libro que se abría con lentitud para volver a cerrarse de golpe. Era muy consciente de que a veces le miraba con verdadero interés y se mostraba muy amable. Pero otras veces, le hablaba con tanta frialdad y rudeza que era muy difícil saber cuál era la opinión que tenía de él. Y eso le hacía sentirse inseguro, algo poco habitual en él.
Había creído que, al ser un seguidor suyo, estaría encantado de recibirle en su casa.
Pero no.
—¿Cómo quieres tus tostadas? —preguntó Simón de pronto—. Tengo mantequilla y mermelada. También tengo aceite. No sé lo que acostumbras
a desayunar.
—Oh, cualquier cosa está bien. Lo que desayunes tú —dijo con sorpresa. No había esperado la pregunta.
—Si te gusta la terraza, podemos desayunar aquí —propuso en voz baja con suma seriedad.
—Sí. Eso sería genial. Te ayudo a…
—No. —Le detuvo con un gesto—. Quédate aquí. Yo lo hago.
Simón accedió al interior y se dirigió a la cocina. Tenía sentimientos encontrados. Había podido escuchar el anhelo que vibraba en la voz de Mike cuando dijo que le encantaba el ambiente. Tenía la sensación de que estaba siendo completamente sincero y eso, de algún modo, le llenó de satisfacción, pero la timidez le impidió mostrar sus verdaderos sentimientos y se refugió en el socorrido ofrecimiento de las tostadas.
No tenía muy claro por qué, pero quería que Mike se encontrase a gusto en su piso.
Era una completa locura.
Regresó a la terraza con una bandeja en la que puso unos platos con las tostadas, la mantequilla, la mermelada y unas servilletas, y tomó asiento en el butacón que había al lado del de Mike. No tuvo tiempo de decirle ni una palabra porque, en ese momento, Rico hizo finalmente su aparición. Llegó restregándose contra la puerta, atrayendo la atención de ambos.
Mike abrió la boca y se quedó mirando al gato, maravillado. Se agachó e intentó tocarlo, pero este reculó.
—¡Qué pasada! Parece de algodón.
—Le cuesta acostumbrarse a los extraños —murmuró Simón.
—Es precioso. ¿De qué raza es? —preguntó sin quitarle la vista de encima.
—Es un ragdoll.
Rico le lanzó una mirada desconfiada a Mike, que le contemplaba como si jamás hubiera visto algo tan precioso en su vida, y se acercó a Simón.
—Me encantaría tocarlo —dijo Mike con entusiasmo contenido.
Simón, al escuchar el deseo en su voz, se apiadó de él y cogió a Rico en brazos.
—Tócalo —le ofreció.
Mike alargó la mano y comenzó a acariciar al gato. Como ya había esperado, su tacto era sedoso como el algodón. Era blanco con las orejas
grisáceas y una uve invertida en la frente, como una máscara, también en una tonalidad gris perla, y tenía unos enormes ojos de color azul. A pesar de que le escrutaba con suspicacia parecía sentirse a salvo en los brazos de su amo y se dejó toquetear sin protestar.
—Te pega. Va contigo —susurró elevando la barbilla y mirando a Simón a los ojos.
—¿Sí? ¿Por qué? —preguntó. Tenía la mirada puesta en el felino.
—Es como tú. Tímido y tranquilo. Irradia serenidad.
—¿Así es como me ves? —preguntó sorprendido.
Mike asintió mientras seguía acariciando a Rico con suavidad. Las palabras le habían salido solas, sin pensarlas. No se arrepentía de haberlas dicho, pero por la expresión de Simón, pensaba que a él no le había agradado escucharlas.
A veces era demasiado sincero. No tenía filtros.
Transcurrieron unos segundos silenciosos.
Simón simulaba estar muy concentrado en Rico, que ronroneaba en su regazo, mientras trataba de asimilar lo que Mike había dicho. No sabía cómo interpretarlo.
—Te hago sentir mal, ¿verdad? —dijo este repentinamente—. Me comporto con demasiada familiaridad. Sé que el presentarme así de repente, sin avisar y sin apenas conocernos, ha tenido que ser un shock para ti —
suspiró y apartó la vista, dirigiéndola hacia el trozo de cielo que quedaba libre entre las altas plantas—. Estoy acostumbrado a ser bien recibido en todas partes, ¿sabes? Me lo tomo como algo natural y no me cuestiono que mi presencia pueda ser molesta. Soy una estrella consentida y malcriada. —
Hizo una mueca y sus labios esbozaron una sonrisa avergonzada—.
Lamento haberte puesto en un compromiso —volvió a suspirar y añadió con blandura—: Me largaré después de tomarme el café.
Simón alzó la cara con brusquedad y le miró de frente. Aunque Mike seguía acariciando al gato, el deleite se había borrado de su rostro y sus ojos se habían oscurecido.
—¿Dónde vas a ir? —le preguntó.
—Me buscaré algún sitio. Ya tengo acceso al móvil; puedo contactar con mi asistente y que me transfiera dinero o que me reserve una habitación en algún hotel.
Hizo un gesto despreocupado con la mano que tenía libre. En el fondo, y después de haber disfrutado unas horas de la calidez y el bienestar que se respiraban en casa de Simón, no le apetecía nada irse a un hotel, a una habitación fría y carente de personalidad, pero endureció la mandíbula y no dijo nada más.
Simón vació la taza de café de un trago y giró la cabeza hacia la ventana. No le gustaba la expresión desencantada que se mostraba en la cara de Mike. Cerró los ojos y se maldijo en silencio. Le estaba comenzando a dar demasiada importancia a los sentimientos del hombre que tenía al lado. Y aquello no tenía sentido. ¿Desde cuándo se preocupaba él por los sentimientos de alguien que no fuera su familia o sus amigos más íntimos? ¿Qué narices le importaba si Mike se sentía decepcionado? ¡Pero si era un perfecto desconocido para él!
Distraído, posó la mano sobre la cabeza de Rico y sus dedos encontraron otros más largos y delgados. El roce le provocó una sacudida en el abdomen. Apartó la mano a toda velocidad, como si le hubiese dado un calambre.
—Te has puesto rojo —dijo Mike.
Simón se incorporó con precipitación y dejó al gato en el suelo que, en cuanto se vio libre, huyó de la terraza.
—Voy a vestirme. Tengo que ir a trabajar —se excusó con voz seca.
—Pero no has comido nada…
—No tengo hambre —murmuró y se marchó.
Mike le vio partir con un brillo acerado en los ojos. Se echó el pelo hacia atrás. Comenzaba a sentir esa angustiosa opresión en el pecho, preludio de uno de sus estúpidos ataques de ansiedad. Se le aceleró la respiración y su corazón empezó a palpitar con energía. Su cuerpo no tardó en bañarse en sudor.
«¡No, no, no! Ahora no».
No quería que Simón le viera así, en plena crisis y mostrando su faceta más débil.
Contuvo un gemido ahogado y se inclinó hacia delante, hundiendo la cabeza en las rodillas mientras comenzaba a contar, al tiempo que trataba de controlar las inhalaciones y exhalaciones de aire.
La desazón creció en su interior al ser consciente de que Simón podía llegar de un momento a otro.
Siguió contando, desesperado, mientras las náuseas le atenazaban la garganta y el pecho quería estallarle. Alzó brevemente la cabeza y se dio cuenta de que tenía la vista nublada. Los contornos de las plantas que se erguían frente a él se desdibujaron.
«Uno, dos, tres… Simón, no vengas, por favor… cuatro, cinco, seis…
Por favor… siete, ocho…».
Simón se debatía consigo mismo dentro del baño. Con las manos apoyadas en el lavabo contemplaba su imagen en el espejo. Había elegido unos pantalones grises y una sencilla camisa azul de manga larga. Tenía un aspecto sobrio y aburrido, como siempre.
Por enésima vez se recriminó el reaccionar de un modo tan exagerado delante de Mike. Solo había sido un mero roce de dedos y él había actuado como si hubiera recibido una bofetada. Joder, tenía treinta y dos años y era un hombre hecho y derecho. No tenía ningún sentido que un crío de veinticuatro le provocara esa timidez. ¿Por qué le impresionaba tanto? No era alguien que se dejara deslumbrar por la fama o el éxito.
Y, sin embargo, la imagen de Mike, sentado en su terraza y vestido solo con la camiseta mientras los primeros rayos de luz entraban por la ventana no se le quería ir de la cabeza.
—Has hecho por él lo que has podido. Deja que te dé las gracias y dile adiós. Y se acabó —habló consigo mismo en voz persuasiva—. Vuelve a tu vida, con tus problemas y tus preocupaciones y olvídate de él. Dile que se vaya. Sal y despídete.
Eso haría, decidió.
Abandonó el baño y le puso agua y comida fresca a Rico. Fue al dormitorio e hizo la cama, sin molestarse en cambiar las sábanas, ya lo haría por la noche cuando regresase del trabajo. Luego se entretuvo en doblar la colcha que él mismo había usado para dormir y la guardó en un cajón. Cogió su móvil y lo metió en un compartimento de su mochila.
Comprobó el contenido de su cartera. Y después, se detuvo en medio del salón y buscó con la mirada algo más que hacer.
«Estás retrasando lo inevitable, Simón. Lo mejor es ser directo».
Echó una ojeada al exterior. Mike estaba muy quieto, disfrutando de su café, en apariencia.
Salió a la terraza y carraspeó con suavidad para llamar su atención.
Mike le miró. Estaba muy pálido.
—¿Ya estás listo? —le preguntó. Su voz sonaba entrecortada como si le costara esfuerzo hablar—. ¿Te vas?
Simón asintió frunciendo el ceño. Le contempló con preocupación. No tenía buen aspecto. ¿Qué le sucedía?
Mike se levantó y le regaló una sonrisa trémula que no alcanzó sus ojos.
Algo se removió en el interior de Simón al ver su expresión desanimada.
Se metió las manos en los bolsillos del pantalón y cogió aire dispuesto a despedirse.
—Eh… Espérame si quieres y comemos juntos. Esta tarde no tengo clase.
Fue una propuesta impulsiva que pareció sorprender a Mike, que se le quedó mirando con la boca entreabierta. Él mismo estaba asombrado de haber dicho algo semejante.
—Si no puedes, no pasa nada. Nos despedimos ahora y… —añadió con rapidez.
—Te espero —se apresuró a decir Mike. Y su sonrisa cambió drásticamente iluminando sus ojos y todo su semblante.
Bum bum bum…
El corazón de Simón, que desde la noche anterior no había vuelto a sufrir sobresaltos, despertó de nuevo.
—Eh… bien, me voy a marchar —farfulló—. Volveré sobre las tres.
—¿Quieres que cocine algo?
Había comenzado a andar hacia atrás y al escuchar a Mike preguntar aquello estuvo a punto de tropezar con sus propios pies. Le contempló estupefacto.
—Eh, no, no —reaccionó por fin—. Yo puedo traer algo ya preparado.
No te molestes. Bueno, bien, pues… adiós.
Cogió la mochila y se la colgó a la espalda. Luego se encaminó hacia la puerta y la abrió. Era demasiado pronto y no tenía que estar en el trabajo hasta las diez. Aquello era una huida en toda regla y lo sabía, pero necesitaba estar solo para analizar tanto su descabellada propuesta como lo que había sentido cuando Mike la aceptó.
Se giró brevemente y le hizo un gesto de despedida con la mano.
Mike le contempló marcharse con los ojos muy abiertos. Tardó en reaccionar. Al final lo hizo, liberando un breve suspiro cargado de incredulidad. No había esperado que Simón le pidiera quedarse, aunque lo
había deseado fervientemente. No sabía que tenía aquel hombre que le hacía anhelar estar cerca de él. Había creído que estaba molesto y enfadado, al menos su actitud fría y desabrida así lo demostraba. Sin embargo, debía de haberse equivocado.
Simón era muy difícil de leer.
Comenzó a bailar con sensualidad por el piso, deslizando sus pies desnudos por el frío suelo de mosaico, mientras que la letra de la canción que le había dedicado en el concierto emergía de su boca.
— I’ll take you from behind. Please, don´t move and stay quiet. I know this is what you like.
Una carcajada brotó de su garganta.
— Don’t get too excited13—se reprendió.
Otra carcajada se unió a la primera.
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