My shining Star
Una llamada / A call
Una llamada /
A call
El cantante abandonó el escenario por un lateral. Simón le siguió con los ojos, ansioso, volviendo a admirar esa forma que tenía de moverse que le tenía completamente abducido desde que había empezado el espectáculo.
En realidad, todo le tenía fascinado.
Cómo se movía cuando caminaba.
Cómo se apartaba el pelo de la cara mientras inclinaba la cabeza.
Su forma de provocar al público ondulando las caderas.
El modo en que, de vez en cuando, les hacía un guiño a sus compañeros.
La expresión de su rostro cada vez que comenzaba una canción nueva.
Y esa voz… Era grave y cálida y le penetraba a uno hasta lo más profundo. Era una voz capaz de erizar el vello de cualquiera. Al menos el de Simón.
Y su manera de brillar…
«Creo que me estoy volviendo loco».
—¿A que te está gustando? —le gritó su hermana a su lado.
Se giró y la miró. Era la primera vez desde que había comenzado el concierto que apartaba la vista del escenario y solo porque el tal Mike ya no estaba sobre él.
—Sí, no está mal —reconoció, tratando de sonar neutral para que Paola no se percatase de su extraño estado de ánimo.
—Son una pasada —repuso con una sonrisa de oreja a oreja. Luego le ignoró y coreó la canción que había comenzado a cantar el bajista.
¿Por qué se había marchado el cantante?
Simón se concentró en el grupo, pero la escena había perdido interés para él. No cesaba de lanzar miradas furtivas hacia el lateral del escenario por donde había desaparecido Mike Allen.
Unos minutos más tarde, la canción terminó y los músicos se despidieron entre los aplausos estruendosos del público. Una música algo
diferente comenzó a surgir de los altavoces y las luces de la sala se encendieron.
—¿Alguien quiere beber algo? —Era Pedro.
—¡Yo! —gritaron las dos mujeres al unísono.
Simón contempló su cerveza. Estaba vacía.
—Yo también —dijo.
—Pues vamos a por bebida. —Pedro echó a andar hacia la salida, haciéndole un gesto a Simón—. Deja a las locas aquí y ven conmigo. —
Luego se giró hacia su mujer—: Dile a Mario cuando salga del aseo que venga, que estamos fuera.
Simón se puso la cazadora antes de seguirle. A pesar del calor que hacía, le resultaba vergonzoso que le vieran con aquella camiseta.
Había unas cuantas personas delante de ellos en la barra, pero los camareros eran ágiles y no tuvieron que esperar mucho. Estaban siendo atendidos cuando apareció Mario.
—Al final te está gustando —se dirigió a Simón muy sonriente—. Con lo reticente que eras a venir. No le has quitado ojo al escenario y tenías una cara de flipado… Nunca te había visto así, bueno, miento, es la misma cara que pones cuando estás con tu gato. —Soltó una carcajada.
Simón sonrió con suavidad fingiendo un sosiego que para nada sentía.
Agradeció que la luz fuera tenue y que el sonrojo que había coloreado sus mejillas no fuese perceptible. ¿Tanto se notaba que estaba cautivado?
—Son mejores de lo que pensaba —murmuró. Gracias a Dios, Pedro y su infinita glotonería le salvaron de tener que decir más.
—¿Cogemos también unos sándwiches? —exclamó, señalando el extremo de la barra que exhibía la comida—. Mirad qué pintaza tienen.
—Siempre pensando en lo mismo. —Mario meneó la cabeza.
—En lo único, dirás —se chanceó con sorna.
En ese momento, el móvil comenzó a vibrar en el bolsillo del pantalón de Simón. Lo sacó y miró la pantalla. Era Luis.
—Tengo que contestar esta llamada —les dijo, y se alejó hacia el fondo, camino de los aseos.
—¡Escaqueado! —La voz de Pedro llegó con claridad hasta él—. Nos dejas cargando con todo.
Se dio la vuelta y le lanzó una mirada de disculpa. Tenía que contestar el teléfono sí o sí. Era bastante urgente.
—Dime, Luis.
—¿Tienes tiempo para hablar ahora o te pillo mal? Ya sé que estás en el concierto.
—Puedo hablar. Es el descanso.
Empujó la puerta batiente del aseo de caballeros y accedió al interior.
Parpadeó un par de veces, deslumbrado por la claridad de los tubos fluorescentes del techo. Estaba desierto.
—¿Lo estáis pasando bien? ¿Se ha emborrachado mi mujer ya?
—Está bailando como una loca con mi hermana —resopló—. Has hecho bien en no venir. Te habría ignorado. Solo tiene ojos para el guitarrista.
—Y yo en casa con el niño, qué desagradecida… —La diversión vibró en su tono, pero se puso serio con rapidez—. Pero te llamo por el otro tema.
La mano de Simón agarró el móvil con ansiedad.
—Dime.
—No tengo buenas noticias.
—El comprador se ha echado atrás. —No era una pregunta, era una afirmación.
—Sí. Parecía muy interesado, pero me ha llamado hace cosa de media hora diciendo que prefiere otro piso —dijo con pesar.
Simón soltó un suspiro apenas audible.
—Bueno, Luis, sé que no es fácil encontrar un comprador que acepte que el antiguo dueño del piso se quede en él como inquilino. Ya lo sabíamos de antemano.
—Mira que me jode que tengas que vender tu piso, Simón. Ya te he dicho que yo puedo prestarte algo de dinero.
—Ni hablar. No voy a aceptar dinero de nadie. El piso se vende y punto.
Tampoco es para tanto —mintió tragando saliva. Le había costado mucho hacerse con ese apartamento y le tenía mucho cariño.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Simón apretó los labios. Luis era su mejor amigo y el único que sabía de las dificultades económicas por las que estaba pasando su escuela de idiomas. Era el propietario de una agencia inmobiliaria y Simón había acudido a él para poner en venta su casa pidiéndole discreción para que su familia no se enterase de nada.
—¿Y no cabe la posibilidad de que tu madre o tu hermana…?
—Ni lo menciones —le cortó con sequedad—. La pensión que le ha quedado a mi madre es de risa y mi hermana sigue pagando la hipoteca de
su casa. El único que puede hacer algo soy yo, pero no quiero que se enteren. Ya sabes cómo son. Serían capaces de vender la escuela antes de permitir que yo venda mi piso. Y eso no lo puedo consentir.
—Vale, vale. No se hable más. A ver si hay suerte y encontramos un comprador. Seamos positivos. Solo lleva a la venta una semana. Es poco tiempo.
—Lo dejo en tus manos, Luis.
—Lamento haberte jodido la tarde, pero sabía que querrías saberlo cuanto antes —se disculpó.
—No te preocupes, no me has jodido nada.
—¿Estás divirtiéndote? No te hacía yo yendo a un concierto de música alternativa.
—La verdad es que me lo estoy pasando mejor de lo que esperaba —
repuso sin vacilación.
Sus ojos en el espejo refulgieron cuando la imagen del cantante cruzó rauda por su mente como un fogonazo. Meneó la cabeza para ahuyentarla.
—Pues me alegro mucho. Ya era hora de que salieras un poco de casa.
Te estás convirtiendo en un ermitaño. Bueno, te voy a dejar que el niño se está poniendo pesadito. ¿Nos vemos esta semana? ¿Vienes a la oficina y nos tomamos algo?
—Sí, el lunes por la tarde estoy libre. Me paso por allí y hablamos.
Se despidieron y Simón colgó el teléfono. Lo dejó en la repisa que había sobre el lavabo y se llevó las manos a la cabeza, echándose el pelo hacia atrás con los dedos. Lo tenía ondulado y grueso, algo rebelde.
En realidad, la noticia no le había pillado tan de sorpresa. Casi lo había esperado. Era demasiada buena suerte encontrar un comprador tan pronto.
Dejó escapar un suspiro. Al menos todavía podía aguantar unos meses más.
Si se apretaba el cinturón, con sus ahorros podría cubrir las letras de la hipoteca hasta Navidad. Lamentó en silencio haberse embarcado en aquella estúpida obra de remodelación del local. Si hubiera sabido lo que iba a pasar…
Un ligero olor a humo llegó hasta él, distrayéndole. Olfateó el aire. Sí, olía a tabaco. Alguien debía de haberse fumado un cigarrillo no hacía mucho tiempo. Hacía muchos años que él había dejado de fumar, no obstante, el olor no le pareció desagradable.
Abrió el grifo y dejó correr el agua. Se lavó las manos y se las llevó a la cara para refrescarse. Se contempló en el espejo y no le gustó lo que vio.
Tenía el ceño fruncido por la preocupación.
«Intenta olvidar tus problemas, al menos por esta noche», se dijo. «De todas maneras no puedes solucionar nada aquí y ahora».
Accionó el secador de manos y las puso debajo. El aire caliente propulsado no tardó en llevarse toda la humedad.
Una mueca decidida se mostró en su semblante. Casi con rebeldía, se subió el cuello de la cazadora.
Iba a volver a la sala a tomarse otra cerveza y a disfrutar del concierto.
Iba a recrearse en el aura que rodeaba al cantante y a sumergirse en las sensaciones desconocidas que se habían despertado en él.
Como si no hubiera un mañana.
OceanofPDF.com