Night School. Resistencia
Ocho
A la mañana siguiente, cuando bajó a desayunar, Allie no podía parar de sonreír. El collar con la llave y el candado, que reposaban sobre la base de su cuello, le recordaban constantemente la noche anterior. Las mejillas le ardían con solo rememorar cómo había besado a Sylvain.
En el comedor, el ambiente de pesadumbre que empezaba a asociar con Cimmeria era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. No soportaría otro día como el anterior. Además, estaba contenta. Estaba loca de alegría. Rebosaba de amor por el mundo. Qué más le daba si Isabelle no se reunía con ella. Si no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Si el colegio era deprimente y el mundo se iba al infierno en patinete.
Ahora era feliz.
El olor a comida la hizo sentirse hambrienta, así que se llenó el plato hasta el borde y se preparó una taza de té con leche antes de sentarse a la mesa junto a Nicole y Zoe, que charlaban tranquilamente con Lucas y Katie.
—Me comería una vaca —exclamó Allie tomando asiento—. No me juzguéis.
Zoe la observó con poco interés.
—Puedes comer tanto como quieras. Eres ectomorfa.
Con el tenedor suspendido en el aire, Allie se detuvo.
—¿Perdona? ¿Acabas de decir que tengo el esqueleto por fuera?
Zoe puso los ojos en blanco.
—Eso sería un exoesqueleto. Ectomorfo significa que por tu metabolismo no eres propensa a ganar peso.
—Ahora lo veremos —dijo Allie, abalanzándose sobre el plato de comida—. Voy a demostrarte lo contrario.
Tras devorar el desayuno, Allie miró al grupo.
—¿Qué plan tenéis para hoy? ¿Algo divertido?
Los demás intercambiaron miradas de extrañeza.
—Ya no hay nada que hacer —explicó lentamente Zoe, como si Allie fuera corta de entendederas—. Ya te lo dije.
Allie hizo una mueca.
—Eso no significa que no podamos pasárnoslo bien, Zoe.
Zoe abrió la boca para replicar, pero justo en aquel instante, Isabelle entró en el comedor. Estaba vestida de punta en blanco, con falda azul, blusa blanca y un cárdigan amarillo pastel sobre los hombros.
—Hola, Allie. ¿Me acompañas?
Allie llevaba tiempo esperando aquel momento, así que se puso en pie de un brinco y siguió a la directora sin despedirse de los demás.
Por fin, pensó.
—Lamento no haber podido reunirme contigo ayer —se disculpó Isabelle, mientras salía a paso vivo del luminoso comedor y se dirigía al pasillo, lóbrego y frío —. Fue un día muy ajetreado.
A Allie no se le ocurría qué podía ser tan importante para impedirles hablar del ataque que había provocado que Lucinda cambiara radicalmente su plan de seguridad. Pero no alteró la expresión. Necesitaba información, no ponerse a discutir.
—Quería saber cómo te estás adaptando —prosiguió Isabelle—. Sé de sobra que incorporarse a Cimmeria después de un tiempo fuera puede resultar difícil.
Esta vez Allie no pudo reprimir la ironía.
—¿Sobre todo durante el Apocalipsis, quieres decir?
El comentario no pareció molestar a la directora, que sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta oculta en los antiguos paneles de roble.
—Bueno —dijo—, algo así.
Isabelle encendió la luz del pequeño despacho sin ventanas.
Allie miró a su alrededor con avidez. Un gran escritorio de caoba presidía una parte de la estancia. En la pared de enfrente colgaba un tapiz antiguo y rocambolesco que representaba a una doncella y a un caballero.
Todo estaba igual que antes de irse. Por lo menos, esa habitación seguía siendo la misma, era como un oasis de familiaridad en medio del caos de Cimmeria.
—Bueno, en fin. —Allie se dejó caer en una de las butacas de cuero situadas frente al escritorio—. Es un asco intentar hacer amigos en el fin del mundo.
—Tú ya tienes amigos —apuntó Isabelle sin inmutarse—. ¿Quieres té?
—No, gracias —dijo Allie. Aun así, Isabelle puso en marcha el hervidor de agua.
Pronto, el aroma floral a bergamota del té Earl Grey inundó la habitación.
—¿Rachel vuelve mañana? —preguntó Allie.
—Por supuesto. Las dos tenéis clase por la mañana.
Allie se echó hacia atrás en la butaca, aliviada. Echaba muchísimo de menos a Rachel.
Isabelle se sentó en el escritorio y colocó una taza de té enfrente de Allie.
—Sylvain y los guardias me han informado de todo lo sucedido en Francia. Sin duda, los atacantes trabajaban para Nathaniel, pero aún estamos investigando algunas cosas.
—¿Para quién si no? —dijo Allie—. La pregunta es: ¿cómo me encontró?
—Llegaremos a eso enseguida. —Isabelle sorbió un poco de té y se quedó mirando a Allie—. Te dispararon.
—Sí. —Allie le sostuvo la mirada—. No fue nada agradable. Sylvain me salvó el pellejo.
—¿Y desde entonces? —preguntó Isabelle.
Allie la miró dudosa.
—Desde entonces… ¿qué?
—¿Puedes dormir? ¿Tienes pesadillas? ¿Ataques de pánico?
Allie, que había sufrido todos esos problemas en el pasado, se ruborizó. No era eso de lo que quería hablar. Otras veces habían llegado a conversar con franqueza sobre su vida, pero ahora le costaba verse de repente en una charla así.
—Estoy bien —dijo haciéndose la dura—. He pasado por cosas peores. Ahora solo quiero saber qué pasa con Nathaniel, cómo me encontró, quién es el espía y qué hacemos ahora.
—Sí, ahora lo hablamos. —La directora sorbió el té arrugando el entrecejo por la preocupación—. Me preocupa que esta situación te afecte. Has sufrido mucho.
Allie pensó en la noche anterior, cuando besaba a Sylvain, y en la oleada de emociones, confusas pero positivas, que le había traído. Y en cómo, por un instante, se había olvidado de todo.
—Estoy bien, en serio —dijo con sinceridad—. No sé por qué, pero lo estoy.
Isabelle estudió la cara de Allie, como queriendo adivinar el motivo, y volvió a beber del té.
—Muy bien. Eso es lo principal. Si tú estás bien…
—Lo estoy —insistió Allie.
La directora inclinó la cabeza.
—Entonces podemos hablar de cómo están las cosas. ¿Qué te gustaría saber?
Allie no lo dudó ni un segundo.
—Me gustaría saber cómo se enteró Nathaniel de que estábamos en Francia. Y quiero saber si de verdad estoy segura aquí en Cimmeria, porque cuando aquellos tipos me estaban disparando, decidí que no me apetecía nada morirme.
A una directora normal le habría parecido impertinente, pero Isabelle no era una directora normal.
—Creemos que fue una coincidencia. Seguramente Nathaniel llevaba un tiempo vigilando la casa de Sylvain —dijo—. No hay otra explicación. Nadie de la escuela pudo decírselo. Es imposible. Excepto Lucinda, Raj y yo, nadie ha sabido en ningún momento, desde que dejaste el colegio en marzo, dónde te encontrabas.
—¿Ni siquiera los profes? —preguntó Allie, sorprendida. Normalmente se informaba de todo a los profesores más importantes.
La directora negó con la cabeza.
—Nadie —repitió.
Allie se recostó en la butaca.
La mera idea de que Nathaniel pudiera rondar la casa de los Cassel, vigilando a la familia de Sylvain, era abominable.
—¿Por qué iba a vigilarlos si no sabía que yo estaba allí? —preguntó—. ¿Qué quería?
—Los Cassel apoyan a Lucinda y son la familia más poderosa de la organización europea. —El semblante de Isabelle se ensombreció—. Por lo visto, Nathaniel está ampliando su alcance.
Allie estaba empezando a ponerse nerviosa.
—Pero los estaría vigilando por algún motivo. ¿Están a salvo?
—Ya has visto el equipo de seguridad de los Cassel. Están muy bien protegidos.
Allie se acordó de los guardias subidos a las escaleras, oteando con los prismáticos los campos que rodeaban el complejo de los Cassel. Recordó las cámaras fijadas en la sólida verja, el alambre de espino y los todoterrenos blindados.
—Sí, pero… —Allie no terminó la frase.
…a pesar de todo, Nathaniel dio con nosotros.
No lo había dicho en voz alta, pero Isabelle pareció leerle el pensamiento.
—Están todo lo seguros que pueden estar, dadas las circunstancias. Eso te lo puedo garantizar.
—¿Y qué pasa con nosotros? —preguntó Allie, mirándola a los ojos— ¿Estamos a salvo?
Isabelle no respondió enseguida. Tamborileó con los dedos lentamente sobre la mesa, como si estuviera decidiendo qué responder.
—Ojalá pudiera decirte que sí —contestó finalmente—, pero me temo que la respuesta es no. No estáis a salvo. Aquí nadie lo está.
Allie no se esperaba aquella respuesta.
—Entonces, si no estoy segura, ¿por qué estoy aquí? ¿Por qué me habéis obligado a volver? —Allie no pudo ocultar su desconcierto.
La directora la miró con seriedad.
—Estás aquí porque así lo ha querido Lucinda.
—¿Pero por qué? —preguntó Allie, alzando la voz—. ¿Por qué me quiere aquí?
Isabelle titubeó de nuevo.
—Te habrás dado cuenta de que ahora la seguridad… nos preocupa algo más. La situación entre Lucinda y Nathaniel es insostenible. Allie… —Isabelle se echó hacia adelante y sus ojos color miel le dirigieron una mirada imperiosa—. El final está cerca. Lucinda necesita que estés aquí.
Allie se acordó de las lúgubres palabras de Nicole. Creo que no va ganando.
Se le hizo un nudo en la garganta.
—Isabelle —musitó—, ¿Lucinda está perdiendo la partida?
La directora hizo una pausa antes de contestar.
—Es posible.
Se hizo un silencio. Al otro lado de la puerta, Allie alcanzaba a oír pasos en el pasillo, a alguien dando voces a lo lejos, el ruido sordo de una puerta al cerrarse.
—¿Qué pasará si perdemos? —Perder era una posibilidad que rara vez se había permitido contemplar, y mucho menos expresar—. ¿Qué pasará contigo y qué…? — Hizo ademán de abarcar con los brazos el gran edificio gótico en el que se encontraban—. ¿Qué pasará con todo el mundo?
—Eso aún está por ver —contestó bruscamente la directora—. Hay alternativas. Hay otras maneras de salvar esta situación y las estamos contemplando todas, pero por ahora la lucha continúa y tenemos que centrarnos en eso. Todavía podemos ganar. —Isabelle se movió en su asiento y echó el cuerpo hacia adelante, en dirección al haz de luz que proyectaba la lámpara del escritorio. Ahora las oscuras ojeras que le cercaban los ojos eran más evidentes—. Te he dicho que no estabas a salvo aquí porque es la verdad y nunca he tenido intención de engañarte. Ya te han mentido bastante. Pero también es cierto que ahí fuera estarías aún menos segura. Aquí, por lo menos, podemos protegerte. Y tú puedes ayudarnos.
—¿Ayudaros a qué? —preguntó Allie con suspicacia.
Isabelle le sostuvo la mirada.
—No sabemos quién es la persona que trabaja para Nathaniel. Pero estamos cerca. —Hizo una pausa—. Muy cerca. Creemos que tu presencia aquí ayudará a… acelerar los acontecimientos. —El tono de su voz era frío—. Porque debemos encontrar a esa persona. Tenemos que detenerlos.
Finalmente, Allie comprendió por qué había regresado a Cimmeria.
Durante varios meses habían intentado averiguar quién los estaba traicionando. Alguien del colegio le estaba pasando información muy valiosa a Nathaniel. El espía lo había ayudado a prender fuego al colegio. Había dejado entrar a uno de sus secuaces, Gabe, que había asesinado a Ruth y a Jo. Habrían dado cualquier cosa con tal de identificar al espía y acabar con él. Lo habían intentado durante meses, pero sin ningún éxito. Y lo habían pagado muy caro.
Allie se irguió en su asiento.
—¿Qué necesitáis que haga?
—Primero —Isabelle alzó una mano, como pidiendo prudencia—, deberías saber cómo están las cosas. Mientras estabas fuera, eliminamos a los guardias de la lista de sospechosos.
Atónita, Allie clavó los ojos en Isabelle.
—¿Cómo? ¿Estáis seguros?
Durante mucho tiempo, la lista de sospechosos había incluido al grueso de los guardias de más antigüedad y a los instructores más importantes de la Night School. Cada vez que habían intentado reducir la lista, algo se lo había impedido. Los alumnos tenían la esperanza de que el espía fuera un guardia, una persona a la que en el fondo no conocían. Porque lo contrario significaría que uno de sus mentores los había traicionado. Y ese pensamiento era insoportable.
—Fue idea de Raj —dijo Isabelle—. Retiró del colegio a todos los guardias que estaban bajo sospecha y revisó a fondo sus antecedentes. Además, filtró información falsa acerca de tu paradero a los profesores más importantes. La información llegó hasta Nathaniel, que envió a un grupo de matones a una casa vacía de España.
—Entonces… uno de los profes… —Allie fue incapaz de terminar la frase.
—Uno de nuestros tres profesores de confianza pasó la información a Nathaniel. —La voz de Isabelle era tensa—. Sí, pensando que tú estarías allí. Sí, sabiendo que Nathaniel podía matarte. —Miró fijamente a Allie—. Sí.
Allie tenía un nudo en la garganta y carraspeó.
—Entonces… se trata de Eloise, Jerry o Zelazny.
—Sí.
No sabía qué decir. Tiempo atrás habría confiado su vida a cualquiera de aquellos profesores.
—¿Qué hacemos ahora? —dijo Allie con gravedad.
—Ahora —dijo Isabelle— debemos ser cautos. Pensamos que tu regreso, teniendo en cuenta el clima de tensión, obligará al espía a comunicarse con Nathaniel constantemente. Lo cual facilitará que cometa errores. —La directora se recostó en el asiento, alejándose del foco de luz; Allie ya no podía verle los ojos—. Y cuando eso ocurra, estaremos preparados.