Night School. Resistencia
Dieciséis
Dentro, la iglesia era fría y oscura. Allie entornó los ojos en la penumbra. Unas motas de polvo flotaban en los débiles rayos de luz que se filtraban por los vitrales. Eran tan ligeras que podían salir volando con solo un soplo.
Vislumbró los frescos medievales de las paredes, pero estaba demasiado oscuro como para distinguir los destrozos que había causado Nathaniel el invierno anterior.
Había un grupo de personas reunidas en los primeros bancos, cerca del altar. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vio a Zoe y a Isabelle. Raj Patel estaba de pie junto a una mujer que no recordaba haber visto antes.
Allie frunció el ceño y giró lentamente sobre sí misma. Pensaba que habría más gente, pero la capilla estaba más bien vacía.
¿Se suponía que Isabelle confiaba en tan pocas personas? Detrás de Allie, la puerta de la iglesia se abrió estrepitosamente. Todos enmudecieron y vieron a Carter y a Nicole entrar a trompicones. La melena oscura de Nicole revoloteaba al viento y Carter se esforzaba por cerrar la puerta.
—El viento está arreciando —dijo Carter por encima del hombro mientras cerraba la puerta, no sin dificultad—. Parece que la tormenta está cerca.
Las palabras pintadas en letras góticas que había sobre la puerta atrajeron la mirada de Allie. Era el lema del colegio.
Exitus acta probat.
«El fin justifica los medios.»
—Ya estamos todos. —La voz de Isabelle resonó en los muros de piedra y devolvió la atención de Allie a la parte delantera de la capilla—. Empecemos.
Como feligreses, fueron a sentarse a los bancos. La directora estaba de pie junto al altar. A su izquierda se erguía un enorme candelabro de hierro apagado. A través de las ventanas, Allie veía los árboles oscilar bajo las nubes arremolinadas. La tensión y la pesadumbre de la expectación se palpaban en el ambiente.
Sin más preámbulos, Isabelle empezó:
—Lucinda se ha puesto en contacto conmigo y me ha comunicado que Nathaniel está presionando cada vez más a la junta para que haga una moción de censura. Han amenazado telefónicamente a nuestros partidarios y han acosado a sus hijos. A uno de los parlamentarios que nos apoya se le ha negado un puesto en el Consejo de Ministros. —Pasó su mirada seria por los presentes—. Actualmente el ministro de Hacienda apoya abiertamente a Nathaniel y el primer ministro, aunque aún no ha cambiado de bando, ha dejado de cogerle el teléfono a Lucinda. —Isabelle suspiró—. Tengo que ser sincera con vosotros: esto no pinta bien.
Saltaba a la vista que las noticias no cogían a nadie por sorpresa. Aun así, las siguientes palabras de la directora causaron conmoción.
—Parece ser que Nathaniel está al corriente de que Allie ha regresado a Cimmeria. Se ha puesto directamente en contacto con Lucinda para proponer un parlamento. —Isabelle titubeó, como si estuviera decidiendo cuánto revelar—. Lucinda ha declinado el ofrecimiento por varias razones. Es probable que ese rechazo sea el motivo por el cual anoche alguien intentó colarse en los terrenos del colegio.
A Allie le dio un vuelco el corazón. Notó cómo se tensaba el cuerpo de Sylvain, que estaba sentado a su lado.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Carter en tono brusco.
Isabelle asintió.
—Totalmente.
Un murmullo de voces inquietas se alzó a su alrededor, pero Allie desconectó. Pensó en la persona que había vislumbrado en el bosque. En cómo, en el fondo, la había decepcionado saber que no era Nathaniel. Que no era nadie contra quien pudiese pelear.
Sabía que debía tener miedo, y lo tenía. Sin embargo, también estaba ansiosa. Estaba preparada para plantarle cara.
—¿Qué pasó exactamente? —El acento francés de Nicole la devolvió a la conversación—. ¿Hasta dónde llegaron?
—Raj —dijo Isabelle—. Explícaselo, por favor.
El jefe de seguridad dio un paso al frente. Al ver aquella cara familiar, Allie se animó. El padre de Rachel era el tipo de persona que exudaba calma bajo cualquier circunstancia. Cuanto más grave era una crisis, más tranquilo parecía.
—Anoche, poco después de las dos de la madrugada, hubo un intento de irrupción. —El señor Patel estiró cada palabra, con el acento característico de Yorkshire que nunca había perdido—. Alguien intentó abrir la puerta por control remoto. Afortunadamente, antes de que pudiera causar algún daño, Dom logró bloquearlo. —Señaló a la mujer en la que Allie había reparado poco antes. Estaba sentada en el primer banco, de espaldas al grupo.
Allie se inclinó hacia adelante para poder observarla mejor.
La mujer era más joven de lo que había creído al principio; debía de rondar la veintena. Era delgada, tenía el pelo negro y muy corto, la piel fina de color café y llevaba unas gafas estrechas y estilosas.
Mientras Raj seguía hablando, la mujer lo escuchaba en una postura relajada, con las piernas cruzadas. No obstante, Allie advirtió que, en un gesto inconsciente, tamborileaba nerviosa con los dedos.
En la parte delantera de la sala, Raj seguía hablando.
—Cuando hace unos meses restablecimos la tecnología, Dom creyó conveniente bloquear todos los dispositivos electrónicos que había en Cimmeria, incluida la verja. Todos los aparatos responden únicamente a señales que se emitan desde dentro del colegio —explicó—. Además, Dom programó en los aparatos un sistema de rastreo, de manera que cualquier intento de piratearlos desde fuera se registra y se rastrea. Gracias a ella, estamos en condiciones de decir qué dispositivo se usó y desde dónde se emitió la señal.
—Genial —murmuró Zoe con aprobación.
—¿Desde dónde fue? —preguntó Carter.
Con un gesto, Raj invitó a Dom a que respondiera.
Un trueno estalló a lo lejos.
Dom se puso de pie y se volvió hacia ellos. Su ropa era andrógina: pantalones estrechos, una camisa blanca y holgada y lo que parecía ser una americana de hombre, sin abrochar y arremangada. En aquel contexto parecía fuera de lugar.
—Fue un dispositivo de corto alcance, por lo que tuvo que originarse justo fuera de la verja: o en el bosque o en la carretera. —Hablaba inglés con acento americano —. El individuo en cuestión podía ir a pie o en coche, pero no se quedó el tiempo suficiente para que lo averiguáramos. Enviamos a los vigilantes de inmediato, pero cuando llegaron los intrusos ya se habían marchado.
Allie estudió a Dom con curiosidad. Conque aquella era la experta en informática de la que todo el mundo hablaba. Por alguna razón, se había imaginado que era un chico. También se había imaginado a alguien mayor. Y menos guay.
Tenía pinta de saber de lo que hablaba, pero Allie estaba sorprendida de que Isabelle la hubiese incluido en su círculo más íntimo así de rápido.
Allie echó un vistazo a los demás; estaban sentados tranquilamente y miraban a Dom con respeto. No sabía quién era ni de dónde había salido aquella mujer, pero ya se los había ganado a todos.
—¿Sabéis a ciencia cierta que estuviesen intentando entrar en el recinto? — preguntó Sylvain.
Dom se volvió a mirarlo.
—No necesariamente —admitió—. No estamos seguros de qué pretendían. Puede que estuvieran poniendo a prueba nuestras defensas o que simplemente quisieran ponernos nerviosos. En cualquier caso, frustramos sus intenciones. Nuestro sistema de seguridad aguantó.
—Este ha sido el primer intento en tres meses. —Raj hizo un gesto afirmativo hacia Dom y esta volvió a sentarse rápidamente, como aliviada por dejar de hablar—. Teniendo en cuenta las noticias de Lucinda, creemos que no es ninguna coincidencia. Seguramente esto marca el comienzo de la siguiente fase.
—Habéis hablado de un parlamento —dijo Allie—. ¿Por qué Lucinda no quiere dialogar? ¿No sería la única manera de solucionar todo esto?
Isabelle y Raj intercambiaron una mirada que Allie no supo descifrar.
—Las condiciones que ha impuesto son inaceptables —dijo la directora tras un breve instante de vacilación—. Sería demasiado peligroso. Aún lo están negociando.
Antes de que Isabelle pudiera entrar en más detalles, Carter tomó la palabra:
—¿Vais a poner más patrullas?
Raj inclinó la cabeza.
—Hemos cancelado todos los permisos que no sean urgentes.
Allie recordó la situación que habían vivido en Cimmeria hacía unos meses. Los matones de Nathaniel habían sacado a la fuerza a los alumnos del colegio. Se habían escondido en el sótano durante varias horas. Al salir se habían encontrado el edificio vacío; Jules ya no estaba y habían secuestrado a Rachel.
—Ha vuelto a empezar —dijo Allie—. ¿No es cierto?
Todos se volvieron a mirarla.
Cuando Isabelle respondió, escogió las palabras cuidadosamente.
—Nathaniel manifestó a Lucinda que tenía intención de hacerse con el colegio. No desistirá.
Había oscurecido en la iglesia. Fuera, grandes nubes ennegrecían el cielo. Cuando Allie miró hacia la ventana, empezaron a caer las primeras gotas sobre el tejado; parecía que estuvieran llamando para entrar.
La tormenta había llegado.
Cuando la reunión terminó, Allie y los demás formaron un corro junto a la puerta. Tenían que salir en grupos pequeños otra vez y estaban esperando la señal de Raj. Seguía lloviendo y el ambiente olía a mojado.
—¿Se puede saber quién esa tal Dom? —preguntó Allie en voz baja. Dom estaba junto al altar con Isabelle y Raj.
Zoe miró a su amiga con expresión grave.
—Es un genio.
Allie hizo un gesto de impaciencia.
—Sí, vale, ¿pero de dónde ha salido? ¿Por qué confían tanto en ella? ¿Y qué clase de nombre es ese, «Dom»?
—Es de la organización americana —explicó Nicole en voz queda.
—Ah —repuso Allie— ¿Es de Pegaso?
—De Prometheus —dijo Zoe poniendo los ojos en blanco.
—Allie. —Desde el otro lado de la capilla, Isabelle le decía por señas que se acercara adonde se encontraban ella, Raj y Dom—. ¿Podemos hablar un momento?
Allie dejó a los demás en la puerta y cruzó el pasillo. En la silenciosa capilla, sus pasos sonaron muy fuertes.
—¿Qué pasa?
Raj esperó a que Isabelle tomara la palabra. Nadie le presentó a Dom, que se dedicó a observar a Allie con unos ojos que parecían no perder detalle. De cerca, Dom le pareció aún más moderna. De repente el uniforme de Allie resultaba de lo más pueril.
—Estábamos discutiendo cuánto queríamos contarte —dijo Isabelle en voz baja —. Por lo general me opongo a alarmarte sin necesidad, pero Raj y Dom son de otro parecer, de modo que…
Cuando alguien no quiere contarte algo, lo que no quieren contarte siempre es malo.
A Allie se le hizo un nudo en el estómago.
Al advertir la preocupación de la muchacha, Isabelle alzó una mano en señal de precaución.
—No te preocupes, por favor. Lo tenemos todo bajo control. Simplemente… queremos hablar contigo. —Isabelle recorrió con la mirada todo el templo, como asegurándose de que nadie los estuviera oyendo—. Pensamos que tienes que saber qué ha estado pasando entre bambalinas. Y por qué Lucinda rechazó reunirse con Nathaniel. Es por las condiciones que impuso.
Aunque le había dicho que no se preocupara, Allie conocía lo suficiente a la directora como para identificar la ansiedad en sus ojos y en su modo nervioso de gesticular.
—¿Cuáles son las condiciones? —preguntó Allie.
—Tú.
La palabra pareció congelarse en el aire.
—Nathaniel insiste en que debes estar presente durante la negociación — prosiguió Isabelle—. Obviamente, Lucinda piensa que muy probablemente se trate de una trampa y por eso ha declinado. Pero Nathaniel no da su brazo a torcer. Ahora están en un impasse. Por eso creemos que Nathaniel tomará represalias. El intento de anoche ha sido solo el principio.
Una espantosa sensación de turbación inundó a Allie. Los parlamentos eran reuniones entre enemigos que se celebraban para llegar a un acuerdo. No era lógico que Nathaniel la quisiera allí. A no ser que el encuentro no fuera realmente un parlamento.
Era muy típico de Nathaniel servirse de trampas y mentiras y jugar con la vida de la gente. No parecía cansarse nunca de ese juego. En lo relacionado con Cimmeria, y con Allie, era como una máquina. Volvía una y otra vez, una y otra vez, implacable. No le importaba que alguien pudiera salir herido. Que alguien muriese. Jamás se rendiría. Jamás se detendría.
Aquello tenía que acabar.
El cansancio invadió a Allie de repente. Se pasó los dedos por el pelo, presionándolos contra el cráneo.
—O sea que ahora más gente acabará herida por mi culpa —dijo Allie monótonamente.
En el último año había pasado por muchas cosas. Tanto huir y tanto esconderse, ¿y para qué? Nathaniel estaba a punto de hacerse con el control de la Sociedad Orión. Estaba tan cerca de la victoria que seguro que ya podía saborearla. Y cuando ganara, ellos estarían perdidos. Nathaniel moldearía el país a su gusto. Bajo el manto protector de aquella organización tan poderosa, haría lo que se le antojara. Utilizaría su poder para perjudicar a los más indefensos. Cambiaría el gobierno. Cambiaría la vida de la gente. Nadie sabría su nombre. Nunca reconocerían su cara. Nathaniel viviría en la sombra y movería los hilos como un titiritero.
—Ahí es donde entramos nosotros. —Raj se inclinó hacia adelante para captar la mirada de Allie—. Estamos trabajando muy duro para impedírselo y lo seguiremos haciendo. Nos ha funcionado durante tres meses…
—He estado fuera tres meses precisamente. —Allie levantó la voz, hirviendo de rabia—. Estaba demasiado ocupado persiguiéndome por todo el mundo como para molestaros a vosotros.
—Allie, no hace falta que te pongas así… —empezó a decir Isabelle, pero Raj siguió hablando como si no la hubiese oído.
—Hemos contratado a más personal de seguridad —dijo Raj, como si eso lo cambiara todo—. Y vamos a aumentar el número de patrullas.
Desesperada, Allie agachó la cabeza y se llevó las manos al rostro. ¿Raj estaba delirando o qué? ¿Más guardias? ¿Más patrullas? Los terrenos de Cimmeria eran vastos y boscosos; albergaban colinas, lagos y bosques. Ahí fuera se podía esconder un ejército entero. Y a veces incluso daba la impresión de que Nathaniel había escondido uno. La última vez se había traído un helicóptero. ¿Qué iban a hacer si volvía?
¿Tirarle piedras?
—Allie, ha funcionado otras veces —dijo Isabelle.
Allie se giró hacia la directora.
—Querrás decir que ha fallado otras veces, Isabelle. Y esta vez volverá a fallar. —Allie miró alternativamente a los dos adultos, llena de rabia—. Seguís haciendo las mismas cosas una y otra vez esperando que nadie muera. Con eso no…
Su voz exaltada resonó en los viejos muros de piedra. Al otro lado de la capilla, los demás alumnos se quedaron mirándolos.
Allie les dirigió una mirada desesperada. Ya había tenido bastante. Sylvain y Carter fueron a su encuentro y el resto del grupo los siguió.
—¿Qué pasa aquí? —Sylvain los miró, esperando una explicación.
—Contádselo a todos. —Allie se giró hacia Raj e Isabelle con los brazos en jarras —. Contadles que pensáis detener a Nathaniel con más hombres de negro. Contadles que vuestro fantástico sistema de comunicaciones va a salvarnos a todos cuando Nathaniel vuelva para vengarse. Tienen derecho a saber lo que está a punto de ocurrir.
—Isabelle, ¿qué está pasando exactamente? —Carter avanzó y se sitúo junto a Allie.
—Es de locos —dijo Allie.
—Te estás comportando como una cría —replicó Raj en un tono cada vez más brusco—. Esta es la estrategia.
—¿Podéis hacer el favor de explicarnos qué sucede? —empezó a decir Sylvain.
—Ya basta —la voz de Isabelle retumbó en los muros de piedra. Todos enmudecieron—. Esta conversación no va a ninguna parte. Vamos a hacerlo así. No hay otra alternativa.
—Sí la hay. —Dom había hablado. Todos se giraron a mirar a la joven, que, a su vez, miró a Allie—. Tenéis la alternativa ante vuestros ojos.
Isabelle no daba crédito. Estaba claro que no se esperaba aquella sublevación.
—Lucinda ha dejado muy claro que no permitirá que Allie acuda al parlamento y yo secundo su decisión.
—¿Cómo? ¿Nathaniel quiere negociar contigo? —le preguntó Carter a Allie—. ¿Para qué?
—No quiere negociar conmigo. Quiere hacerlo con Lucinda, pero solo si voy yo —explicó Allie pacientemente—. Porque está chiflado.
Los demás intercambiaron miradas.
—Es una trampa —dijo Sylvain—. Sería la ocasión perfecta para atraparla. Sin armas y sin guardias.
—Exacto. —Isabelle parecía aliviada, como si acabase de ganar la discusión.
—No todas las trampas atrapan su presa —dijo Dom.
—Pero muchas sí lo hacen. —Raj la miró con los ojos entornados—. Demasiadas como para poner la vida de Allie en peligro.
—Es mi vida —protestó Allie—. Debería decidir yo qué hacer con ella.
Dom centró su atención en Raj.
—¿Qué vais a hacer? —le preguntó a Raj con tranquilidad—. Podremos eludir otros ataques y retener a Nathaniel durante un tiempo, unos días. Puede que unas semanas. Pero no durante meses. No hay sistema que no pueda ser pirateado; tú mismo me lo enseñaste. Si Nathaniel continúa intentándolo, algún día conseguirá entrar. Y entonces, se acabó. Habremos perdido.
Allie miró a Dom, sorprendida. Trabajaba para Raj y, sin embargo, se la veía muy cómoda llevándole abiertamente la contraria. La mayoría de los guardias eran más bien del estilo «¡sí, señor!». Saltaba a la vista que esta era muy distinta.
Raj apretó la mandíbula.
—Si traemos a más guardias y cubrimos cada centímetro de…
—Necesitaríais a mil hombres. —La voz de Dom carecía de rencor, era tranquila y racional—. ¿Los tenéis?
—Basta. —Raj, que nunca levantaba la voz, casi gritó. Tenía la cara roja de la frustración—. Allie no acudirá. Es demasiado peligroso.
Dom se volvió hacia Allie y la miró de arriba abajo, como si fuera un coche que estuviera pensando en comprar.
—Bueno, yo diría que eso depende de Allie. No es ninguna niña. Y, por lo que me habéis contado, es muy capaz. No hay motivos para asumir que vaya a fracasar.
Allie se quedó mirando a Dom, indecisa. Nadie se enfrentaba a Raj de ese modo. Jamás. Sin embargo, Dom parecía considerarse su igual.
¿Qué sabrá ella si soy o no soy capaz?
La voz de Dom interrumpió el hilo de sus pensamientos:
—¿Qué dices, Allie Sheridan? —El día declinaba y a Allie le costó leer la mirada de la estadounidense tras los cristales de las gafas, aunque percibió el desafío en su voz—. Todos me han dicho que nunca huyes de una pelea. ¿Te atreves a salvar el mundo?
La mirada de Allie saltó de Raj a Isabelle, esperando a que replicaran. Sin embargo, los dos se habían quedado callados. Isabelle parecía triste.
De alguna manera Dom lo había conseguido; iban a dejar que Allie tomara la decisión.
Aunque ahora que podía escoger… ¿qué quería?
Estaba segura de que era una trampa. Aunque no era propio de Nathaniel mostrar sus cartas de un modo tan obvio. Fuera como fuese, no había razón para que Allie tuviera que acudir a la reunión si no fuera porque él tramaba algo.
Algo horrible.
Sin embargo, si Allie decidía no ir, Nathaniel iría a por ella, y sabía por experiencia que eso sería mucho peor.
El miedo le aceleró el pulso.
Pensó en Jo y en Ruth, y en Nathaniel apuntando con un cuchillo a la garganta de Rachel. En la sensación de la hoja cortando la piel de su propio brazo y en el miedo cerval que había sentido al ver a Gabe cogiendo un ladrillo para rematar a Carter.
Pero al final todos juntos habían luchado contra Nathaniel, guardias y alumnos. Consiguieron que se retirara. Tenía que haber una manera de hacerlo otra vez, pero en esta ocasión para siempre jamás. Al fin y al cabo, Nathaniel no era un dios. Solo era un hombre. Un hombre delirante y obsesivo.
Si Allie conseguía hablar con él, averiguar qué podía darle que le pudiera interesar, quizás pudiera parar todo aquello. E incluso si no lo conseguía, puede que su mera presencia facilitara las cosas de algún modo.
¿De qué serviría seguir escondiéndose y no hacer nada? Nathaniel atacaría, Raj se defendería y más gente saldría herida. Quizás muriera alguien. Y eso ocurriría una y otra vez hasta que Nathaniel acabara por derrotarlos. Entonces conseguiría lo que siempre había querido. ¿Y qué sentido habría tenido tanto sufrimiento?
Sí, ella era solo una adolescente y él un hombre rico y poderoso. Pero hasta una ramita puede impedir que avancen las agujas de un reloj. Una mota de polvo puede dañar irreparablemente el delicado mecanismo de una gran máquina. Allie recordó la voz de Sylvain la noche anterior en el tejado.
Salta.
—Lo haré —dijo Allie.