Night School. Resistencia

C.J. Daugherty · Capítulo 32 de 40

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Night School. Resistencia

Treinta y dos

—Descansad —dijo Raj mirando la sala de entrenamiento. Los alumnos de la Night School, sudorosos y exhaustos, se derrumbaron en los tatamis azul oscuro que recubrían el suelo—. Retomaremos el entrenamiento en diez minutos.

Los alumnos se quejaron.

Allie se había quedado de pie, con los músculos tensos. No tenía ganas de descansar. Quería pelear.

—¿Qué te pasa? —preguntó Zoe ladeando la cabeza y observándola con aire perplejo—. Estás rara.

Allie no estaba de humor para explicarle cómo se sentía.

—Nada —mintió—. Es que tengo sed. Voy a buscar agua.

Sin esperar a que la chiquilla respondiera, cruzó los tatamis y se dirigió a la parte delantera de la sala, donde había una nevera abierta llena de hielo y botellas de agua. Agarró uno de los fríos envases de plástico y se lo puso contra la frente.

Hacía seis horas que Sylvain se había marchado, pero parecían días.

Por lo menos su padre había salido del quirófano, aunque todavía no se había despertado. No podía ni imaginarse lo mal que lo estaría pasando Sylvain. Seguro que eran unos momentos de dolor y confusión tremendos.

Allie no conseguía quitarse de la cabeza la mirada del chico cuando estaban en la habitación. Parecía… destrozado.

Contra su voluntad, sus ojos se fueron hacia el otro lado de sala, donde Carter y Raj estaban hablando. Carter tenía las mejillas rojas de cansancio, y el pelo, pegado a la sudorosa piel de la frente, le tapaba los ojos.

Allie seguía oyendo la voz de Sylvain en su cabeza: aun sabiendo que…

El sentimiento de culpa la invadió. ¿Qué era lo que sabía? ¿Que ella tenía dudas?

¿Que se sentía tentada?

Se le hizo un nudo en el estómago. Si su indecisión y su estupidez hacían que Sylvain lo pasara todavía peor en aquellos momentos, nunca se lo perdonaría.

—¿Me pasas una? —La voz afrancesada de Nicole la sobresaltó.

Allie se dio media vuelta.

—¿Una qué?

El tono fue más brusco de lo que Allie pretendía y Nicole la miró confundida.

—Una botella de agua —dijo—. ¿Me puedes pasar una, por favor?

Allie se miró los pies y se dio cuenta de que entorpecía el acceso a la nevera.

—Perdona —dijo Allie, alcanzándole una botella—. Estaba pensando.

Nicole sonrió lánguidamente.

—No pasa nada. Todos tenemos muchas cosas en la cabeza ahora mismo.

Allie deseó que no le preguntara qué ocupaba su pensamiento y paseó la vista por la sala, aunque evitando a Carter. Entonces se dio cuenta de que faltaba alguien.

—¿Dónde está Rachel? —preguntó arrugando el entrecejo.

—Está con Dom. Raj le ha dado permiso para saltarse el entrenamiento.

—Gracias a Dios —dijo Allie, aliviada—. Por fin.

Nicole la miró con curiosidad.

—Raj dice que ahora Carter irá contigo al parlamento. ¿Qué te parece? No le queda mucho tiempo para prepararse.

Contra la voluntad de Allie, sus ojos se desplazaron hacia Carter, que miraba para otro lado.

—Empezaremos a prepararnos juntos esta noche. Carter aprende rápido.

—Solo espero que… —empezó a decir Nicole, pero la voz de Raj, a través del ambiente cargado, la cortó.

—Muy bien. Todos en pie.

Con un gesto de arrepentimiento, Allie se apresuró a volver junto a Zoe. Le lanzó una botella y la chiquilla la agarró en el aire con facilidad.

—Allie y Zoe. —Raj les indicó por gestos que se acercaran. Carter estaba de pie junto a él.

Cuando llegaron, Raj habló en voz baja:

—Allie, a partir de ahora tu pareja será Carter. —Zoe los miró con aire lúgubre, pero antes de que pudiera decir nada, Raj añadió—: Zoe puede entrenar con Nicole.

—Genial. —Complacida al instante, Zoe echó a correr hacia la francesa, que ya la estaba esperando.

Sin más preámbulos, Allie y Carter ocuparon sus posiciones. Allie no sabía qué decir. Se alegraba de entrenar con él. Y al mismo tiempo se sentía culpable por alegrarse.

Se le ocurrió que lo mejor era no decir nada.

Raj llamó al orden y se hizo silencio. A lo largo de la sala, las parejas se fueron preparando para el combate.

Carter se cuadró ante Allie y se colocó en posición inicial, con las manos a los costados y los pies a la anchura de las caderas.

La miró fijamente.

—¿Estás lista?

Allie giró ligeramente el cuerpo, preparándose para el primer golpe, y le sostuvo la mirada con decisión.

—No queda otra.

 

Aquella noche, después del entrenamiento, Allie corrió escaleras arriba hasta la última planta del ala de las clases, donde se encontró con Raj y Carter. Aún tenía el pelo mojado de la ducha. Llevaba una falda corta y tenía la parte de atrás de la blusa blanca empapada.

Era casi medianoche. Le dolían un poco los músculos por el ejercicio y caminaba algo agarrotada.

Sus pasos resonaron en el silencio. Delante de ella, la escalinata estaba a oscuras, únicamente iluminada en el descansillo por el pálido resplandor azulado que proyectaba la luna a través del alto ventanal. Cuando llegó al descansillo, se paró a mirar afuera; había casi luna llena y alcanzaba a ver el lindero del bosque. No se veía movimiento. Era una noche tranquila.

De repente el ruido de unos pasos la sobresaltó y se dio media vuelta, con los puños en alto.

—Eh. —Carter apareció en el haz de luz, dos peldaños más abajo que ella—. No dispares. Soy yo.

—Ay. —Allie se miró los puños, como si no supiera qué estaban haciendo ahí delante—. Perdona. Ha sido un reflejo.

Carter subió los dos últimos escalones.

—Buenos reflejos —dijo él—. Rápidos. De los que te salvan la vida.

A la luz de la luna era imposible ver la expresión de sus ojos. Allie se sintió fatal por alegrarse de verlo. Pero se alegraba.

—Oye… antes no pudimos hablar —titubeó Carter—. ¿Te parece bien esto? — Los señaló a ambos—. Si quieres que el viernes te acompañe otra persona, no te cortes. No me lo tomaré a mal. Es un asunto importante.

Esas palabras aterrorizaron tanto a Allie que no se paró a pensar. Le dijo la verdad:

—No quiero que sea otra persona, Carter —dijo ella—. Quiero que seas tú. —Se interrumpió; el labio inferior le temblaba—. Te necesito.

Si aquella súplica sincera había sorprendido a Carter, no se le notó. Su mirada grave sostuvo la de Allie durante un largo momento. Luego, como si hablaran del tiempo o de algún trabajo para clase, asintió.

—Vale. Solo quería saberlo. —Su voz era fuerte y firme—. Vamos a ello.

 

Tras la oscura tranquilidad de la escalera, la pequeña aula de la última planta era un hervidero de luz y actividad. Dom tecleaba frenéticamente en unos ordenadores portátiles. Y no era la única.

—¿Rachel? —Allie no pudo ocultar su sorpresa.

Su amiga echó un vistazo por encima de la pantalla y agitó una mano alegremente a modo de saludo.

—¡Aquí, echando una mano!

Se la veía en su salsa, y Allie no podía estarle más agradecida a Dom por haber escogido a Rachel para formar parte del equipo.

Al otro lado del aula, frente a una mesa repleta de papeles y mapas desperdigados, Raj e Isabelle estaban en plena conversación.

Al verlos, Isabelle se enderezó.

—Empecemos —dijo la directora—. ¿Estás lista, Dom?

Dom asintió enérgicamente desde detrás de la pantalla.

—Cuando queráis.

—Carter. —Raj se alejó de Isabelle y caminó hacia los jóvenes—. Vamos a repasar el plan de principio a fin. Es mucha información de golpe, pero no me cabe duda de que puedes hacerlo. —Su mirada abarcaba también a Allie—. Después de veros trabajar juntos esta tarde, me he quedado más tranquilo, pero solo tenemos veinticuatro horas para prepararnos. Necesitamos que lo deis todo. —Sin esperar respuesta, se volvió hacia Dom—. Mapa uno.

En la pared que había detrás de Dom y Rachel, se proyectó un mapa de Hampstead Heath en un color verde brillante. Allie ya lo había memorizado con Sylvain y se quedó mirando fijamente el trabajo del cartógrafo. Había querido hacer el mapa más brillante confeccionándolo en verde esmeralda, pero solo había conseguido que pareciera una caricatura.

Allie intentó hacer memoria sobre Hampstead, pero solo se acordaba de cuestas empinadas, casas grandes y lujosas y turistas.

Se le pasaron por la cabeza, y no por primera vez, la retahíla de cosas que podían salir mal. La cantidad de sitios en los que Nathaniel y Gabe podían esconderse. Las armas que tal vez llevaran.

El pavor que sintió le hizo un nudo en la garganta.

Tomó breves bocanadas de aire y se obligó a centrarse en lo que Raj decía. Estaba apuntando a la carretera en la que los dejarían y marcando la ruta en el parque con manos firmes y una voz grave y tranquila, una voz que denotaba su fe en los dos jóvenes. La seguridad de que podían salir de aquella.

Y saldrían de aquella, se dijo Allie.

No quedaba otra.