Night School. Resistencia
Treinta y tres
A la mañana siguiente, Allie hacía esfuerzos por no quedarse dormida en clase. Habían trabajado en el plan para el parlamento hasta las tres de la mañana. Carter asimiló la información rápidamente, pero Raj había insistido en que lo memorizara todo a la perfección, de modo que lo habían repasado una y mil veces.
Allie ni siquiera recordaba haberse metido en la cama.
Estaba luchando para que no se le cerraran los ojos cuando Zelazny entró en el aula de Historia, cargado con un montón de libros. Aun así, a través de la neblina de su cansancio, la actitud del profesor llamó su atención. No les había gritado que se callaran, como solía hacer, ni los había clavado en el sitio de una mirada. Desde que se había sabido que Jerry trabajaba para Nathaniel, Zelazny parecía hundido. Como si creyera que todos habían fracasado.
Allie nunca se habría imaginado antes que echaría de menos sus fanfarronadas y, sin embargo, así era.
—Hemos hablado del Imperio británico todo el trimestre. —Las voces de los alumnos se acallaron a medida que el profesor de Historia hablaba—. Pero hoy es un día atípico. —Dejó los libros sobre su mesa y estudió al alumnado con aire pesimista —. No tiene sentido simular que no está pasando nada. Todos ustedes saben que se va a celebrar un parlamento con Nathaniel.
Allie contuvo la respiración. Fuera de la Night School, ninguno de los instructores hablaba abiertamente sobre el tema. Echó un vistazo a Carter, que estaba sentado junto a ella, pero él tenía los ojos fijos en Zelazny y una fina arruga le atravesaba la frente.
Los demás alumnos parecían casi igual de sorprendidos. A su espalda oyó los murmullos de desaprobación de dos alumnos de la Night School. Los que no pertenecían a la Night School tenían pinta de estar fascinados. Deseaban saber más.
Al frente, Zelazny seguía hablando:
—La mayoría de sus profesores se comportan como si no pasara nada. Quieren distraerlos. Que estén tranquilos. Yo voy a hacer algo distinto. —Empezó a caminar por el aula y fue colocando en cada pupitre un libro de tapas negras. Cuando llegó a la mesa de Allie, se paró y le sostuvo la mirada—. Quiero hablarles de supervivencia.
Los alumnos se apresuraron a coger los libros para ver qué contenían y la clase se llenó con el rumor de las páginas.
Allie cogió el tomo, era fino y ligero, poco menos que insustancial. Contra el fondo negro podía leerse el título de la portada en intrincadas letras doradas, casi de mal gusto: Sun Tzu: El arte de la guerra.
Zelazny había vuelto a situarse al frente y sostenía en la mano una copia.
—Sun Tzu fue un general chino del siglo VI —explicó el profesor—. Aún hoy sus teorías se enseñan en las academias militares; los generales las estudian y las usan en combate. Creo que también pueden sernos útiles a nosotros. —Se apoyó en la mesa —. Carter, lea a partir de la página diez, por favor.
Los dos alumnos de la Night School que se sentaban al fondo intercambiaron miradas. Carter, todavía con el ceño fruncido, pasó las páginas del libro. Durante un segundo leyó para sí y en silencio las palabras.
Luego leyó en voz alta:
—¿Qué dirigente es más sabio y capaz? ¿Qué comandante posee el mayor talento? ¿Qué ejercito obtiene ventajas de la naturaleza y el terreno? ¿En qué ejercito se observan mejor las regulaciones y las instrucciones? ¿Qué tropas son más fuertes? ¿Qué ejercito tiene oficiales y tropas mejor entrenados? ¿Qué ejercito administra recompensas y castigos de forma más justa? Mediante el estudio de estos siete factores, seré capaz de adivinar cuál de los dos bandos saldrá victorioso
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y cuál será derrotado. A Allie aquellas frases le parecieron tremendamente aciagas. ¿Qué pretendía decirles Zelazny con aquello? ¿Que creía que perderían?
Cuando Carter terminó de leer, Zelazny se enderezó lentamente y miró a la clase.
—En mi opinión, los dos bandos que se encontrarán mañana en el parlamento son equivalentes en fuerza y entrenamiento. Porque somos la misma gente. Hemos ido a los mismos colegios. Nuestras vidas han seguido el mismo curso. Así pues, estamos en igualdad de condiciones con nuestro enemigo.
Los susurros disconformes recorrieron el aula. Nadie en aquella clase estaba dispuesto a creer que se parecía en lo más mínimo a Nathaniel.
Por el contrario, y muy a su pesar, Allie pudo discernir la verdad que escondían las palabras de Zelazny. La suya era una guerra civil.
El profesor ignoró el malestar que sus palabras habían provocado.
—Creo que, si Sun Tzu nos viera, no sabría determinar quién sería el ganador.
La franqueza del profesor en aquellas circunstancias era sobrecogedora. Ninguno de los demás adultos concebía siquiera la posibilidad de que fracasaran. No obstante, Allie siempre había sabido que la derrota era posible. Se daba cuenta del esfuerzo que Isabelle hacía por parecer optimista. Veía las dudas que Raj, con poco éxito, intentaba ocultar.
Pero que Zelazny lo admitiera tan abiertamente le daba escalofríos.
Como si adivinara lo que estaba pensando, Zelazny la miró a los ojos.
—Ahí es donde entra la estrategia. Allie, lea desde la página veintidós.
Allie hojeó el libro hasta que dio con la página que le había pedido. Solo había unas pocas líneas:
El arte de la guerra se basa en el engaño.
Pon cebos para atraer al enemigo.
Golpea al enemigo cuando esté desordenado.
Prepárate contra él cuando está seguro en todas partes. Evítalo cuando es más fuerte.
Ataca al enemigo cuando no está preparado. Aparece cuando no te espere.
El aula se había quedado en silencio otra vez y las palabras resonaron en la cabeza de Allie:
El arte de la guerra se basa en el engaño.
Se acordó de Christopher en su habitación.
De Nathaniel poniéndole un cuchillo en la garganta a Rachel.
De las promesas de Lucinda y de las amenazas de Nathaniel.
Un peso le oprimió el pecho. ¿Quién mentía?
—Este es el mejor consejo que puedan darles. —El afilado tono de Zelazny atravesó la bruma de los pensamientos de Allie. Ahora toda la clase prestaba atención al profesor. El aula estaba muy silenciosa—. Cuando uno se enfrenta a un enemigo inteligente, que lo iguala en fuerza y debilidad, debe ser más listo que él. Debe adaptarse e innovar, si quiere seguir con vida. Pues, aunque su plan sea técnicamente perfecto, solo hay una cosa segura. —Aporreó la mesa—: Se torcerá. Nada saldrá como esperaba. Cuando uno sale de una habitación iluminada y se adentra en la noche, esta es siempre más oscura de lo que parecía.
Miró a toda la clase, muy intensamente.
—En el tiempo que queda de clase, quiero que lean este libro. Memorícenlo. Como si mañana tuvieran que recitármelo. —Bajó la cabeza y miró a Allie—. Les podría salvar la vida.
El resto de clases que tuvo Allie aquel día se sucedieron en una especie de neblina. No podía quitarse de la cabeza la lección de Historia. Cuando nadie miraba, hojeaba las páginas del libro que Zelazny les había entregado. Las frases y las palabras la asaltaban. Le daban escalofríos.
Evítalo si es más fuerte.
Escapa. Escóndete.
Zelazny siempre transmitía confianza. Si él estaba preocupado… ¿estarían haciendo lo correcto?
Tampoco tenían elección. Al final todo se reducía a eso.
Tenían que ir al parlamento, no había otra salida.
Estaban atrapados. Ella lo estaba.
Entre las clases y el entrenamiento de la Night School no hubo descanso. En cuanto terminó su última clase, volvió a bajar a la sala de entrenamiento y practicó técnicas de evasión con Carter, Nicole y Zoe. Rachel no estaba; trabajaba con Dom.
Justo antes de la hora del almuerzo, Raj se acercó a Carter y a Allie cuando estaban probando una compleja maniobra con patadas voladoras y golpes de codo.
Les habló tan bajito que apenas lo oyeron:
—Isabelle quiere veros en su despacho.
—¿Nos podemos cambiar de ropa? —preguntó Allie, pasándose la mano por la frente. Carter y ella estaban sudando y llevaban puesto el equipo negro de la Night School.
Raj negó con la cabeza.
—Quiere que os deis prisa.
El corazón se le aceleró. Aquello no tenía buena pinta.
Cuando llegaron al despacho de Isabelle unos minutos más tarde, la puerta estaba cerrada, pero oyeron que dentro la directora estaba hablando con alguien.
Carter y Allie intercambiaron una mirada antes de golpear suavemente la puerta de madera labrada.
Isabelle respondió de inmediato:
—Adelante.
Carter giró el picaporte y la puerta se abrió en silencio.
Cuando entraron en el despacho, tan familiar, encontraron a Isabelle sentada a su mesa. Por lo demás, la estancia estaba vacía. Sobre el escritorio había varias pilas ordenadas de papeles y un ordenador portátil abierto.
—¿Querías vernos? —dijo Allie.
Isabelle les indicó que se sentarán en las butacas de cuero que tenía enfrente, ante el imponente escritorio de caoba.
Allie tomó asiento y buscó en el rostro de Isabelle la respuesta a su pregunta. No parecía asustada o consternada, aunque en sus ojos y en la posición de su boca encontró una tristeza que antes no estaba.
La directora tomó la palabra cuando se instalaron:
—Lucinda, ¿sigues ahí?
—Sí. —Del ordenador que yacía sobre el escritorio de Isabelle emergió la voz de la abuela de Allie, nítida y fuerte. Firme.
El corazón de Allie dio un vuelco. Conque era una de esas reuniones.
Carter se volvió a mirarla, sorprendido. Allie levantó las manos en un gesto que decía: «Cosas que pasan».
—Estamos todos, como habías pedido. —Isabelle se recostó en el asiento—. Allie y Carter ya están aquí.
—¿Hay alguien más? —preguntó Lucinda.
Isabelle meneó ligeramente la cabeza.
—No, no hay nadie más.
—Muy bien —dijo Lucinda.
Por un instante, Allie se preguntó cómo sería estar en el lugar de su abuela. Era la que más tenía que perder. Se jugaba el puesto en la Sociedad Orión y el poder que lo acompañaba. Ya había perdido su asiento en las reuniones del Gobierno y su respetado cargo de consejera.
¿Qué haría si perdía todo lo demás?
—Le he pedido a Isabelle que os llamara para repasar el reglamento de mañana por la noche —dijo Lucinda.
¿El reglamento?, pensó Allie, inmediatamente recelosa. ¿De qué diablos habla?
—Allie, cuando te permití acompañarme al parlamento lo hice bajo la condición de que seguirías mi plan. ¿Recuerdas esa conversación?
La pregunta la pilló desprevenida y Allie vaciló. Recordaba vagamente la voz de Lucinda a través del diminuto móvil de Isabelle y la rabia que sentía hacia Christopher. No estaba segura de a qué había accedido aquella noche; habría dicho que sí a cualquier cosa con tal de que le dieran permiso para ir al parlamento y enfrentarse a Nathaniel ella misma.
—Sí… Creo —dijo al cabo de un momento.
—Excelente. —El tono de Lucinda era enérgico—. Entonces espero que respetes lo acordado. Carter West.
Carter se enderezó.
—¿Sí… señora…? —Los ojos del joven saltaban indecisos de Isabelle al plástico oscuro y aséptico del ordenador.
—Tienes que hacer un juramento, igual que lo hizo mi nieta. Necesito que me asegures que harás exactamente lo que se te pida. Que seguirás el reglamento que Isabelle y yo establezcamos por encima de lo que pueda decirte cualquier otra persona. Aunque esa persona sea Raj Patel o alguno de sus guardias.
Allie se quedó mirando al ordenador sin dar crédito. ¿A eso me comprometí aquella noche?
Vio sus mismas dudas reflejadas en la cara de Carter. Lo que Lucinda le estaba pidiendo no era una ninguna tontería. Les pedía fe ciega a ambos.
Pero aquella era la partida de Lucinda.
Tras una pausa breve y elocuente, Carter se encogió de hombros, resignado.
—Está bien… O sea, sí. Cumpliré su reglamento.
Los jóvenes miraron a Isabelle, como si ella pudiera proporcionarles algún tipo de explicación, pero su expresión era inescrutable. Saltaba a la vista que Lucinda era la que estaba al mando.
—Entonces podemos continuar —dijo Lucinda—. Las normas son las siguientes: me reuniré con vosotros en Parliament Hill, en el parque, a medianoche. Jerry Cole estará conmigo. No debéis interactuar con él aunque os provoque.
Allie se puso tensa.
¿Lucinda iba a estar a cargo de Jerry?
Se acordó de los poderosos brazos de Jerry, aquella noche en la celda del sótano, cuando tiraba de las cadenas que lo sujetaban. Era un hombre fuerte. Demasiado fuerte como para que una anciana como ella pudiera controlarlo. ¿En qué estaba pensando su abuela?
Lucinda prosiguió:
—Una vez que estemos todos, hablaré yo. Nathaniel se dirigirá a vosotros, no me cabe la menor duda. Si os habla directamente, os indicaré si debéis o no contestar. Asentiré con la cabeza. Si asiento una vez, querrá decir que sí. Cualquier otro gesto, querrá decir que me dejéis manejarlo a mí. Esto no admite discusión.
Había añadido la última frase en tono severo, como si esperara que protestaran, pero en realidad a ninguno le apetecía convertirse en el interlocutor de Nathaniel, así que se quedaron callados.
Lucinda tomó su silencio como muestra de conformidad y continuó:
—Os daremos el nombre y la dirección de un lugar seguro en Londres. Tendréis que memorizarlos. Si sucede algo y nos separamos, tenéis prohibido salir en mi busca, o en busca de Raj y sus hombres. No intentéis buscar a nadie de Cimmeria. Marchaos directamente al refugio y esperad. Tan pronto como sea posible, alguien irá a buscaros. ¿Entendido?
Allie sintió un inmenso vacío en el pecho. Aquel era un plan para la derrota.
Intercambió una mirada con Carter y percibió en sus ojos que él también se había dado cuenta.
—Sí —dijo Allie al cabo de un momento, su voz era apenas un susurro—. Así lo haré.
—Yo también —dijo Carter.
Lucinda aceptó sus respuestas sin el menor comentario.
—El último punto del reglamento es el siguiente: preveo que pasará algo. Preveo violencia. Cualquiera de nosotros podría resultar herido. A pesar de que hemos hecho todo lo posible por prevenir tal resultado, por pura práctica y experiencia sé que, por mucho que nos preparemos, nada impedirá que Nathaniel viole las normas del parlamento e intente algo… innecesario. Allie, si a Carter o a mí nos sucediera algo, debes prometerme que huirás. Abandona a esa persona, sea quien sea, sal del parque y acude al refugio. No hay dudas que valgan. Necesito que me lo prometas.
Allie se quedó mirando el portátil, horrorizada. De repente un recuerdo brutal atravesó sus pensamientos como un picador de hielo. Jo yacía en un charco de sangre sobre la calzada helada. Sola.
Apretó con fuerza los labios y negó con la cabeza, pero antes de que pudiera abrir la boca, Carter alargó un brazo. El chico le soltó los dedos que había clavado sin darse cuenta en el reposabrazos de la butaca y le cogió la mano.
Ella lo miró sin dejar de menear la cabeza; ya sabía qué iba a decirle Carter.
—Di que sí.
—No, Carter. —Los ojos de Allie le suplicaban que la entendiera—. No puedo.
—Allie, Lucinda tiene razón. Pase lo que pase, tienes que huir. Estaré bien. Te lo prometo. Di que sí. —La mirada de Carter era firme y su mano era cálida.
¿Pero cómo iba a hacerlo? No podía abandonar sin más a Carter y a Lucinda si los herían. ¿Y si la necesitaban?
—Allie. —La arrogante voz de su abuela interrumpió sus pensamientos—. Necesito que me des tu palabra; si no, no hay trato. Te quedas en el colegio y yo me reúno a solas con Nathaniel. Y ya sabes qué significaría eso para el colegio y tus amigos. Sabes de lo que es capaz Nathaniel.
Al otro lado de la mesa, Isabelle emitió un débil quejido de desaprobación, pero Allie no la miró. Sus ojos estaban puestos en Carter.
La mirada del chico no había vacilado.
—Di que sí.
Allie apartó la mirada. Estaba muy confusa. Dejó caer la cabeza hacia atrás y la apoyó sobre el frío cuero de la butaca. No podía mirarlo a la cara y decirlo al mismo tiempo.
—Sí —susurró. Se le habían saltado las lágrimas—. Está bien. Vale. Lo haré.
—Muy bien. —La voz de Lucinda no traslucía emoción alguna.
En aquel momento, Allie detestó a su abuela casi tanto como a Nathaniel. La acababa de obligar a abandonar a su suerte a Carter, igual que a Jo. ¿Y para qué? ¿Para defender un poder en el que no creía? ¿Por un dinero que no deseaba?
No. Para impedir que Nathaniel haga daño a más gente.
Aun así. Ni por ese motivo. Sabía que jamás podría hacerlo. De verdad que no.
Lucinda no había acabado todavía. Su voz salió del ordenador, fría y distante:
—¿Carter?
El chico, que todavía sujetaba la mano de Allie, miró hacia el portátil, como si ya se lo esperara.
—Sí, dígame.
—También necesito que me des tu palabra. Aunque, en tu caso, este punto del reglamento es algo distinto. Me han dicho que eres un joven fuerte, resuelto y en quien se puede confiar. También que te preocupas mucho por mi nieta. De modo que para ti la regla es la siguiente: si nos sucediera algo a Allie o a mí, deberás sacarla a ella del parque. Debes alejarla de Nathaniel cueste lo que cueste y llevarla al refugio. No te separes de ella en ningún momento, por el motivo que sea. Si resulto herida yo, no permitas que Allie me socorra. ¿Tengo tu palabra?
Allie apretó los dedos de Carter.
Él se volvió a mirarla. Sus ojos eran oscuros e infinitos, cálidos y dignos de confianza. Tan próximos y cariñosos como la familia. Tan necesarios como el oxígeno.
Salta.
—Lo prometo —dijo Carter.
—Muy bien. —El tono enérgico y autoritario de Lucinda no delató ninguna emoción—. Entonces estamos todos de acuerdo. Ahora volvamos a repasar el plan…