Night School. Resistencia
Treinta y siete
Por un instante, Allie se quedó inmóvil. Estaba mareada. Era como si las luces de la ciudad que se extendían al pie de la colina giraran a su alrededor.
Abuela.
Se puso en pie torpemente y echó a correr hacia ella. Oyó vagamente la voz de Carter que la llamaba, pero siguió avanzando. No estaba muy lejos de Lucinda, pero los pasos se le hicieron eternos. Como si el mundo entero fuese a cámara lenta.
Oyó que Nathaniel le hablaba a su abuela, aunque lo que decía no tenía ni pies ni cabeza, y le cogía la mano.
Entonces Allie se arrodilló junto a él. Las luces de Londres alumbraron una mancha roja que brotaba de la impecable blusa de seda blanca de Lucinda. Justo encima del corazón.
—¿Abuela? —Allie estaba temblando. Los dientes le castañeteaban cuando alargó la mano hacia aquella mujer que conocía desde hacía apenas unos meses. A la que había visto pocas veces.
Nathaniel estaba pálido y demacrado. Presionaba la herida de Lucinda con las dos manos. La sangre borboteaba entre sus dedos.
El hombre siseaba entre dientes.
—Oh, Dios mío, Lucinda —susurraba. La voz se le entrecortaba. Y Allie advirtió que las manos le temblaban.
Es grave, pensó Allie. Muy, muy grave…
—Allie.
La voz de Lucinda sonó inesperadamente fuerte. Al oírla, Allie se sintió mejor. Parecía estar bien. Sí, había perdido un montón de sangre, pero se pondría bien. Llamarían a una ambulancia.
—Estoy aquí —dijo Allie, conteniendo un sollozo—. Te llevaremos al hospital.
Su abuela alargó una mano resbaladiza de sangre y la agarró de la muñeca.
—Tu promesa. —Lucinda le sostenía la mirada con ojos fieros y grises—. Cumple tu promesa.
El cerebro de Allie no respondía. Habían pasado muchas cosas. Se quedó mirando a Lucinda sin comprender.
—¿Mi promesa?
Alguien agarró a Allie por detrás y la puso en pie bruscamente.
La mano de Lucinda resbaló de su muñeca y la soltó.
—¡No! —gritó Allie, debatiéndose entre aquellos brazos, dando codazos a un torso musculoso. Pero las manos solo la agarraron más fuerte.
—Allie —dijo Carter con gravedad —. Tenemos que irnos.
Ella dejó de pelear.
A sus pies, Nathaniel seguía presionando la herida de Lucinda y hablando en voz baja:
—Quédate conmigo, Lucinda. Por favor. No me hagas esto. No te vayas. ¿Me oyes? Te necesito.
—¿Irnos? —Allie se quedó mirando a Carter—. No podemos irnos. Lucinda…
—Lo prometiste —dijo él, mirándola fijamente, como si quisiera obligarla a recordar —. Dijiste que huirías.
De repente, Allie comprendió a qué se refería. La conversación que habían tenido en el despacho de Isabelle. La insistencia de Lucinda en que jurara que la abandonaría si la herían.
Por primera vez, se fijó en la escena que los rodeaba. Un montón de gente vestida de negro había invadido la cima. Los guardias de ambos bandos los rodeaban; era imposible distinguir a los buenos de los malos. Había gritos y gente peleando por todas partes. Era un caos.
Por una milésima de segundo, le pareció ver la trenza de Nicole que revoloteaba mientras pateaba a un hombre en la cara y lo estampaba contra un árbol. Luego los dos contendientes se adentraron en la oscuridad y ya no pudo verlos.
Allie pensó que aquella escena, propia de una pesadilla, parecía sacada de los frescos de la biblioteca de Cimmeria. Un montón de gente, con la cara desfigurada por el odio, intentaba matarse mutuamente.
Carter no esperó a que respondiera. La agarró de la mano con fuerza y echó a correr colina abajo, en dirección a los árboles, pasando por entre las peleas y llevándosela casi a rastras.
Mientras corrían, Allie volvió la vista atrás. Lucinda seguía en el suelo y Nathaniel estaba encorvado sobre ella. Luego irrumpieron más luchadores y le taparon el campo de visión.
Entre ellos vio el destello de una melena rubia oscura y una cara angulosa y familiar. Con un sobresalto, Allie se dio cuenta de que era Isabelle, y estaba peleando contra un hombre mucho más grande que ella. La directora giraba y esquivaba los golpes, luego saltó en el aire y propinó una patada seca y certera en la mandíbula del contrincante. El tipo se desplomó como un muñeco.
Caray, Isabelle sabe pelear, pensó Allie, deslumbrada. Después apareció por detrás de la mujer otro hombre que trató de golpearla en la cabeza.
Allie abrió la boca para avisarla, pero la directora, como si hubiese notado la presencia del hombre que tenía detrás, esquivó el golpe y luego se lanzó contra su atacante.
Seguían volando patadas y puñetazos cuando Carter tiró de Allie hasta el bosque y la visión de la pelea desapareció.
Lucinda, Isabelle, la sangre y el combate; todo parecía sacado de un sueño que al mismo tiempo resultaba muy real. Allie no soportaba la idea de marcharse. Al cuerno con las promesas. Tenían que echar una mano. Tenían que hacer algo.
Se resistió a avanzar y tiró de la mano de Carter.
—Deberíamos quedarnos y luchar —protestó, señalando hacia el campo de batalla que habían dejado atrás—. Necesitan nuestra ayuda.
—No podemos —dijo Carter agarrándola de la mano—. Por algo hicimos la promesa. Ya has visto lo que le ha pasado a Lucinda.
Allie quiso decirle que precisamente por eso debían quedarse. Tenían que ayudarla. Tenían que ayudarlos a todos. Pero antes de que pudiera decir nada, un brazo grueso y musculoso le agarró el cuello desde atrás y, de un tirón, la levantó del suelo y se la llevó.
—¡Allie! —Carter se giró hacia ella, pero alguien lo agarró y lo tiró al suelo. Ambos cuerpos cayeron con un ruido sordo.
—¡Carter! —Allie luchaba por soltarse de aquellos brazos implacables. Quienquiera que fuese la tenía agarrada muy fuerte, y en cuestión de segundos se encontró de vuelta en el caos de la cima.
Allie tiró de aquellos brazos y les clavó las uñas. Pero parecían de acero.
Cuando notó en la espalda los pectorales musculosos del hombre, se le puso la piel de gallina.
De repente se le heló la sangre en las venas. Gabe la había agarrado del mismo modo aquella noche en el bosque con Sylvain. ¿Sería Gabe otra vez?
Se retorció entre los brazos e intentó ver quién la sujetaba. Resultó ser una mala idea. La presión en torno a su cuello aumentó.
—Me gusta cuando te resistes —siseó una voz en su oído—. Venga, hazlo otra vez.
El agresor le apretó el cuello sin piedad. La estaba asfixiando.
Allie ya no podía respirar. No se podía mover.
El corazón le martilleaba las costillas mientras trataba inútilmente de aspirar aire por la boca.
En sus ojos bailaron unas manchas luminosas como luciérnagas.
Se acabó, pensó Allie, asustada. Me va a matar.
Entonces, sin previo aviso, el hombre se sacudió. Los brazos la soltaron y ella cayó al suelo entre jadeos, esforzándose por respirar. Tenía el cuello magullado.
Cuando alzó la vista, Gabe yacía junto a ella y le salía sangre de la cabeza. Christopher estaba de pie encorvado sobre él y sostenía una porra.
Durante un segundo, Allie se quedó inmóvil. Permaneció en el suelo y miró a su hermano sin dar crédito.
Christopher alargó la mano y la ayudó a ponerse de pie.
—¿Estás bien?
Ella se limitó a asentir; estaba demasiado alucinada para hacer otra cosa.
—Lucinda. La abuela. Alguien le ha disparado.
Él frunció los labios.
—Sí, lo he visto.
Por un segundo hubo una frágil conexión entre ellos. Familia. Sangre. Pérdida.
—¡Apártate de ella! —Carter surgió de la oscuridad y se arrojó sobre Christopher. Estaba empapado en sudor y tenía los puños apretados.
Christopher se puso en posición defensiva y preparó la porra.
—¡No! —Allie se interpuso entre ambos—. Carter. Es mi hermano. Es Christopher.
—¿Ah sí? —Carter sabía todo lo que Christopher había hecho y siguió avanzando hasta que solo el cuerpo de Allie los separaba—. Entonces más vale que te apartes ahora mismo.
—Acaba de salvarme la vida, Carter. —Allie alzó la voz y presionó las dos manos contra el pecho del chico—. Para.
A regañadientes, Carter retrocedió. Luego volvió su atención a Allie.
—Tenemos que irnos ya.
La mirada de Allie se desplazó hasta la de su hermano. No quería dejarlo allí. Gabe seguía tendido en el suelo y gemía. Cuando recuperara la consciencia…
Christopher decidió por ella:
—Tiene razón —dijo—. Largaos de aquí. Yo os cubriré.
—¿Estás seguro? —preguntó Allie, dubitativa.
—No me pasará nada —prometió—. Marchaos tan rápido como podáis.
Carter tiró de ella, pero Allie se dio la vuelta.
—Quería… —Allie titubeó. No sabía qué quería—. Gracias, Chris.
Su hermano respondió con una sonrisa agridulce.
—No hay de qué, gatita. Ya era hora de que hiciera algo útil. Y ahora, vete.
Allie se giró y echó a correr junto a Carter, sorteando los grupos de luchadores. Al tiempo que corría, escudriñaba el páramo en busca de caras conocidas.
Vio cómo Zelazny clavaba un codo en la espalda de otra persona y luego lo remataba con un brutal puñetazo en la nuca. A su lado, Eloise giraba como un derviche, repartiendo patadas y puñetazos.
A lo lejos creyó ver a Zoe atravesando el césped como un ave de presa. O por lo menos, deseó que fuera ella.
Entonces alcanzaron el lindero del bosque y se pusieron a salvo. Aliviados, se adentraron rápidamente en la oscuridad.
Solo habían dado unos pocos pasos cuando una voz les gritó:
—Ni un paso más.
Un tipo vestido de negro salió de entre los árboles.
—¿Adónde creéis que vais?
Allie entrecerró los ojos en la penumbra. No le sonaba la cara.
Es uno de los otros.
—Oye —dijo Carter levantando las manos—. No queremos problemas. Ya nos íbamos.
El hombre se acercó a ellos, con los ojos clavados en Allie. La muchacha había aprendido a darse cuenta de cuándo alguien la reconocía. Aquel tipo sabía exactamente quién era ella.
—Tú puedes marcharte. —El hombre no despegó los ojos del rostro de Allie en ningún momento. La expresión del tipo hizo que a ella se le erizara el vello—. La chica se queda conmigo.
Carter fue directo hacia él.
—Ni lo sueñes.
Le dio un puñetazo al hombre en el estómago, tan rápido que para Allie no fue más que un borrón. Un segundo antes, el tipo estaba de pie mirándola fijamente y ahora estaba doblado sobre sí mismo y vomitaba en el suelo.
Carter regresó junto a Allie con expresión feroz.
—Vámonos —dijo.
Esta vez ella no protestó.
Cuando salieron del parque, la luz de las farolas los cegó.
Un autobús los adelantó con un ruido ensordecedor y Allie miró a su alrededor, desorientada. No tenía ni idea de dónde se encontraban. No habían ido a parar a la elegante Tanza Road, sino a un lugar totalmente distinto. Estaban en una amplia avenida en pendiente, repleta de coches y autobuses a pesar de ser pasada la medianoche.
Tenían que salir de allí, pero le resultaba imposible concentrarse.
En su cabeza aún seguía viendo la sangre saliendo a borbotones de la blusa blanca de Lucinda. Con voluntad de hierro, se obligó a apartar aquella imagen de su mente.
Ya tendría años para llorar lo sucedido aquella noche.
Pero ahora no.
Vio que Carter estaba igual de perdido y eso la ayudó a calmarse. Era ella la que había crecido en la ciudad. Tenía que ser ella la que los condujera al lugar seguro.
La ciudad nunca calla. Nunca está desierta. En la misma acera había otra gente. Gente normal.
Se preguntó qué pinta debían de tener a ojos de los demás viandantes. Eran un par de chavales manchados de sangre y desastrados vagando por un barrio rico en plena noche. Alguien podía llamar a la poli.
Se apartó los mechones que tenía pegados a la frente con el sudor y adoptó la expresión indiferente que cualquier londinense acaba adquiriendo con el tiempo.
Unos chavales de su edad, vestidos con sudaderas con capucha, doblaron la esquina y se dirigieron hacia ellos. Allie vio que Carter se erguía, listo para el combate.
—Relájate —dijo Allie, tanto para sí como para él. Le sorprendió hasta qué punto su voz parecía tranquila. Controlada.
El grupo de adolescentes los adelantó sin prestarles atención.
Allie esperó hasta que estuvieron lo bastante lejos para volver a hablar:
—Oye, no sé dónde estamos —dijo tranquilamente.
Carter se palpó los bolsillos y la miró con aire desamparado.
—No llevo el GPS. Se me habrá caído durante la pelea.
Allie se mordió el labio y miró alrededor; no había nada que le sonara.
—Voy a pararme un segundo —dijo—. Tú… sígueme el rollo.
Se acercaron a un viejo pub que había al final de la calle. Allie se acercó a la puerta, se agachó y simuló que se ataba los cordones. Mientras tanto, comprobó los carteles que había alrededor.
Spaniard’s Inn… Spaniard’s Road…
Visualizó mentalmente el mapa del norte de Londres que Raj y Dom habían proyectado en la pared. No era ninguna de las calles que les habían dicho que buscaran y le llevó un rato ubicarla. Cuando lo consiguió, se desanimó todavía más.
—Mierda. —Allie se incorporó—. Estamos en el lado equivocado del puñetero parque, Carter.
Él alzó las manos.
—¿Por dónde se va al refugio?
Ella apuntó hacia la carretera larga y sinuosa que discurría junto al oscuro parque.
—Por ahí —dijo en tono lúgubre—. Es un buen trecho.
Él no protestó:
—En marcha.
El parque de Hampstead Heath tenía una extensión de varios kilómetros. A aquellas alturas los matones de Nathaniel debían de estar por todas partes. Tenían que alejarse de allí, y rápido.
Allie se presionó la frente con los dedos y trazó mentalmente la ruta.
—Vale —dijo segundos más tarde—. Ven conmigo. Creo que sé por dónde ir.
Allie echó a andar a paso ligero y Carter no vaciló, caminó cerca de ella y se dejó guiar.
La necesidad de organizarse y pensar en la logística despejó la neblina mental de Allie. Tuvo la sensación de que podía manejar la situación. Tenían que salir de allí. Se concentraría en eso. Necesitaban llegar al refugio. Eso era lo único que importaba ahora.
Un pie y luego el otro…
Llevaban diez minutos andando rápido por la bulliciosa calle cuando giraron hacia una bocacalle residencial bordeada de árboles y casas bien cuidadas. A aquellas horas ya no se veía ninguna luz en las ventanas. Tampoco pasaban coches.
Era una zona tranquila. Las suelas de goma de sus zapatillas rechinaban en la impoluta acera. El volumen de sus respiraciones parecía demasiado alto.
Aunque Allie intentaba controlarse, asaltaron su cabeza algunas instantáneas del parque. La expresión fiera en el rostro de Lucinda. El brillo apagado de su anillo de diamantes cubierto de sangre.
Una parte de Allie se negaba a aceptar lo que había sucedido en realidad. Lucinda Meldrum no podía haber recibido un balazo. A la gente como ella no le ocurren esas cosas. Está protegida. A salvo.
Aún veía el semblante atormentado de Nathaniel. Oía el tono de súplica en su voz: «Quédate conmigo, Lucinda. Por favor».
—¿Le ha disparado él? —Las palabras le salieron solas. No había querido decirlo en voz alta.
Aunque estaba oscuro, Carter parecía pálido. El flequillo oscuro se le había pegado a la frente, empapada en sudor.
—¿Quién? —preguntó—. ¿Nathaniel?
—Sí —dijo Allie—. ¿Ha sido él?
—Yo he visto dos pistolas —dijo Carter—. La de Gabe y la de Jerry. No creo que haya sido Nathaniel.
—No —coincidió Allie—. De hecho, parecía muy afectado. —Meneó la cabeza —. No lo entiendo… Pensaba que la odiaba.
—A veces el amor y el odio se parecen mucho —dijo Carter.
Lo dijo con un hastío impropio de su edad, y Allie lo observó con curiosidad. Pero Carter miraba hacia otro lado.
Torcieron por otra calle, igual de silenciosa que la primera. Estaban a medio camino cuando Allie reunió el valor para formular la pregunta que más temía:
—¿Crees que está muerta?
Carter se volvió a mirarla y aflojó el ritmo. No parecía estar muy seguro de cómo responder a la pregunta.
Finalmente asintió con reticencia:
—Creo que sí.
Un inmenso dolor la invadió y se instaló de nuevo en su corazón.
Apenas había conocido a su abuela, pero era de su familia. Y desde su primer encuentro había creído en su nieta. Había confiado en ella.
Ahora ya no quedaba nadie en su familia que sintiera algo así por Allie.
Tardaron casi una hora en llegar a la dirección que Raj les había obligado a memorizar.
El número 38 de Carlton Lane era un edificio de tres plantas anodino con un cartel descolorido en el que se podía leer: The Drop Inn B&B.
—Esto está hecho polvo —dijo Carter observando el portal—. ¿Por qué habrán escogido este sitio?
—Ni idea. —Allie miró alrededor como si fuese a encontrar la respuesta en algún rincón de aquella calle insalubre. Aunque era muy tarde, aún quedaban clientes en el bar de la esquina y tenían pinta de estar a punto de pelearse.
—Así es Kilburn. Todo está hecho polvo.
—¿Qué es Kilburn? —preguntó Carter.
—Este barrio —dijo ella. Y cambió de tema; en aquel momento no le apetecía explicarle cómo eran los barrios del norte de Londres—: ¿Quieres ir primero? Yo aguantaré la puerta por si hay que salir por patas.
Estaba segura de que la dirección era la correcta, pero Raj no había comentado que fuera una pensión. Tampoco había mencionado que la calle fuese tan tétrica, ni quién los estaría esperando. Tal vez no pensaba que fueran a necesitar aquel escondite.
Carter subió las escaleras delanteras y llamó al timbre. Allie se quedó detrás de él, vigilando la calle.
No pasó nada.
Carter la miró desde arriba y Allie se encogió de hombros.
Volvió a llamar.
Esta vez oyeron unas fuertes pisadas en las escaleras de dentro. Luego el chasquido metálico de tres cerrojos. Y de repente la puerta se entreabrió, bloqueada por una cadena de seguridad.
Una cara sombría los fulminó con la mirada.
—Es la una de la madrugada, maldita sea.
Era el típico acento del norte de Londres. El hombre sonaba muy cabreado. Y era enorme.
Carter vaciló, y Allie se puso junto a él.
—Somos huéspedes de Raj Patel. —Era lo que Raj les había dicho que tenían que decir, pero ella añadió, arrepentida—: Sentimos mucho molestarle a estas horas.
El hombre les cerró la puerta en las narices.
Allie y Carter intercambiaron una mirada sin dar crédito a lo que acababa de suceder. A lo mejor se habían equivocado de sitio, después de todo.
Pero entonces oyeron el ruido de la cadena y la puerta se abrió para mostrarles a un hombre alto, vestido con una bata azul.
—Será mejor que entréis.