Night School. Resistencia

C.J. Daugherty · Capítulo 18 de 40

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Night School. Resistencia

Dieciocho

—¡Agárrame la muñeca! —El tono de Carter era más cortante que el puñal que sostenía en la mano. Allie le agarró la muñeca con todas sus fuerzas, pero él le retorció el brazo de tal manera que la hoja acabó apuntando a su propia garganta.

—Estás muerta —dijo él—. Inténtalo otra vez.

A Allie le escocían los ojos del sudor que le caía por la cara. Llevaban casi una hora practicando con las armas. Si ya estaba cansada al terminar el entrenamiento de la Night School, ahora sus músculos eran como de mantequilla.

Al otro lado de la sala, Rachel apuntó con la pistola a Zoe pero, en un abrir y cerrar de ojos, la niña lanzó el arma por los aires de un puntapié.

Rachel se agarró la mano que Zoe le acababa de patear y miró a la chiquilla con una mueca de dolor.

—Ay… Ha estado genial, Zoe. Tú sigues viva. En cambio, yo voy a necesitar cirugía reconstructiva.

—¡Bien! —Zoe levantó el puño en señal de victoria.

—Otra vez, Allie. —Carter la devolvió a lo que estaban haciendo—. Necesitas práctica.

Ella apretó la mandíbula y se encaró con él una vez más.

—Vale —dijo Allie con los dientes apretados—. Vamos allá.

Carter hizo ademán de apuñalarla en el abdomen. Ella saltó hacia atrás muy rápido. Demasiado rápido. Tropezó y cayó como un peso muerto sobre el tatami.

Una rabia cegadora le incendió las entrañas.

Se puso en pie de un salto y avanzó hacia Carter, tan enfurecida que apenas lo veía. Apuntándole al cuello, le lanzó una patada brutal.

Sylvain se interpuso entre ellos y paró el golpe con un brazo.

—Basta. —Sylvain se volvió a mirar a Allie—. Contrólate.

Mientras se pasaba una exhausta mano por el pelo sudoroso, Allie le lanzó una mirada cargada de resentimiento.

—Mira, sé perfectamente por qué estáis haciendo esto —dijo ella—. Ya podéis… cortar el rollo. No os va a funcionar.

—Hacemos esto porque queremos ayudarte —dijo Nicole.

Allie estaba demasiado cansada para seguir con aquel teatrillo y la fulminó con la mirada.

—Y una mierda. Por lo menos hablemos claro ahora. Raj os ha pedido que hicierais esto, ¿verdad? Porque quiere que cambie de opinión sobre el parlamento.

Por un instante, nadie abrió la boca.

—Lo hemos hablado con Raj, sí —dijo Sylvain, escogiendo las palabras—. Se le ocurrió que sería buena idea que empezáramos el primer entrenamiento sin avisarte. Para que aprendieras a reaccionar instintivamente.

Allie sintió que el corazón se le encogía, al mirar aquellos ojos azul cobalto.

—Sylvain… —Se había quedado muda. Era prácticamente su novio. Ella había guardado cuidadosamente el collar que él le había regalado para que no le pasara nada durante el entrenamiento. Él le había dicho que la quería. ¿Y aun así había permitido que le tendieran una emboscada?

La traición la hirió.

—¿Cómo has podido…? —Allie no sabía qué decir—. ¿Por qué no viniste a hablar conmigo?

—¿Me habrías escuchado? —preguntó él.

Allie encorvó la espalda.

—Podrías haberlo intentado.

—Un momento, Allie. —Rachel, la eterna mediadora, se interpuso entre ellos—. Sylvain sugirió otras posibilidades, pero mi padre pensó que era lo mejor. Pensó que si acudíamos a ti por separado no surtiría el mismo efecto y que esto te recordaría cómo es lidiar con Nathaniel. Porque nunca actúa de la manera que esperas. No nos gustaba la idea pero…

—Pero lo habéis hecho igual —Allie susurró las palabras.

La desesperación la invadió.

¿Por qué siempre tengo que estar peleando?, se preguntó. Hasta con mis amigos.

La mirada de Allie se dirigió rápidamente hacia donde estaba Carter, algo alejado del grupo. Había hablado muy poco y parecía descontento, pero tampoco es que estuviese de parte de Allie.

Rachel continuó hablando.

—En realidad aceptaste ir a la reunión sin pararte a pensarlo detenidamente. Lo que queríamos era… bueno, impresionarte. Hacerte ver lo serio que es esto.

—¿Pensáis que no sé lo serio que es esto? —Allie alzó la voz de una manera muy brusca y Rachel se sobresaltó.

Quería decir más cosas, pero se contuvo. Tenía que analizar la situación de manera racional. Aquellos eran sus mejores amigos. Debía de haber cometido un error grave o no habrían llegado a esos extremos para demostrarle cómo se sentían. Los había asustado. Los había hecho sentir impotentes.

Allie se rodeó el torso con los brazos y miró aquellas caras familiares. Gabe o Nathaniel habían herido a todas las personas que se encontraban en la sala. A algunas más que a otras. Habían pegado a Nicole y la habían herido de gravedad en la pierna; habían golpeado a Carter hasta dejarlo inconsciente, y podía haber muerto; habían pegado y rajado a Rachel; habían pegado a Zoe y a Sylvain.

No era de extrañar su disgusto al ver que ella los estaba metiendo en todo aquello otra vez sin ni siquiera consultárselo. Seguro que pensaban que no le importaba lo que sentían. Que los volvía a poner en peligro por capricho.

Toda su ira se disipó.

—Lo siento —dijo Allie mansamente. Desde el otro lado de la habitación, Carter alzó la cabeza de repente y sus miradas se cruzaron—. Ya lo he pillado, ¿vale? Le podéis decir a Raj que he captado el mensaje. ¿Por qué no lo hablamos mañana? Nos prepararemos como es debido. Estaremos listos. Y no… —Las ganas de llorar le hicieron un nudo en la garganta. Se obligó a terminar la frase—. No haré nada con lo que no estéis de acuerdo.

Necesitaba salir de allí. De repente la habitación había encogido. Salió por la puerta dando traspiés, con los ojos nublados por las lágrimas.

—Allie… —Sylvain alargó la mano hacia ella, pero Allie se apartó.

—Me tengo que ir.

 

El día siguiente amaneció húmedo y gris. El ambiente era agobiante, tan cálido y pesado que podía cortarse con tijeras.

Al terminar la última clase, Allie se dirigió hacia la escalinata principal. Caminaba agarrotada y, cada vez que la cartera cargada de libros le rebotaba contra la cadera, sus músculos se quejaban.

Nadie mencionó lo ocurrido en todo el día. Todos evitaban a Allie.

Aunque ella entendía sus motivos, le habría gustado que creyeran en ella. Ojalá entendieran por qué había aceptado ir a parlamentar. No había otra salida.

A fin de cuentas Allie tampoco era una suicida total. Sabía perfectamente que la reunión era una trampa. Y no tenía ninguna intención de caer en ella.

Dom tenía razón. No todas las trampas atrapan su presa.

Además, pensó al cruzarse con un grupo de guardias, ahora mismo el colegio es una trampa más grande que ese parlamento.

Qué caray, la vida es una trampa si te paras a pensarlo. Nadie sale vivo de ella.

Casi había llegado al final de las escaleras cuando Zoe, que había ido corriendo hacia ella, la tomó de la mano.

—Date prisa —dijo Zoe tirando de ella—. Isabelle quiere verte.

—Genial —suspiró Allie. No estaba de humor para una de las charlas de Isabelle —. ¿Tengo que ir?

Zoe la miró como si Allie hubiese perdido la cabeza.

—Sí.

De mala gana, Allie siguió bajando hasta el despacho de Isabelle, aunque sin aligerar el paso. Desde la reunión en la capilla, cada vez que hablaban, Isabelle intentaba disuadirla de acudir al parlamento. No tenía la menor duda de que Isabelle también estaba implicada en lo que había ocurrido la noche anterior.

Cuando llegó a la planta baja, tomó el pasillo que conducía al despacho de Isabelle, ubicado en el hueco de las escaleras. Una vez ante la puerta, levantó la mano para llamar.

Oyó un murmullo de voces alteradas que provenían del despacho y detuvo la mano en el aire. Arrugando el ceño, se inclinó hacia adelante para oír mejor lo que estaba pasando dentro.

—Lucinda, es una pésima idea. —El tono de Isabelle era tajante.

A Allie le dio un vuelco el corazón. ¿Su abuela estaba allí? ¿Ahora mismo?

Pegó la oreja a la puerta, pero no distinguió la respuesta de su abuela; la voz era demasiado leve. Fuese lo que fuese, había provocado el enfado de Isabelle.

—Solo es una niña —oyó que decía Isabelle—. Debería preocuparse por los exámenes de acceso a la universidad y no por seguir con vida. No permitiré que la hagas pasar por este trago.

Después la directora bajó la voz y sus palabras se perdieron en el grueso revestimiento de roble.

Allie llamó a la puerta preguntándose qué habría dicho Lucinda. La conversación cesó.

—Adelante —dijo Isabelle, pasados unos segundos. Su voz había recuperado el aire de calma y autoridad que la caracterizaba.

Allie se apresuró a entrar. En el despacho de Isabelle todo estaba como siempre: el imponente escritorio a un lado, los archivadores, los armarios.

Sin embargo, aparte de la directora, allí no había nadie.

Durante un momento de confusión, Allie se fijó en los rincones de la habitación como si su abuela fuese a estar escondida detrás de algo.

Allie carraspeó.

—Zoe ha dicho que querías verme.

—Ya está aquí —dijo Isabelle, dirigiéndose al escritorio.

—Oh, estupendo. Allie, gracias por venir. —La voz de Lucinda emergió, débil y metálica, del móvil que tenía delante Isabelle sobre el protector de cuero verde del escritorio—. Creo que ya va siendo hora de que hablemos.