Night School. Resistencia
Veintiuno
En los días que siguieron, Allie no tuvo mucho tiempo de preocuparse por Sylvain. Los entrenamientos de la Night School eran cada vez más intensos. Raj los presionaba aún más. Quería que aprendieran artes marciales todavía más complicadas. Había aumentado las horas de entrenamiento. Y cada vez exigía más de ellos. A aquellas alturas, todos los alumnos practicaban con las armas, y la tensión en el ambiente era máxima.
Cada noche Raj y los demás instructores circulaban por la sala voceando críticas y exigencias. Les pedían constantemente que fueran más rápidos. Que golpearan más fuerte.
A Allie no le importaba. Se sumergía en el esfuerzo físico del entrenamiento. Corría hasta el agotamiento. Hacía kick boxing hasta notar los músculos como de plastilina. Practicaba los movimientos precisos y feroces de las artes marciales hasta que le dolía todo el cuerpo.
Era el único momento del día en el que su mente estaba en paz. El único momento en el que no dudaba de sí misma. En el que no se preocupaba por Sylvain o por Carter.
O por Rachel.
Su amiga cada vez iba más rezagada en el grupo de la Night School. Todo el mundo sabía que no estaba hecha para aquello, pero se empeñaba en seguir entrenando.
Allie no soportaba verla esforzarse tanto.
Las noches en que Raj entrenaba con ellos era todavía peor. Tal y como Carter y Allie habían previsto, era aún más duro con su hija.
—Esa patada es demasiado baja, Rachel —le había dicho Raj una tarde, cuando ella intentaba golpear el cuello de Nicole. Rachel se había tomado la crítica estoicamente. Nicole había clavado una mirada de desaprobación en Raj, como deseando que la dejase en paz.
—Tienes que ser rápida. Si no, le estarás ofreciendo a tu oponente un arma más para usar en tu contra —añadió Raj—. Todo esto no sirve de nada si dejas que te retuerzan o te rompan algún miembro y te dejen más débil de lo que estás.
Rachel llevaba un buen rato tratando de dominar aquella llave. Como la mayoría de alumnos ya la habían aprendido, se habían parado a contemplar la escena.
—Lo intento… —A pesar de todo, el tono de Rachel era razonable. Pero estaba roja como un tomate de la vergüenza y el sobresfuerzo. El sudor le corría por las mejillas. Se había recogido la larga y rizada melena en una coleta que, a cada movimiento, rebotaba con una frescura que resultaba irónica.
Se trataba de una maniobra sencilla. Lo único que tenía que hacer era bloquear con el antebrazo el arma falsa que Nicole llevaba en una mano, y después propinarle una patada por debajo de la barbilla y derribarla.
Los demás lo habían conseguido a la primera.
—Inténtalo otra vez. —La voz de Raj era gélida—. Con más ganas.
Allie estaba observando los torpes movimientos de Rachel y haciendo muecas de dolor cuando Carter se le acercó. Intercambiaron una mirada de preocupación.
—No mejora… —Carter susurró las palabras al oído de Allie. La calidez de su aliento le provocó un escalofrío que le recorrió la columna.
—Eso parece —dijo ella, cuando Rachel se preparaba para intentarlo de nuevo.
En esta ocasión, la patada de Rachel fue demasiado alta. Nicole tuvo que saltar hacia atrás y Rachel casi se da de bruces contra el suelo por el impulso.
—Sigue sin estar bien —dijo Raj con los dientes apretados—. Nadie va a salir de aquí hasta que lo hagas bien. Nos quedaremos toda la noche si hace falta.
Jerry le dijo algo a Raj, aunque demasiado bajito para que Allie pudiera oírlo. Raj lo alejó con un gesto de la mano.
—No. Tiene que hacerlo bien.
Carter dirigió una mirada elocuente a Allie.
—¿Qué problema hay? —Zoe se les acercó—. Es una llave sencilla. No veo el problema.
Todos estudiaron la postura de Rachel, buscando un modo de echarle una mano, mientras ella, que aún jadeaba por el intento anterior, apretaba la mandíbula e intentaba hacer bien la maniobra.
—¿Qué está haciendo mal? —murmuró Allie, girándose ligeramente hacia Carter para que pudiera oírla—. ¿Es que no coloca bien la pierna?
Carter meneó la cabeza con aire pesimista.
—Es una cuestión de condición física. De fuerza.
Esta vez, cuando Rachel dio la patada, el pie aterrizó en el lugar correcto. Nicole hizo una finta hacia un lado, lanzó un puñetazo y Rachel lo bloqueó.
Allie echó la cabeza hacia atrás en señal de alivio. Lo había conseguido.
Nicole, visiblemente satisfecha, palmeó el hombro de Rachel.
—Ha sido correcto —dijo Raj en tono despectivo—. Tienes que mejorar.
Pero todas y cada una de las personas que había en la sala sabían que Rachel no podía hacerlo mejor. Y Allie no tenía ni idea de qué podía hacer. Si dejaban que Rachel fuera al combate en esas condiciones, acabaría muerta.
Algo tenía que cambiar.
Aquella noche, después del entrenamiento, Allie salió del vestuario al mismo tiempo que Carter y echaron a andar juntos. Ella lo miró de reojo. El chico miraba al frente con el ceño fruncido, como si estuviese preocupado por algo.
—¿Qué diablos vamos a hacer con Rachel? —preguntó Allie en voz baja.
Carter meneó la cabeza.
—Lo hemos intentado todo. Debería abandonar por su propio bien. Y a pesar de todo… no quiere.
—Ojalá supiera cómo convencerla —dijo Allie—. Pero es que me puse tan borde al principio que ahora me evita cuando sale el tema. —Dejó escapar un suspiro apesadumbrado—. Y no me extraña.
—Tenías tus motivos —dijo Carter.
—A veces creo que no tengo don de gentes —concluyó Allie.
La afirmación arrancó una risita irónica al chico.
—Yo de ti no me preocuparía mucho por eso —dijo él—. A mí no me cae bien la mayoría de la gente y aun así me las apaño bastante bien.
Después de eso, caminaron durante un rato por el estrecho corredor del sótano sumidos en un silencio amistoso. Los fluorescentes del techo, en fila, zumbaban suavemente y proyectaban un resplandor verdoso sobre toda la escena.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo Allie.
Él la miró de reojo.
—Claro.
—¿Estás asustado?
Carter arqueó una ceja.
—Por lo del parlamento —aclaró Allie—. Va a ser un desastre, ¿verdad? Por mucho que nos entrenemos y nos preparemos. Va a dar igual. Se pondrá feo.
Carter negó con la cabeza.
—Asustado, no. Digamos que… me alegraré cuando acabe.
Allie asintió para sí; ella se sentía exactamente igual.
—Ojalá supiera que todo el mundo va a estar bien —dijo Allie.
Habían llegado al pie de las escaleras del sótano. Carter se apoyó en la barandilla y observó a Allie atentamente.
—Sabes que no es culpa tuya, ¿verdad? —dijo él—. Todo esto… —Hizo un gesto vago con la mano—. No es por ti.
Allie, que pensaba que sí que era culpa de ella, se mordió el labio.
—Entiendo lo que dices, pero… A lo mejor habría podido impedirlo si… Yo qué sé. —Casi no se atrevía a pronunciar las siguientes palabras—: Si hubiese hecho lo que Nathaniel quería. Irme con él.
Carter resopló.
—Sabía que pensabas eso. Lo sabía. —Carter la miró de hito en hito—. Mira, Nathaniel va a por ti porque eso vuelve loca a Lucinda. Lo que realmente quiere es el colegio. La organización. Orión. Todo. Contigo o sin ti seguiría armando todo este lío.
Aunque lo que decía Carter tenía sentido, Allie era incapaz de asimilar la lógica.
—Lo entiendo. Pero… tengo la sensación de que os he arrastrado a todo esto. — Miró a Carter, antes de desviar la mirada—. Y no lo soporto. Es tan peligroso…
—Allie, todos hemos tomado una decisión. La misma que tú. Y podemos cambiar de idea. Si voy o no a la negociación es cosa mía. No tuya. —Aunque en tono amable, Carter era tajante—. Y si me pasa algo será culpa mía. No tuya.
Allie se apresuró a mirarlo a los ojos.
—No te va a pasar nada.
Se miraron largamente.
—Vale —susurró él intensamente—. No va a pasar nada.
Un chispazo de conexión, como una corriente eléctrica, sacudió a Allie. Sus miradas no se despegaban.
Creyó ver algo en la mirada de él. Deseo. Y notó cómo sus propias piernas flaqueaban de modo extraño.
Salta.
De pronto, un estallido de risas sobresaltó a Allie. Se dio la vuelta, pero el ruido venía de lejos. Era un grupo de alumnos de la Night School que estaba al final del pasillo.
Cuando se volvió otra vez hacia Carter, fuera lo que fuese lo que había creído ver en sus ojos, había desaparecido. Ahora solo tenía pinta de estar algo aburrido.
Con un suspiro, Carter se puso derecho.
—Se está haciendo tarde. Me tengo que ir.
Subió a grandes zancadas por las escaleras y Allie se sonrojó, mortificada por lo confusos que eran sus sentimientos.
Se me está yendo la olla.
Allie dejó que Carter se le adelantara lo suficiente para asegurarse de que volvería a toparse con él y subió hasta el dormitorio de las chicas inmersa en sus pensamientos. En su cabeza reproducía en bucle la conversación que acababa de mantener.
Cuanto más pensaba en ello, más idiota se sentía.
Carter solo estaba siendo amable. Como son los amigos.
¿Y si se había dado cuenta de que ella lo había malinterpretado?
Las mejillas le ardieron con solo pensarlo.
No se soportaba a sí misma.
Sylvain y ella sí tenían algo, algo real. Cuando él la besaba, ella se derretía. Y ahora volvían a estar bien. ¿Por qué no se dejaba llevar y punto?
¿Por qué no se permitía ser feliz con Sylvain?
Carter y Allie habían salido juntos, pero de eso hacía ya mucho tiempo. Ahora él se estaba esforzando mucho en ser su amigo y ella se estaba comportando como una idiota y lo estaba estropeando todo para todos.
En realidad, lo que más miedo le daba era pensar que, si no iba con cuidado, los perdería a ambos, a Sylvain y a Carter. Tenía que centrarse.
Estaba tan enfrascada en sus pensamientos que prácticamente no se fijó por dónde iba. Tampoco es que importara. Podía recorrer Cimmeria con los ojos cerrados y nunca darse de bruces contra una pared.
Llegó al elegante descansillo del primer piso, con sus grandes ventanales y esas gráciles estatuas que lo vigilaban todo desde las alturas. Cuando torció a la izquierda para subir los peldaños que conducían al piso superior, sus zapatillas deportivas rechinaron en los suelos de roble.
En lo alto de las escaleras, saludó con aire ausente al guardia, que ocupaba su silla habitual, y se encaminó hacia el final del largo y estrecho pasillo, con su hilera de puertas blancas numeradas en negro.
A aquellas alturas se había convencido de que Carter no se había dado cuenta de lo rara que había sido su reacción.
A lo mejor todo salía bien.
Le estaba dando tantas vueltas a la cabeza que, cuando llegó a su habitación, iba con el piloto automático puesto. Apenas fue consciente de estar abriendo la puerta. La fuerza de la costumbre le dictó hasta dónde girar el pomo y cuánta fuerza debía ejercer para empujar la puerta.
Una vez dentro, encendió la luz con la despreocupación que otorga la familiaridad. Dejó caer la cartera en el suelo, en el lugar de siempre.
Solo entonces se dio cuenta de que había alguien de pie frente a ella.
Allie dejó de respirar.
—Hola, Allie —dijo su hermano—. Empezaba a pensar que no vendrías.