Night School. Resistencia
Once
Aquella noche, después de la cena, Allie abandonó el comedor semivacío con la cartera al hombro y se fue con Zoe hasta la sala común, que encontraron extrañamente tranquila.
—Tengo un montón de deberes —se quejó Allie, dejando caer la cartera al suelo —. ¿Los profes piensan que no tenemos vida o qué?
—La escuela es mi vida —dijo Zoe mientras abría una libreta.
—Qué suerte la tuya —dijo Allie en tono lúgubre.
Allie se sentó en el sofá de cuero, sacó los libros y echó un vistazo a las tareas, cada vez más inquieta. Todos los profesores les habían puesto deberes, pero lo peor era Historia. Cuando Sylvain y ella habían vuelto a la clase de Zelazny, se lo habían encontrado mandando un trabajo larguísimo.
—Vamos a ocuparnos —decía el profesor elevando ligeramente la voz, mientras escribía en la pizarra— de la época del Imperio británico. En concreto, hablaremos del Gobierno y de las distintas ramificaciones…
Zelazny se había enrollado con el tema como una persiana.
Ahora tenía una semana para escribir un trabajo de tres mil palabras sobre algo de lo que no tenía ni idea.
Allie hojeaba el libro de Historia y refunfuñaba para sus adentros, y pronto tuvo claro que aquel libro no contenía toda la información que necesitaba.
—Mierda —suspiró, poniéndose en pie—. Tengo que ir a la biblioteca.
—Me encanta la biblioteca —dijo Zoe sin levantar la vista.
Allie no podía soportar ni un segundo más la sinceridad de su amiga. Dejó la mochila allí tirada y se encaminó hacia la puerta.
—Me abro. Si no he vuelto en una hora, manda una partida de búsqueda.
—¿Cómo vas a perderte en la biblioteca? —Zoe parecía confundida.
Allie alzó las manos en señal de impotencia. Decir que Zoe no captaba la ironía era quedarse corta. Ya debería saberlo a esas alturas.
—Es una expresión tonta que dice la gente.
—La gente no debería decir tonterías —gruñó Zoe.
Allie salió al silencioso vestíbulo principal, aliviada por dar aquel diálogo de besugos por acabado. Sus pasos resonaron de tal manera a su alrededor que tuvo la impresión de que alguien la seguía. Para cuando llegó a la biblioteca, estaba hecha un manojo de nervios.
La puerta de la biblioteca se abrió con un siseo, como si en el umbral ya se pidiera silencio.
Las mesas estaban desocupadas. Las lámparas de cristal verde no alumbraban a nadie.
Unos golpes secos rompieron el silencio y, al darse la vuelta, Allie descubrió a Eloise apilando libros en un carro. Llevaba un bloc de notas en una mano y estaba colocando los tomos en varios montones. Desde su regreso, era la primera vez que veía tan tranquila a la bibliotecaria.
Allie carraspeó y Eloise dio un respingo.
Ahora sí parecía nerviosa.
—Perdona. —Allie la saludó con la mano—. No pretendía asustarte.
—No pasa nada —dijo Eloise recolocándose las gafas—. No te había oído entrar.
—Es culpa de la puerta… —dijo Allie en tono arrepentido—. Podríais ponerle un chirrido.
Eloise asintió rápidamente.
—Sí, claro —dijo, como si añadir chirridos a las puertas fuera una sugerencia totalmente razonable. Después la bibliotecaria continuó con sus quehaceres.
Tiempo atrás Eloise había sido una profesora segura de sí misma, cariñosa y simpática. Era mucho más joven que los demás profesores y los alumnos se identificaban más con ella.
Ahora parecía mayor. También más frágil; tenía las uñas mordidas. Allie sintió algo de lástima por ella.
Pero, frágil o no, Eloise seguía siendo sospechosa de trabajar para Nathaniel. De hecho se suponía que Allie no debía quedarse a solas con ella.
Allie dio media vuelta y caminó perezosamente por entre el laberinto de estanterías. A ambos lados de la sala alargada y sombría había una hilera de estanterías altas y oscuras. Cada estantería medía casi tres metros y se elevaba por encima de las lámparas metálicas, que colgaban de unas cadenas fijadas al techo.
Las gruesas alfombras persas amortiguaban el ruido de los pasos, aunque no había nadie a quien molestar.
Allie giró hacia la sección de Historia. Los estantes estaban repletos de gruesos tomos con cubiertas de cuero. Algunos eran tan antiguos como la época de la que trataban. Pasó el dedo por los relieves dorados de los títulos en busca de algo que pudiera servirle, pero no tardó en darse cuenta de que la mayoría de libros trataban del siglo XVIII. Su trabajo se centraba en el siglo posterior.
Con la cabeza gacha y absorta en sus pensamientos, Allie dobló la esquina hacia el siguiente pasillo.
Y se dio de bruces contra Carter.
Él la sujetó por los hombros para evitar que se cayera.
—Quieta ahí.
Allie se agarró a los brazos de Carter, haciendo esfuerzos por no perder el equilibrio, y alzó los ojos hacia él, sorprendida.
Carter la estaba mirando con una expresión extraña, como si estuviera soñando. Como si contemplara la posibilidad de besarla.
Y, por algún motivo, Allie deseó que lo hiciera. Sentía las piernas de Carter apretadas contra las suyas. Distinguía cada uno de los dedos del chico en los hombros. Notaba el cálido aliento de Carter contra la mejilla.
¿Pero qué pasa conmigo?, se preguntó.
Él estaba con Jules y ella con Sylvain, lo suyo se había acabado para siempre. Así lo habían acordado los dos. Serían amigos para siempre.
Y sin embargo, por un instante ninguno de los dos se movió.
De repente, Carter pareció despertar del hechizo y dio unos pasos atrás para zafarse de Allie.
—¿Has venido por lo del trabajo de Historia? —dijo Carter como si tal cosa, como si aquel momento no hubiese existido. La extraña expresión de su rostro había desaparecido.
—Claro. —Allie lo imitó y fingió normalidad, pero la voz le salió muy alta y aguda. Carraspeó y se obligó a hablar con indiferencia—. ¿Tú también?
—Tres mil palabras. —Carter se volvió hacia los estantes y examinó los libros con el entrecejo fruncido, como si poseyeran todas las respuestas del universo—. Y la fecha de entrega es de risa.
Con los ojos entrecerrados, Allie observó el perfil del chico y buscó una señal que confirmara que lo que acababa de pasar había sido real, pero el chico parecía totalmente concentrado en los títulos de los libros.
Allie bajó la mirada y resopló. Seguro que se lo había imaginado todo. La mirada nostálgica que había visto… Se había montado una película.
Cielos . ¿Por qué no admitía que eran amigos y ya está?
—Como siempre —dijo Allie, volviéndose a su vez hacia los estantes, pero ni se fijaba en los títulos ni sabía qué estaba buscando.
Carter sacó un libro muy grueso, se puso a hojearlo y soltó un débil silbido.
—No está muy claro lo que nos ha mandado, ¿verdad? —dijo él—. Tres mil palabras sobre el Imperio británico es como decir: «Escribid cinco mil palabras sobre la historia de la humanidad».
Allie resolló en señal de acuerdo y escogió un libro al azar. Al abrirlo flotó una pequeña nube de polvo que la hizo estornudar.
—Jesús —dijo Carter en tono solemne.
Allie cerró de golpe el libro, como si él acabara de insultarla.
—Oye, Carter, creo que tenemos que hablar.
Visiblemente sorprendido, el chico se echó hacia atrás.
—¿Sobre el Imperio? No sé nada de eso.
—No. —Ella colocó el libro en su sitio—. Sobre… cosas.
—¿Cosas? —Carter sacó otro libro del estante y lo examinó con poco interés.
Ahora que había sacado el tema, no estaba muy segura de qué decir. Pero tenía que seguir hablando.
—Cuando volví, el primer día, estabas muy cabreado conmigo y yo no sabía por qué…
—Tengo problemas para controlar la ira —dijo él—. Pensaba que ya lo sabías. — Lo había dicho en plan tranquilo, pero ella se dio cuenta de que intentaba contener la risa.
—No te lo tomes a coña —protestó Allie—. Creo que… tendríamos que hablar de por qué estabas tan enfadado. O bueno… hablar, a secas. Es que te he echado de menos.
No había sido su intención ser tan sincera, pero ahora ya lo había soltado.
La sonrisa de Carter se esfumó. Claramente no sabía qué decir. Durante un rato el chico siguió pasando páginas. Entonces dejó el libro y miró a Allie a los ojos, con prudencia.
—Yo también te he echado de menos —dijo finalmente—. Y perdona por lo del cabreo. Soy un capullo. Supongo que me pilló por sorpresa. Y bueno… estaba preocupado por ti.
Allie frunció el ceño.
—¿Y no se te pasó por la cabeza que podíamos hablar? Es un método tradicional que utiliza nuestra cultura para sobrellevar las preocupaciones, ¿te suena?
—Ya lo sé… Perdona. Últimamente la comunicación no ha sido mi fuerte. —Se apoyó en la estantería y se quedó mirándola. Parecía temer la respuesta que Allie pudiera darle.
Ella sabía exactamente cómo se sentía.
—¿Por qué estabas tan… preocupado? —preguntó.
El chico hizo un gesto vago con la mano.
—Porque pensaba que ahí fuera estabas a salvo. Ya te habrás dado cuenta de que por aquí las cosas son de todo menos seguras. Y no sabía lo que te había pasado.
—¿Nadie te contó lo del tiroteo? —preguntó Allie.
Carter apretó los labios y negó con la cabeza.
—Ahora ya lo sé. Me lo dijo Isabelle. Y Sylvain me dio más detalles. No puedo… —La voz se le fue apagando, pero Allie advirtió que estaba tenso—. En cuanto me enteré… comprendí por qué habías regresado.
—Vale, pero aun así —dijo Allie con tacto—, no es propio de ti comportarte de esa manera. No en los últimos tiempos, al menos.
Se hizo un largo silencio. Él no la miraba. A Allie le pareció que estaba decidiendo si responder o no.
—Cuando no estabas… —dijo finalmente Carter antes de interrumpirse y volver a empezar—. Supongo que últimamente no he estado muy bien. Mentalmente.
Tanta franqueza pilló a Allie por sorpresa.
—¿Por lo de Jules?
Él la miró de hito en hito y luego apartó los ojos.
—Por Jules y por un montón de cosas.
—Sabes que no fue culpa tuya, ¿verdad? —dijo Allie.
El rostro de Carter se ensombreció.
—Y tú sabes que la muerte de Jo no fue culpa tuya, ¿verdad?
Sus palabras fueron rápidas y dolorosas como la mordedura de una serpiente. Allie contuvo la respiración.
Carter, arrepentido de inmediato, se peinó el cabello oscuro con los dedos.
—Cielos, Allie, perdona. Me he pasado.
—Eso es injusto. —A Allie le temblaba la voz y apretaba los puños a los costados —. ¿No crees?
Él alargó la mano como para consolar a Allie, pero en el último segundo la detuvo en el aire y la apoyó en la estantería, como si esa hubiese sido su intención desde el principio.
—Sí —dijo él— Es injusto. Últimamente… —Carter se mordió el labio y golpeteó los nudillos contra el estante. Allie tuvo la sensación de que se contenía para no atravesarlo de un puñetazo—. Últimamente parece que no estoy siendo nada justo.
—Sé muy bien cómo te sientes —dijo Allie—. Sabes que lo sé. —Dio un paso hacia él e invadió el amplio espacio vital que él había creado—. Puedes hablar conmigo de estas cosas, Carter. Yo las entiendo. Seguramente más que mucha gente. Igual que tú entiendes mis ataques de pánico, yo entiendo… esto.
La repentina cercanía de Allie parecía poner nervioso al chico. Carter retrocedió simulando que cambiaba el peso de una pierna a la otra.
Pero cuando respondió la voz le salió débil y angustiada.
—Ya lo sé, Allie. Pero es que… no puedo.
La forma en que pronunció su nombre fue devastadora.
Después de que rompieran, Carter siempre había dicho el nombre de ella rápidamente, como si deseara quitárselo de encima. Como si no le gustara el sabor.
Pero ahora lo había paladeado. Se había detenido en cada letra.
A Allie se le hizo un nudo en la garganta.
No eran imaginaciones suyas; allí pasaba algo.
Pero no podía ser. Ya habían pasado página.
Se me está yendo la cabeza, pensó. Él quiere a Jules. Yo estoy con Sylvain. Y ahora mismo me estoy comportando como una imbécil.
Carter seguía hablando.
—A veces cuesta hablar de algunas cosas. Cuando no tienen… solución.
Allie no tenía muy claro de qué le estaba hablando. Estaban en terreno pantanoso y era necesario que se pusieran a salvo otra vez, antes de que fueran demasiado lejos. Antes de hacer algo de lo que pudieran arrepentirse.
Y es que una vocecita interior le decía sin parar que lo besara.
—Pues yo creo que sí que hay una solución —lo dijo rápidamente, para no darse tiempo a cambiar de opinión—. Tenemos que encontrar la manera de que vuelva Jules. Eso arreglaría las cosas.
Carter la miró como si aquella no fuera la respuesta que esperaba. Pero en cuanto hubo terminado la frase, Allie se dio cuenta de que ella estaba en lo cierto. Aquella era la respuesta a sus problemas. Si Jules volvía, Carter sería feliz. Y, entonces ella podría ser feliz con Sylvain. Y Carter y ella volverían a ser amigos. Ya no confundirían los sentimientos creyendo que aún quedaba algo entre ellos después de haberse esforzado tanto para que no fuera así.
Jules era la solución.
—Ya pensaré en algo —dijo, asintiendo para sus adentros.
Con la mirada distante, Carter se volvió nuevamente hacia los libros.
—Cómo no, Allie al rescate. —La voz del chico era tranquila, enigmática. Sacó un libro grueso y se lo tendió a Allie—. Este tiene buena pinta.
Allie le dio la vuelta para leer el título: A la conquista del mundo.
En toda la tarde, Allie no consiguió sacarse de la cabeza aquel momento con Carter. Cómo iba a pensar en el Imperio británico si no paraba de oír al chico diciendo su nombre de aquel modo.
Allie. Como una caricia.
Seguro que se había montado una película. Fijo.
Pero lo que había sentido no eran imaginaciones suyas, ¿verdad? ¿Acaso no le había dado un vuelco el corazón al ver a Carter?
Aquello no podía estar pasando.
Cuando llegó la hora del entrenamiento de la Night School, se alegró. Estaba de los nervios. Necesitaba dar patadas. Y bien fuertes.
Se moría de ganas de volver a entrenar. Después de lo sucedido en Francia y de lo que le había contado Isabelle, quería aprender más formas de defenderse. Más maneras de esquivar a los matones de Nathaniel.
La próxima vez que fueran a por ella, los sorprendería con sus sutiles y mortíferas maniobras.
En los últimos meses había estado entrenando, pero entrenar sola no era tan efectivo como la dinámica de grupo de la Night School, donde se aplicaba a fondo. Solo esperaba no haberse quedado muy rezagada con respecto a sus compañeros. Esperaba estar a la altura de lo que estuvieran aprendiendo ahora.
Poco antes de las nueve, enfiló por el corredor del sótano hasta la Sala de Entrenamiento Uno junto con Zoe, que ya estaba de mejor humor. Tras enterarse de lo que había pasado por la mañana, Zoe había estado investigando los ataques de pánico y le estaba contando con todo detalle y muy animada lo que había aprendido.
—Y cuando el corazón hace eso, no es peligroso —explicaba la más joven—. Solo lo parece.
—Sí, es como un ataque al corazón inofensivo —coincidió Allie—. Una especie de broma cardíaca. —Sin dejar de hablar, abrió la puerta del vestuario de las chicas —. Me encantan esas…
La voz se le apagó al cruzar el umbral. Se paró tan en seco que Zoe chocó contra ella.
—¿Esas qué? —preguntó Zoe, mirando por encima del hombro de Allie. Entonces también se detuvo—. Uy.
Rachel y Nicole estaban de pie frente a ellas, ataviadas con mallas, camiseta y zapatillas deportivas negras. El equipo completo de la Night School. Los ojos de Allie se desplazaron de Rachel al colgador vacío que había en la pared detrás de esta. Sobre el colgador leyó una palabra recién pintada: Patel.
Nicole y Rachel miraban a Allie con sonrisas ilusionadas. Pero cuando Rachel se percató de la expresión de Allie, la sonrisa se le fue borrando hasta desaparecer por completo.
—¿Sorpresa? —dijo Rachel.