Night School. Resistencia

C.J. Daugherty · Capítulo 25 de 40

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Night School. Resistencia

Veinticinco

Cuando vio caer a Zoe, Allie no fue capaz de moverse. Las piernas le pesaban. El mundo a su alrededor se convirtió en una bruma. Todo se empañó. Eloise se volvió hacia Zoe. Jerry salió dando tumbos por la puerta. Sylvain fue disparado tras él.

Luego Allie corrió hasta donde yacía Zoe, con pasos lentos y pesados. Eloise ya estaba junto a ella y le estaba buscando el pulso en el cuello, mientras decía para sí:

—Venga, Eloise. Encuéntralo, encuéntralo…

A sus espaldas, oyeron unos pasos. Un grupo de guardias irrumpió en la biblioteca gritando órdenes.

—¿Dónde está? —bramó uno de ellos.

La brisa fresca de la tarde entró por la puerta que daba a los terrenos del colegio.

Jerry se había ido y a Allie no podía importarle menos.

—Zoe —susurró acariciándole la cara con dedos vacilantes. Tenía la piel fría y pálida como el mármol. Las pestañas posadas sobre su rostro como plumas oscuras.

Inconsciente, parecía una niña pequeña.

—Zoe —susurró otra vez Allie, con la voz a punto de quebrársele—. Despierta.

Pero no se movió.

Allie solo podía pensar: está muerta, igual que Jo. Aún oía el crujido del puñetazo contra la barbilla de Zoe. Cómo se le había girado la cabeza del golpe. Y Allie sintió cómo volvía a caer en el pozo de la desesperación, del que tanto esfuerzo le había costado salir el último invierno. Tardó un rato en comprender lo que Eloise le estaba diciendo.

—Está viva, Allie. —La bibliotecaria la estaba agarrando por los hombros y Allie se preguntó cuánto tiempo llevaría diciéndoselo. «Está viva».

Pero Zoe estaba tan quieta y pálida que Allie no se lo creyó. Apartó las manos de Eloise y meneó la cabeza tozudamente, reprimiendo un sollozo.

—El cuello —dijo Allie—. Puede que esté roto.

Eloise apretó los labios.

—Quédate con ella. Ahora vuelvo.

Cuando la bibliotecaria se hubo marchado, Allie empezó a ser más consciente del ajetreo que había en torno a ella. Los guardias entraban y salían, y sus botas retumbaban como truenos, amortiguadas por las gruesas alfombras persas.

Agarró la mano de la chiquilla y la protegió con su propio cuerpo. Aturdida, vio llegar a Eloise acompañada por la enfermera, que le colocó un collarín a Zoe. Cuando los guardias la subieron en camilla hasta la enfermería, Allie no se separó de ella ni un instante.

Después esperó a que su amiga se despertara. Los demás iban y venían. Primero Nicole y Rachel; más tarde Sylvain y Carter. Incluso Katie, preocupada, se pasó un rato y se dedicó a servir vasos de agua, que Zoe no podía beber porque no estaba despierta y que Allie se negaba a tocar.

A las diez se reunieron todos en la enfermería, haciendo oídos sordos a las quejas que la enfermera mascullaba («Dejad respirar a la pobre niña…»), y conversaron en voz baja mientras aguardaban.

La habitación albergaba otras cuatro viejas camas de hierro blanco. Zoe estaba acostada en la más próxima a la ventana, que habían dejado entreabierta, lo justo para que entrara un poco de aire. Allie estaba sentada a su lado y no le soltaba la mano.

Zoe solo tenía trece años. Parecía tan menuda bajo aquellas sábanas blancas…

El ligero olor a desinfectante le recordó vívidamente a Allie las dos semanas que había pasado allí durante las Navidades, después de que Nathaniel intentara secuestrarla.

No pensaba dejar a Zoe allí sola. Sabía lo que se sentía.

El tiempo pasó y Zoe seguía inconsciente. Los otros se habían acomodado por las camas vacías y hablaban sobre lo acontecido aquella noche. Así fue como Allie se enteró de lo que había pasado después de que Zoe resultara herida.

Sylvain había perseguido a Jerry, pero le había perdido el rastro casi inmediatamente.

—Fue como si desapareciera —decía Sylvain amargamente—. Lo tenía justo delante. No sé cómo se las arregló.

—Tendría un plan de escape. —Nicole se encogió de hombros desanimadamente —. Puede que lo tuviera planeado desde hace tiempo.

Los vigilantes habían iniciado una búsqueda por los terrenos de la escuela para luego suspenderla de golpe. Poco después los alumnos habían oído el rugido de unos coches camino abajo, hacia la salida.

Desde entonces nadie había visto a Isabelle, Raj o cualquier otro de los instructores de la Night School, y circulaban toda clase de rumores sobre dónde se encontraban y qué había ocurrido.

Ya habían permitido salir a los alumnos de la sala común; señal de que creían que el peligro había pasado. Aun así, todo el mundo seguía algo confundido sobre qué estaba sucediendo exactamente.

Allie asimiló la información sin soltar la manita de Zoe.

El médico le había dicho que Zoe estaba bien. Que tenía un traumatismo, pero que el cuello y el cráneo estaban perfectamente. Sus reflejos eran buenos. Las pupilas eran normales. Respiraba con normalidad. Que se despertaría en cuando estuviera lista para hacerlo. Sin embargo, Allie no le creyó.

No se atrevía a tener esperanza. La esperanza solo sirve para sentir aún más dolor cuando todo sale mal.

A pesar de todo, se alegraba de que los demás le hicieran compañía. El familiar sonido de sus voces la arropaba como una manta cálida.

—No me puedo creer que fuera Jerry —dijo Rachel, repitiendo el sentimiento que todos compartían.

—Siempre he tenido la esperanza de que fuera Zelazny —suspiró Nicole.

—Pues yo me alegro de que no —dijo Sylvain en tono huraño. Zelazny había sido su mentor en la Night School y estaban muy unidos.

Allie pensó en Eloise; había mantenido la calma y luchado con uñas y dientes contra Jerry.

—¿Cómo está Eloise? —preguntó. Los demás la miraron sorprendidos. En todo aquel rato, Allie apenas había hablado—. Le dio una buena paliza a Jerry.

—Nadie lo sabe —dijo Rachel—. Ha desaparecido, igual que Isabelle y Raj. Aunque justo después se la veía bien. Solo que… muy cabreada.

No era de extrañar. Eloise y Jerry habían sido pareja durante un tiempo, hasta que lo dejaron cuando acusaron a la bibliotecaria de ser la espía y él no la defendió. Tenía motivos de sobra para estar enfadada.

—¿Creéis que ella ya lo sabía? —discurrió Nicole.

—¿Que él trabajaba para Nathaniel? —Carter se mostró sorprendido por la pregunta. Pero Nicole asintió.

—Sobre todo después de cómo se comportó cuando la acusaron —añadió—. Dejó que todos pensaran que era ella. Eloise debió de imaginarse que él no era trigo limpio.

—A lo mejor solo pensó que era un capullo —sugirió Sylvain.

Todos se mostraron de acuerdo. Parecía factible, aunque improbable. Cuando quieres a alguien de verdad, cuesta creer que sea capaz de hacer algo verdaderamente malo.

Zoe soltó un leve quejido y Allie se volvió hacia ella rápidamente. Ahora tenía más color en las mejillas y, tras un segundo, se movió bajo la manta blanca.

—¿Se ha despertado? —preguntó Rachel. Los demás se acercaron a mirar.

—¿Con qué me he dado? —murmuró Zoe al tiempo que alzaba una mano para tocarse la mandíbula.

—Con Jerry. —Allie le subió la manta hasta los hombros antes de volverse hacia los demás—. Que alguien vaya a llamar a la enfermera; se está despertando.

Sylvain corrió hacia la puerta.

Zoe fue abriendo los ojos y contempló la habitación y las caras que había a su alrededor.

—Oh, mierda. No lo he soñado.

Tenía la voz ronca. Alguien le alcanzó un vaso de agua y Allie le rodeó la espalda para que pudiera incorporarse y beber un trago.

Notó en sus brazos los pequeños hombros de la chiquilla, frágiles como las alas de un pájaro.

Zoe parpadeó y alzó la vista hacia ella.

—¿Escapó?

Allie no pudo hablar. De repente tenía ganas de llorar. Así que se limitó a asentir.

—Me temo que sí, Peque. —Carter se acercó y le dio unas palmaditas en la mano.

Un poco de color tiñó las mejillas de Zoe.

—Mierda. ¿Cómo no me acordé de protegerme el flanco izquierdo? Si es de cajón. —Volvió a recostarse en la cama y soltó la mano de Allie—. Vaya mierda, me duele la cabeza. ¿Qué me hizo?

Rachel sonrió a Zoe.

—Tienes una contusión bastante fuerte. Y te hace decir palabrotas. ¿Quién es el primer ministro?

—Ese idiota —gruñó Zoe—. El de la cara rara.

—Ese es —Rachel asintió, satisfecha—. No creo que tengas el cerebro peor de lo que ya lo tenías.

—Parece que la cabeza me va a estallar —dijo Zoe agarrándose el pelo.

La enfermera entró apresuradamente en la habitación.

—Eso tiene fácil solución. —Tras tomarle el pulso y auscultarla, le tendió dos pastillas blancas—. Tómate esto. —Mientras Zoe cogía obedientemente de su mano los analgésicos, la mujer miró a los otros con aire amenazador—. Y ahora, os agradecería que la dejarais un poco tranquila. Tiene que descansar.

Finalmente cedieron y salieron de la habitación, pero Allie se entretuvo un poco más. Quería empaparse de la visión de Zoe, viva y refunfuñando.

Zoe torció la cabeza a un lado, con una expresión astuta en los ojos.

—¿Te he asustado?

Allie dejó escapar una sonora exhalación y sonrió.

—Me has dado un susto de muerte.

En su languidez, Zoe parecía encantada.

—Genial.

 

Cuando el grupo llegó al pie de las escaleras, había un trío de guardias esperándolos.

Una mujer musculosa vestida de negro y con una melena larga y rubia recogida en una trenza los recorrió con la mirada, como si estuviese buscando a alguien.

—¿Allie Sheridan?

Allie, que había sido la última en bajar, se abrió paso hacia ella.

—Soy yo.

—Isabelle quiere verte.

La mujer le sonaba, recordaba vagamente haberla visto por el colegio. Aun así, siguió mirándola con recelo. Isabelle nunca había mandado a los guardias a buscarla.

—¿Qué pasa? —Sylvain se colocó junto a Allie. Su tono era comedido, pero miraba a los guardias inquisitivamente y con ojos desconfiados.

Los guardias pusieron su atención en él.

—No te sabría decir. —El tono de la guardia era sereno—. Pero es importante.

—¿Dónde está Isabelle ahora mismo? —Rachel apareció al otro lado de Allie. Lo había preguntado como si nada, pero su mirada era suspicaz—. No la hemos visto en toda la noche.

La mujer estaba visiblemente desconcertada. Obviamente no se había esperado aquello.

—En su despacho. Pero está ocupada.

—Vaya, qué mala suerte —dijo Carter, mientras se sumaba, junto con Nicole, a los que rodeaban a Allie—. Porque tenemos que hablar con ella.

—No tenemos tiempo para esto —dijo impacientemente uno de los guardias.

Pero la mujer alzó una mano:

—Dadnos un segundo.

Los tres guardias se retiraron para discutir.

Pasado un momento, la guardia regresó. Su expresión era inescrutable.

—Uno de vosotros puede acompañarla —dijo—. Pero nadie más. Los demás os quedáis.

Su tono no admitía discusión.

—Ve tú —le dijo Carter a Sylvain—. Yo me quedo con Rachel y Nicole.

Sylvain asintió en señal de acuerdo.

Allie se pasó una agotada mano por el pelo.

—¿De verdad pensáis que es una trampa? Todo esto es muy raro.

—Sí que lo es. —El tono de Carter era sombrío.

Él y Sylvain intercambiaron una mirada de preocupación. Rachel y Nicole se habían apretujado.

—No os alejéis —le susurró Sylvain a Carter—. Ahora mismo no me fío de nadie.

—Ni yo —dijo Carter.

El resto se quedó atrás, mientras Sylvain y Allie seguían a los guardias de seguridad por el pasillo oscuro. Ya era tarde; Allie no tenía ni idea de qué hora era y hacía un buen rato que le había dejado de importar. Pero el edificio tenía un aire silencioso y nocturno, cargado de peligros.

Seguía descalza y tenía los pies fríos. Se preguntó si sus zapatos aún estarían tirados en el césped, donde los había dejado. Estaba cansada pero completamente despierta al mismo tiempo, la adrenalina le corría por las venas como una droga.

Cuando llegaron al despacho de Isabelle, uno de los vigilantes llamó dos veces a la puerta tallada, que se abrió de inmediato. Raj Patel estaba de pie en el umbral, recortado contra el cálido resplandor de la luz del despacho.

Primero sus ojos se posaron en Allie y luego en su acompañante.

—Sylvain, ¿qué haces aquí? —preguntó bruscamente.

Allie dio un paso al frente.

—He querido que viniera.

Raj miró por encima del hombro de Allie a la guardia rubia. Se había encogido de hombros.

—Se negaba a venir sola. Sabía que necesitabais que viniera rápido. No he tenido elección.

Raj se frotó la áspera barba de cuatro días que le crecía en las mejillas. Por primera vez, Allie se percató de lo agotado que estaba. Tenía los ojos inyectados en sangre.

—Está bien. Pasad adentro. Deprisa.

Dom ya estaba allí, sentada en una de las butacas que había frente al escritorio de Isabelle, y tenía el ordenador portátil abierto sobre el regazo. Miraba atenta y fijamente la pantalla.

¿Qué está pasando aquí? , se preguntó Allie para sus adentros. Otra vez se le empezaron a revolver las tripas.

Isabelle estaba sentada a la mesa, hablando en voz baja por el móvil. La directora les echó una mirada de preocupación.

—Tomad asiento todos. Rápido.

Allie se sentó, envarada, en la butaca que había junto a Dom. La informática no despegaba la vista de la pantalla.

Sylvain fue a sentarse a un mueble bajo que había en el fondo de la habitación. Raj se quedó junto a la puerta. No había nadie más aparte de ellos.

Isabelle apretó un botón del teléfono móvil y lo posó en la mesa.

—Están todos, Lucinda. Allie ha venido con Sylvain Cassel.

—Muy bien. —La voz de la abuela de Allie surgió del aparato, grave y autoritaria, incluso a través del diminuto altavoz.

—Gracias a todos por venir. ¿Allie?

—Eh… ¿sí? —Allie se enderezó en su asiento.

—He sabido que tú y otra alumna habéis sido muy valientes esta noche al intentar detener a Jerry Cole, y que tu amiga está herida.

Allie volvió a oír en su cabeza el crujido del puñetazo de Jerry contra la cara de Zoe. En un reflejo inconsciente, encogió el cuerpo.

—Se me ha ocurrido —prosiguió Lucinda— que, en estas circunstancias, te gustaría estar presente cuando lo atrapemos.

Allie parpadeó repetidamente.

—¿Atrapar a quién?

—A Jerry Cole —dijo su abuela.