Night School. Resistencia
Veintiséis
Allie miró a su alrededor, confusa, para que alguien le explicara qué estaba pasando. No entendía qué estaba diciendo su abuela. Allí no parecía que nadie intentara atrapar a nadie.
—No entiendo…
Dom alzó la vista y miró a Allie.
—Lo estoy viendo —dijo—. Ahora mismo.
Las gafas alargadas de la informática brillaban bajo la luz.
El resto de los presentes se había quedado callado.
—¿Cómo? —preguntó Allie.
—Con un dispositivo de rastreo. Lo lleva en la pernera del pantalón. —Dom volvió a girarse hacia el ordenador—. Es diminuto. Imperceptible.
Hablaba con la cuidadosa precisión de una persona instruida, como los científicos que Allie había visto en las noticias. De algún modo, eso la reconfortó. Dom sonaba capaz. Preparada. Como si fuese capaz de lanzar un astronauta al espacio. De arreglar algo roto.
—¿Dónde está? —La voz de Allie era fría como el hielo.
—Aquí. —Dom señaló un punto rojo que había en la pantalla, que se movía despacio y a ritmo constante—. Va montado en un tren, camino de Londres. —Giró la muñeca y un reloj plateado relució—. Llegará a la estación de Waterloo en siete minutos.
—Mis hombres estarán allí, Allie. Esperándolo. —Raj hablaba con la curiosa calma que exhibía siempre que había una operación en marcha.
Allie se giró en la butaca para poder verlo bien.
—A Jo le caía bien Jerry, Raj. Confiaba en él. No dejéis que se escape.
El jefe de seguridad le sostuvo la mirada e hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Allie sabía que la había entendido. Él también apreciaba a Jo. Como todos.
—Jerry no va ir a ninguna parte —dijo Dom mientras tecleaba—. Mira. —Señaló la pantalla. Alrededor del punto rojo habían aparecido cinco puntos verdes—. ¿Ves esos puntos? Son nuestros hombres.
Allie tardó unos segundos en comprender lo que le estaba diciendo.
—¿Van en el mismo tren?
Dom asintió.
Allie miraba la pantalla y el corazón se le puso a latir a un ritmo tan frenético e irregular que le dolió.
Sin despegar los ojos del ordenador, apretó un puño contra el pecho, como amortiguando el doloroso martilleo.
—Isabelle —la voz de Sylvain sonaba forzadamente tranquila—. ¿Qué demonios ha pasado? ¿Cómo supisteis que era él?
La directora carraspeó.
—El contacto de Lucinda en el servicio secreto ha sido de gran ayuda —contestó —. Tiene acceso a una gran cantidad de información y ha podido comprobar, mucho más meticulosamente de lo que jamás hemos podido hacerlo nosotros, el pasado de todos los profesores que estaban bajo sospecha. El pasado de Zelazny y Eloise encajaba, no encontró nada raro. Con Jerry, sin embargo, había… algunos problemas.
—¿Qué tipo de problemas? —preguntó Sylvain.
—Sus cuentas y situación financiera eran intachables hasta un cierto momento — explicó la directora—. De hecho, todo era correcto en los últimos siete años.
Sylvain frunció el ceño.
—¿Qué pasó hace siete años?
—Más allá de los últimos siete años, no encontró ningún dato —dijo Isabelle—. Ni partida de nacimiento, ni pagos de impuestos, ni cuentas bancarias. Por lo que hemos podido comprobar, hace siete años Jerry Cole no existía.
Un silencio perplejo siguió las palabras de la directora.
Allie sintió un escalofrío, como si hubiese pasado el aire por las ventanas inexistentes del despacho.
—¿Cómo es posible? —El tono de Sylvain era cortante—. ¿Cómo ha podido pasar desapercibido hasta ahora? ¿Qué hay de nuestras comprobaciones de seguridad?
Fue Lucinda quien contestó:
—Parece ser que Jerry Cole es un invento. Su experiencia profesional, sus referencias, todo lo que aportó cuando solicitó el puesto en la Academia Cimmeria estaba falsificado con mucha astucia. Un trabajo excelente, en verdad. Nathaniel se ha servido de los mejores. Y, contestando a tu pregunta, Sylvain, comprobamos los antecedentes de nuestro personal muy a fondo, pero no tanto como el servicio secreto. Por ejemplo, no comprobamos su ADN.
Mientras hablaban Allie tenía los ojos fijos en el portátil de Dom. Habían aparecido más puntos verdes. Dom golpeteó con un dedo sobre ellos. Allie asintió, dando a entender que la había comprendido. Aquellos eran los hombres de Raj en la estación. Estaban al acecho.
—Y entonces… ¿Todos estos años…? —Parecía que a Sylvain no le entraba en la cabeza todo aquello, y a Allie no le extrañaba. La traición era algo espantoso. Ella lo sabía mejor que nadie.
—Esperó —dijo Isabelle—. Fingió ser uno de nosotros. Informó a Nathaniel. Nos vigiló. Nos utilizó.
Allie no despegaba los ojos de los puntos. Lo único que importaba ahora era atrapar a Jerry.
—¿Cómo supo que había llegado la hora de huir? —preguntó Sylvain—. ¿Le pedisteis explicaciones?
—No —respondió Lucinda—. Para cuando fuimos en su busca, ya se había dado a la fuga. De algún modo, debió de darse cuenta de que lo sabíamos.
En aquellos momentos el punto rojo estaba muy cerca de los puntos verdes. Allie encontró aquel movimiento hipnótico. Se imaginaba el tren y sus pasajeros; la mayoría gente normal, siguiendo con su día a día. Jerry fingiría ser uno de ellos. Tal vez sostuviera un libro en el regazo.
Pero seguro que sabía que los guardias de Lucinda lo estaban buscando. Que harían todo lo posible por capturarlo.
Allie esperaba que estuviera asustado.
Conocía la estación de Waterloo, era un lugar gris y ajetreado. Ruidoso y cavernoso. Como todas las grandes estaciones de Londres, la patrullaban policías armados. Ahora Nathaniel controlaba gran parte de la policía.
Los hombres de Raj tendrían que atraparlo y llevárselo rápidamente antes de que pudieran darse cuenta.
Lucinda seguía hablando:
—Enviamos a los guardias…
—Jerry está llegando a la estación —la interrumpió Dom—. Justo ahora.
Lucinda se quedó callada.
Raj habló por su teléfono móvil. Se oyó una voz al otro lado. Raj los miró.
—Todos están en sus puestos.
Allie tenía los ojos fijos en los puntos. El punto rojo seguía moviéndose, lenta e inexorablemente. Los puntos verdes le pisaban los talones.
Allie pensó en cómo frenan los trenes al entrar en las estaciones. La larga pausa que precede a la apertura de puertas. Y luego, las prisas por salir.
De repente el punto rojo se movió en otra dirección, más rápido que antes.
—Está huyendo —dijo Dom.
Pero era inútil. Allie vio que el punto rojo se detenía. Los puntos verdes lo tenían rodeado.
Dom se volvió hacia ella con expresión indescifrable.
—Lo tenemos.
El teléfono de Raj vibró otra vez.
—Entendido. —Su tono era frío y vengativo—. Buen trabajo a todos. Traedlo.
Allie seguía mirando la pantalla de Dom. Los puntos verdes rodeaban el punto rojo y se movían con brío. Lo escoltaron fuera de la estación.
Allie estaba anestesiada.
Por fin habían encontrado a la persona que los había traicionado. Pero parecía demasiado tarde.
Más tarde aquella noche, los alumnos se reunieron con Isabelle y Raj en las escaleras delanteras. Eloise y Zelazny también se les unieron.
El cielo era claro; la luna creciente brillaba sobre sus cabezas, en un corro de estrellas.
Había sido una noche muy larga. Tras abandonar el despacho de Isabelle, se habían reunido con los demás para contarles lo sucedido. Allie dejó que fuera Sylvain el que hablara.
Ahora estaban allí de pie, a la espera. Carter y Sylvain estaban a un lado junto a Raj, que parecía que les estaba explicando algo. Rachel y Nicole iban cogidas de la mano, como para darse fuerza la una a la otra.
Allie estaba sola, con los hombros tensos y los puños a los costados.
Entonces oyó la voz aniñada de Zoe:
—¿Ha llegado ya? ¿Me lo he perdido?
Allie se dio media vuelta, sorprendida.
Zoe salió derrapando por entre las puertas y se detuvo al ver al grupo.
—Menos mal. He llegado a tiempo.
Estaba pálida y tenía una mejilla completamente amoratada. Por detrás tenía el pelo de punta, como si acabara de saltar de la cama.
—¿Zoe? —dijo Allie—. ¿Cómo has salido de la enfermería?
La otra puso una mueca de disgusto.
—La tonta de la enfermera no quería dejarme marchar. Así que he esperado a que se fuera y me he escapado. Menos mal que no me lo he perdido.
—¿Pero te encuentras bien? —preguntó Rachel, poco convencida—. A lo mejor quería que te quedaras en cama porque, no sé, tienes que quedarte en cama.
Pero Zoe no le dio la menor importancia.
—Estoy perfectamente. Las pastillas que me dio son la bomba.
El rugido de varios motores atravesó la noche y todos enmudecieron. Pasados unos minutos, vieron aparecer los caóticos rayos de luz de unos faros entre los árboles, que subían y bajaban entrecortados por los árboles.
Seis coches oscuros se aproximaron por el sinuoso camino de entrada. Las ruedas crujían sobre la grava. Los motores enmudecieron.
Los guardias se apearon de los Land Rovers y Raj fue hacia ellos para estrecharles la mano uno a uno.
—Buen trabajo —decía—. Bien hecho.
Costó encontrar a Jerry entre la multitud de hombres y mujeres vestidos de negro; no era muy alto y había un montón de guardias. Allie no lo vio hasta que se lo llevaron al edificio.
Estaba exactamente igual. Con las gafas torcidas. Y el pelo tieso e inmanejable.
Se seguía pareciendo a su amigo. A su mentor.
Pero ya no era nada de eso.
El grupo se separó en silencio para dejar paso a Jerry. Al pasar, él los recorrió con los ojos como si buscara a alguien. Allie dio por sentado que estaba buscando a Eloise.
Pero entonces Jerry clavó sus ojos en los de Allie y ella se quedó paralizada.
Estaba oscuro y no pudo leer la expresión de su rostro, pero tuvo la sensación de que Jerry la estaba juzgando con la mirada, de que la estaba sentenciando. Allie tuvo ganas de salir corriendo, de quitarse de encima aquella mirada espantosa, pero fue incapaz de moverse hasta que Carter se colocó delante de ella y la cubrió, poniendo los brazos en cruz.
Allie sintió una presión en pecho. Estaba temblando cuando metieron a toda prisa a Jerry en el colegio y desapareció entre las sombras.
Carter se dio media vuelta y escudriñó la cara de Allie.
—¿Te encuentras bien? —preguntó él—. ¿A qué ha venido eso?
Ella meneó la cabeza.
Sylvain fue hacia ellos, con la cara en tensión. Cruzó una mirada con Carter.
—No me ha gustado nada esa mirada.
—A mí tampoco —dijo Carter.
—¿Ese era el Jerry de verdad? —preguntó Zoe—. ¿Y el que conocíamos antes era un papel?
Pero nadie conocía la respuesta a aquella pregunta.
Cuando los guardias y los profesores se marcharon, los alumnos formaron un corrillo en las escaleras delanteras. En aquellos momentos la noche parecía más oscura y agobiante.
—Yo no estoy cansada —anunció Zoe.
—No —dijo Nicole mirando al grupo—. Nadie lo está.
—Vamos a la sala común —dijo Carter—. Ya ha pasado el toque de queda, aunque tampoco es que le vaya a importar a nadie.
Marcharon por el pasillo vacío hasta la gran sala de estar estudiantil, con sus amplios sofás y sillones de cuero y sus altas estanterías repletas de juegos de mesa. En un rincón, el silencioso piano de cola les recordó que aquel había sido alguna vez un sitio donde la gente se divertía.
Se instalaron casi al fondo y hablaron en voz baja.
—No parecía magullado —dijo Carter mirando a Sylvain—. Me ha sorprendido
Sylvain se encogió de hombros, dando a entender que no le preocupaba lo magullado que pudiera estar Jerry.
—Raj dice que no opuso resistencia.
—¿Y por qué no? —preguntó Zoe. Todos se volvieron a mirarla—. Se supone que no quería que lo atraparan, ¿no? Entonces, ¿por qué no ha intentado escapar, por lo menos? Podría haber hecho algo…
Lo que acababa de decir tenía bastante sentido, y los jóvenes se miraron entre ellos con creciente inquietud.
—¿No estaréis pensando que quería que lo atraparan…? —Rachel parecía a punto de vomitar.
—…para que lo trajeran aquí. —Nicole terminó la frase, con los ojos ensombrecidos por la preocupación.
—¿Pero por qué? —preguntó Allie—. Lo han registrado para comprobar que no llevaba nada encima. Además, lo tienen bajo vigilancia para que no escape. Entonces… ¿por qué volver?
Nadie conocía la respuesta.
—Sea como sea —dijo Nicole—, pobre Eloise.
—Es verdad… —Allie pensó en la triste determinación de la bibliotecaria cuando luchaba contra el hombre que había amado—. Le ha roto el corazón.
—Nos lo ha roto a todos —dijo Rachel débilmente.
Isabelle les había contado lo que iba a suceder a partir de ahora: primero interrogarían a Jerry, y luego Lucinda y ella intentarían usarlo como moneda de cambio con Nathaniel.
—¿A cambio de qué? —había preguntado Allie.
La contestación de Isabelle había sido simple: «De la paz».
Isabelle y Lucinda querían usar a Jerry para comprar el final de aquella guerra. O por lo menos para conseguir más tiempo para negociar. Estaban convencidas de que entre ambos hombres existía un estrecho vínculo. Lo bastante importante como para que Jerry hubiese aceptado abandonar su propia identidad y pasarse casi una década en Cimmeria escondido bajo un nombre falso.
Estuvieron hablaron durante varias horas casi a oscuras. Todas las conversaciones desembocaban en el mismo sitio: Jerry y la traición. Zoe acabó por quedarse dormida con la cabeza apoyada en las rodillas de Allie y los pies en el regazo de Rachel.
Allie contempló cómo dormía. Su pecho subía y bajaba en una respiración lenta y regular. Sintió una ola de protección tan profunda por la niña que se estremeció. Tenía que encontrar el modo de protegerla. De protegerlos a todos.
El alba empezaba a romper cuando oyeron acercarse unos pasos por el pasillo. Isabelle irrumpió en la sala común y miró alrededor; sus ojos se iluminaron cuando los vio. En la oscuridad no se distinguían sus rasgos.
—Estáis aquí —dijo bruscamente, como si los hubiese pillado haciendo novillos —. Allie, acompáñame, por favor. Necesito tu ayuda.
Allie no hizo preguntas.
Lenta y cuidadosamente se deslizó de debajo de Zoe, que no se despertó, sino que se giró sobre un costado y se hizo un ovillo.
Al pasar junto a Carter, este la tomó de la mano. La mano de él era cálida y reconfortante.
—Ten cuidado —dijo él.
El contacto le infundió valor. Allie alzó la barbilla.
—Eso siempre.