Night School. Resistencia

C.J. Daugherty · Capítulo 13 de 40

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Night School. Resistencia

Trece

Media hora más tarde, Allie daba vueltas con pasos impacientes por su habitación. Cada pocos minutos, miraba el reloj. El tiempo pasaba terriblemente despacio.

Once y cuarenta y cinco… Once y cuarenta y seis…

Sabía lo que le esperaba. Sabía qué quería hacer Sylvain en el tejado.

El corazón se le iba a salir del pecho. Había tenido un día de lo más confuso.

Pensó en la expresión de los ojos de Carter. En la nostalgia que, por un instante, había creído percibir en ellos.

Se obligó a dejar de pensar en eso.

Volvió a echarle un vistazo al reloj.

Once y cuarenta y siete.

Ya no podía esperar más.

Ya era lo bastante tarde.

Apagó la luz.

Se encaramó en el escritorio, a oscuras. La ventana ya estaba abierta.

Salió al alféizar con total seguridad.

Era una noche despejada de verano; fresca, pero no fría. El aire olía ligeramente a pino, y Allie inspiró profundamente para tranquilizarse mientras hacia equilibrios a una altura de tres pisos.

Desde su llegada a Cimmeria, había realizado varias veces aquella proeza. El peligro y la emoción de saberse a un paso de la nada ya eran como viejos amigos, y sonrió para sus adentros mientras avanzaba a tientas por la fachada del edificio.

Cuando se hace algo una cantidad suficiente de veces, se puede olvidar lo peligroso que es.

Avanzó por la cornisa siguiendo con los dedos el áspero enladrillado de la fachada, palpando en busca de hendiduras a las que agarrarse.

Se dirigía a un punto en el cual el tejado tenía la suficiente pendiente para subir hasta él fácilmente. Pero para llegar hasta esa zona tenía que pasar por delante de dos ventanas. La primera era la de Rachel.

Cuando la alcanzó, la ventana estaba abierta, pero la luz estaba apagada. Cruzó por delante con pasos silenciosos, sintiéndose un poco culpable por no contarle a Rachel lo que se traía entre manos.

Se disponía a seguir avanzando cuando oyó el murmullo de unas voces que provenían de la habitación.

Allie arrugó el ceño. ¿Con quién estaba hablando Rachel a oscuras?

Se paró a escuchar junto a la ventana. Eran dos voces femeninas. Pero hablaban tan bajo que le resultaba imposible distinguir qué decían. Entonces oyó el suave tintineo de una risa cantarina, como unas campanillas sonando. Conocía aquella risa. Rachel estaba hablando con Nicole.

Sintió un aguijonazo de celos.

Sabía que no estaba siendo razonable. Nicole y Rachel eran dos cerebritos y se profesaban una especie de admiración mutua.

Ahora que Rachel estaba en la Night School eran más amigas, y eso era todo.

Mientras se apresuraba a alejarse de la ventana, Allie se dijo que aquello era una buena noticia. Nicole era una alumna brillante de la Night School. Se estaba portando muy bien con Rachel.

Pero la vocecita que habitaba en su cabeza no quería callarse.

Mi habitación está justo al lado. ¿Por qué Rachel no acude a mí?

La siguiente ventana que pasó estaba cerrada. A través del cristal solo atisbó una persiana de madera bajada. Ahora había un montón de habitaciones vacías en Cimmeria.

Justo después encontró la zona en la que el tejado era más bajo. Se acercó y levantó los brazos para agarrarse a las tejas.

En aquel preciso instante, surgió una mano y la agarró por la muñeca.

Allie ahogó un grito.

El instinto la llevó a echarse para atrás y perdió el equilibro. El corazón le aporreaba el pecho y se balanceó en la estrecha cornisa, buscando desesperadamente un punto donde apoyar los pies.

Pero la mano que la agarraba de la muñeca era firme como una roca.

—Allie, soy yo. —Sumido en la oscuridad, Sylvain la miraba desde arriba—. Salta. Te subiré hasta aquí.

Allie no se movió. La tenía bien sujeta, pero si le resbalaba la mano, abajo solo la esperaba la muerte. Su vida estaba en manos de Sylvain.

El corazón le iba a mil por hora.

—No me sueltes —le advirtió Allie.

Sylvain la miró muy fijamente a los ojos.

—Nunca.

Salta.

Aun así seguía con dudas. No sabía de qué tenía miedo. Ahora Sylvain era básicamente su novio, ¿no se suponía que tenía que confiar en él más que en nadie?

Allie inspiró profundamente y saltó.

Sylvain aprovechó la velocidad ascendente del salto para tirar de ella y la subió hasta el tejado con tanta facilidad que a Allie le pareció que volaba.

Aterrizó bruscamente junto a él sobre las tejas de pizarra.

Sylvain la sujetó con un brazo alrededor de la cintura. Mientras intentaba recuperar el equilibrio, Allie presionó su cuerpo contra el del chico. Debido al salto, la adrenalina le corría por las venas y le había agudizado el sentido del tacto; notaba claramente cada punto de contacto entre sus cuerpos. Se sintió como si estuviera junto a una hoguera.

Allie tragó saliva y trató de aparentar normalidad.

—Mierda, Sylvain —se quejó—. Me has dado un susto de muerte.

—Pensaba que me habías visto —dijo él. La soltó y le hizo señas para que lo siguiera—. Ven aquí. La noche está muy despejada y las estrellas están increíbles.

La brisa despeinó la melena de Allie cuando lo siguió hacia uno de los picos del tejado.

—¿Sabes a ciencia cierta que este sitio es seguro? —susurró Allie mientras caminaban.

—Sí, lo es —dijo él—. Por aquí no hay guardias.

—Hacía siglos que no subía. —Pisó con cuidado sobre una teja suelta.

—Ya no es fácil estar solos —dijo Sylvain—. Nos vigilan constantemente. Pero me di cuenta de que los guardias no patrullan el tejado. Puede que este sea el único sitio que tengamos.

Estaban de pie junto a la base de una gigantesca chimenea de estilo victoriano que se alzaba unos tres metros sobre sus cabezas. Sylvain se apoyó en la chimenea despreocupadamente. Cualquiera habría dicho que estaba junto a una piscina y no en el tejado del colegio, en mitad de la noche.

Sin duda aquella seguridad en sí mismo lo hacía irresistible. Allie sintió un cosquilleo en el estómago.

—Tanta vigilancia me pone los pelos de punta —dijo ella en tono distante—. Hay un guardia apostado en el pasillo de mi habitación. Da miedo.

—Es mucho peor que antes de irme a casa —admitió Sylvain—. Ahí fue cuando empezó todo. Había más guardias. Más obsesión por la seguridad. Pero no era tan exagerado. Ahora están todos paranoicos. Ven a Nathaniel por todas partes.

—Ya te digo —coincidió Allie—. Isabelle dice que no ha habido ni un ataque desde que me fui. ¿Entonces por qué son tan plastas? Vale, Nathaniel es el mal personificado y va a por nosotros. Pero tampoco hace falta volverse loco. —Hizo un gesto despreocupado—. Todos sabemos de sobra de qué va esto.

Sylvain planteó lo siguiente:

—Es por culpa de lo que Lucinda les dice desde Londres. Comprendo que estén asustados, pero están cediendo mucho terreno a la seguridad a cambio de la libertad.

El chico dejó escapar un suspiro de resignación antes de proseguir:

—Además, si uno de nuestros profesores está trabajando para Nathaniel, ¿de qué nos sirven miles de guardias?

La brisa fresca alborotó el cabello de Allie, que notó un escalofrío y se tiró de las mangas hasta taparse las manos.

—Parece mentira —alzó los ojos hacia el chico, pero en la oscuridad no pudo ver su expresión—. Ojalá supiéramos quién es. Odio estar sospechando de todos.

—El equipo de Raj lo está investigando —dijo Sylvain—. Lo encontrarán. Y creo que pronto. Raj dice que están cerca.

—Isabelle me dijo lo mismo —Allie habló con impaciencia—. ¿Pero cómo vamos a seguir yendo a clase sabiendo que uno de ellos nos quiere muertos?

—Cuidando los unos de los otros —dijo él. La tomó de la mano y la atrajo hacia sí—. Me he fijado en cómo entrenabas hoy, ¿sabes? Has sido feroz. Estabas concentrada. Puedes defenderte sola. Lo sabes, ¿verdad?

Aquellas palabras la hicieron sonrojarse.

—Sí —dijo Allie—. Supongo que no se me da mal.

—Se te da muy bien —dijo él—. Eres una de las mejores. Tendrían que enviarte a ti a buscar al espía. Sea quien sea.

Allie intentó imaginarse peleando, pero en serio, contra Zelazny o Jerry. O peor, contra Eloise. Pero no pudo. Para ella siempre habían sido figuras de autoridad. Eran prácticamente de su familia.

De pronto ya no quiso seguir hablando de aquel tema. Era demasiado deprimente. La traición, las mentiras. Lo cara que estaban pagando aquella guerra.

Se apoyó en el cuerpo de Sylvain y él la rodeó con un brazo y la envolvió en la calidez de su cuerpo.

—Lo encontraremos, Allie —dijo—. Sea quien sea. Lo encontraremos.

Sylvain tenía los labios muy cerca de los suyos. Allie contuvo la respiración, anticipando un beso. Pero en lugar de besarla, él la hizo girar hasta dejarla con la espalda apoyada en el pecho de él.

—Pero de momento —Sylvain le susurró al oído, y su aliento le produjo unas cosquillas deliciosas— tenemos esto.

Señaló hacia arriba. Allie siguió con la mirada la línea que había trazado su mano.

El universo resplandecía sobre ellos.

—Oh… —suspiró—. Qué pasada.

Era una noche sin luna, y las estrellas que cubrían el firmamento brillaban con un fulgor increíble.

La noche no era oscura en absoluto.

Allie echó el cuerpo hacia atrás para contemplar mejor el cielo y Sylvain le apretó más fuerte la cintura para sujetarla mejor. Estaban tan cerca que Allie notaba cómo los músculos de Sylvain se movían. Cuando él respiraba, el aire de la exhalación movía sus cabellos.

—Dicen que la luz tarda tanto en viajar que el resplandor de las estrellas que vemos ocurrió hace millones de años —susurró él—. Mirar el cielo es como volver la vista al pasado. Muchas de estas estrellas ya no existen. Se extinguieron.

Aquel pensamiento hizo a Allie estremecerse de melancolía.

—Eso es muy triste —dijo—. Me hace sentir tan… fugaz.

—Todo es fugaz —dijo él a través de la melena de Allie—. Ni siquiera las estrellas duran para siempre.

Sylvain trazaba suavemente con los dedos dibujos en los brazos de ella. Aquellas caricias sutiles la estaban volviendo loca. Solo le tocaba el brazo, pero ella lo notaba hasta en las entrañas.

—No quiero ser fugaz… —murmuró Allie.

Entonces él la atrajo hacia sí y se besaron, con todas las estrellas del firmamento girando sobre ellos.

Al principio los labios de Sylvain eran insistentes, pedían más. Pero cuando Allie le pasó los brazos alrededor de la nuca, él la besó con más suavidad. Tanteó los labios de Allie hasta que ella los separó para él con un jadeo.

Sylvain bajó las manos por la columna de Allie hasta la parte más estrecha de su espalda y la apretó contra él con más fuerza. Cuando ella tiró de él para besarlo con más pasión, Sylvain le deslizó los dedos por debajo de la camisa.

Ella sintió que las manos cálidas del chico le tocaban la piel con curiosidad. Le recorrían la columna con caricias hasta que le costó respirar. Los labios de Sylvain trazaron una línea cálida desde su mejilla hasta la mandíbula. Allie se echó hacia atrás dejando que él la sujetara mientras le besaba el cuello suavemente.

El collar con el candado y la llave que él le había regalado pendía del cuello de Allie. Él lo alzó con delicadeza.

—Me alegro de que lo lleves —dijo.

—Me encanta —susurró Allie, sin aliento.

Él volvió a atraerla y la envolvió con sus brazos. La abrazó con tanta fuerza que ella notó los latidos del corazón del chico. Él siguió sujetándola así y se agachó hasta quedar tumbado de espaldas, con Allie encima.

Allie contempló su rostro. A la luz de las estrellas, la piel de Sylvain parecía incandescente, como si estuviera iluminada desde dentro. Sus ojos azules brillaban como dos zafiros.

Ambos respiraban con dificultad. Ya se habían besado antes, pero esta vez era diferente y los dos lo sabían. Todo era mucho más intenso. Allá arriba estaban completamente a solas. Podían hacer lo que les diera la gana.

No había nadie por allí para detenerlos.

El corazón de Allie latía desbocado. Repasó con los dedos los pómulos del chico, su mandíbula rotunda. Cuando le rozó los labios, él los separó y también se los repasó con los dedos.

—Allie, te quiero.

Allie pareció quedarse sin respiración. Lo miró anonadada.

—Sylvain… —murmuró. Sabía que tenía que responder algo.

Yo también te quiero.

Pero no pudo.

Quería hacerlo. Pero sus labios no articularon las palabras.

El momento quedo congelado en el tiempo, inacabado.

—Desde el momento en que te conocí —murmuró él, rompiendo el silencio—. Desde que te sentaste a la mesa aquella noche y me miraste con esos ojos… eras puro fuego. Pura honestidad. Yo no quería a nadie en mi vida. Pero a ti te necesitaba.

A Allie se le encogió el corazón. Lo sabía; siempre lo había sabido. Y ella también lo quería. Muchísimo. Juntos se habían abierto camino desde un lugar muy oscuro. Habían sido capaces de forjar algo hermoso a partir de lo malo.

Entonces, ¿por qué no le decía que sentía lo mismo por él? ¿Qué problema había? Él era guapísimo. Era perfecto.

La confusión se agitó en el interior de Allie, pero no le dio tiempo a pensarlo porque volvieron a besarse.

Ahora él la besaba con más pasión. Le acarició el cuerpo, la tocó por todas partes. Las caderas. El vientre. Nadie la había tocado así antes, pero deseaba que él lo hiciera. Quería sentirse deseada.

Entonces Sylvain llegó al borde de la camisa de Allie y se la empezó a levantar.

Ella se puso tensa.

Sylvain paró de inmediato y la miró intensamente.

—Dime.

Allie se puso roja y bajó la vista.

—Es que yo… nunca he…

—Ya lo sé —dijo él suavemente.

De algún modo, su respuesta la hizo sentir peor. Allie se apresuró a incorporarse y se sentó frente a Sylvain.

¿Cómo lo sabía? ¿Es que lo llevaba escrito en la frente?

Se moría de vergüenza.

Sabía que él tenía más experiencia que ella. Se notaba. Sylvain había sido el primer chico que había besado de verdad. Luego fue Carter. Con él había llegado un poco más lejos, pero no mucho más.

Como todo el mundo, Allie sentía curiosidad por saber de qué iba todo aquello. Aun así le daba miedo. Después de hacerlo… ¿qué pasaba? ¿Cuál era el siguiente paso?

Sylvain advirtió la expresión de Allie, le cogió las manos y le sostuvo la mirada.

—Supongo que es obvio que me gustaría hacer de todo contigo —dijo él, y ella volvió a sonrojarse—. Pero no hay ninguna prisa. —Le acarició las manos con los pulgares—. Podemos esperar todo lo que quieras.

Allie lo miró con los ojos entornados. ¿No era eso lo que decían algunos chicos antes de empezar a presionarte para que te acostaras con ellos?

—¿Y qué pasa si quiero esperar para siempre?

Él le sostuvo la mirada con ojos sinceros.

—Por ti esperaría toda la vida.