Night School. Resistencia
Seis
—¿Carter…? ¿Qué…? —Allie se despertó al instante.
—No me lo puedo creer —dijo él—. Serás idiota. ¿Cómo has podido ser tan estúpida? ¿Por qué diablos has vuelto?
—¡Eh! —protestó Allie—. O sea… ¿qué? —Se apresuró a ponerse en pie.
—Te escapaste —dijo él—. Eras libre, ¿y se te ocurre volver? ¿Por qué caray lo has hecho?
Sonaba enfadado y desconcertado al mismo tiempo, como si Allie hubiese cometido una estupidez increíble.
Allie se enfureció.
—No tienes ni idea de lo que ocurrió, Carter. No tuve elección. Y muchas gracias por saludarme y darme la bienvenida.
Él hizo caso omiso del comentario.
—¿En serio? —ahora su tono era sarcástico—. ¿No te podrías haber escapado? Eso es lo tuyo, ¿no? Escaparte. ¿Por qué no lo haces cuando realmente toca?
Eso dolía.
Allie se puso hecha una furia.
—He vuelto porque no era seguro estar ahí fuera —le espetó—. Y punto. No porque quisiera… —verte— estar aquí.
La respuesta no apaciguó a Carter.
—Mira a tu alrededor, Allie. —Extendió los brazos como queriendo abarcar los silenciosos terrenos del colegio, el edificio casi vacío, los musculosos guardias patrullando alrededor de la extensión de césped—. ¿Te sientes segura ahora? Porque no lo estás. Por lo menos ahí fuera podías salir corriendo. Aquí estás enjaulada.
Allie quería replicarle, decirle lo equivocado que estaba. ¿Pero acaso no había percibido lo mismo toda la mañana? ¿Y durante la reunión? La inseguridad. Lo inútil que parecía su resistencia contra Nathaniel. Los guardias vigilándolos a cada paso.
Las ganas de enfrentarse a Carter se le pasaron de pronto.
—Mira, Carter, durante varios meses lo único que he hecho ha sido huir. —Se pasó los dedos por la frente, que le empezaba a doler—. Y fuera no ha sido más seguro. Nathaniel me encontró y fue… horrible.
Los ojos de Carter brillaron con sorpresa y preocupación. No sabía nada de lo ocurrido.
Y era evidente que le importaba.
—No sé si aquí estoy a salvo o no —prosiguió Allie—. Lo dudo. No estoy segura en ningún sitio, pero tú tampoco. Así que quizás deberías preocuparte menos por mí y un poco más por ti. En serio, Carter… —Su mirada resbaló por las mejillas angulosas del chico y los oscuros cercos que tenía bajo los ojos—. ¿Qué te pasa? Tienes una pinta horrorosa.
De inmediato, la expresión de Carter se endureció.
—¿Que qué me pasa? Nada. Ya sabes que soy la única persona sincera que hay por aquí. Tienes hierba en el pelo.
Y, tras ese confuso intercambio de palabras, el joven giró sobre sus talones y se marchó a paso ligero, pateando el césped.
Mientras lo veía alejarse, Allie se acarició el pelo. Sus dedos tropezaron con la diadema de flores, ahora marchitas, que Nicole le había regalado.
—No es hierba —dijo—. Es una corona.
Cuando llegó la hora de cenar, Allie había dejado de ponerle buena cara a todo y tenía el ánimo por los suelos. A lo mejor había pasado demasiado tiempo fuera del colegio como para simplemente… volver. Era como si, en su ausencia, la vida en Cimmeria hubiera continuado, borrando cualquier huella que Allie hubiese podido dejar.
Se encaminó al comedor con pasos vacilantes. A primera vista, todo seguía igual; la estancia resplandecía por las velas encendidas. Las mesas estaban puestas como de costumbre, con copas de cristal, cubiertos de plata y mantelería blanca. Pero ahora estaba casi vacía. El alumnado al completo cabía sobradamente en cinco mesas redondas. Los profesores y los guardias ocupaban otras cuatro.
En otros tiempos, las cenas en Cimmeria solían ser acontecimientos animados, con un murmullo constante de risas y charlas. Pero en esta ocasión, el ambiente era muy apagado. La gente conversaba, pero la vida y el buen humor brillaban por su ausencia.
Allie localizó a Nicole y a Zoe sentadas a la mesa con Lucas y Katie, y fue hacia ellos.
—Hola, Allie. —Katie le sonrió como si fueran viejas amigas—. Bienvenida.
—Hola —masculló Allie sin ningún entusiasmo; la sonrisa de Katie se desvaneció.
Se hizo un incómodo silencio. Zoe miró alternativamente a Katie y a Allie con el ceño fruncido.
—Katie nos ha ayudado —anunció en un tono que señalaba lo poco razonable que estaba siendo Allie—. Ahora es amiga nuestra.
Todos miraron a Allie, esperando a que dijera algo diplomático o amable. Pero no pudo hacerlo. Sabía que estaba comportándose como una cría, pero no podía evitarlo. Era como si Katie, de todas las personas que había en el mundo, hubiese ocupado su lugar en el grupo.
Allie lanzó una mirada gélida a la pelirroja.
—Genial.
Katie empezó a ruborizarse y se volvió hacia Lucas para preguntarle cualquier cosa, en un intento evidente por cambiar de tema.
Antes de contestar, Lucas dirigió a Allie una mirada de desaprobación.
Parecía que Zoe quería añadir algo más, pero Nicole le puso una mano en el brazo y meneó ligeramente la cabeza.
Después de aquello, nadie más le dirigió la palabra a Allie.
A las siete en punto, Carter y Sylvain entraron en el comedor seguidos por Zelazny, que cerró las puertas tras de sí.
Sylvain ocupó un asiento vacío situado junto a Allie, mientras ella evitaba la mirada de Carter.
Sylvain reparó en la expresión de su cara y se inclinó hacia ella.
—¿Te encuentras bien?
A Allie le temblaba el labio inferior y simplemente negó con la cabeza. Se sentía incapaz de hablar.
Carter tenía razón; tenía ganas de salir corriendo de allí. Pero no tenía adónde ir.
En cuanto terminaron de cenar, Allie se fue directa hacia la puerta. Iba prácticamente corriendo por el vestíbulo cuando Sylvain la alcanzó.
La tomó de la mano y la llevó a un rincón oscuro del hueco de la escalera principal, cerca del despacho de Isabelle.
—Allie… —dijo en cuanto estuvieron ocultos—. Dites-moi. ¿Qué pasa? Casi no has hablado ni comido durante la cena. Pareces triste. ¿Ha pasado algo?
El chico trató de buscar alguna pista en el rostro de Allie.
Ella bajó los ojos. No podía contarle lo de Carter porque nunca se habían llevado bien, y lo de Katie le parecería una tontería. En realidad, ahora que lo pensaba, su propia reacción había sido ridícula y desproporcionada.
—Lo siento —suspiró, al tiempo que se apartaba el pelo de la cara—. Solo me estoy compadeciendo de mí misma. Nada es como esperaba y todo el mundo… — calló y sacudió la cabeza—. Se me pasará. Solo estoy cansada.
Tenía a Sylvain tan cerca que notaba el calor que emanaba de su cuerpo. Era difícil sentir lástima de una misma cuando la miraban con aquellos ojos.
—¿Estás segura? —preguntó él—. ¿Nadie ha dicho nada que te molestara?
Allie esbozó una sonrisa lánguida.
—No —le dijo—. Me estoy comportando como una idiota. Supongo que solo echo de menos… Francia. Tu casa. Cómo eran las cosas antes. No sé, aquí es todo tan… complicado.
Sylvain dio un paso hacia ella y apretó sus piernas contra las de Allie. Ahora ella podía oler el sutil aroma de sándalo de la colonia del chico y sentir su aliento en las mejillas.
Lo miró de manera inquisitiva.
Él le cogió con suavidad un mechón de pelo que le caía sobre el hombro y lo deslizó entre sus dedos como si fuera seda. A Allie se le erizó la piel.
—Hay una cosa que te animará —dijo él. Su voz queda y su acento francés provocaron a Allie un escalofrío—. Es una sorpresa. ¿Nos vemos en la puerta trasera en media hora?
El cuerpo de Allie vibró de la emoción. Lo que más le apetecía en aquellos momentos era distraerse.
—Allí estaré.
Cuando Sylvain se marchó, Allie no supo qué hacer para matar el tiempo. Echó a andar por el pasillo hasta la puerta de la biblioteca. Al llegar dio media vuelta y volvió sobre sus pasos.
Estaba claro que lo que Sylvain quería implicaba besarse. Seguro que quería llevarlo todo al siguiente nivel.
¿Y ella también quería, no? A fin de cuentas, se sentía atraída por él. Y estaba claro que Carter no era un problema. Ese día el chico había sido de todo menos romántico.
¿Pero por qué le importaba tanto?
Se moría de ganas de hablarlo con Rachel. Ella sabría qué hacer.
—Eh, Allie. —El conocido acento de Chelsea la hizo pararse en seco enfrente de la sala común. Al darse la vuelta, vio que la pelirroja caminaba apresuradamente hacia ella, con la falda azul plisada ondeando alrededor de las piernas perfectas.
—Lo que faltaba —pensó con desesperación.
Se preparó para hacer frente al sarcasmo de Katie. Pero no hizo falta.
En vez de eso, la chica parecía casi nerviosa. Jugueteaba sin parar con un delicado brazalete de oro que le colgaba de la muñeca. La luz de la lámpara que pendía del techo se reflejó en su brillante cabellera cobriza. La piel de su rostro no tenía ni una imperfección.
—Esto te va a sonar raro —empezó a decir Katie—. Solo quería decirte que me alegro de que hayas vuelto. Y… ya sé que no te caigo bien y no te culpo. Me he comportado como una bruja. Lo siento… más o menos. —Dejó de toquetear el brazalete y miró a Allie con aquellos ojos verdes, astutos como los de un gato—. Tú también fuiste una bruja conmigo, ¿sabes?
Por un momento, Allie se planteó defenderse. Pero cambió de idea. Lo que Katie estaba diciendo era verdad. Las dos habían recibido y repartido por igual.
—En fin… —prosiguió Katie—. Entonces pasó lo de Nathaniel y te convertiste una especie de superheroína. No sé si te lo había dicho, pero creo que fue increíble lo que tú y los demás hicisteis. Yo sé que… —Se mordió el labio— no lo soy. Valiente, quiero decir.
Allie se quedó de piedra. Ni en mil años hubiese imaginado que Katie le diría aquello.
— Y… no quiero ser tu enemiga —dijo Katie—. Ya tenemos bastantes enemigos ahora mismo. Así que quiero declarar una tregua. Entre nosotras. Por lo menos durante un tiempo. —Hizo una pausa—. Cuando todo esto haya terminado, podemos volver a odiarnos, si quieres.
—¿Quieres…? ¿Quieres que… seamos amigas? —a Allie le costaba expresar algo que no tenía sentido.
—Ya, ya sé. —Katie esbozó una media sonrisa—. Très bizarre, ¿no? Pero salvaste el colegio. Y yo no soy tan cretina. Además, te odiaba por Sylvain, más que nada. Y ya paso de él.
Se alisó los pliegues de la falda en un gesto recatado.
—¿Hablas en serio? —dijo Allie recuperando el habla—. ¿De verdad quieres hacer una tregua?
—Lo digo en serio. —Katie le sostuvo la mirada—. No es ninguna triquiñuela. ¿Qué te parece?
Aquello era increíble. Allie y Katie se habían odiado desde siempre. Katie había sido muy mezquina con ella, muy cruel. Se preguntó si sería capaz de pasar página. De volver a empezar. Pero Katie los había ayudado cuando Nathaniel fue a por los alumnos. Y los demás parecían haberla perdonado.
Lo mínimo que podía hacer era intentarlo.
—Vale —dijo Allie, tras una larga pausa—. Haremos una tregua. Pero se me hace rarísimo.
—¿Verdad que sí? —Katie sonrió—. Bienvenida al mundo al revés.
—¡Katie!
Las dos se giraron y vieron que Lucas saludaba desde el otro lado de la sala común.
Aunque el grueso del alumnado que se había quedado en el colegio se encontraba allí, la sala seguía pareciendo rara. Antes, en una noche normal habría estado hasta los topes. En apariencia, la amplia estancia no había cambiado, las altas estanterías seguían repletas de libros y de juegos de mesa, pero las butacas y los sofás de cuero estaban casi vacíos. El piano de cola mignon estaba en un rincón muerto de aburrimiento.
Katie le devolvió el saludo a Lucas.
—Tengo que irme. —Ladeó la cabeza y añadió—: Me alegro de que hayamos arreglado las cosas. Creo que me gustará no tener que pelearme contigo.
Sin esperar respuesta, dio media vuelta y cruzó la sala contoneándose. Desde la puerta, Allie la observó acercarse al sofá en donde estaba sentado Lucas. Él la recibió con una puya amistosa, pero a Allie no se le escapó cómo había paseado los ojos por toda la figura de Katie en gesto aprobatorio.
Allie frunció el ceño. Lucas era el novio de Rachel. No es que Katie y Lucas estuvieran acurrucados en el sofá, pero se los veía extremadamente cómodos.
Algo atrajo su mirada hacia el fondo de la habitación. En un rincón en penumbra, sentado en una butaca de cuero, Carter sostenía sobre el regazo un pesado libro que leía con sumo interés.
Un mechón de cabello oscuro le caía sobre los ojos, pero no parecía haberse dado cuenta. Sus largas piernas estaban estiradas. Parecía mayor de lo que ella recordaba. Más adulto.
Allie se preguntó si ella también parecería mayor ahora.
Ojalá pudieran volver a ser amigos sin todas esas… historias entre ellos. Siempre encontraban algún motivo para enfadarse. Mientras había estado fuera, lo había echado más de menos de lo que esperaba, y eso la había confundido. En más de una ocasión, mientras simulaba estudiar, tumbada junto a la piscina, se había sorprendido preguntándose qué estaría haciendo el chico. Si la echaría de menos.
Pero la constante y atenta presencia de Sylvain no la había ayudado a saber cómo se sentía.
Ahora, con los dos chicos cerca, tampoco se estaban aclarando las cosas.