Night School. Resistencia
Tres
Y eso que el día había empezado muy bien. El sol brillaba y el cielo no podía ser más azul. Al día siguiente era el cumpleaños de Allie, y ella y Rachel habían planeado una atareada jornada tomando el sol.
Rachel, cómo no, tomaba el sol con los libros de Química, porque Rachel no iba a ningún sitio sin sus libros. Tenía planeado ir a Oxford a estudiar medicina y nada (ni siquiera el ataque de Nathaniel, que había diezmado el colegio y las había dejado malheridas) iba a detenerla.
Desde su marcha de la Academia Cimmeria aquella fría noche de marzo, habían estado estudiando a distancia, y ya eran unas auténticas expertas en la materia.
Aquella tarde, sentada junto a la piscina, Allie había intentado ponerse al día con Historia, pero le había costado mucho concentrarse. Aunque todavía era junio, hacía mucho calor y cualquier excusa era buena para olvidarse del estudio.
Después de todo, pensó, recostada en la tumbona, ¿tengo que estudiar el día antes de mi cumple? ¿No sería casi como estudiar en Nochebuena?
Sobre sus cabezas, una gaviota planeaba en círculos perezosos, sin batir las alas. No había ni una nube.
Allie contempló a Rachel, sentada a la sombra de un gran parasol, totalmente inmersa en el estudio. Las heridas que Gabe le había infligido eran casi invisibles, y eso la alegraba. Quizás algún día desaparecieran del todo.
Tras irse de Cimmeria, pasaron varias semanas antes de que Rachel dejara de tener pesadillas. Y no era la única que las sufría.
Allie se acarició la cicatriz larga y fina del brazo. Era dura al tacto y le seguía doliendo. Era un recordatorio de lo que habían pasado y de por qué estaban huyendo.
Hasta que aterrizaron en aquel lugar, ninguna de las dos había vuelto a sentirse a salvo.
Habían llegado en un convoy de todoterrenos, tras un breve vuelo en jet privado, y sin tener ni la más remota idea de quién las recibiría. La verja, negra y pesada, se abrió para mostrar una gran casa de campo que parecía absorber los rayos del sol a través de sus muros dorados. Unas exuberantes buganvillas de color magenta recubrían la residencia como una manta de colores.
Era hermosa, sí, pero no era más que otra mansión.
Estaban esperando bajo el sol inclemente a que el chófer descargara el equipaje cuando la puerta principal se abrió. De repente, Sylvain estaba en la entrada, sonriéndoles como lo hacía en Cimmeria; aquello era como estar en casa.
Sin pensárselo dos veces, Allie subió las escaleras a toda prisa y se arrojó en sus brazos.
Él rio y la abrazó, como si lo hicieran a diario.
—Dios —susurró él a través de la melena de Allie—, cuánto te he echado de menos.
Más tarde, mientras les mostraba la residencia, Sylvain les había explicado que aquel era el lugar de veraneo de su familia. Además de la residencia principal, el complejo albergaba varias casas que alojaban a los guardias de seguridad y al personal de servicio. Gracias a la altura de los muros y a su situación elevada, resultaba un sitio muy seguro.
La casa era el escondite perfecto y, después de una semana, tanto Allie como Rachel coincidieron en que de buen grado se habrían quedado a vivir allí. Bajo el intenso sol de Francia, les resultó muy fácil olvidar el caos que habían dejado atrás. Fue fácil dejar de preocuparse por Nathaniel o de preguntarse por qué los guardias las seguían a todas partes. Por qué nunca salían del complejo.
Hasta aquel día, cuando Sylvain se presentó en la piscina con la tentadora oferta de unos minutos de libertad.
—Estaba pensando en ir a la playa —dijo Sylvain—. ¿Queréis venir?
Allie no lo dudó ni un instante.
—¿Estás de coña? —preguntó. Él negó con la cabeza y sonrió, y ella se puso en pie de un brinco.
—Venga, Rach. Tú también te vienes.
Pero Rachel rehusó.
—Id en paz, niños —los animó, mirándolos por encima de las gafas con gesto indulgente—. Yo tengo que estudiar.
Así que Allie y Sylvain se fueron solos a la playa.
Montados en la moto de Sylvain, habían paseado por la campiña francesa, contemplando con ojos ansiosos la belleza del paisaje.
A Allie le encantaba aquel lugar.
El único problema era que ya llevaban en Francia casi un mes, más de lo que habían permanecido en ningún otro lugar desde que se habían ido de Cimmeria. En cualquier momento se produciría la llamada. Y luego vendría el avión y otra mansión desconocida las estaría esperando. Rachel y ella volverían a quedarse solas.
¿Y cuándo podrían regresar allí? ¿Volvería a ver a Sylvain algún día?
Hasta el momento, sin embargo, el teléfono no había sonado, y Allie empezaba a acariciar la idea de que a lo mejor podrían quedarse. Quizás Nathaniel nunca los encontrara. O simplemente no se atreviera a meterse con el padre de Sylvain. Al fin y al cabo, el señor Cassel era un poderoso miembro del Gobierno francés y uno de los hombres más ricos del país.
Pero en el fondo Allie sabía que aquello no era más que un sueño. Nathaniel siempre la encontraría.
Siempre.
Descalza como iba, Allie notó el frío suelo de mármol bajo los pies. Después del calor de fuera, la casa le pareció fría como una cámara frigorífica. La piel de los brazos y de los hombros se le erizó.
Los techos abovedados se elevaban veinte metros sobre su cabeza y, en la parte más alta, los ventiladores giraban y emitían un débil zumbido.
—Tengo que encontrar a Rachel —dijo Allie, dirigiéndose a la parte trasera de la casa.
No había dado ni dos pasos cuando tres hombres vestidos con camisetas y pantalones cortos negros irrumpieron en la estancia. Se pusieron a hablar a toda prisa con Sylvain, que los escuchó atentamente.
El nivel de francés de Allie era regular, así que esperó impaciente la traducción de su amigo.
Tras un breve intercambio de palabras, los hombres salieron a la carrera. Sylvain se volvió hacia ella con el ceño fruncido.
—Aquí va todo bien —la tranquilizó—. Rachel está en su habitación y ahora han ido a buscar a mis padres.
Allie suspiró de alivio. Por lo menos Rachel estaba bien. Algo era algo.
Sylvain parecía inquieto y le surcaban la frente varias arrugas de preocupación.
—¿Qué pasa? —preguntó Allie, intentando adivinar la respuesta en los ojos del chico—. ¿Ha sucedido algo más?
Sylvain negó con la cabeza.
—No sé. Es algo que han dicho… Tengo un mal presentimiento…
No hizo falta que terminara la frase. Allie conocía muy bien aquella sensación.
—Nos mandan a otro lado —dijo ella. Lo dijo con indiferencia, pero sintió una aguda punzada de dolor en el corazón—. Al próximo refugio.
Sylvain la tomó de las manos y le dirigió una mirada resuelta.
—No lo permitiré.
Allie lo miró a los ojos, del color del cielo francés, y deseó que aquello fuera posible. Pero no lo era. Quizá pudiera llevar una moto como un profesional, pero no podía decirle a Lucinda Meldrum qué hacer con su nieta.
Ni él podía mantenerla a salvo.
—Nos obligarán —dijo Allie. Luego, porque así lo sentía, añadió—: Te echaré de menos.
Él la miró un largo rato como si quisiera decirle algo pero no encontrase las palabras. Posó la mirada en los labios de Allie, como una caricia.
—Allie… —empezó a decir, pero antes de que pudiera continuar, apareció otro guardia de seguridad y dijo algo que Allie no comprendió.
Sylvain la soltó y la miró con aire afligido.
—Es mi padre. Tengo que irme.
—No pasa nada —dijo ella—. Ya hablaremos después.
Pero en cuanto él se hubo alejado, Allie no pudo evitar un pensamiento triste.
Si es que hay un después.
En cuanto Sylvain se marchó con los guardias, Allie se apresuró a subir la escalera blanca de hierro forjado que se enroscaba delicadamente hasta el piso superior. Corrió por el rellano hasta una inmensa puerta de doble hoja y la abrió con un leve empujón.
El sol de la tarde se filtraba a través de las finas cortinas que recubrían los ventanales y teñía el dormitorio de un resplandor anaranjado. Una amplia cama con dosel, adornada de telas claras y etéreas, presidía la habitación, pero Allie se fue directa a la cómoda.
Rápidamente se puso sobre el bikini una falda corta y una camiseta de tirantes. Después de ponerse las sandalias, se paró frente a una puerta que muy fácilmente habría pasado por un armario y llamó con suavidad.
—Adelante. —La voz de Rachel sonó amortiguada a través de la madera maciza.
Allie abrió la puerta del dormitorio contiguo. Era casi idéntico al suyo, salvo por las cortinas amarillas.
Rachel estaba tumbada en la cama, rodeada de montones de libros. La miraba por encima de las gafas, que le habían resbalado hasta la punta de la nariz.
Allie odiaba ser la portadora de malas noticias. Rachel estaba tan feliz allí. Tan a salvo.
Aunque nunca se está realmente a salvo , se recordó.
La seguridad no es más que una ilusión. Una mentira que nos contamos para poder continuar con nuestras peligrosas vidas.
—Será mejor que bajes —dijo en voz queda—. Nathaniel nos ha encontrado.
—Tenéis que marcharos. —El padre de Sylvain estaba sentado en un elegante sillón tapizado de lino blanco. Allie, Sylvain y Rachel se habían acomodado enfrente, en un sofá a juego—. Este ataque iba en serio. Os podrían haber matado —Miró a su hijo y prosiguió—: Y ambos sabemos que Nathaniel te habría matado a ti con tal de llegar hasta Allie. Nunca se rendirá.
Sylvain no se inmutó, pero para Allie, las palabras del señor Cassel eran el equivalente a que la arrojasen a un pozo negro y sin fondo. La frase resonó en su cabeza.
Nunca se rendirá. Nunca se rendirá.
—¿Adónde nos mandan esta vez? —El tono de Rachel era inexpresivo, pero Allie notó el cansancio que escondía. Las dos estaban hartas de huir.
La respuesta que siguió las dejó anonadadas.
—De vuelta a Cimmeria.
El corazón de Allie dio un vuelco, y Rachel la miró incrédula.
¿Era aquello cierto? ¿Podían irse a casa?
Lucinda siempre le había dejado muy claro que no regresarían al colegio hasta que se arreglara la situación con Nathaniel. Y evidentemente no era el caso. Entonces… ¿qué había cambiado?
—¿Lo dice en serio? —preguntó Allie—. ¿De verdad podemos volver?
La madre de Sylvain, que parecía extrañamente tranquila en medio de aquel caos, la observaba desde su asiento junto a los ventanales que daban a la piscina.
—Al final siempre han acabado por descubrir tu paradero. —Tenía una voz grave de contralto y el acento francés engalanaba sus palabras—. No hay ningún lugar totalmente seguro para ti.
El señor Cassel frunció el ceño ligeramente.
—Eso no es del todo cierto. —Se giró hacia Allie—. Lucinda, tu abuela, piensa que estarás más segura en Inglaterra. Y —dudó unos segundos— nosotros estamos de acuerdo. Por lo menos creemos que no correrás más peligro que aquí. Y además podrás seguir con tus estudios.
Allie no se lo podía creer. Vio cómo Rachel reprimía una sonrisa de excitación y supo exactamente cómo se sentía.
A casa. Nos vamos a casa.
Volvería a ver a Zoe y a Nicole.
Y a Carter.
Con solo pensarlo, se puso nerviosa. No había podido despedirse de él ni arreglar de verdad las cosas.
No había acabado de decidirse.
—¿Cuándo nos vamos? —Sylvain sostuvo la mirada de su padre firmemente.
El señor Cassel abrió la boca para contestar, pero la cerró de inmediato, como si se lo hubiese pensado mejor.
Allie miró a uno y a otro, consciente de que se estaban pasando algún tipo de mensaje que ella no sabía interpretar.
Finalmente, el señor Cassel contestó.
—Allie y Rachel se van esta noche. Si decides irte con ellas… pues te irás también entonces, supongo.
—Por supuesto que me voy con ellas —repuso Sylvain, impasible—. Ya lo sabes.
Desde el ventanal, la madre de Sylvain dejó escapar un leve quejido. Seguía mirando por la ventana con los labios apretados. Como era habitual, vestía muy elegante, con una blusa de lino blanco, pantalones grises y una pashmina azul claro echada sobre los hombros. Parecía sacada de una revista.
Pero Allie nunca la había visto tan triste.
—Preferiríamos que te quedaras aquí —dijo finalmente el señor Cassel—. Donde podamos protegerte.
Sylvain contestó rápidamente a su padre en francés. Allie había estado practicando, pero solo pudo captar un par de palabras. Jamais, nunca. Y comprend, entiendes.
El hombre se puso en pie tan de repente que Allie dio un respingo. Tras decirle algo a Sylvain que ella no entendió, salió a grandes zancadas de la habitación.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Allie mirando a Sylvain.
Respondió la señora Cassel, con los ojos puestos en su hijo.
—Ha dicho: «Haz lo que te plazca».
—Maman… —empezó a decir Sylvain, pero su madre levantó la mano. La manga, al bajársele, dejó entrever una muñeca delgada, morena como la piel de su hijo.
—No tienes que justificarte —le dijo con calma—. Lo entiendo. Pero te quiero y nos preocupamos por ti. —Su mirada se desplazó para incluir a Allie y a Rachel—. Por todos vosotros.
Se hizo un silencio incómodo.
—Bueno… —Rachel carraspeó—. Tendríamos que ir a hacer las maletas. Os dejamos tranquilos. —Se puso en pie e hizo un gesto con la mano a Allie—. Venga, las camisetas no van a guardarse solas.
—No, claro que no —convino Allie, echando a andar detrás de su amiga—. Y no te olvides de los pantalones, también hay que meterlos en la maleta.
Sylvain ni siquiera las miró cuando se perdieron por las escaleras y los dejaron sumidos en una quietud sofocante.
Allie ya había metido todas sus pertenencias en las mochilas cuando un guardia la informó de que no se marcharían hasta entrada la noche. Una vez que abandonaran la seguridad de la residencia Cassel, necesitarían moverse rápido, le explicó, y para eso las carreteras tenían que estar despejadas.
Al final eran más de las diez cuando bajaron a la puerta principal. Un convoy de todoterrenos negros las estaba esperando con las luces encendidas y los motores en marcha.
Sin mediar palabra, el padre de Sylvain se despidió de Allie y Rachel besándolas en las mejillas. Le dijo algo a Sylvain en voz baja y Allie vio cómo la mandíbula del chico se crispaba al escucharlo. Después, el padre desapareció en el interior de la residencia.
La señora Cassel estrechó a Rachel entre sus brazos.
—Suerte con los estudios, Rachel —le deseó, con su agradable acento francés—. Me encantaría que fueras mi médica algún día.
—Gracias por todo —dijo Rachel. La mujer la correspondió con una sonrisa afectuosa.
Cuando Rachel se encaminó hacia el coche, la señora Cassel se volvió hacia Allie.
—Adiós, querida. —Cuando la abrazó, Allie aspiró su perfume, una mezcla de flores y especias.
La señora Cassel dio un paso atrás y cogió a Allie por los hombros mientras estudiaba su cara, como si quisiera decirle algo más. Allie no pudo descifrar lo que expresaban aquellos cariñosos ojos de color avellana. Cautela, quizás. Puede que duda.
La mujer la soltó y solamente añadió:
—Ten cuidado, chère Allie.
—Lo tendré —le prometió. De repente, se le ocurrió una pregunta—: ¿Y qué pasará con ustedes? Nathaniel sabe dónde están. Sabe que me han ayudado.
La señora Cassel pareció conmovida por su preocupación.
—Estamos protegidos —dijo con amabilidad. Además, no es a nosotros a quien quiere, querida.
Su franqueza le pareció escalofriante y, sin embargo, la agradeció, mientras se apresuraba a reunirse con Rachel en la fila de vehículos.
Sylvain estaba de pie en las escaleras delanteras. A través de la puerta abierta del vehículo, Allie observó cómo hablaba en voz queda con su madre. Siempre que veía a alguien tan unido a sus padres, a Allie se le encogía el corazón. No había hablado con los suyos desde hacía meses, telefonear era imposible mientras se estaba huyendo. Sabía que Isabelle los mantenía al corriente de todo, pero no era fácil aceptar que no les importaba lo suficiente como para que insistieran en hablar con ella.
Me pregunto cómo debe ser caerles bien a tus padres . Se sacudió aquel pensamiento de la cabeza, era más fácil no darle vueltas.
La señora Cassel abrazó a Sylvain antes de dejarlo marchar. Mientras él bajaba la escalera, Allie advirtió que la mujer se secaba rápidamente una lágrima que le bajaba por la mejilla.
Para cuando Sylvain estuvo sentado en el interior del todoterreno, mirando de nuevo a su madre, el semblante de esta estaba totalmente sereno. La señora Cassel les dijo adiós con la mano, como si fueran chicos normales de camino a una escuela normal.
Un guardia cerró la puerta del vehículo y Allie oyó el sonido característico del cierre centralizado bloqueando las puertas.
La emoción le recorrió el cuerpo como una descarga. Aunque cambiaran ahora de idea, ya era demasiado tarde.
Volvían a casa.