Night School. Resistencia
Treinta y cinco
La noche y sus sonidos aún poblaban la calle. Las voces de los programas de televisión que salían por las ventanas abiertas flotaban en la cálida brisa del verano. Se oían charlas y risas. A lo lejos, el sonido amortiguado de una sirena y el rugido de un avión.
Lo normal de un viernes por la noche en la gran ciudad. Nada sospechoso.
En cuanto echaron a andar, parte de la tensión de Allie se esfumó. A pesar de todo, estar de vuelta en la ciudad la hacía sentirse extrañamente bien. En el campo siempre era la forastera. Londres era su territorio.
Los edificios elegantes que los rodeaban evocaban dinero y poder. La luz, dorada y sedosa, se colaba por los grandes ventanales como si todo lo que había dentro estuviese bañado en oro.
Como dos jóvenes de Hampstead que estuvieran dando un paseo, caminaron hombro con hombro hasta el final de la calle. Sus ojos escudriñaban sin cesar la acera derecha, fijándose en los huecos que había entre las viviendas.
Allie fue la primera en verlo.
—Por ahí. —Le dio un codazo a Carter y ladeó la cabeza para indicarle el camino pavimentado que discurría entre dos casas. Estaba bastante escondido.
Cuando tomaron el camino, la oscuridad los engulló. Pronto el asfalto que pisaban se convirtió en un sendero de tierra.
Habían llegado al páramo de Hampstead Heath.
Eran conscientes de que desde las ventanas de las casas aún se les podía ver, así que siguieron caminando, lentamente pero sin dejar de estudiar el terreno que los rodeaba.
A su izquierda Allie vio unos cuantos árboles desperdigados, y más allá, una frondosa arboleda. Allí se dirigían.
En cuanto la luz de las casas desapareció, echaron a correr al trote. El suelo era irregular y la hierba crecía alta, pero estaban acostumbrados.
La ruta que habían elegido para subir hasta la cima los obligaba a rodear la base de la colina de Parliament Hill.
Tal y como Raj les había advertido, lo que en el mapa parecía sencillo, de noche se complicaba. Entre los árboles era fácil desorientarse. En la ciudad, por lo menos, había más luz ambiental. Aun así, en cuanto sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, prescindieron de las linternas.
—Estoy segura de que este árbol ya lo hemos visto antes —susurró Allie, mirando un pino torcido difícil de olvidar.
—Los árboles son todos iguales —señaló Carter al tiempo que sacaba un GPS del bolsillo—. Deberíamos estar yendo hacia el noroeste. —Giró el cuerpo con el aparato en la mano hasta que encontró el resultado que buscaba. Volvió a mirar a Allie—. Es por ahí.
Al cabo de poco tiempo, la maleza se hizo más densa. Pronto tuvieron que abrirse camino entre zarzales y ortigas que le dejaron a Allie los brazos llenos de cortes.
—Malditas plantas asquerosas —maldijo cuando una rama de espino le arañó la mano derecha.
—Parece que más adelante mejora. —Carter señaló un claro que se vislumbraba entre los árboles.
Allie se agarró la mano herida y corrió pisándole los talones a Carter. Saltaron un tronco caído que bloqueaba el camino y aterrizaron junto a un tranquilo riachuelo. Vadearon el arroyo tan silenciosamente como pudieron y alcanzaron la ribera del otro lado chapoteando desagradablemente con las botas en el fango.
Se disponían a adentrarse en el calvero cuando Allie lo vio. Algo se había movido. Algo que no tenía que estar allí.
Al principió pensó que solo se trataba de una sombra. Pero luego la sombra volvió a moverse. Con demasiada fuerza.
Allí había alguien.
Allie se olvidó del dolor de la mano y agarró a Carter del brazo. Tiró de él y se lo llevó al abrigo de los árboles. Él la interrogó con la mirada. Allie apuntó hacia el claro.
Al principio los ojos de Carter buscaron erráticos sin ver nada. Pero luego la vista se le aguzó.
Había una especie de sombra deslizándose por el claro, y se movía de forma muy silenciosa. Letal.
¿Será uno de los nuestros?, se preguntó Allie, ¿o de los otros?
No había manera de saberlo. A oscuras, todos tenían la misma pinta.
Se agacharon y observaron la figura.
Evítalo si es más fuerte.
Allí arriba, los sonidos de la ciudad eran inaudibles. Allie solo oía el latido de su corazón y la respiración acompasada de Carter. Casi no corría aire y los árboles estaban quietos, como si también aguardaran.
Cuando la sombra finalmente desapareció, esperaron durante unos minutos interminables hasta asegurarse de que estaba lejos. Luego Carter agarró a Allie del brazo y señaló hacia adelante. Ella asintió.
Se incorporaron a la vez y avanzaron por el claro, tan silenciosos como la sombra que los había precedido.
Acordaron tácitamente cruzar el camino que había tomado la sombra y dirigirse en diagonal hacia la base de la colina. El entrenamiento les había enseñado que esa era la mejor manera de evitar toparse con el intruso.
Una cosa estaba clara: aquello iba en serio. El bosque estaba lleno de gente.
Después de avanzar con cuidado durante diez minutos, los árboles empezaron a escasear y se encontraron subiendo por una empinada cuesta que desembocaba en un llano. Raj los había prevenido sobre aquella zona; allí no iban a encontrar donde esconderse.
La solución del instructor a ese problema había sido simple: «Moveos rápido».
Se agacharon y salieron corriendo de la arboleda cada vez más rápido hasta que llegaron a la parte más alta de la colina. Aunque mantuvieron la distancia de seguridad que habían convenido, Allie fue consciente en todo momento de la posición y de la velocidad de Carter.
De hecho, estaba tan pendiente de él que tardó un instante en darse cuenta de que ya habían alcanzado la cima. La vista era tan impresionante que se paró en seco: todo Londres se extendía a sus pies. Como una galaxia de estrellas bajas que se estiraba hacia el infinito.
Y observando el paisaje desde allí arriba había solamente una mujer.
Contemplaba la ciudad con las manos entrelazadas a la espalda. Un pulcro mechón de su cabello blanco platino reflejaba las luces de la urbe. Su porte era erguido.
A Allie le pareció que habría reconocido a su abuela en cualquier lugar solo por su postura.
Lucinda llevaba unos pantalones perfectamente planchados y una gabardina cara. Cualquiera que pasara por allí la habría tomado por una dama de Hampstead disfrutando de un paseo nocturno.
Allie corrió a su encuentro. Carter se quedó rezagado a una distancia prudencial.
—Lucinda… Abuela…
Al oír su voz, Lucinda se dio la vuelta tranquilamente.
—Oh, estupendo. Ya estás aquí. Debo decir que admiro tu puntualidad, Allie. Me temo que he llegado más bien pronto. Carter. —Lucinda abarcó al chico con la mirada y le tendió una mano firme.
Tras un breve instante de vacilación, Carter se acercó y le dio la mano con cuidadosa deferencia.
—Me han hablado mucho de ti —dijo Lucinda—. En parte, tú eres uno de los motivos por los cuales estamos hoy aquí. Estamos luchando por ti. —Ella lo miró de arriba abajo con escepticismo en los ojos—. Espero sinceramente que lo valgas.
Antes de que Carter, pudiese preguntar de qué iba todo aquello, Allie se adelantó:
—¿Dónde está Jerry? Pensaba que estaría contigo.
—Está por aquí —dijo Lucinda fríamente—. Te lo puedo asegurar.
Era evidente que no iba a revelar mucho más, así que Allie lo dejó correr, pero se quedó preocupada.
Lucinda giró la muñeca y echó un vistazo al reloj.
—Eres muy puntual, pero no puedo decir lo mismo de Nathaniel…
—Oh, Lucinda. —Se oyó a sus espaldas la conocida voz de Nathaniel. Allie y Carter se dieron media vuelta y lo vieron caminado hacia ellos por el sendero que conducía a la cima—. ¿Siempre tienes que ser tan crítica?
Era un tono cínico. Familiar. Se lo veía muy cómodo caminando por el borde de la colina, con las manos metidas en los bolsillos, tan campante.
Una vez más, Allie se maravilló de su apariencia ordinaria. Inofensiva. Era algo más bajito que Carter y de complexión media. Llevaba el cabello oscuro peinado con esmero y un traje gris con una camisa blanca e impoluta, bien cortado pero nada llamativo. No llevaba corbata, cosa que lo hacía parecer aún más corriente. A pesar de ello, su aspecto parecía tan estudiado que no tenía nada de normal.
A Allie se le aceleró el corazón, pero se obligó a quedarse quieta y a aparentar tranquilidad. A su lado, Carter no movió ni un músculo. Allie estudió el bosque que los rodeaba en busca de una señal de Raj o de su equipo, pero no encontró nada.
Estaban solos con Nathaniel.
—Nathaniel —le regañó Lucinda—, deberías anunciar tu llegada. ¿Es que no has aprendido nada?
Hablaba como si estuviera ligeramente molesta, como si él hubiese llegado tarde a la cena de su club. Allie no percibió ningún signo de incomodidad en su expresión o en su actitud. Más bien parecía encantada; tenía las mejillas sonrojadas y los ojos le brillaban. Como si él hubiese hecho algo gracioso.
Disfruta con esto, comprendió Allie. El juego. El riesgo. Este es su mundo.
—La eterna profesora —rio Nathaniel. Su risa no resultaba desagradable. Se sacudió la manga izquierda dos veces. Y luego la derecha. Siempre con el mismo gesto.
Allie se acordó de que Katie creía que tenía un trastorno obsesivo.
El hombre se aproximó, como si los cuatro fueran un grupo de amigos a punto de celebrar un picnic en el parque.
De repente, se giró y miró a Allie, sus ojos eran claros y curiosos.
—Tienes buen aspecto, Allie.
Ella solo había estado una vez así de cerca de Nathaniel, y en aquella ocasión él sostenía un cuchillo contra su garganta.
La boca se le secó y no fue capaz de responder.
Carter dio un paso a la derecha y se interpuso entre Allie y Nathaniel.
Visiblemente intrigado, Nathaniel torció la cabeza a un lado.
—¿Y tú debes de ser…?
—No tengo la obligación de decirte nada. —Carter no se esforzó en esconder su desdén.
—Ya lo creo que sí. —La mirada de Nathaniel se endureció. Ahora ya no parecía tan agradable—. Esta es mi fiesta. Yo pongo las reglas. Tu nombre. —Chasqueó los dedos—. Dímelo.
—Nathaniel —intercedió Lucinda —, te presento a Carter West. Carter, este es Nathaniel. ¿Podemos hablar ahora de lo que nos trae aquí?
Pero Nathaniel no estaba dispuesto a cambiar de tema. Observó a Carter con interés renovado.
—De modo que eres el famoso Carter West. Qué interesante. He oído hablar muchísimo de ti. No sé por qué, esperaba que fueras… no sé, más alto. —Se interrumpió, acariciándose la barbilla con el pulgar en ademán pensativo—. De hecho, ¿no nos conocemos?
Carter no respondió. Solo se quedó mirando al otro con gélido menosprecio. El joven no traslucía miedo alguno, pero Allie advirtió cómo apretaba la mandíbula.
La última vez que se habían visto, Gabe había dejado a Carter al borde de la muerte.
—Ahora me acuerdo. —Nathaniel se enderezó, como si el recuerdo acabara de venirle—. Fue en el castillo. Lamento lo sucedido. Gabe se pasó de la raya… otra vez. Es un chico problemático.
Carter seguía sin decir nada. Allie admiraba su autocontrol, pero no lo compartía.
—La última vez que te vi me apuñalaste en el brazo —dijo dando un paso hacia Nathaniel—. ¿Se te había olvidado eso?
—Allie —la reprendió Lucinda—. Recuerda lo que me prometiste.
Sin embargo, y para sorpresa de Allie, Nathaniel parecía arrepentido. Y cuando tomó la palabra, parte de su soberbia había desparecido de su voz.
—Fue un accidente, Allie —dijo—. Te moviste muy rápido y no pude retirar el cuchillo a tiempo. En ningún momento pretendí hacerte daño. Siento mucho lo que ocurrió.
Allie lo miró fijamente, muda de la sorpresa. Si había algo que no esperaba de Nathaniel aquella noche era humildad.
—Me alegré de saber que no había sido nada grave —prosiguió él—. Aquella noche las cosas no salieron según lo previsto.
Parecía que quería decir algo más, pero Lucinda hizo un gesto de impaciencia.
—Ya basta, Nathaniel. No creo que te hayas esmerado tanto en organizar este parlamento para pedirle disculpas a mi nieta por herirla de gravedad. Lo que hiciste es imperdonable.
Él se volvió hacia Lucinda y esbozó una sonrisa casi nostálgica.
—Oh, Lucinda. Cuánto he echado de menos discutir contigo. A pesar de todo. — Antes de que la anciana pudiera contestar, añadió rápidamente—: Bueno, hablemos de negocios. Qué desagradables circunstancias… Qué triste negocio este…
Repentinamente, el nerviosismo de Allie se agudizó. Allí pasaba algo raro. El comportamiento de Nathaniel no encajaba; el lugar le pareció extraño y vulnerable.
Se le erizó el vello de la espalda. Algo iba mal.
Echó un vistazo al tenebroso páramo que los rodeaba. Tenían que estar alerta. Cualquiera podría estar escondido en la oscuridad.
Le dio un codazo a Carter. Cuando la miró, Allie ladeó muy sutilmente la cabeza hacia el páramo que se extendía ante ellos, protegido por el manto de la oscuridad.
El muchacho captó el mensaje y retrocedió disimuladamente un paso para tener mejor perspectiva del llano que tenía delante. Y de cualquiera que estuviera allí al acecho.
A Allie la reconfortó pensar que por allí cerca, en alguna parte, estarían escondidas Nicole y Zoe. Tal vez los estuvieran vigilando en aquel momento.
—¿Me has traído mi regalo? —preguntó Nathaniel.
De momento, el hombre parecía haberse olvidado de Allie. Toda su atención estaba centrada en Lucinda.
—Si con «regalo» te refieres a Jerry Cole, pues sí —contestó Lucinda—. Está cerca. Y podrás quedártelo en cuanto aceptes nuestras condiciones.
Nathaniel se balanceó sobre los talones. Sus ojos castaños no delataban más que curiosidad. Su tono era desafiante. Juguetón, incluso.
—¿Y qué condiciones son esas? Venga, Lucinda. Sorpréndeme.
La abuela de Allie vaciló durante una fracción de segundo, pero Allie se dio cuenta. También encontraba rara la actitud de Nathaniel. Se diría que estaba casi… contento.
—Nathaniel. —Lucinda se acercó a él—. Acabemos con esto. Hagamos un pacto. Encontremos un modo de seguir adelante sin destruir la organización. Si quieres que abandone la presidencia de Orión, lo haré. De todos modos, ambos sabemos que ya no tengo nada que hacer allí. Si quieres que la dirección de Cimmeria la ocupe otra persona, de acuerdo. Isabelle y yo accederemos también a eso.
Allie oyó cómo Carter contenía la respiración y se quedó mirando a Lucinda sin dar crédito.
Nunca les habían mencionado nada parecido.
¿Para eso estaban allí? ¿Para que Lucinda se lo entregara todo a Nathaniel?
Quiso protestar, pero había prometido no inmiscuirse. Había prometido que confiaría en su abuela.
De manera que se mordió la lengua y esperó.
Nathaniel abrió los ojos como platos, visiblemente sorprendido.
—Pero Lucinda, ¡qué magnánima! Me dejas de piedra con tanta generosidad. ¿Me estás diciendo que aceptarás encantada que yo presida Orión y que escoja al nuevo responsable de la Night School? Porque si es así, por fin estamos llegando a buen puerto.
Lucinda sonrió con aire felino.
—Veamos, Nathaniel. Tú sabes que no puedes presidir Orión. No sé qué te habrán prometido tus amigos de la junta, pero si yo abandono, en realidad el cargo no será para ti. Ya lo sabes. Las promesas se las lleva el viento. El Reglamento es inviolable y, técnicamente, ahora mismo no eres miembro de la organización. Sin embargo, existen muchos miembros veteranos a los que apoyaría con mucho gusto.
Nathaniel entornó los ojos.
—No me cabe duda de que hay algunas personas a las que apoyarías. Ya conozco a tus patéticas marionetas. Esos cuatro gatos que aún se aferran a la esperanza de que resurjas de tus cenizas y les devuelvas el poder perdido.
Dio un paso atrás, como si no soportase la proximidad de la anciana.
—Qué decepción. Debo admitir que esta vez pensaba que ibas en serio. Que íbamos a evitarnos más disgustos. Sin embargo, ya ves, volvemos a estar donde empezamos. Tú y tus juegos desesperados por no perder el control de la organización. —Meneó la cabeza con pesar—. No es digno de ti, Lucinda. Tú, más que nadie, deberías saber cuándo ha llegado la hora de retirarse.
Lucinda no se inmutó. Permaneció erguida, impávida. Tenía un aire bastante espléndido, pensó Allie, con todo Londres a sus pies. La anciana encogió los hombros y su fina gabardina revoloteó como una capa.
—Nathaniel, si no llegamos a un acuerdo, no te entregaré a Jerry Cole. Y sé lo mucho que él significa para ti.
Nathaniel, deleitado, estalló en risas.
—¿Entonces ya te has enterado de quién es? ¿O, mejor dicho, de quién era?
Lucinda inclinó la cabeza.
Allie frunció el ceño y miró alternativamente a ambos adultos. Ni Isabelle ni su abuela habían comentado nada acerca de la verdadera identidad de Jerry.
¿Desde cuándo lo saben?
—Gerald Barlow-Smith. —Lucinda pronunció el nombre con precisión—. Era tu superior cuando empezaste a trabajar en mis oficinas. Fue tu mentor. Lo echaron por robar.
—Tú lo despediste, injustamente —dijo Nathaniel—, por culpa de un malentendido que tuvo con uno de tus ayudantes.
Lucinda parecía exasperada.
—Por favor, Nathaniel. Desvió muchísimo dinero de la cuenta de la empresa. Las pruebas eran evidentes.
—Era su dinero —empezó a decir Nathaniel, furioso, pero sin previo aviso pareció cambiar de idea—. No tengo intención de discutir por esto ahora. De todas formas, no importa. No hace falta que me entregues a Jerry. Porque ya lo tengo.
Lucinda se quedó helada.
Era la primera vez aquella noche que Allie veía a su abuela con la guardia baja.
Nathaniel hizo un gesto hacia los árboles que había a sus espaldas.
Horrorizada, Allie se giró lentamente hacia donde él apuntaba. Carter acababa de ponerse delante de ella, colocando el cuerpo en un ángulo que la protegía de cualquier golpe. Fue entonces cuando Allie vio a Jerry saliendo del bosque. Iba acompañado de Gabe. Ambos les apuntaban con pistolas.