Night School. Resistencia
Veintidós
—¿Christopher…? —Los labios de Allie se negaban a moverse. El nombre le salió en un susurro aterrorizado.
Christopher estaba de pie frente al escritorio, de espaldas a la ventana abierta.
—El mismo —dijo él girando las manos, como si ese gesto lo probase—. Y ya que no le estoy prendiendo fuego a nada… no pidas ayuda hasta que me hayas escuchado, por favor.
El corazón de Allie iba a mil por hora, pero le costaba moverse. Tenía la sensación de estar en un sueño. En una pesadilla.
¿De verdad estaba Christopher allí?
Hubo un tiempo en el que habría dado cualquier cosa por hablar con su hermano. Ahora le daba miedo. Y estaba enfadada con él.
Al principio, cuando se enteró de que su hermano se había unido a Nathaniel, no había querido aceptar que lo había perdido para siempre. Pero finalmente tuvo que dejarlo ir. No le quedó más remedio que asumir que, en aquella guerra, él había escogido el bando contrario.
Y ahora ahí estaba otra vez ante ella, con su típica sonrisa de culpabilidad. Como si hubiese roto algo y quisiera que Allie no se chivara a mamá.
El estómago se le revolvió de dolor y resentimiento.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —El tono de Allie era grave y amenazador—. ¿Cómo has esquivado a los guardias?
Él rio brevemente.
—No ha sido fácil. Oye, perdona que me presente aquí sin más, pero necesitaba hablar contigo.
Sonaba tranquilo, pero Allie advirtió que la nuez le subía y le bajaba a causa de los nervios. De hecho, ahora que se fijaba, tenía los hombros y los brazos en tensión. Se lo notaba en la manera de gesticular.
El miedo de él le dio fuerzas. Recordó dónde estaba y todo lo que había aprendido.
Era él quien debía estar asustado.
Lo observó con detenimiento, sin ningún disimulo, para que supiera que no se fiaba de él.
—¿Te envía Nathaniel? ¿Qué quiere?
—Nathaniel no sabe que estoy aquí. Si llegara a enterarse… —Dejó la frase sin terminar, como si lo que podía sucederle fuese indecible. Impensable.
La brisa fresca entró por la ventana abierta que había detrás de Christopher. Fuera Allie no vio ni luna ni estrellas, solamente oscuridad.
Entornó los ojos.
—¿Y por qué corres estos riesgos? Pensaba que eras su leal servidor.
—Lo era. —Christopher se apoyó en el escritorio—. O sea… Creía en él. Creo en él, todavía. —Se frotó la cara con las manos—. Es que todo se nos ha ido de las manos, Al. Es un lío.
Allie era incapaz de disimular su incredulidad. ¿De dónde había salido ese nuevo Christopher?
—¿Qué es un lío? —preguntó ella en un tono cada vez más incisivo.
—Mi cabeza —Christopher bajó la vista—. Nathaniel me contó la verdad sobre nosotros… Sobre nuestra familia. Y pensé que él podría arreglar las cosas. Darnos lo que nos merecemos. Pero luego hizo cosas… Cosas muy malas. Y ahora ya no sé qué pensar.
Allie, que conocía muy bien las maldades que había cometido Nathaniel, no sabía cómo tomarse aquello. Su hermano parecía sincero. Sin embargo, aquello también podía ser una farsa bien planeada. Alguna triquiñuela ideada por Nathaniel.
Si algo había aprendido en el último año era esto: todo el mundo miente. Hasta la gente que amas.
—No digas «nosotros» —dijo ella en tono cortante—. Tú no has hecho nada por mí. Todo lo que has hecho ha sido por ti.
Su hermano no se lo discutió.
—Vale. Sé que estás enfadada. Y no te culpo. Pero tienes que entenderlo. Ese tío… ¿Gabe? —Christopher buscó en la cara de Allie una señal de que lo reconocía.
Ella asintió con rigidez. Desde luego que sí. Allie sabía perfectamente quién era Gabe.
—Está loco. Y Nathaniel lo sabe. Es extremadamente peligroso, y aun así sigue disponiendo de él como si fuera una especie de… yo qué sé. Una especie de pistola con patas. —Meneó la cabeza—. Se suponía que no debía hacerle ningún daño a tu amiga Ruth. O a aquella otra chica… ¿Cómo se llamaba?
Por un segundo, Allie no pudo articular palabra. Apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas de las manos.
—Jo —dijo Allie, tras un segundo interminable. La palabra quedó congelada en el aire entre los dos.
—Eso. —Estaba claro que aquel nombre no significaba nada para Christopher. No conocía a ninguna de las personas que Allie quería—. Nathaniel se enfadó muchísimo por lo que hizo. Pero ahí sigue.
Al oír aquello, Allie sintió ganas de llorar. De gritar. Pero aplacó la urgencia. Necesitaba más información, así que no se inmutó.
—¿Por qué?
Él le sostuvo la mirada.
—Porque a ti te da miedo.
Allie se oyó reír amargamente y trató de sofocar la risa.
—Vaya motivo de mierda para ir por ahí con un psicópata.
—Ya lo sé. Ese es el problema, justamente. —Se pasó los dedos por el pelo. Parecía muy angustiado, y Allie lo estudió con interés renovado. ¿Estaría fingiendo?
—Aún hay más. Otras cosas. Creo que lo que quiere está bien, pero…
—¿El qué? —Allie fue incapaz de seguir controlándose—. ¿Dominar el mundo? ¿Convertirse en una especie de emperador chiflado? O sea que eso sí es chachipiruli, ¿pero matar a un par de personas te parece peor? Por el amor de Dios, Christopher.
La voz de Allie rezumaba sarcasmo y él la miró con los ojos entornados.
En aquel momento, Christopher le recordó tanto a su padre que Allie contuvo la respiración. Ambos tenían los mismos ojos claros. La misma expresión reprobatoria.
—Venga ya. ¿Te parece bien que Lucinda domine el país, pero si lo hace Nathaniel está mal? —Christopher se enderezó y dio un paso adelante—. ¿Por qué no puede hacerlo él? ¿Por qué no nosotros? Cualquiera que tenga la energía, las ideas y la familia…
Allie enfureció.
—¿Y qué tendrá que ver la familia? —dijo Allie exaltada—. ¿Estás diciendo que para estar en el poder hay que pertenecer a nuestra familia? Claro, los Sheridan somos unos primeros ministros de la leche. —Hizo un gesto ondulante con la mano —. ¿Es eso lo que piensas?
Sin Allie darse cuenta, se habían ido acercando mientras discutían. Ahora estaba demasiado enfadada como para que eso la preocupara. Tenía que ponerse de puntillas para quedar a la altura de los ojos de su hermano; no lo recordaba así de alto.
—Los Meldrums —la corrigió él, usando el apellido de su abuela. Allie pensó en el libro que había en el cajón y que recogía los nombres de sus ancestros. Todos habían llevado una vida privilegiada por ser quienes eran, no por lo que habían hecho. O por lo mucho que se hubieran esforzado.
—¿Sabes qué? Ese ni siquiera es su apellido de verdad —le espetó Allie—. Era el apellido de su marido favorito. Si estás buscando un nombre al que agarrarte en todo este rollo de la dominación del mundo, haz el favor de investigar un poco. Y entérate de quiénes somos realmente.
—Vale, vale. —Él levantó las manos en gesto de rendición—. No nos peleemos. Solo escucha lo que he venido a decirte. Y luego me iré, te lo prometo. Me doy cuenta de que no me quieres aquí.
—Pues que sea rápido. —Su voz era gélida.
Christopher dio un paso más hacia Allie. Estaba demasiado cerca. Pero ella no quería retroceder y demostrarle que tenía miedo. Se obligó a sostenerle la mirada.
—Vas a ir con Lucinda al parlamento con Nathaniel. —Christopher hablaba en voz baja y muy rápido—. No vayas. Es una trampa.
Allie resolló. ¿De verdad había ido hasta allí para decirle la cosa más obvia del mundo?
—Por favor. Pues claro que es una maldita trampa. ¿Te crees que no lo sé?
Él negó con la cabeza.
—Es una trampa muy ingeniosa, Allie. Y no es para ti.
Eso la paró en seco. Allie lo miró fijamente.
—¿Para quién es?
El joven contestó con otra pregunta:
—¿Quién es el mayor problema de Nathaniel ahora mismo?
—Lucinda —El nombre salió en forma de exhalación.
La expresión de él le confirmó que había acertado.
—Entonces, si va a por Lucinda, ¿por qué no quieres que acuda yo? —Su tono de voz era neutro, pero por dentro estaba calculando cuánto tardaría en llegar a la habitación de Isabelle para que llamara a Lucinda.
—Porque una vez que se deshaga de ella —dijo Christopher con la misma voz que ponía cuando la ayudaba a hacer los deberes—, ¿quién te protegerá?
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire.
¿Qué estaba diciendo? ¿Que Nathaniel iría a por ella aun cuando no estuviese Lucinda? ¿Y desde cuándo se preocupaba Christopher por su bienestar? Como si a Allie no le hubiese pasado nada hasta ahora.
Como una advertencia, la cicatriz de su brazo palpitó.
—No lo entiendo —dijo Allie—. Me avisas de lo que trama Nathaniel. Es como si quisieras que ganara Lucinda. ¿De qué lado estás?
La pregunta desconcertó al otro visiblemente, que vaciló antes de responder:
—Supongo que ahora estoy de mi propio lado. Porque ya no puedo seguir formando parte de lo que Nathaniel quiere. Y tampoco es que pueda pasarme a tu bando, ¿verdad? No te fías de mí.
Él la desafió con la mirada.
—¿Cómo voy a fiarme de ti? —De pronto, a Allie se le hizo un nudo en la garganta. La voz le temblaba, aunque solo un poco—. Dime. Te pusiste de su parte. Nathaniel mató a personas que yo quería. Y tú estabas allí, con él.
—O sea que así estamos. —Parecía que lo dijese sobre todo para sí mismo. Como si confirmase una sospecha.
Entonces Christopher se enderezó.
—¿Qué pasaría si te dijera quién es el espía? ¿Me creerías?
Allie se quedó de piedra. ¿Sabe quién es?
Hizo esfuerzos por conservar la expresión.
—Ni así te creería —contestó ella.
—Pero seguro que quieres saber quién es… —Christopher dio un paso más hacia ella. Ahora sí que estaba demasiado cerca, y Allie retrocedió a toda prisa hacia la pared. Levantó los puños.
—No te acerques más —le advirtió Allie.
Christopher se detuvo en el acto. Había dolor en sus ojos.
—Cielos —dijo él—. Me odias en serio.
Allie no pensaba disculparse por ello.
—¿Y qué esperabas?
—¿Es que no te das cuenta, Allie? —Se miraron mutuamente—. Ahora mismo tú y yo somos todo lo que tenemos. Nuestros padres pasan de nosotros. No le importamos a nadie…
Esas palabras golpearon a Allie como un puñetazo y la hicieron tambalearse.
¿Tenía razón su hermano? ¿Todo lo que tenía en el mundo era él?
Por un instante recordó a la niña herida que había llegado a la Academia Cimmeria. Su familia la había abandonado. No tenía amigos. Estaba sola en el mundo.
Pero ya no era esa niña. Se había esforzado mucho en dejar de serlo. Pensó en Rachel, en Zoe, en Carter y en Sylvain.
Cuando tomó la palabra, se sorprendió de lo firme que sonaba su voz.
—Puede que yo sea todo lo que tú tengas. Pero tú no eres lo único que tengo yo. Estoy rodeada de gente que me quiere.
—¿Estás segura? —Él le lanzó una mirada cínica—. ¿O estás rodeada de gente que ama el poder de tu abuela? Dime una cosa: si Lucinda Meldrum no fuera tu abuela, ¿estarías aquí? ¿Tendrías algún amigo en la Academia Cimmeria? ¿Sabrían siquiera que existes?
Allie no soportó comprobar que había algo de verdad en aquellas horrendas palabras. No soportaba que la hicieran dudar de sus amigos.
—Largo de aquí. —Allie siseó las palabras.
Al ver que su hermano no se movía, avanzó hacia él con movimientos lentos y estudiados. A cada paso calculaba un ángulo. Una trayectoria. Cómo podía agarrarlo para hacerle perder el equilibro.
—Lárgate de mi habitación o te sacaré yo misma.
—Allie… —Él se alejó rápidamente—. Vamos. Por lo menos, deja que te diga quién es…
Pero Allie no quería seguir escuchándolo.
—Te lo juro, Christopher, como no te vayas te tiro por la ventana. Y si piensas que no puedo… espera y verás.
Al ver que iba en serio, el joven dio media vuelta y se subió al escritorio atléticamente, de un salto. Ahora Allie tenía que estirar el cuello para poder mirarlo a la cara.
Retrocedió un paso. Ambos sabían que él estaba en posición dominante.
Sin embargo, Christopher se limitó a hablar.
—Sabes que tengo razón. En el fondo lo sabes. No vayas al parlamento, Allie. No te fíes de nadie. Ten cuidado.
Dicho esto, saltó al alféizar de la ventana y desapareció.
—¿Te ha dicho algo más? —Isabelle se reclinó en la butaca. Llevaba puesta una bata blanca y la melena rubia oscura le caía sobre los hombros.
Cuando cruzó las piernas, el pantalón del pijama le asomó por debajo del batín.
De alguna manera, eso la hacía parecer más vulnerable.
Allie asintió.
—El parlamento es una trampa para Lucinda.
—Lo que más me interesa saber es por qué ha sentido la necesidad de decírtelo. —La débil voz de Lucinda emergió del teléfono posado sobre el escritorio de Isabelle —. Si lo que te contó acerca de Nathaniel es cierto, ha arriesgado la vida para decírtelo. ¿A qué se debe ese cambio de actitud?
—No me fío de él, abuela —dijo Allie mirando el teléfono, como si la otra pudiera verla.
—Me fío de tu instinto —dijo Lucinda—. Pero quiero saber más. Y además es mi nieto. Si ya no está con Nathaniel, entonces está solo ahí fuera. Puede que necesite mi ayuda. Isabelle, pídele a Raj que alguien encuentre a Christopher y lo siga durante un tiempo. A ver adónde va y qué hace.
Isabelle escribió en la libreta que tenía en el regazo.
—Lo haré enseguida, Lucinda.
—¿Y qué pasa con el espía? —Allie miró a la directora—. ¿Creéis que decía la verdad? ¿Sabe quién es?
—Tal vez. O puede que Nathaniel le haya dado información falsa a propósito. En cualquier caso, es una lástima que no te diera un nombre —dijo Lucinda.
Allie hizo una mueca al recordar que estaba tan enfadada que no había dejado que Christopher se lo dijera.
—De todos modos, hemos hecho algunos progresos en ese frente por otras vías. Se ha puesto en contacto conmigo una persona del servicio de secreto que conozco de cuando estuve en el gobierno. Esta persona tampoco es que sea fan de Nathaniel. Ahora mismo está investigando el asunto para echarnos una mano. En cuanto sepa algo más, os lo haré saber.
—Gracias, Lucinda. —Isabelle cerró la libreta.
—Supongo que los guardias habrán inspeccionado los terrenos a fondo, ¿no es así? —preguntó Lucinda—. No creo que Christopher sea tan tonto como para volver, pero aun así… no sé si es buena idea que esta noche Allie esté sola en su habitación.
—Hemos apostado un guardia en el tejado, encima de la habitación. También habrá otro en la puerta —dijo Isabelle.
—Excelente. Entonces lo dejo en tus manos. Hablaremos mañana otra vez. —Sin más palabras, Lucinda terminó la llamada.
Allie se había quedado mirando el teléfono, mudo. Un guardia en el tejado y otro en la puerta.
Estoy presa.