Night School. Resistencia
Catorce
A la mañana siguiente, Allie bajó a desayunar temprano con la esperanza de poder hablar con Rachel, pero no la encontró en su sitio de siempre del comedor. Entre clase y clase, rastreó los pasillos en busca de la melena rizada y oscura de su amiga, pero no la vio hasta la hora de comer, caminando por el pasillo con una cartera cargada de libros. Andaba toda agarrotada. Allie se imaginó que aún tendría los músculos doloridos por culpa del entrenamiento.
Al ver a Allie, Rachel se puso roja y bajó la vista.
A Allie se le partía el corazón, pero estaba decidida a hablar con ella.
—¿Tienes un momento… para hablar?
—Claro —dijo Rachel, pero en un tono monótono y sin hacer ninguna de sus típicas bromas.
Fueron a sentarse junto a una ventana del rellano. Hacía sol, pero empezaban a asomar unas nubes grises y amenazadoras. Allie las observaba mientras intentaba decidir qué iba a decirle.
El olor a comida flotaba en el ambiente. Sin embargo, no había tenido hambre en todo el día.
Era curioso lo difícil que le resultaba hacer todo aquello. Lo había hablado con Sylvain la noche anterior, después de los besos, y también le había estado dando vueltas más tarde, incapaz de conciliar el sueño.
Había pensado que sabría exactamente qué decir. Pero ahora que tenía a Rachel delante, ya no estaba tan segura.
—Quiero pedirte disculpas otra vez por cómo me comporté ayer —dijo Allie finalmente. Rachel sacudió la cabeza como si quisiera detenerla, pero ella prosiguió —: Seguro que fue terrible y yo encima te lo puse más difícil. Perdona. Es que… — Volvió a mirar las nubes—. Es que… no entiendo qué está pasando.
Rachel parecía confusa.
—¿Qué quieres decir?
—En plan… —Allie inspiró temblorosamente—. Tú odias la Night School. Desde que te conozco… nunca te ha gustado. Intentaste convencerme de que no me uniera a ellos. Te enfadaste cuando lo hice. Y siempre has discutido con tu padre por culpa de ese tema. Y… supongo que no entiendo qué ha pasado para que, de repente, todo cambie.
—Ya te lo dije —respondió Rachel—. Después de lo de Nathaniel, tomé la decisión de aprender a defenderme sola. Nathaniel volverá, y en la Night School puedo aprender a hacerlo.
—Podrías ir a clase de defensa personal, Rachel. —Allie no pudo ocultar su exasperación—. En el gimnasio dan clases de kick boxing. Hay alternativas. No tienes por qué unirte a un grupo que siempre has odiado. Siempre has tenido la convicción de que todo lo que representa la Night School está mal.
—Lo sé, pero supongo que… —Rachel bajó la mirada— mis convicciones han cambiado. Ahora sé de lo que es capaz Nathaniel y lo que pretende hacerle a todo el país. Y he decidido que aquello que odiaba es mejor que lo que podría reemplazarlo. —Rachel torció la cabeza a un lado—. ¿Entiendes lo que quiero decir?
Lo entendía, pero no estaba dispuesta a aceptarlo.
—No veo cómo pueden cambiar las convicciones de alguien. O crees en algo o no. Así es como funciona. No cambias así como así.
El rubor subió por el cuello de Rachel hasta colorearle el rostro.
—Por supuesto que sí. —Rachel le dirigió una mirada acusadora—. Tú misma lo hiciste en este colegio. Cuando no sabías mucho de la Night School pensabas que era un asco y, antes de que pudiera darme cuenta, ya formabas parte de ella. —Rachel se cruzó de brazos—. Si tú puedes cambiar, yo también.
—Sí, pero yo lo hablé contigo antes. —Finalmente Allie fue al grano—. No te enteraste de golpe: «¡Mira, Rachel! He cambiado de parecer acerca de todo, pero he decidido no contártelo. ¡Sorpresa!» —Agitó las manos en el aire—. Hemos estado casi tres meses fuera. Hemos hablado un montón, en plan, horas y horas. Y no me dijiste que fueras a unirte a la Night School. O que fueras a romper con Lucas. Son dos de las decisiones más importantes de tu vida y ni siquiera me las comentaste… ¿Por qué, Rach? —Allie no pudo disimular su dolor—. ¿Es que no confías en mí?
—Claro que confío en ti. —Aquella hipótesis horrorizó visiblemente a Rachel—. Más que en nadie, aparte de mis padres. Y perdona si no te lo conté. Lo pensé, pero… supongo que me cuesta… —Se mordió el labio inferior y miró hacia el rellano—. No quería hacer un drama.
Al ver la expresión recelosa en el semblante de Allie, Rachel suspiró y lo intentó otra vez:
—Lucas y yo ya teníamos problemas antes de que nos fuéramos. Lo pasó mal cuando no lo incluisteis en el grupo y sintió que yo no lo había apoyado. En cambio yo… no lo pasé mal. Ahí fue cuando empecé a pensarlo. Nunca había tenido novio, de modo que no sabía cómo se suponía que debía sentirme. Solo sabía que así no.
Al oír las palabras de Rachel, acudió a la mente de Allie la noche anterior. Se acordó de cómo Sylvain le había susurrado «te quiero». Y de cómo ella no había sido capaz de responder.
Trató de ahuyentar el pensamiento de su cabeza y se centró en Rachel, que seguía hablando.
—Mientras estuve fuera, casi no nos escribimos. En su última carta dejó caer que quizás lo nuestro no estaba funcionando y… —Miró a Allie—. Me quitó un peso de encima. Entonces regresamos a toda prisa y todo sucedió muy rápido. Ahora creo que tiene un rollo con Katie… —Arrugó la nariz en señal de desagrado—. O sea, ¿en serio? Bueno, qué más da.
—Y no me lo has querido contar antes porque… —la azuzó Allie.
—Ay, Allie… —suspiró Rachel—. Me encanta hablar de la vida de los demás, pero odio hablar de la mía. Ya lo sabes. No era mi intención ofenderte.
Pero Allie conocía demasiado bien a Rachel. Sabía que aquella era la típica respuesta que le hubiese dado a un adulto. El tipo de respuesta que ofrecía cuando no quería decir la verdad.
Allie recordó las risitas que había oído la noche anterior al pasar ante la ventana de Rachel. Le dio la sensación de que Rachel había estado hablando con Nicole de aquel tema.
De repente se sintió muy sola.
—No me ofendo —dijo en tono orgulloso—. Es que no lo entiendo. Y supongo… —Bajó los ojos hacia sus zapatos llenos de rozaduras; estaba demasiado triste para disimular que aquello no le dolía—. Supongo que me da miedo perder a mi mejor amiga.
Rachel alargó la mano y le tocó el brazo.
—No, Allie —dijo—. No me estás perdiendo, te lo prometo. No pienses eso, por favor.
Allie tragó saliva.
—¿En serio? Es que veo que estás tomando todas esas decisiones superimportantes y que yo… de repente ya no formo parte de ellas.
Rachel le cogió la mano.
—Te seré sincera, Allie. Ahora mismo me está pasando algo. Y no sé bien qué es. Pero creo que solo necesito un poco de tiempo para acabar de entenderlo. Puede que no te lo haya contado todo, pero sigo siendo tu mejor amiga, te lo juro. —La voz le tembló de la emoción—. Espero que me creas.
Aquella ya parecía la Rachel auténtica, y la tensión que oprimía el pecho de Allie cedió ligeramente.
—Te creo —aseguró Allie, aunque no estaba tan segura—. ¿Pero qué te pasa? Ojalá me dejaras ayudarte.
Rachel titubeó y se puso roja como un tomate.
—No puedo… hablar de ello.
Ahí estaba otra vez: el muro que las separaba.
Frustrada, Allie se apartó, pero Rachel volvió a tocarle el brazo.
—Te lo contaré, te lo prometo. Solo quiero aclararme primero. No sé cómo me siento. ¿Sabes lo que eso?
—Sí —admitió Allie a regañadientes—. Ya sabes que sí. Pero Rachel… —Buscó la respuesta en el rostro de su amiga—. Si te pasa algo, me gustaría ayudarte. Ojalá confiaras en mí.
Los ojos de Rachel brillaron, inundados de lágrimas.
—Allie, yo confío en ti, en serio. Por favor, no lo dudes. Es en mí en quien no confío. No pierdas la confianza en mí. No lo soportaría.
La conversación con Rachel la perturbó durante todo el día. ¿Qué había querido decir con que estaba «pasando por algo»? Y, si ese algo era tan importante como parecía, ¿por qué no se lo contaba?
Con todo eso, combinado con los sentimientos encontrados de lo sucedido por la noche con Sylvain y con una notoria falta de sueño, las clases se le hicieron muy cuesta arriba.
La clase de Inglés había terminado, y Allie estaba recogiendo los libros cuando Isabelle se le acercó.
—¿Podemos hablar?
La directora sonaba muy seria.
A Allie se le paró el corazón. ¿Nos vio alguien anoche?
Podían meterse en un lío muy gordo. Quizás los guardias habían instalado algún tipo de sistema de seguridad allá arriba. Videovigilancia.
Sylvain llamó la atención de Allie y le dirigió una mirada preocupada. Allie respondió con un gesto de indefensión.
Al pasar junto a ella, el chico murmuró:
—Te espero fuera.
Cuando el aula quedó vacía, Isabelle se apoyó en una mesa y cruzó los brazos.
—¿Te encuentras bien? Hoy no estás muy centrada.
El nerviosismo de Allie se esfumó. Era una charla de «no prestas atención». Eso sabía manejarlo.
—No he dormido bien, supongo —dijo—. Solo estoy un poco cansada.
En parte estaba diciendo la verdad.
Isabelle pareció tragarse la respuesta.
—Muy bien —dijo la directora enérgicamente—. Me alegro de que no te pase nada grave. Pero no quiero que te quedes rezagada con los estudios, así que hoy a la cama temprano. —Isabelle se puso a recoger sus propios libros—. Y por cierto, dentro de una hora hay una reunión en la capilla para alumnos avanzados de la Night School. Es una de las de verdad; es muy importante que asistas.
Allie frunció el ceño.
—¿De las de verdad?
Isabelle se apartó un mechón de cabello de la cara y la miró con sorpresa.
—¿No te lo dije? Hablamos de tantas cosas en el despacho que se me debió olvidar. Verás, durante la semana tenemos muchas reuniones a las que invitamos a los profesores. Y otras reuniones a las que no los invitamos. Las reuniones sin profesores son las de verdad.
Allie estaba boquiabierta.
—Entonces la reunión del otro día fue…
—Una farsa —dijo Isabelle mientras metía los libros en un maletín negro brillante—. Esas reuniones nos sirven para compartir información menos valiosa y para filtrar información falsa a Nathaniel. Ninguno de los profesores está enterado de nada de esto, claro. Es crucial que sigan creyendo que las reuniones como la de esta tarde son, en realidad, entrenamientos para alumnos avanzados de la Night School. A la de hoy solo asistirán personas en las que confío plenamente, y abordaremos lo que está pasando de verdad.
Allie se quedó de piedra. Se dio cuenta de lo inteligente que era aquella estrategia, pero también denotaba lo mal que estaban las cosas en aquel momento. Lo asustada que estaba Isabelle.
Algo de lo que había dicho la directora no le encajaba.
—Pensaba que no podíamos ir a la capilla.
Isabelle cerró el maletín de golpe y se encaminó hacia la puerta.
—Recibiréis un permiso especial. Raj se ocupará de ello. —Hizo una pausa y se volvió a mirar a Allie con severidad—. No le des explicaciones a nadie, ni siquiera a los guardias. Si alguien te pregunta qué estás haciendo, diles que hablen con Raj. Y por lo que más quieras, no te pongas a discutir. No debemos llamar la atención. —Al cruzar el umbral, sus últimas palabras flotaron en el aire—. Por favor, sé puntual.