Night School. Resistencia
Treinta y seis
Jerry iba desaliñado, como si se hubiese peleado. Tenía el pelo de punta y la manga de su camisa estaba desgarrada y dejaba entrever un brazo musculoso. Allie vio que tenía un hematoma y un arañazo sanguinolento en la mejilla.
Había conseguido liberarse, pero era obvio que había tenido que emplear la violencia.
Gabe, por el contrario, estaba fresco como una rosa. Su cabello rubio oscuro era ahora más largo y lo llevaba ingeniosamente despeinado, de manera que le ocultaba la cicatriz del cráneo. Era tal y como Allie lo recordaba antes de que apareciese Nathaniel: un joven guapo y un psicópata.
No podía respirar.
Tenía ante ella a todas las personas implicadas en la muerte de Jo. Nathaniel lo había organizado. Jerry había abierto la verja. Y Gabe. Gabe la había apuñalado.
Allie había anhelado vengarse durante mucho tiempo. Ahora, por fin, estaban todos ahí. Y ella estaba aterrorizada.
Quería decirle a Carter que retrocediera. Que se pusiera a su lado y no delante, pero tenía los labios entumecidos.
Se obligó a tomar aire. Y luego otra vez. De algún modo, sus pulmones siguieron funcionando. No le resultaba fácil, pero por suerte nadie le prestaba atención.
Incluso Carter solo tenía ojos para los matones de Nathaniel.
—Gerald, iba preguntarte cómo te habías soltado, pero salta a la vista —dijo la abuela de Allie fríamente.
Entonces, para sorpresa y horror de Allie, la anciana se dio la vuelta y le dio la espalda a Jerry, como si él no le importase lo más mínimo. Como si Jerry, aunque sostuviese un arma y tuviese la vida de Lucinda en sus manos, fuese insignificante.
Jerry se puso rígido. Agarró con más fuerza la pistola y dio un paso hacia ellos. Gabe tiró de él.
—Aún no —dijo.
A Allie se le puso la carne de gallina al oír aquella voz.
Se acercó a Carter. Si aquello iba a ponerse feo de repente, tenían que estar preparados.
—¿Este es tu plan? —dijo Lucinda en tono acusador—. Me decepcionas, Nathaniel. Tenías tanto talento… Mucho más que cualquier persona que haya conocido jamás.
—¿Más qué Isabelle? —preguntó Nathaniel, y Allie percibió el dolor que escondía el tono ácido de su voz—. Habría sido agradable oírtelo decir de vez en cuando.
Era evidente que aquel era un terreno conocido. Un camino que ya habían transitado muchas veces sin llegar jamás a ninguna parte. Mientras tanto, Jerry y Gabe permanecían quietos, apuntándolos firmemente con las pistolas.
Sin embargo, ni Lucinda ni Nathaniel parecían preocuparse lo más mínimo por las armas. Estaban demasiado ocupados en atacarse mutuamente.
Allie advirtió cómo Nathaniel giraba un gemelo de la camisa con movimientos rápidos y furiosos. Una, dos, tres veces.
Oyó mentalmente la voz de Katie: Cuando está cabreado, gira los gemelos tres veces…
Quiso avisar a Lucinda, pero le dio la sensación de que ella ya lo sabía. De que lo provocaba a propósito.
—La estrechez de miras es tan poco atractiva… —Lucinda meneó la cabeza—. Los celos siempre han sido tu perdición. Ojalá hubieses tenido algo de confianza en ti mismo.
—Ya basta —bramó Nathaniel rojo de ira—. Ya estoy harto. Esto ya no me divierte. Lucinda, he sido muy paciente, pero la paciencia se me ha agotado. Hoy es el último día. Tus aliados no te serán de ayuda porque justo en estos momentos cada uno de ellos está recibiendo una visita. Una visita muy convincente que les está explicando por qué no pueden seguir apoyándote. —Su mirada saltaba de Lucinda a Allie, con entusiasmo febril—. Para cuando amanezca, tu liderazgo en Orión habrá terminado. Es hora de dejar paso a la nueva generación, Lucinda. Lo hemos intentado a tu manera. Ahora vamos a hacerlo a la mía.
Allie no sabía muy bien qué había querido decir. ¿Hablaba de chantaje? Pero Lucinda sí parecía saberlo; estaba pálida.
—Nathaniel —dijo con pesar—. ¿Qué has hecho?
El triunfo brilló en los ojos del hombre.
—Terminar con todo esto. Se acabó. Ya no tienes a quién acudir, ni adónde ir. Ya no hay nadie que pueda llevar a cabo tus juegos políticos, que pueda parar el avance inevitable del cambio. Estás acabada, Lucinda. —Dio un paso atrás—. Despídete.
Lucinda pareció hundirse con el peso de aquellas palabras, y por un instante Allie pensó que iba a caerse. Dio unos pasos hacia ella, pero inmediatamente su abuela alzó una mano.
—Ni un paso más, Allie —ordenó su abuela—. Quédate donde estás.
—Sí —dijo Nathaniel, volviéndose hacia la chica—. Hazle caso a tu abuelita. Estás aquí como testigo, no como participante. Quiero que veas qué pasa si te cruzas en mi camino. Así entenderás por qué me toca dirigir la organización a mí. Y no a ti.
—Déjala en paz, Nathaniel— le espetó Lucinda—. No es ninguna amenaza para ti.
—Ya lo creo que sí. —Nathaniel estudió a Allie sagazmente—. Su nombre ya es una amenaza. A fin de cuentas, es Lady Lanarkshire. La heredera que has escogido. ¿Y quién soy yo? Un don nadie. El hijo bastardo de uno de tus maridos olvidados. Alguien a quien hace mucho tiempo tuviste la generosidad de incluir en tu vida, pero habría sido inútil esperar más de ti.
—Nathaniel, para —insistió Lucinda—. Esto es absurdo.
Él se acercó a Lucinda hasta que sus caras quedaron a pocos centímetros y contraatacó:
—No vuelvas a decirme lo que tengo que hacer.
Lucinda no se amedrentó, pero bajó la voz:
—Te agradecería que no culparas a Allie de esto. Es solo una niña.
—Sí —dijo él retrocediendo—. Pero una niña muy atípica.
Se frotó las manos, como si reconsiderara su postura. Y se volvió hacia Allie, pero esta vez con un tono mucho más tranquilo:
—Allie, voy a necesitar que me prometas que, mientras yo viva, nunca intentarás tomar el control del Grupo Orión. Insistiré en que lo pongas por escrito pero, por esta noche, estoy dispuesto a aceptar un acuerdo verbal.
Dio un paso más y Carter se interpuso entre ellos, con una mano alzada en señal de advertencia. Nathaniel lo fulminó con la mirada, pero se detuvo.
—Según creo, pronto habrá gente que se acercará a ti y te pedirá que te unas a la organización. Que ocupes un cargo en la junta. Que te unas en su lucha contra mí. Les dirás que no. Aunque vengan a pedírtelo mil veces, rehusarás. ¿Ha quedado claro? —Nathaniel tenía los ojos clavados en Allie—. Dime que estás de acuerdo y nos iremos a casa esta noche. Y seguiremos con nuestras vidas.
La alternativa de volver a casa aquella noche no se precisó, pero Allie vio claramente qué insinuaba. Si ella se negaba, alguien moriría.
No podía creerse que estuviera pasando aquello. Nunca había querido formar parte de Orión. ¿Qué había que hacer en realidad? ¿Asistir a reuniones? ¿Decirle al primer ministro lo que tenía que hacer?
No entendía de qué tenía miedo Nathaniel. ¿Quién iba a querer, de todos modos, que ella dirigiera ninguna organización?
¡Tengo diecisiete años! , quiso gritarle.
Pero tuvo la sensación de que habría dado igual. Como su abuela y todas las personas que conocía, estaba obsesionado con el Grupo Orión. Con el grupo y con su poder.
—No respondas, Allie —le advirtió su abuela—. Nathaniel, ya basta.
—Por mí, vale —se oyó decir Allie, y casi no creyó lo que salía de su boca.
Todo el mundo se volvió a mirarla.
—Allie… —le advirtió Lucinda, pero Allie negó con la cabeza.
—Está bien. —Allie miró a Nathaniel—. No quiero formar parte de ningún grupo al que pertenezcas. Diré que no. No estaré en Orión ni en la junta. Si alguien me lo pide, diré que no. ¿Vale?
Su abuela parecía herida. Como si Allie hubiese hecho algo muy doloroso.
Nathaniel la estudió intensamente y con curiosidad.
—¿Me das tu palabra de honor?
—Claro. Sí. —Allie levantó la mano—. Lo juro. Firmaré lo que quieras, pero no le hagas daño a nadie más.
Después de eso se hizo un largo silencio. Todos estaban asimilando lo que acababa de ocurrir. Allie tuvo el presentimiento de que era la única que no había entendido del todo lo que acababa de aceptar.
—¡Por fin! —rio Nathaniel con aire triunfal, y levantó un puño al cielo. Luego se volvió hacia Lucinda con una expresión de júbilo en el rostro—. Es increíble que hayas acabado con una nieta tan dócil y tan dispuesta a hacer lo que tú no querías.
—No sabe lo que hace —dijo Lucinda con tranquilidad—. No sabe que la han engañado. Dudo mucho que mentirle a una niña sea motivo de orgullo, Nathaniel.
Él hizo un gesto de irritación con la mano.
—Haberla educado mejor entonces.
Aquella conversación resultaba inquietante. Estaban hablando de Allie como si no estuviera presente. Como si hubiese cometido un error tremendo.
Se atrevió a echar un vistazo a Carter, pero se encontró con que él no estaba prestando atención a la discusión en absoluto. En vez de eso, tenía los ojos fijos en la cima oscura. Cuando se dio cuenta de lo que estaba mirando, el corazón de Allie empezó a latir con fuerza.
A espaldas de Gabe y Jerry, habían surgido de entre los árboles dos sombras y se acercaban a ellos con una seguridad letal.
Absortos en la disputa de Nathaniel y Lucinda, los dos esbirros no se percataban de nada, y las sombras se arrastraron a sus espaldas hasta que estuvieron perfectamente situadas.
Allie contuvo la respiración.
Las sombras saltaron sobre los matones.
Jerry soltó un alarido de sorpresa cuando la pistola se le escapó entre los dedos. Gateó en busca de ella, pero tiraron de él. Gabe bregaba por mantener el control de su propia arma. Allie oyó el sonido de un puñetazo contra una cara. Algo de metal partiendo hueso.
Detrás de ella, se oyó la voz de Nathaniel.
—¿Es esto cosa tuya, Lucinda? Se suponía que ibas a venir sola.
—Y tú ibas a respetar la entrega de Jerry Cole —contestó su abuela con gélida indignación—. No soy la única que ha roto las reglas del parlamento.
En ese momento, se oyó un disparo.
Entre el barullo y la oscuridad, era imposible ver quién había disparado. Más tarde, Allie reproduciría en bucle aquella escena, intentando ver más. ¿Había recuperado Jerry la pistola? ¿Había sido Gabe? ¿Había sido un accidente?
Pero en aquel momento, cuando la bala silbó en el aire, solo pudo encogerse y alargar la mano instintivamente hacia Carter, que se la cogió y tiró a Allie al suelo con tanto ímpetu que le cortó la respiración.
Entonces el eco del disparo se desvaneció y la noche quedó en silencio.
Allie se esforzó en recuperar el aliento. Las frías briznas de hierba, suaves como plumas, le acariciaban las mejillas. Carter la retenía contra el suelo, rodeándola con un brazo. Pero estaba muy quieto.
—¿Carter? ¿Te han dado? —La voz de Allie era débil; le faltaba el aliento.
—No. ¿Y a ti? —preguntó él pasándole la mano por la espalda, como si quisiera asegurarse de que Allie estaba bien.
—No… Creo que no —dijo Allie insegura—. No noto nada. Creo.
—¿Lucinda? —La voz que la interrumpió era la de Nathaniel. Sonaba raro. Asustado.
Allie lo comprendió entonces. De algún modo, lo supo.
Se incorporó justo a tiempo para ver cómo su abuela se desplomaba entre los brazos de Nathaniel y resbalaba lentamente, muy lentamente, hasta caer al suelo.