Night School. Resistencia

C.J. Daugherty · Capítulo 34 de 40

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Night School. Resistencia

Treinta y cuatro

Al día siguiente, poco antes de las siete de la tarde, llegaron los relucientes Land Rovers negros. Aguardaron ante la puerta principal como una glamurosa procesión funeraria.

Allie los vio cuando bajaba de su habitación.

Raj les había dicho que se vistieran como lo haría cualquier persona «normal» de su edad un viernes por la noche, de modo que, por primera vez en varias semanas, se puso ropa de calle; se sentía rarísima. Notaba los vaqueros rígidos y ásperos. En la parte de arriba se había puesto una camiseta larga y negra. Y llevaba sus botas Doc Martens rojas atadas hasta la rodilla. Para completar el atuendo juvenil se había puesto un montón de delineador de ojos y una buena dosis de máscara de pestañas. El cabello le caía suelto sobre los hombros.

El vestíbulo estaba vacío. Era la primera en llegar. La puerta principal estaba abierta y corría una brisa húmeda, veraniega. Esperó, impaciente, rebotando sobre los talones. Estaba hecha un manojo de nervios y confiaba en que el maquillaje tapara su miedo.

Minutos más tarde llegaron Nicole y Zoe, y se las quedó mirando maravillada. Era la primera vez que las veía con ropa de calle. Nicole iba muy elegante, con el pelo recogido en una trenza. Vestía una camiseta de tirantes ajustada con un pantalón negro y unos botines hasta el tobillo de aspecto macizo. Hubiese pasado por cualquier chica enrollada que saliera de fiesta con sus amigos.

Zoe llevaba unos vaqueros, una camiseta a rayas y unas deportivas. Aquella vestimenta tan sencilla la hacía parecer más pequeña de lo que era.

—Qué pinta más rara —dijo Zoe contemplando a Allie con una arruga de desagrado en la nariz.

—Lo mismo digo —le espetó Allie.

—Es un disfraz —aclaró Zoe.

—¿Ya han llegado los coches? —La voz de Carter surgió del pasillo, segundos antes de aparecer él mismo junto a Lucas por el vestíbulo de entrada, con pinta de estar nervioso.

—Sí, pero… solo están ahí parados —dijo Allie.

Lucas, que era el único que iba a quedarse en el colegio, iba vestido de uniforme.

—He venido a desearos suerte —dijo, respondiendo a la pregunta que nadie había formulado.

Zoe puso los ojos en blanco, pero a Allie la conmovió sinceramente el gesto.

—Gracias —dijo Allie—. Ojalá vinieras con nosotros.

Lucas se encogió de hombros afablemente.

—Alguien tiene que quedarse y defender el fuerte.

Allie echó un vistazo hacia donde estaba Carter; permanecía en el umbral y miraba hacia la silenciosa fila de vehículos. Era alucinante lo normal que parecía vestido con vaqueros oscuros y un jersey negro.

—Bonito disfraz —comentó Zoe, y Carter la miró con aire confuso.

Lucas le dio un débil puñetazo a Zoe en el brazo:

—Lo que tú digas, Peque.

Zoe le apartó fácilmente el puño con un puntapié y Lucas fingió ponerse en guardia. Pero antes de que la broma llegara más lejos, Carter levantó las manos.

—Ahora no. —Lo dijo con una autoridad tan inconsciente que ambos obedecieron.

—Perdona —dijo Lucas, arrepentido—. Es que estoy nervioso.

—Ya somos dos. —No había rencor en la voz de Carter. Consultó el reloj—. ¿Dónde diablos se ha metido todo el mundo? Ya es la hora.

—Aquí. —La voz de Raj resonó en las paredes de piedra y todos se volvieron.

Caminaba hacia ellos desde el gran vestíbulo principal, iluminado por la lámpara de araña de del techo y seguido por un grupo de guardias. Isabelle, Zelazny y Eloise los acompañaban.

Detrás aparecieron Dom y Rachel cargadas con equipos.

El corazón de Allie se paró.

Corrió hacia Rachel.

—¿Qué estás haciendo aquí? Tú no vienes… Quiero decir… —Se dio cuenta de cómo había sonado y titubeó—: ¿Vas a venir con nosotros?

La que respondió fue Dom:

—No te preocupes. Nosotras no estaremos en el parque, sino a unas cuantas manzanas, controlándolo todo desde el coche más blindado que te puedas imaginar. Rachel estará a salvo. Y ahora… —Dejó las mochilas que llevaba sobre una mesa de mármol e indicó a Allie que se acercara—. Vamos a llenarte de cables.

Dom y Rachel empezaron a abrir mochilas y a sacar aparatos. El corazón de Allie iba a mil por hora y apenas podía respirar. Tenía que tranquilizarse.

Rachel estará bien, se dijo. Dom sabe lo que hace.

Se obligó a dejar de preocuparse. Tenía que confiar en Dom.

La experta en informática, ajena a la desazón de Allie, sacó de una de las mochilas una caja larga y delgada de color negro y la abrió con cuidado. En el interior Allie vio una hilera perfecta de algo que parecían alfileres.

—¿Qué es eso?

—Un localizador —dijo Dom sujetándolo entre el pulgar y el índice; no era mayor que una peca—. Pon el pie aquí. —Dom se palmeó la rodilla doblada. Tras dudarlo un instante, Allie hizo lo que le pedía.

—Qué Martens más chulas. —Dom dio unos golpecitos en la pesada bota roja de Allie. Insertó cuidadosamente el extremo del dispositivo en uno de los ojales de su bota derecha. Entre la maraña de cordones, el localizador resultaba invisible.

—Lista. —Dom le soltó el pie—. Ahora, si te metes por el camino equivocado o te caes en un estanque, te encontraremos. Pero ya sabes… ni se te ocurra. Se volvió hacia Carter, que estaba detrás, observando por encima del hombro de Allie—. Te toca.

—¿Esta vez no llevamos comunicadores? —preguntó Allie mientras Dom colocaba un localizador en la bota de Carter.

Dom no alzó la vista.

—Son muy fáciles de piratear. No pienso regalarle a Nathaniel un juguetito para que se divierta.

Cuando estuvieron equipados, los guardias se montaron en los Land Rovers. El aire se llenó con el rugido grave de los potentes motores.

Los alumnos se apiñaron junto a la puerta. No volverían a verse hasta que aquello acabara, fuera cual fuese el resultado.

Allie cambiaba el peso de un pie al otro, estaba tan nerviosa que no podía quedarse quieta. ¿Qué pasaría si todo salía mal? ¿Y si no regresaban nunca? ¿Y si aquel era su último día?

Miró a su alrededor, tan lejos como la tenue luz se lo permitió. El magnífico edificio de piedra con sus gloriosas vidrieras, los vastos terrenos verdes, el bosque. Aquel era su hogar. Aquellas personas eran su familia.

Tenía que haber otro día. Tenían que regresar.

—Bueno, buena suerte a todos. —El ánimo jovial que Lucas había demostrado poco antes se había esfumado. Miró al grupo con aire sombrío—. Dadle su merecido a Nathaniel. Y tened cuidado.

Los dos chicos se dieron la mano y se palmearon la espalda. Lucas se detuvo y susurró algo al oído de Rachel. Cuando él se alejó y entró en el colegio, Allie vio que su amiga tenía los ojos inundados de lágrimas.

Rachel carraspeó.

—Id con cuidado, ¿me habéis oído? —Miró al grupo, con una súplica en los ojos —. Solo decid que sí.

—Sí. —Nicole tiró de ella y le dio un abrazo fuerte y rápido. Luego Allie hizo lo mismo.

—Ten cuidado —le susurró Rachel antes de dejarla ir. Y Allie luchó por contener las repentinas ganas de llorar.

—Tú también —dijo.

—Rachel. —Dom pasó por su lado—.Vamos.

El tono de la americana era distante, pero cuando pasó junto a Allie la miró a los ojos e inclinó la cabeza, en un gesto que parecía decir: «Puedes hacerlo».

Viniendo de Dom, tan enrollada y capaz, significaba mucho.

Después de despedirse por última vez, Rachel la siguió y ambas desaparecieron a bordo de un todoterreno. Ahora solo quedaban en las escaleras Allie, Carter, Zoe y Nicole.

Durante un rato, nadie abrió la boca.

Entonces Carter inclinó la cabeza y captó la atención de Allie.

—Deberíamos irnos.

—Ya lo sé… —Ella se resistía a marcharse. Se volvió hacia Zoe y Nicole.

—Chicas, tened cuidado, ¿vale? No hagáis locuras. Me alegro muchísimo de que vayáis a estar allí…

La sonrisa que Nicole le ofreció como respuesta estaba llena de comprensión y cariño. Por el contrario Zoe, que a duras penas había contenido la irritación con las despedidas previas, se la quedó mirando como si se hubiese vuelto loca:

—Pues claro que estaremos allí. ¿Dónde íbamos a estar si no?

Allie torció los labios y le tiró de la coleta.

—Anda… vete. Nos vemos allí.

De inmediato Zoe salió pitando hacia el vehículo que tenía asignado, sin ocultar su alivio por escapar de aquella escena lacrimógena.

Nicole y Allie se dieron un abrazo escueto.

—No le quitaré ojo —prometió Nicole—. Solo va a reconocer el terreno. Estará a salvo.

—Ya lo sé. —Allie forzó una sonrisa—. Cuídate.

—Tú también.

Después de darle un abrazo a Carter, Nicole salió corriendo detrás de Zoe. Allie y Carter se quedaron a solas en la escalinata delantera.

Había llegado el momento.

Allie soltó un suspiro tembloroso y levantó los ojos hasta los de Carter.

—¿Preparado?

—Supongo que sí —respondió Carter, pero no se movieron del sitio.

Carter la miró detenidamente.

—Míranos —dijo—. El dúo dinámico reunido otra vez.

La sonrisa vaciló en los labios de Allie, pero su voz fue firme:

—Allie y Carter al rescate.

Había tantas cosas que quería decirle… Pero aquel momento era demasiado importante. Había mucho en juego.

No era el momento de hacer otra cosa que luchar.

Alzó los ojos para mirar a Carter.

—En marcha.

 

Pasaron el trayecto hasta Londres sumidos en un tenso silencio.

Allie y Carter iban en el asiento trasero, cada uno mirando por su ventana. Delante había dos guardias, y de vez en cuando salía la voz de Raj a través de los altavoces de la radio. El jefe de seguridad iba en el primer coche, un kilómetro por delante.

Los vehículos debían tomar diferentes rutas. Dom y Rachel seguirían el avance mediante los localizadores, asegurándose de que ningún coche se quedara rezagado y de que todos siguieran el camino indicado.

A medida que se iba haciendo de noche, iban cruzando tierras de labranza. Campos salpicados por ovejas blancas recién esquiladas que se deleitaban con su nueva desnudez. A lo lejos vieron algunos campanarios que hendían el cielo del atardecer como dagas de piedra. A veces, durante un fugaz instante, asomaban entre los lejanos bosques grandes mansiones victorianas, no muy distintas a Cimmeria.

Los últimos rayos de luz habían desaparecido cuando se adentraron en las bulliciosas afueras de Londres, donde las tortuosas calles convertían la metrópolis en un gigantesco laberinto de vehículos. Aun así el conductor parecía conocer al camino y fue tomando una calle tras otra, todas igual de atascadas.

Allie había crecido en la ciudad y trazó mentalmente la ruta que seguían a través de las estaciones de metro y de tren que dejaban atrás: Richmond, Chiswick, Acton, Shepherd’s Bush… Ver aquellos nombres otra vez era como toparse por sorpresa con amigos de toda la vida.

Junto a ella, Carter miraba con aire fascinado por la ventana, lo que le recordó a Allie que él se había criado en el campo.

—¿Habías venido a Londres alguna vez? —preguntó, y Carter se volvió hacia ella.

—Hace mucho tiempo, para ir a los museos —dijo Carter—. Se me había olvidado la cantidad de gente que hay.

El todoterreno se paró en un semáforo y una marabunta de personas se apresuró a cruzar la calle. Mujeres en traje de chaqueta con tacones cómodos, o con minifalda y endebles tacones de agujas. Hombres con los auriculares puestos y que no despegaban la vista del suelo.

Cuando vivía en Londres, Allie nunca había reparado en cuánta gente había. Simplemente… aquel era su hogar. Su vida.

Ahora lo veía de otro modo. Las aceras, los coches y los bamboleantes autobuses de dos pisos. Los altos edificios de oficinas que incluso a aquellas horas de la noche seguían llenos de gente. Los pubs que empezaban a vaciarse. La gente apiñada alrededor de los puestos de kebabs y los locales de comida rápida, o esperando casi a oscuras cerca de las parada de autobús y de las estaciones de metro. Los cláxones que se quejaban y las luces cegadoras.

Los campos verdes y los tranquilos bosques de la Academia Cimmeria quedaban muy lejos ahora.

Una sirena aulló muy cerca de ellos, y Allie y Carter dieron un respingo. Allie se giró en el asiento para mirar por la ventana trasera. Inspiró bruscamente. Carter se volvió a mirar.

Detrás de ellos había un coche de policía parado. Las luces de la sirena giraban furiosamente. El conductor les indicaba severamente por señas que se detuvieran a un lado.

La adrenalina corrió por las venas de Allie. El corazón le palpitaba en los oídos.

Venga, Allie. Piensa.

¿Qué se suponía que tenían que hacer? No habían previsto ningún plan en caso de que alguien los parara de camino. Qué tontos habían sido. En aquellos momentos Nathaniel controlaba la policía. ¿Pero tanto control ejercía?

No parecía posible.

Todo era posible.

En el asiento delantero, el chófer y el guardia del asiento del copiloto estaban discutiendo, pero el chillido de la sirena era demasiado alto y estaba demasiado cerca como para que Allie pudiera distinguir qué decían.

Miró a su derecha. Carter estudiaba a los guardias tranquilo pero alerta, como buscando pruebas que indicaran si la situación era grave. Tenía una mano colocada como si nada en la manija de la puerta.

Allie siguió su ejemplo. Posó los dedos en el frío metal de la manija. Y dejó reposar la otra mano en el cierre del cinturón de seguridad.

A medida que fue pasando el tiempo, se hizo evidente que los guardias estaban más enfadados que nerviosos. Al cabo de un momento, la calzada se despejó y el chófer subió el todoterreno al bordillo.

El coche de policía aceleró y los adelantó, pasó tan cerca que Allie vio con claridad a los agentes que había dentro. Ambos iban con la mirada al frente, totalmente ajenos al Land Rover que estaban adelantando.

El alarido de la sirena fue modulándose antes de desvanecerse en la lejanía.

Poco a poco el ritmo del corazón de Allie fue volviendo a la normalidad.

Carter dejó escapar un sonoro suspiro.

—Dios santo.

Un segundo más tarde, el tráfico empezó a fluir de nuevo. Bajaron del bordillo y siguieron rumbo al norte.

 

—Ya hemos llegado —dijo el chófer tras detener el coche en la cuneta y parar el motor.

Allie volvió la cabeza y vio el letrero de la calle que colgaba de una verja decorativa de hierro forjado situada a lo largo de la acera.

Tanza Road era una calle corta y en pendiente que se ladeaba suavemente al subir, como si hubiese algo muy pesado en uno de sus lados. La calzada estaba flanqueada por elegantes casas adosadas con pequeños patios delanteros, hechas con piedra labrada y típicos ladrillos victorianos.

Ahora que estaban allí, Allie se sentía extrañamente tranquila. Centrada. Mientras esperaban, fue cobrando cada vez más consciencia de todo lo que la rodeaba. El motor crepitaba a medida que se enfriaba. Los guardias hablaban por teléfono. Carter, junto a ella, observaba muy quieto.

Los latidos del corazón de Allie eran firmes y regulares.

De repente el sonido característico del cierre centralizado rompió el silencio, y las puertas se abrieron.

El guardia del asiento del copiloto se volvió hacia los dos jóvenes:

—Ya.

Allie miró a Carter. Su cara decía que estaba preparado. Decidido. Reflejaba sus mismas sensaciones.

Podemos con esto.

Inspiró hondo. Luego se quitó el cinturón de seguridad con decisión. Carter la imitó.

Sosteniendo la mirada de Allie, Carter alcanzó el tirador de la puerta. Ella hizo lo mismo. Él le preguntó con los ojos si estaba lista y ella asintió.

Ambas puertas se abrieron al mismo tiempo.

Allie saltó del alto todoterreno hacia la oscuridad de la calle. Cerró la puerta sin mirar atrás.

Había llegado la hora de ser valiente.