Night School. Resistencia
Siete
Cuando Allie llegó a la puerta trasera, una guardia de cabello oscuro y con una linterna colgando del cinto le abrió la puerta sin siquiera pedírselo.
—Esto… gracias —dijo Allie, haciendo esfuerzos por disimular su extrañeza ante las nuevas medidas de seguridad.
La guardia asintió con profesionalidad y cerró la puerta.
Fuera, el cielo era de color azul cobalto y estaba empezando a oscurecer. Un soplo de brisa fresca despeinó la melena de Allie.
Unos metros más adelante, Sylvain paseaba a uno y otro lado del camino de piedra, con las manos metidas en los bolsillos. Al ver a Allie su cara se iluminó.
—Ya has llegado. Vamos. Tenemos que darnos prisa.
Allie lo miró con los ojos entornados.
—¿Por qué? ¿Adónde vamos?
Él esbozó una sonrisa.
—Sabía que esta parte no te gustaría nada. —Le tendió la mano—. Vamos. Te prometo que está todo bien. Solo es una sorpresa. Una buena sorpresa.
Nunca lo había visto tan contento. Prácticamente daba saltos en el sitio de la emoción.
El ánimo del chico era contagioso. De modo que Allie apartó de su mente al irremediable Carter y lo deprimente que era Cimmeria y aceptó su mano.
—Por aquí —dijo él señalando a la derecha.
El sendero serpenteaba desde el terraplén que había en la parte trasera del colegio hasta el borde del bosque. Allie sabía que caminando un buen trecho el camino desembocaba en el huerto vallado. Una vez allí, si se ascendía por la colina, se llegaba al castillo en ruinas. Pero Sylvain abandonó el sendero enseguida y se internó entre los árboles.
—Pensaba que teníamos prohibido ir al bosque —dijo Allie.
—Me han dado permiso —contestó él con una sonrisa misteriosa.
Había oscurecido; los últimos rayos de luz estaban muriendo. Mientras avanzaban por el bosque, el chico entrelazó los dedos con los de Allie.
No tenía ni idea de adónde la llevaba. Sabía que ante ellos no había nada más que bosque. Aquello no tenía ni pies ni cabeza.
—En serio, Sylvain. Esto es de locos, ¿adónde vamos?
Su impaciencia parecía divertir al chico, que reprimía una sonrisa.
—Confía en mí. —dijo.
Allie se disponía a exigirle más información cuando vislumbró un resplandor fantasmagórico. De repente supo adónde se dirigían: a la glorieta.
¿Pero por qué?
Caminaron por entre los árboles hasta salir a un claro, y la noche se iluminó.
Allie se paró en seco.
Sylvain le soltó la mano y retrocedió unos pasos para poder observar su reacción.
La glorieta era una estructura pequeña y caprichosa que carecía de finalidad aparente. La única misión de aquel cenador de mármol con techo abovedado era ser bonito. Una agradable sorpresa para los paseantes victorianos. En el interior de la glorieta había una estatua que representaba una mujer bailando.
Esta vez estaba adornada con pequeñas luces, cuyo resplandor alumbraba cada centímetro de mármol. La bailarina también sostenía entre sus manos alzadas varias ristras de diminutas luces, como un velo iluminado.
Había cuatro escalones que subían hacia la estatua. Al final de la escalera, alguien había depositado algo que no podía distinguir.
Allie se volvió a mirar a Sylvain. En el resplandor de las luces alcanzó a ver la expectación en los ojos del chico.
—Adelante —la apremió.
Ella se acercó a la glorieta con pasos indecisos hasta que pudo ver lo que había.
A los pies de la estatua, dentro de un círculo de velas que titilaban por la brisa, había un pastel.
—Oh… —Allie se llevó las manos a la boca—. Hay diecisiete velas.
Sylvain se reunió con ella al pie de las escaleras. Allie lo miró pasmada.
—Feliz cumpleaños.
Se había quedado sin palabras. Con todo aquel lío, había olvidado por completo que era su cumpleaños.
Pero Sylvain se había acordado.
Los ojos de Allie se llenaron de lágrimas.
Hacía mucho tiempo que nadie le hacía un pastel de cumpleaños. La última vez había debido de ser antes de que Christopher se escapara. El cumpleaños anterior lo había pasado con Mark y Harry en Londres, haciendo grafitis en los edificios que había junto a las vías del tren.
Mark había escrito con spray en la pared: «¡Feliz cumpleaños, Allie!». Y eso había sido todo.
—Yo… —Como le temblaba la voz, se interrumpió.
Seguro que Sylvain había tardado siglos en colocar todas aquellas lucecitas. Y las velas. Eran las mismas que ponían en las mesas del comedor; probablemente había vuelto a buscarlas después de la cena y las había sacado a hurtadillas.
Se volvió hacia Sylvain para decirle algo, cualquier cosa que pudiera expresar lo mucho que aquello significaba para ella. Pero las palabras no bastaban. Así que alzó los brazos hacia él y acercó la boca de Sylvain a la suya.
Él la besó con suavidad, algo confundido. Le besó las comisuras de los labios hasta que Allie los separó y probó su sabor.
Ella estaba de puntillas y entrelazó las muñecas en la nuca de Sylvain para besarlo con más pasión, pidiéndole más.
Había querido besar a Sylvain desde aquel primer día en Francia, cuando lo había visto en las escaleras de su casa, con los ojos azules como el cielo.
Aquello era lo correcto, se dijo. ¿Cómo no iba a escoger a Sylvain ahora? Después de aquello, estaba claro. Estaba bien.
Allie enredó los dedos en los suaves rizos de Sylvain y se inclinó hacia adelante, apoyándose en él.
Al instante Sylvain la sujetó y apretó con más fuerza los brazos, que ya rodeaban la cintura de Allie.
Por primera vez en mucho tiempo, Allie pensó que quizás estaba tomando la decisión acertada.
—Es mi pastel ideal. De chocolate, con relleno de chocolate y espolvoreado con virutas de chocolate. —Se chupó el glaseado de los dedos y miró a Sylvain en el trémulo resplandor de las luces—. Está de muerte.
Se habían sentado a los pies de la estatua de la bailarina. Él le rodeaba suavemente la cintura con un brazo y ella estaba acurrucada al calor del cuerpo de Sylvain.
—Perdona por no traer tenedores. Tendremos que comer como salvajes.
Aquella manera de expresarse la hizo reír.
—Me parece perfecto ser una salvaje. —Cogió otro pedazo de pastel—. Explícame otra vez cómo te las ingeniaste para subir el pastel al avión.
Sylvain inclinó la cabeza y le dio un beso en el hombro.
—Lourdes estaba empeñada en prepararte un pastel, aunque tuviéramos que irnos. Así que lo metimos en una caja y lo escondimos en una maleta. Les dije a los guardias que lo colocaran en un lugar seguro, donde nada pudiera dañarlo.
Lourdes era la cocinera de la familia Cassel. El día que había conocido a Allie, había chasqueado la lengua y afirmado: «Tu es trop mince» (estás demasiado delgada). A partir de aquel momento no paró de atiborrarla a comida; desde baguettes recién horneadas untadas de queso, a crujientes cruasanes bañados en mermelada, coloridos macarons y, sus favoritas, lenguas de gato recubiertas de chocolate negro.
—Oh, la echo de menos —suspiró Allie con tristeza—. Y echo de menos Francia.
La sonrisa de Sylvain se desvaneció; los ojos se le pusieron serios.
—Volveremos.
—Eso espero.
El ánimo había decaído y Sylvain, que lo había notado, carraspeó y sonrió con aire misterioso.
—Aún queda otra sorpresa…
Alargó el brazo hacia la zona a oscuras de la parte trasera de la estatua y sacó una caja pequeña adornada con un lazo plateado.
—¿Un regalo? —Allie le dedicó una sonrisa. Se limpió los dedos pegajosos de glaseado antes de tomar la caja con las manos—. No me lo puedo creer.
Él pareció extrañado.
—Bien sûr. Es tu cumpleaños.
A Allie le encantaba oírlo hablar francés.
El lazo estaba confeccionado en una seda gruesa; Allie tiró de los extremos para deshacerlo y una caja azul de joyería quedó a la vista.
El corazón se le disparó. De repente estaba nerviosa. Ningún chico le había regalado joyas.
La suntuosa caja crujió al abrirse.
—Oh, Sylvain… —suspiró.
En el interior de la cajita brillaba una delicada cadena de oro blanco. De ella pendían dos diminutos colgantes, un llave adornada con cenefas y florituras y un candado de aspecto antiguo.
Allie se quedó inmóvil; Sylvain soltó el collar del cojincillo satinado sobre el que reposaba, sostenido por dos pequeños alfileres.
—Lo mandé hacer especialmente para ti. —Él le retiró el cabello con suavidad y le colocó el collar alrededor del cuello. Allie sintió el metal frío contra la piel—. Así es como me siento contigo. Tu vida encierra algunos secretos… Y me gustaría darte una llave para todos ellos. Quisiera liberarlos para ti. Para que puedas ser libre.
Sylvain agachó la cabeza y la besó en la nuca, justo por encima del cuello de la blusa. Allie se estremeció al notarlo.
Entonces ella se dio la vuelta y se sentó en el regazo de Sylvain, colocando las piernas a ambos lados de la cintura del chico. Él la sujetó por la espalda con manos firmes.
Allie tomó la cara del chico entre las manos. En el resplandor de las luces, los ojos de Sylvain brillaban como zafiros.
Una lágrima bajó por la mejilla de Allie.
—Esto es lo más bonito que me han regalado en la vida. Me encanta y lo guardaré para siempre. Gracias.
—Te mereces todas las joyas que hay en este mundo —susurró él—. Allie, quiero que lo tengas todo.
Entonces, ella lo besó otra vez.