No mientas

Eva Zamora · Capítulo 8 de 99

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No mientas

Capítulo 6

6

28 de septiembre del 2019. Newhaven.

Mientras Charlie y Lily esperaban en su casa la llamada del secuestrador la tensión era máxima, tan densa que podía cortarse con un cuchillo y servirse como ración. Charlie pensaba en la actitud de Lily y trataba de entenderla, pero no lo lograba. Él quería dar parte del secuestro, como era lógico, para que los dispositivos pertinentes se pusieran en marcha, pero ella se lo había prohibido tajantemente. Lily repetía con insistencia que debían seguir las instrucciones de la nota, lo contrario perjudicaría a Tommy. Y si le ocurría algo a su hijo, no se lo perdonaría nunca y no podría soportarlo.

Por ese instinto de protección que la gran mayoría de madres porta en sus adentros, Lily fue capaz de fingir delante de Rose, y hasta le mintió con descaro. Pero sirvió, porque Rose se creyó que Tommy estaba en casa de un compañero de instituto y que ella, repentinamente, se había encontrado mal y se había mareado. Fue tan convincente que su socia incluso achacó ese pasajero malestar a la posibilidad de un embarazo y se alegró mucho aventurando la buena nueva. Lily, en cambio, tuvo que hacer un sobresfuerzo para no derrumbarse y contarle la verdad a su socia y amiga, para no refugiarse en sus brazos y llorar sin consuelo.

Pero lejos de sucumbir a su necesidad de desahogo, Lily fingió. Mintió.

Y esperó. Y cuando se aguarda algo con ansia la demora del tiempo suele ser despedazadora. Cada segundo pesa como una losa sobre el pecho, cada

minuto se convierte en una cama de clavos, y así sucesivamente hasta que la presión y la puya realizan múltiples hendiduras en el cuerpo y terminan descuartizándolo. Así se encontraba Lily frente al teléfono: hecha pedazos.

El desesperante hormigueo de la inquietud le carcomía las entrañas como las termitas se comían la madera, poco a poco, despacio pero con constancia. Imploraba una y otra vez que sonara el teléfono, pues ya había pasado casi una hora desde que llegaron a casa. ¿A qué esperaba el secuestrador? ¿Por qué la torturaba con ese silencio? A Lily le pudo la presión, el temor, la incertidumbre… y se echó a llorar de nuevo.

Charlie volvió a darle refugio con su abrazo, volvió a transmitirle todo su amor con su sola presencia. Pero una vez más, con Lily acurrucada en su pecho, deshaciéndose, él volvió a sentir lo mismo: una tonelada de impotencia contrapeándose con la idéntica cantidad de rabia. Y esa idea, la que no había dejado de pensar desde que leyó la nota, volvió a resplandecer en su mente.

—Lily, escúchame —le pidió. Ella alzó la mirada y se encontró con sus tristes ojos—. La nota deja claro que el secuestrador sabe que pertenezco a la policía de Newhaven y dónde vivimos. —Ella asintió—. Pues una de dos, o nos conoce o nos ha estado investigando.

Lily se separó de él impactada, plagada de nervios, muerta de miedo, casi temblando. No había caído en ese pequeño gran detalle.

—¿Crees que puede ser alguien del municipio? —preguntó cesando el llanto.

Un inquietante runruneo se apoderó de la mente de Charlie. La imagen de los hermanos Miller cobró mayor fuerza en su cabeza; tanta, que terminó encendiéndole la sangre. Sus palabras, aquella amenaza que al principio le pareció un desafío vano y sin importancia, cada minuto que pasaba se volvía más una represalia, la cómplice de una venganza, la aliada de un secuestro. «La poli siempre está metiendo las narices en donde no les importa y a los verdaderos delincuentes y asesinos los dejan campar a sus anchas. Nos las pagará, jefe Rider, recuérdelo. Se arrepentirá de esto. Juro que nos las pagará», dijo Bob, con el apoyo de su hermano Cody. ¿Y si habían llevado a cabo su amenaza? ¿Y si ellos habían secuestrado a Tommy?

—Pudiera ser —contestó por fin a Lily, y, separándose de ella, añadió

—: No te muevas de aquí, voy a cerciorarme de algo.

—¿Adónde vas, Charlie? —interpeló exaltada—. No quiero quedarme sola.

—Ni a mí me gusta dejarte en este momento, pero necesito confirmar una cosa.

—¿Tienes idea de quién ha podido secuestrar a Tommy? —demandó desesperada.

—Es lo que voy a comprobar.

—¿Quién es? ¿De quién sospechas? —gritó.

—No estoy seguro, Lily, y no voy a dar nombres sin estarlo. Llámame si me necesitas. Espero no tardar mucho, pequeña. —La besó en la frente.

Lily se quedó inmóvil viendo cómo Charlie se marchaba corriendo y desaparecía. Tras oír el golpe de la puerta al cerrarse, siguió llorando.

Charlie tenía tanta prisa por dar con los hermanos Miller que optó por coger la moto en lugar del coche. Veloz, sin ni siquiera ponerse el casco para no perder tiempo, se presentó en la cafetería del puerto, que en ese instante estaba cerrando sus puertas.

—¿Dónde están tus hijos, Trevor? —preguntó sin ni siquiera bajarse de la BMW 1200.

—¿Por qué? ¿Va a ir a detenerlos o solo los va a acosar? —la pregunta iba teñida de un matiz irónico.

—No tengo un buen día, así que no me toques las narices. ¿Dónde están? —demandó autoritario.

—Mire, jefe Rider, no aplaudo lo que han hecho mis chicos, tampoco lo justifico, pero una parte de mí puede entenderlo. Solo buscaban la manera de ayudarme. El negocio se va a pique, tengo muchas deudas y los seguros mucho dinero. —Suspiró—. Son buenos muchachos, y usted lo sabe.

—En este momento no me interesan vuestros motivos ni argumentos.

Por última vez, ¿dónde están? —interpeló con cierta agresividad.

—Imagino que en el pub de Toby, como casi todos los sábados.

—Más vale que no hayan buscado otra de sus soluciones para conseguir dinero. Más les vale, Trevor. —El hombre lo miró desconcertado, no tenía idea de a qué se refería el jefe de policía.

Charlie metió la marcha, aceleró y salió disparado en busca de los hermanos. En unos minutos ya entraba en el Toby’s Pub, donde se podían degustar más de doscientos tipos de cervezas, escuchar buena música, jugar al billar, bailar o admirar los sensuales bailes de algunas jovencitas de Newhaven. En ese instante los acordes de Viva la vida, de Coldplay, hacían retumbar las paredes del local.

Los ojos de Charlie fisgonearon el pub con detenimiento, las luces brillantes y bailarinas lo cegaban de vez en cuando con su barrido. Al fin encontró a Bob, al fondo, apoyado en la barra, bebiendo una birra mientras intentaba ligar con una chica llena de tatuajes y piercings. Sin dudar, se acercó a él abriéndose paso entre los presentes a empujones. Sin ningún miramiento, más bien arrastrado por los malos modos, Charlie posó con brusquedad la mano sobre el hombro de Bob.

—Nos disculpas —le dijo al oído a la joven antes de tirar de Bob con fuerza.

—¡Oiga, esto es abuso de autoridad! —protestó el menor de los hermanos Miller.

—Cállate y salgamos a la calle. —Charlie lo sacó del pub casi a rastras.

—¿Se puede saber qué le ocurre? —gruñó Bob. Un joven de poco más de veinte años, desaliñado y muy macarra.

—¿Has visto a mi hijo? —interpeló el jefe de policía apretando los dientes.

—¿Qué coño dice?

—¿Dónde está Tommy?

—Pero ¿qué mierdas está diciendo? ¿Ha bebido o va fumado?

Charlie enfureció, cogió de la pechera a Bob y lo empotró con fuerza contra la pared.

—¿Qué habéis hecho con Tommy? ¿Dónde lo tenéis? Como le hagáis daño juro que os mataré —habló con una rabia iracunda.

—¿Qué ocurre aquí? ¿Por qué no nos deja en paz, jefe Rider? —

demandó Cody, que llegó corriendo. También sudando, le sobraban unos cuantos kilos.

—Cree que le hemos hecho algo a su hijo —le avisó su hermano, mostrando estupor.

—¿Su hijo? —Cody, salpicado por el asombro, observó extrañado a Charlie—. La última vez que vi a ese crío aún vivían en el puerto, y de eso hace ya tiempo.

—No entiendo qué tenemos que ver nosotros con su hijo —le dijo Bob.

—Me amenazasteis. Cuando descubrí vuestro engaño y os detuve, vosotros me amenazasteis —repitió, zarandeándolo.

—Nos dejamos llevar por el calentón del momento, ¡coño! —se defendió Bob.

—Mire, la hemos cagado, sí, lo reconocemos, y ahora tendremos que apechugar con las consecuencias —explicó Cody, secándose el sudor que le perlaba la frente con el dorso de la mano—. Pero le juro que no hemos visto a su hijo ni sabemos nada de él, y por supuesto que nunca le haríamos daño.

—¡Por el amor de Dios, ¿por quién nos toma?! —preguntó Bob, sobresaltado.

—Si me mentís, será mucho peor —advirtió con gravedad.

—Le estamos diciendo la verdad, joder —añadió Cody.

Charlie observó con detenimiento a los hermanos Miller, en su mirada había tanto desconcierto como sinceridad. Ellos no tenían a Tommy ni sabían de qué hablaba. Apartó despacio las manos de la pechera de Bob y, de forma inevitable, el recuerdo de Brian Mayer emergió de su mente.

Bob, viéndose libre, se colocó la cazadora vaquera mientras contemplaba al jefe de policía con malhumor. Charlie estaba sumido en sus pensamientos, recordando aquella maldita noche que le mostró su peor faz.

Su comportamiento estuvo fuera de lugar, igual que lo había estado ahora.

Aunque en esta ocasión había actuado guiado por el temor, no cargado de odio como entonces; quizá por eso no había llegado tan lejos. Pero, de una u otra forma, su acción era igualmente impropia.

—Disculpad, lo siento —dijo Charlie algo avergonzado.

—Le aconsejo que primero piense y después actúe, jefe Rider —

advirtió Cody.

—Eso mismo digo yo —añadió Bob. Ambos hermanos, estirando su orgullo, volvieron a entrar en el Toby’s Pub.

Cabizbajo y preocupado, Charlie se subió a su moto y puso rumbo a su casa. Sus únicos sospechosos acababan de quedar descartados, y se sintió

furioso y lleno de dolor. No hacía más que repetirse las mismas preguntas una y otra vez: ¿Quién retenía a Tommy? ¿Qué demonios quería? ¿Y dónde lo tenía?

Con la resistencia que ofrecía el aire chocando contra su cuerpo y el frescor que aportaba en su rostro, Charlie empezó a analizar la situación.

Un secuestro implicaba una transacción, generalmente de carácter económico, dinero a cambio de una vida. Sin embargo, ellos eran personas de clase media, gente normal a la que no le sobraba el dinero. ¿Por qué había elegido a Tommy? ¿Por qué a un niño cuyos padres no eran ricos? No comprendía nada, ni como policía ni como padre. Se le encogió el corazón pensando en lo deshecha que estaba su pequeña; lo normal, estando la vida de su hijo en juego. Porque habían secuestrado a Tommy, no era un sueño ni una broma, era una maldita pesadilla, la peor que él había vivido en toda su vida.

Charlie sabía que no tenía los medios para enfrentarse a ese tipo de delito y necesitarían ayuda. Dijera Lily lo que dijera, no podían hacerlo solos; era un asunto demasiado serio, de vida o muerte. Si querían volver a ver a Tommy, solo tenían una opción: poner el caso en conocimiento de policía especializada en secuestros.

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