No mientas

Eva Zamora · Capítulo 95 de 99

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No mientas

Capítulo 93

93

4 de octubre del 2019. Newhaven.

Charlie no entendía a qué venía la frialdad de la detective Wood ni esa manera de mandarle callar. Tampoco le agradaba cómo lo miraban Lowell y Brown, desde que conocían la verdad sobre Lily, no paraban de compadecerlo. Necesitaba aire fresco, abandonar la casa, así que salió sin acabarse el café. Los agentes Coben y Bates, cumpliendo las órdenes de Taylor, habían dejado libre de periodistas una pequeña zona para cuando necesitaran salir a pie del área acordonada. Charlie se marchó por ella ignorando las habituales preguntas y sin mirarlos para que la cámara no captase su rostro.

Mientras caminaba deprisa hacia la playa, pensó de nuevo en las formas de la detective Wood. No le había dado una mala contestación, pero había sido fría, bastante seca y le había mandado callar. Le preocupaba su cambio de actitud y se preguntaba a qué se debía, como si Charlie no tuviera bastante en lo que pensar. El día anterior lo había desgastado emocionalmente, no entendía cómo podían quedarle neuronas después de tantas horas meditando.

Taylor ayudó a Charlie a ver las cosas con la objetividad que precisaba y no encontraba, también a ponerlas en la perspectiva adecuada.

Desahogarse con su compañero y amigo le hizo bien. Beberse unas cervezas y escuchar sus palabras de ánimo le hizo bien. Sacar de una vez su secreto, el que tanto le consumía, le hizo bien. No percibir lástima en sus

ojos por haber sido acosado, ni ser juzgado por su horrible acto, le hizo bien. La suma de tanto bien le procuró a Charlie alivio mental y le permitió dormir unas pocas horas, las necesarias para que su mente desconectase, pero la actitud de la detective Wood había desbaratado en segundos esa leve paz que el sueño le había aportado.

Durante el tiempo que pasó con Taylor también se acordó de Rose Matthew, y tras picar un poco de comida china, su amigo y él se acercaron a ver a la mujer. Cuando entraron en el local a Charlie se le encogió el corazón. En el Grandmum’s Tea todo seguía aparentemente igual: la gente tomaba té, degustaba tarta, compraban muffins, charlaban, reían… Pero había una gran diferencia: Lily no estaba en su puesto. No estaba atendiendo. No mostraba su preciosa sonrisa a los clientes. Rose hacía su trabajo, pero había perdido el brillo en los ojos. Había cambiado la ilusión por una cruzada personal para encontrar a su amiga y socia.

Charlie habló con ella, tenía que contarle la verdad en persona, adelantándose a la prensa. Tras escuchar la historia, Rose se quedó impactada, y Charlie, expectante de su reacción. Cuando la mujer pudo articular palabra dijo lo que menos esperaba él, pero lo que sin duda necesitaba oír: «Charlie, me da igual cómo se llame de verdad, yo sé quién es ella, una gran persona. Y tú deberías pensar de la misma forma». Pero él aún no sabía qué pensar, su mente y su corazón estaban en conflicto y sus emociones y sentimientos andaban por la cuerda floja. Necesitaba reordenar las ideas en la soledad de su alcoba. Por eso cuando llegó a su casa se encerró en la habitación y se lanzó a la cama a pensar. Tras mucho debatirse comprendió que el amor que sentía por Lily era más grande que el pasado o el futuro. Daba igual quién fuera ella antes de conocerlo, importaba quién era desde que estaba a su lado. Y daba igual cómo la llamase, Sarah o Lily, seguía siendo la mujer de su vida.

Cuando llegó a la playa respiró profundo, paseó por la pedregosa arena y le suplicó a Dios que ese día Tommy y Lily fueran por fin liberados.

Seguía llamándola Lily, le iba a costar llamarla Sarah. De nuevo aspiró la brisa en profundidad. El olor a salitre aún le recordó más a su pequeña y lo mucho que ella adoraba el mar. Tenía tantas ganas de hablar con ella, de

aclarar las cosas, de saber qué iba a ocurrir… Deseaba con ahínco estrecharla entre sus brazos, estrecharlos a los dos.

—¡Charlie! —gritó una voz a su espalda. Se giró; era Alison—. Espere un momento, por favor.

—¿Qué quiere? —Charlie se detuvo.

—Hablar con usted.

—¿Ha llamado el secuestrador?

—No. —Corrió hasta alcanzarlo.

—¿Entonces?

—Quiero disculparme, he sido un poco impertinente.

—La verdad es que sí lo ha sido, y no entiendo por qué.

—Sé que no le valdrá de excusa, pero ayer… —Buscó las palabras correctas—. Le aseguro que no hay nada más peligroso que quedarse a solas con los pensamientos, y anoche lo hice.

Charlie la observó pensando que bien lo sabía él.

—Está bien, acepto sus disculpas.

—Gracias. Ha sido rápido tomando su decisión.

—No soy rencoroso, ¿y usted?

—Depende —contestó haciendo gala de su sinceridad.

—Yo lo fui una vez y juré que jamás guardaría rencor en mí, es muy nocivo.

—Lo es, pero en ocasiones es inevitable guardarlo.

—Inevitable es la muerte, Alison, nada más —dijo de forma sabia—. Y

opino que el rencor es tan nocivo como quedarse a solas con los pensamientos.

—Puede que lleve razón.

—A veces es bueno compartir nuestras sensaciones con personas de confianza. Ellos nos pueden ayudar a observarlas desde todos los ángulos, no solo desde el que nosotros vemos.

—Supongo. —De forma ineludible pensó en Andrew y en lo que le debía contar.

—¿Paseamos un poco? —preguntó Charlie.

—De acuerdo. —Alison asintió.

Pasito a pasito Charlie y la detective llegaron hasta el brazo del puerto, uno de los extremos de la playa, donde la desembocadura del río Ouse la dividía en dos. Resultaba de lo más agradable pasear sintiendo la brisa en la cara y los rayos del sol acariciándoles la piel.

—Antes, cuando me ha mandado callar, trataba de informarle de algo.

—Charlie fracturó el silencio que los acompañaba.

—Pues dígame. —Alison paró de caminar. El tono de Charlie alertó sus sentidos.

—Puede que haya alguien que me odie tanto como para hacer esto. —

Alison observó el cambio de semblante de Charlie, un ramalazo de tristeza mezclado con otro de culpabilidad se lo desfiguró.

—¿Cómo dice?

—Que puede que Brian Mayer haya secuestrado a Tommy y a Lil…

Bueno, a Sarah.

—¿Y por qué no me lo ha contado antes? —demandó molesta.

—Porque no sé si está vivo y no quería decírselo hasta tener la certeza, pero luego he creído que debía informarle. Le he pedido a Taylor que lo compruebe.

—¿Cuándo ha solicitado esa información? —preguntó rauda.

—Ayer por la mañana. Seguramente la tengamos hoy.

—Si me lo hubieran dicho, Scotland Yard ya lo habría averiguado. —

Sonó a reproche.

—Ayer usted no estaba aquí y yo no quería adelantarme sin saber. He tratado de decírselo cuando ha llegado, pero no me ha dejado, Alison.

—Está bien. —Asintió, y con celeridad sacó el móvil del bolsillo de su gabardina—. Ha dicho que se llama Brian Mayer, ¿verdad?

—Así es —afirmó él.

La detective marcó y se retiró de Charlie para hablar con la intimidad que deseaba. Él la esperó contemplando el mar, con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón vaquero y soportando un pesar inmenso. Al cabo de un par de minutos Alison regresó a su lado.

—Me llamarán en cuanto lo comprueben. Les he dicho que es urgente, así que en una hora como máximo sabremos si el señor Mayer sigue vivo o está muerto.

—Vale.

—¿Y ahora me puede decir qué le ha llevado a suponer que él sea el secuestrador?

—Brian Mayer es un delincuente que odia a los polis en general y a mí en particular, es muy probable que me la tenga jurada —explicó con una verdad a medias. Entendía que alguna razón debía dar, pero no le iba a contar su vergonzoso secreto.

—¿Y a causa de qué esa inquina?

—¿Acaso usted entiende las mentes retorcidas?

—No. —Negó con la cabeza.

—Siento no haberlo mencionado antes, pero le juro que creía firmemente que Brian Mayer estaba muerto.

—¿Qué le hizo cambiar de idea?

—La soledad —contestó al cabo de unos segundos—. No hay nada peor que quedarse a solas con los pensamientos —parafraseó.

—Doy fe —aseguró Alison.

—Pensé, pensé y pensé, y de pronto me di cuenta de que me lo habían dicho, pero oficialmente yo no tenía la certeza. —Sopló—. Sé que debía haber compartido mis sospechas con usted, pero no quería que me tachase de paranoico.

—Bueno, no le demos más vueltas. ¿Qué le parece si regresamos? No creo que el señor Dominium tarde mucho en llamar.

—Sí, volvamos.

Alison y Charlie se dieron la vuelta y comenzaron a desandar el camino para regresar a la vivienda. Caminaron en silencio, pensando, hasta que él dijo:

—A Brian le gustaba poner motes y estar por encima de los demás, se creía con ese poder. Le gustaba dominar. Dominium es un nombre rebuscado, pero le define perfectamente.

Alison no añadió nada y de nuevo guardaron silencio mientras caminaban. A punto de abandonar el lugar, escucharon el nombre de Charlie a gritos. Ambos se dieron la vuelta, él aguzó la vista y el oído.

—¡Son ellos! —exclamó asombrado—. ¡Son Lily y Tommy, Alison!

¡Son mi mujer y mi hijo! ¡Son ellos! —Con el corazón acelerado, Charlie

echó a correr.

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