No mientas

Eva Zamora · Capítulo 28 de 99

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No mientas

Capítulo 26

26

1 de octubre del 2019. Newhaven.

Alison aligeró el paso para regresar a casa de Charlie. Por más vueltas que le daba, seguía sin entender el motivo por el que el secuestrador no contactaba, aunque estaba convencida de que la noticia en el The Guardian lo sacaría de su madriguera. Recordó las palabras de Flynn, el agente especial del FBI en Quántico, que le impartió un curso sobre perfiles psicológicos en raptores.

«Hay establecido un patrón de conducta en los secuestradores, pero eso no quiere decir que siempre lo vayan a cumplir, variará en función de sus intereses. Si su inclinación solo es económica, todo será más sencillo, pero si el motivo es personal, el caso se complicará. En esas ocasiones el secuestrador, como acto de tortura, puede utilizar el silencio. No sabremos nada de él y en consecuencia tampoco de la víctima. Aunque son casos aislados, en esas situaciones no podemos perder el tiempo siguiéndole el juego, porque suelen ser sujetos inestables y cada minuto que la víctima pasa en sus manos es un minuto más que está en peligro. La prioridad es obligarlo a contactar con nosotros cuanto antes para que nos diga qué quiere. En estas ocasiones la prensa suele ser un buen aliado. Ya saben lo que dicen, detective Wood: Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña».

Y Alison había ido a la montaña. Aún no sabía si el motivo del secuestro era solo económico, pero el silencio del raptor le indicaba que

debía engrasar la maquinaria y tenerla a punto para comenzar la función, y eso había hecho.

Cuando entró en casa de Charlie se encontró con su equipo en activo. El cerebrito estaba de pie, tomándose un café solo bien cargado. No había dormido muy bien en el sofá y debía despejarse, sabía que les esperaba un día largo. Lowell tampoco había descansado en condiciones y ya se había tomado un café cargado y largo para espabilarse. En cuanto lo acabó decidió ponerse a trabajar, y cuando Alison entró, se lo encontró sentado frente a un ordenador.

—Buenos días —saludó.

—Buenos días, detective Wood —contestaron al unísono.

—Brown, envíe un mensaje a esta dirección de correo electrónico.

Adjunte las fotografías de los desaparecidos, sus nombres y apellidos y una descripción. —Lo anotó en un papel y se lo pasó al agente, que se acabó el café de un trago para ponerse a ello.

—Al niño lo secuestraron —reparó Lowell.

—Hasta que el secuestrador no se ponga en contacto con nosotros, algo que ya debería haber hecho, trataremos el asunto como una desaparición —

aclaró la detective—. ¿De acuerdo?

—Desde luego. —El sargento asintió.

—Para el The Guardian, ¿verdad? —preguntó Brown, contemplando la dirección electrónica.

—Exacto. Acabo de hablar con mi contacto y le he pedido que lo publiquen. La edición digital publicará sus fotografías en breve, y también las colgarán en sus redes sociales. Mañana estarán en papel en todo el Reino Unido. Señores, hemos tirado el anzuelo, ahora debemos esperar a que pique. —Alison mostró los dedos cruzados, deseosa de que el secuestrador contactase lo antes posible—. ¿Y el jefe Rider?

—Charlie se ha ido a duchar —contestó el joven—. Nos ha pedido que lo llamemos por su nombre.

—Sí, a mí también —comentó Alison—. Lowell, ¿ya ha encontrado algo de lo que le pedí?

—Estaba acabando de recabar información, detective.

—Pues hable —apremió al sargento.

—He investigado al jefe de policía y por ese lado no tenemos nada.

Charlie es un hombre íntegro que no ha tenido problemas con nadie, así que en nuestro conocimiento cualquier tipo de extorsión o venganza queda descartado. Pero sí he descubierto algo muy interesante sobre cómo consiguió esta casa: se la regaló un vecino del pueblo. El señor Lee Johnson lo incluyó en su testamento por frustrar la huida del ladrón que había robado todas las joyas de su difunta esposa. La noticia fue muy difundida, salió en todos los periódicos y revistas e incluso en la BBC. Ya conoce a la prensa.

—Sí, por desgracia. —Resopló, y por su mente desfilaron los cientos de páginas e incluso horas de televisión que ella misma había ocupado por el secuestro del hijo de Marcus Kane, el famoso defensa del Liverpool Futbol Club. También recordó cómo se fijó la prensa sensacionalista en ella por ser hija de quien era y por estar casada con quien estaba. Hasta se atrevieron a publicar la muerte de su pequeña y mostrar alguna foto del entierro. De nuevo Alison sintió un dolor con el que le ardieron las entrañas—. ¿Y cómo sucedió? —preguntó a Lowell, volviendo a lo que procedía.

—Pues eso es lo más impresionante, la casualidad quiso que el jefe de policía pasara por el lugar de los hechos en ese momento, pero ni siquiera estaba de servicio ese día y se encontraba solo y desarmado.

—Entonces se jugó la vida. —Silbó el cerebrito.

—Posiblemente —dijo Alison.

—Seguro —afirmó el sargento.

—Entonces casi puede decirse que Charlie es un héroe —comentó Brown, su juventud todavía le hacía ser impresionable.

—No es nada heroico —advirtió Charlie apareciendo de repente.

Un gélido silencio cristalizó el ambiente. Alison imaginó la incomodidad de Charlie al llegar al salón y escuchar que estaban hablando de él.

—Discúlpenos, Charlie —dijo la detective—, estamos investigando.

—Tranquila, lo suponía. Y con respecto a lo que comentaban, les diré que hice lo que cualquiera de nosotros hubiera hecho, es nuestro trabajo. —

Se restó méritos.

—No todos los policías se juegan la vida —advirtió Alison—. Ese hombre sabía el riesgo que usted corrió y quiso gratificarle, por eso, haciendo gala de una inmensa generosidad, lo recompensó con esta casa.

—Y la maravillosa recompensa se ha convertido en mi cruz.

—¿Piensa que el valor de la casa los ha convertido en un objetivo? —

demandó Alison.

—¿Acaso usted no? —repreguntó él.

—Sí, es una de mis hipótesis —afirmó.

—Casi es la única hipótesis. Porque solamente con su valor podríamos hacer frente al rescate, no somos ricos.

—También puede ser que el secuestro de su hijo solo sea una cortina de humo de lo que en realidad quiere el raptor.

—Y, según usted, ¿qué quiere?

—Me gustaría saberlo, pero solo puedo suponerlo.

—¿Y qué supone?

—Que quiera atrapar a Lily.

—¿Atraparla? —interpeló confuso.

—Solo es una hipótesis, debemos planteárnoslo todo.

—¿Con qué idea? —La pregunta abrió un silencio cuajado de suspicacias.

—Eso nos gustaría saber —respondió Alison, y la duda osciló entre ellos como un péndulo—. Y variando la conversación, acabo de hablar con mi contacto en el The Guardian, la noticia ocupará en breve una de sus páginas.

—Esperemos que sirva de ayuda —deseó—. Y por cierto, podía haberme preguntado directamente a mí cómo había conseguido esta casa, se habrían ahorrado investigarlo.

—Es policía, Charlie, sabe que aunque usted me lo diga mi deber es comprobarlo.

—Lleva razón. —Asintió y pensó un momento—. ¿Sabe? Esa parte de mi vida es pública; la prensa se hizo eco de la noticia con una rapidez pasmosa y con mucho bombo y platillo. —Su semblante se ensombreció por un gesto de incomodidad—. Ya sabe usted cómo funciona esto, si los periodistas quieren dar difusión a algo, se la dan con creces.

—Lo sé, créame —aseveró Alison—. Crucemos los dedos para que ahora la prensa dé el mismo bombo a la desaparición de su mujer e hijo.

—Esperemos que el ruido que hagan sirva para recuperarlos, no para destrozarnos —dijo desolado, y, cabizbajo, abandonó el salón.

Charlie salió de la casa rogando a Dios que los ayudara, que el poder de la prensa surtiera efecto y les sirviera para dar con Tommy y con Lily. Lejos estaba él de sospechar lo que aquella noticia iba a acarrear, porque cambiaría sus vidas para siempre.

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