No mientas

Eva Zamora · Capítulo 46 de 99

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No mientas

Capítulo 44

44

Tiempo atrás. Glasgow.

Sarah y Zoe tenían diecinueve años y empezaban a salir con chicos.

Desde hacía unos meses Sarah se sentía atraída por Dustin, un universitario de veintitrés años. Era un secreto a voces entre sus amistades, pero también llegó a oídos de su hermana. Sarah trataba de hacerse la encontradiza con él y frecuentaba los lugares a los que acudía el chico, habían cruzado las miradas unas cuantas veces y ella pretendía darse a conocer, aunque solo habían intercambiado un mero saludo. Maggie, la mejor amiga de Sarah, celebró su cumpleaños dando una fiesta en el garaje de su casa, y, con la intención de darle a Sarah el empujoncito que necesitaba, lo invitó a él y a sus amigos. Por fin, Sarah consiguió captar la atención del guapísimo joven, quien se acercó a hablar con ella, incluso le preparó una bebida y empezó a regalarle halagos. Sarah estaba nerviosa y, con mil mariposas revoloteando por su estómago, empezó a coquetear con él. Cuando Dustin acudió a la llamada de uno de sus amigos, ella aprovechó para ir al baño y relajarse.

Pero al volver, dispuesta a reanudar la charla, descubrió que Zoe hablaba con Dustin y acaparaba toda su atención. El chico no despegaba los ojos de ella, como si estuviera hipnotizado. Sarah fue testigo del flirteo y se la llevaron los demonios. Su hermana iba acercando el cuerpo al de Dustin, hasta que él la abrazó y se besaron. Y entonces la rabia de Sarah se transformó en cólera. Zoe, sin dejar de besar a Dustin, clavó la vista en ella.

Contemplar su furia le produjo tanta satisfacción que alargó el beso y lo

cargó de lujuria, convirtiéndolo en el preludio del deseo. Cuando el chico se apartó de ella su cuerpo pedía un rato de placer carnal para desfogarse, estaba tan excitado que el pantalón a duras penas disimulaba la erección.

Pero su ardor duró poco, tras el sonoro e inesperado bofetón que le soltó Sarah, todo volvió a la normalidad. En un ataque de rabia, Sarah agarró a Zoe del brazo y tiró de ella para sacarla de allí, no quería dar un espectáculo en casa de Maggie. Pero Zoe se revolvió y, con descaro, se dirigió a su hermana.

—Yo no soy un perro para que tires de mí, ¿te enteras? —le gritó.

—No, tú eres una perra salida, que es distinto —habló con agresividad.

—¿Qué diantres os pasa? —preguntó Maggie desconcertada.

—Esta zorra traidora, que se estaba enrollando con Dustin —contestó Sarah.

Maggie contempló boquiabierta a las hermanas.

—Aquí la única zorra traidora eres tú, Sarah —escupió Zoe con un retintín cargado de furia.

Sarah, colmada de rabia y humillación, se lanzó a por Zoe y ambas cayeron al suelo. Comenzaron a pegarse. Eran como dos gallos de pelea atacándose; se tiraban de los pelos, se lanzaban arañazos, se mordían… Se defendían de las garras de la otra como gato panza arriba. Maggie trató de separarlas, pero recibió una patada que la hizo caer de culo. A partir de ese momento pocos se atrevieron a intervenir, pues si alguien lo hacía, recibía un golpe, y todos los presentes acabaron siendo espectadores de un duelo entre serpientes.

Durante la pelea, las hermanas rompieron algunas cosas sin querer, y los padres de Maggie, que se enteraron al día siguiente de lo ocurrido, se lo contaron enseguida a Archie. Su padre les pidió explicaciones a ambas, no entendía qué podía haber pasado entre ellas para llegar a esos extremos, pero ninguna se las dio, las dos sellaron sus labios de forma hermética.

Archie permaneció un buen rato mirándolas fijo y plagado de decepción, y al final, muy enfadado por su terco silencio, las castigó a ambas.

Las hermanas se retiraron la palabra, pues ninguna podía seguir fingiendo. La envidia es un sentimiento muy humano, aunque no está bien vista porque es un pecado capital, pero ambas la padecían y, llegados a ese

punto, ninguna quería seguir soportándola. Además, desde que Zoe había descubierto lo que escondía su hermana, empezó a odiarla. Había tratado de camuflar su antipatía, pero estaba al límite de su resistencia. Ella sufría un pecado capital más, la ira, y estaba más que harta de silenciarlo porque la estaba carcomiendo.

Semanas después del altercado, las dos hermanas y su padre seguían sin dirigirse la palabra y Zoe creyó que había llegado el momento porque no quería simular más. Tenía que sacar a la luz el desleal secreto de Sarah. Su padre no podía verla como a una villana cuando su papel debía ser el de heroína. Buscó el momento adecuado para hablar con él a solas y, como la vida suele ser caprichosa y a veces ofrece lo que se desea, la oportunidad no tardó en llegar. Dos días después, Archie no acudió a la empresa y se quedó en casa, y Sarah se marchó de compras con Maggie. Era el momento de Zoe.

A punto de entrar en el despacho de Archie, Zoe oyó voces y se detuvo.

Su padre no estaba solo, Donald Evans había ido a visitarlo. Aunque sabía que no era lo correcto, escuchó su conversación.

—Y bien, ¿tienes alguna solución? —demandó Donald—. No quiero presionarte más, Archie, pero soy tu abogado y debo ser franco y decirte que tu situación económica es, siendo sutil, de lo más frágil. Has gastado una burrada en detectives para buscar a Zoe, y eso, unido al desfalco que realizó tu contable, del que aún no te has recuperado, más los estragos de la crisis, te deja prácticamente arruinado. En breve no podrás hacer frente a las nóminas de tus trabajadores ni a las facturas de los proveedores.

—¿Algo más, Donald? —preguntó Archie con ironía—. No me cuentas nada que no sepa y que no me quite el sueño. No hago más que buscar soluciones, pero no es tan sencillo. —Soltó un golpe de aliento.

Archie tomó un vaso y se echó un largo chorro de whisky. No le ofreció a Donald, sabía de sobra que no bebía alcohol.

—¿Has pensado lo que te dije? —interpeló el abogado.

—Sí, y admito que podría ser una salida.

—Es la única que te queda, Archie, aunque no te guste. Mira, sé que la empresa la fundaron tu abuelo y tu padre, y que ellos no querían manos extrañas dirigiéndola, pero los tiempos han cambiado, y tu situación

también. Stewart & Co. Textile debe asociarse con una empresa competente que le inyecte capital para sanearla.

—Lo sé. Todo eso ya lo sé. —Asintió pensativo y bebió un trago de whisky.

—¿Tienes en mente alguna?

—Sí —afirmó—. Mi mayor rival en estos momentos, Hill Textile Industry. Ya sabes lo que se dice: si no puedes con tu enemigo, alíate con él.

—Es una buena opción, yo también la había barajado. Aunque no sé si sabes que la empresa ya no está en manos de Steve Hill, ahora la lleva su primogénito, Harry Hill. Es un hombre de treinta y dos años, centrado, bien preparado y con mucho coraje.

—También lo sé, no creas que no he hecho mis deberes —comentó Archie—. Steve está muy enfermo y por eso su hijo ha tomado el relevo antes de tiempo. ¿Y sabes qué? Es como verme a mí mismo en un espejo, Donald. Porque a mí me sucedió igual, mi padre enfermó y por eso me puse a los mandos de la empresa antes de lo previsto.

—Quizás esa causa sea motivo de entendimiento —dijo el abogado, tratando de ser optimista.

—Había pensado en invitarlo a cenar para conocernos y averiguar qué rumbo quiere darle a la empresa. Si todo sale bien, podría plantearle la opción de asociarnos y crecer juntos.

—Debes convencerlo de que formaríais una gran empresa, Archie —le pidió en un tono contundente, más bien de exigencia—.

Stewart & Co. Textile es una empresa consolidada que lleva más de sesenta años en el mercado y tiene una importante cartera de clientes, eso es lo que debes hacer que vea. Hill Textile Industry es mucho más joven y aún está abriéndose camino, recálcale eso. Ambos sabemos que esa empresa cuenta con la liquidez que ahora mismo te hace falta a ti, pero eso no lo menciones; al menos no todavía. Hill no debe pensar que va a entrar en una empresa arruinada, porque no es así, Stewart & Co. Textile es una empresa con solvencia atravesando un bache económico, nada más.

—Sé que es una gran empresa, solo necesita un poco de ayuda para salir adelante.

—Exacto —aseguró Donald.

Archie se bebió de un trago el whisky que le quedaba y pensó en lo mucho que había cambiado su casa en los últimos tiempos. Se había visto obligado a recortar en servicio, ni siquiera tenía chófer, y el ama de llaves y la cocinera cubrían todas las labores del hogar. Tuvo que vender todos sus inmuebles, así como cuadros, joyas y artículos de valor. Tampoco contaba con acciones, pues había pulido todas sus inversiones. Era consciente de que su situación rozaba la ruina, y si no conseguía ese acuerdo, se quedaría sin nada. Tenía que poner el máximo empeño en convencer a Harry Hill para llegar a buen puerto con la negociación.

—Quemaré mi último cartucho en esa cena, así que deséame mucha suerte, Donald —le pidió, fracturando el dilatado silencio que se creó.

—Espero que la tengas, Archie —le deseó el abogado palmeándole la espalda. Ambos sabían lo mucho que había en juego.

—Te mantendré informado. —Archie dejó el vaso sobre la mesa de caoba de su despacho. Donald asintió y acto seguido se marchó.

Zoe echó a andar deprisa para que el hombre no descubriera que los había estado espiando. Subió las escaleras de puntillas, sin hacer ruido, entró en su habitación y cerró la puerta de forma sigilosa. Se sentó en la cama y repasó en su mente toda la conversación que acababa de escuchar.

Sintetizando, su padre, la persona que Zoe más quería, o la única, estaba prácticamente en la ruina, y parte de culpa la tenía ella, porque buscarla le había dejado sin dinero. Debía pensar en algo para ayudar a su padre, a la empresa; debía sacrificarse por ese fin y nada le iba a hacer cambiar de opinión. Estiró los labios hasta formar una extensa sonrisa que casi le rozó los lóbulos de las orejas. Aún no sabía cómo lo haría ni si lo lograría, pero la idea de convertirse en mártir le encantaba. Mártir o heroína, le daba igual, de ambas formas se alzaría como la salvadora y ocuparía el mejor puesto en el corazón de su padre, un recóndito lugar donde solo había cabida para una hija, y esa era ella y solo ella.

Estaba decidido, lo iba a poner en práctica. Y su misión tenía nombre: Harry Hill.

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