No mientas

Eva Zamora · Capítulo 84 de 99

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No mientas

Capítulo 82

82

3 de octubre del 2019. Newhaven.

La desazón invadía a Charlie de forma inhumana, y era más cruenta desde que su mente le planteó la posibilidad de que Brian Mayer no estuviera muerto. Necesitaba ayuda, apoyo, alguien con quien desahogarse, con quien compartir su dolor, con quien echarse unos tragos, maldecir y blasfemar. Tomó el teléfono y lo observó fijo. Necesitaba la compañía de Carl Taylor, su amigo. Lo llamó y, sin darle más explicaciones, le pidió que fuera a buscarlo. Quería abandonar su hogar, el ambiente allí estaba tan contaminado para su estado de ánimo que se había vuelto irrespirable.

A Charlie no le fue difícil salir de casa gracias a todas las medidas de seguridad que la detective había tomado, pero hacer callar a los periodistas era más complicado. Cuando lo vieron, chillaron como gruñas, y desde su delimitado perímetro comenzaron a lanzarle cientos de preguntas. Él no contestó a ninguna, pero el simple hecho de oírlas le dolía. Pensó en la que se avecinaba y sintió una angustia repentina que le perló la frente. Porque si ahora había una treintena de periodistas en su puerta, cuando los medios conocieran la verdadera identidad de Lily, se triplicarían. Ante la insistencia por hacerle responder, Charlie estuvo tentado de mandarlos a la mierda.

Deseó chillarles que se fueran cada uno a su puñetera casa, pero aguantó como pudo para no enfrentarse a ellos y empeorar la situación. La prensa podía ser muy lacerante si se lo proponía, y más la amarilla, de la que más

reporteros había. Montó en el coche de Taylor y se alejó en silencio de la marabunta.

Pasado el amargo trago se atrincheró en casa de su amigo, quien le acababa de poner una cerveza en la mano antes de sentarse frente a él.

—¿Cómo lo llevas, Charlie?

—¿Cómo lo llevarías tú si de repente descubres que llevas años durmiendo con una mujer que todo el mundo ha dado por desaparecida, incluida la policía?

—¡¡¡Qué!!!

—Lily se llama en realidad Sarah Stewart, y en Internet puedes conocer toda su historia, incluida la de su hermana gemela, Zoe. Yo no puedo contártela, no me encuentro con fuerzas. Prefiero que lo veas y lo leas tú.

Charlie sacó el móvil, clicó en el historial de búsqueda y se lo pasó a su compañero. Cuando Taylor leyó la historia de las hermanas Stewart su oscuro color de piel empalideció. Y más lívido se quedó al comparar las fotografías de las hermanas, Sarah y Zoe eran dos gotas de agua; y Lily desde luego que era Sarah. Hizo un rápido cálculo mental; por las fechas, Tommy debía de ser el hijo del tal Harry, y viendo una foto suya, obviamente lo era. Suspiró hondo, la historia era retorcida y escabrosa, difícil de afrontar y asumir.

—No sé qué decirte, Charlie —dijo devolviéndole el móvil, y se echó un largo trago de cerveza para digerir el asunto.

—Yo no sé qué pensar ni cómo manejar tanta información. Me siento saturado y a la vez vacío.

—Creo que tienes que escuchar la versión de Lily.

—La versión de Sarah —le corrigió.

—Bueno, sí, Sarah… Debo reconocer que me va a costar llamarla así.

—Pero ese es su nombre, y esta su vida. —Señaló el teléfono.

—Una parte de su vida, no toda. La otra la ha vivido contigo, Charlie —

le advirtió, con un matiz reprendedor.

—No la conozco, ¡joder!

—Claro que la conoces, Charlie —refutó de inmediato—. Es la mujer que te hace suspirar, la que te roba sonrisas, con la que te brillan los ojos, con la que deseas tener un hijo… Sigue siendo la misma mujer. Tú la

conoces, y yo, y Rose, y casi todo Newhaven. No conocíamos su pasado, pero la conocemos a ella.

Charlie guardó silencio. Aunque se sintiera muy dolido por el engaño de Lily, las palabras de Taylor estaban llenas de razón. Ella se podía llamar Sarah, Lily, Daisy o Hester, qué más daba, seguía siendo la misma persona de la que se había enamorado. Sintió que el alma le temblaba.

—Quiero que vuelva. Quiero que vuelvan los dos. Esto es de locos,

¡joder! —Se levantó deprisa del sofá y se llevó las manos a la cabeza, resoplando.

—Tranquilízate, Charlie. —Taylor también abandonó el asiento—.

Somos muchos los que estamos trabajando para encontrarlos, y lo haremos.

—¿Has comprobado lo que te pedí? —le preguntó cambiando drásticamente la conversación.

—Sí, he solicitado la información esta misma mañana. Pero como Brian Mayer no residía en Newhaven dependemos del condado de Sussex.

—¿Y cuándo te lo van a decir?

—Tardarán entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas. Cosas de la puñetera burocracia. —Chasqueó la lengua.

—¡Joder! —espetó molesto—. ¿Por qué no les has dicho que necesitabas la información con urgencia?

—¿Basándome en qué, Charlie?

—No sé, haberte inventado algo.

Taylor lo miró sorprendido. Charlie era de los que nunca se saltaban las reglas ni buscaba atajos que rozasen la ilegalidad, siempre seguía las normas. Y ahora le estaba pidiendo que mintiera. Presentía que le ocultaba datos, y el nerviosismo que mostraba al mencionar a Brian no hacía más que afianzar en Taylor la sensación.

—A ver, Charlie, soy tu amigo, puedes confiar en mí —enunció mirándolo de hito en hito—. Si tienes motivos para pensar que Brian Mayer, de estar vivo, pudiera haceros algo semejante, habrá que informar a la detective Wood.

—No, ella no lo puede saber. —Negó con la cabeza.

—¡Cómo que no lo puede saber! —clamó desorientado.

—Quiero decir que no me voy a anticipar, Taylor. Igual estoy viendo fantasmas donde no los hay y no quiero que me tache de loco.

—Tu explicación no me convence. —Zarandeó la cabeza.

—Pues lo siento. —Se encogió de hombros.

Taylor observó el rostro de su amigo; mostraba poca convicción.

Fondeó en sus ojos y vio miedo.

—¿Tan grave es?

Charlie sabía que Taylor sospechaba que le ocultaba algo, y así era. No le podía seguir negando la evidencia.

—Sí —terminó afirmando, asustado y vencido.

—Cuéntamelo, desahógate.

—Será mejor que no lo sepas, de verdad.

—Charlie, no sé qué demonios es, pero necesitas soltar lastre. Tu expresión deja claro que guardas un peso que te asfixia y no vas a poder soportarlo mucho más.

Charlie dudó; era cierto.

—Júrame que nunca le dirás a nadie lo que te voy a contar, Taylor.

—Joder, Charlie, empiezas a preocuparme mucho.

—Júralo —le exigió.

—Sobra el juramento, me conoces, pero aun así, lo juro —dijo levantando la mano derecha.

—Sentémonos, la historia es larga —avisó Charlie.

Tomaron asiento y Charlie se echó un largo trago de cerveza, casi se bebió media botella. Luego tomó aire, miró a Taylor, que esperaba expectante, y comenzó a contarle la historia con Brian Mayer, desde el acoso que sufrió en la adolescencia hasta la noche que, víctima del rencor y el odio, casi lo mata en el calabozo. Cuando acabó, Charlie se echó a llorar como un niño pequeño. Había desenterrado por primera vez el secreto que había escondido durante tantísimo tiempo y que le avergonzaba a diario.

Taylor se quedó impactado y no fue capaz de emitir una palabra, debía procesar toda la información recibida. Le había sorprendido saber que Charlie fue víctima de un abusón, pero también conocer su respuesta años después. Nunca se lo hubiera esperado viniendo de alguien que siempre abogaba por la no violencia y que tenía esa máxima como un lema en su

vida. Pero no iba a juzgarlo porque sabía que era una gran persona, un hombre íntegro, y porque, siendo justos, había que verse en una situación así para saber cómo se reaccionaría. En su caso no habría sido la primera vez que usara la violencia, ya lo había hecho siendo un crío, cuando se metían con su color y el racismo lo despreciaba. Recordó el odio que en esos momentos se alojaba en sus entrañas, era intenso y cruel, y lo sintió tan vívido que lo llevó a su adolescencia. Se vio pateando más de un culo por causas discriminatorias propias y ajenas. Carl Taylor era fuerte y sabía defenderse, pero otros necesitaban amparo y alguien que diera la cara por ellos. Esa fue la razón por la que se hizo policía, para proteger a los más indefensos de los indeseables.

Por eso no iba a recriminar el comportamiento de Charlie, aunque no estuviera bien ni fuera el apropiado, porque, de algún modo, Brian y su inhumanidad despertaron en él a la bestia que todos llevábamos dentro. En situaciones semejantes hasta las buenas personas se dejaban arrastrar por la maldad, guiados por un dolor que ni sabían que albergaban. Pero aunque no les faltase razón para impartir un castigo, la violencia nunca era el medio.

Comprendía que Charlie lo sabía porque era un hombre con conciencia que se bastaba solo para castigarse, que llevaba haciéndolo desde que ocurrió y que ocultarlo había supuesto una condena para él. Por todas esas razones, Taylor no iba a añadir más.

—Ya, Charlie, deja de llorar —trató de consolarlo. Nunca lo había visto así.

—Soy un monstruo, casi mato a un hombre, Taylor. —Sollozó y se embozó el rostro.

—¡Eh, mírame! —Charlie obedeció al momento—. No eres un monstruo, ¿entendido? Y a ese tío más le vale estar muerto, amigo, porque de lo contrario no voy a descansar hasta atraparlo. Si Brian Mayer tiene algo que ver con este secuestro, haré que todo el peso de la justicia caiga sobre él y lo aplaste. Esa es la única manera en la que debemos vengarnos de esa escoria, Charlie, encerrándolo de por vida.

Charlie asintió y se enjugó las empapadas mejillas. No se reconocía, no hacía más que llorar, parecía un niño pequeño en lugar de un hombre hecho

y derecho. Pero no podía controlar la congoja que reinaba en su interior y que siempre lo doblegaba a su voluntad.

—Eso, sécate las lágrimas mientras yo voy a por más cervezas. Creo que nos vendrán bien unos tragos. —Taylor se levantó.

—¿Te avergüenzas de mí por lo que hice? —le preguntó Charlie, levantándose también.

—Pero ¿qué dices?

—No me molestaré contigo, entiendo que lo hagas, Taylor, yo no dejo de avergonzarme. Me porté como un animal salvaje.

—No me avergüenzo, claro que no. —Negó con la cabeza—. De lo que me avergüenzo es de no poder encerrar a todos los tipos como Brian Mayer y que ahora mismo están haciendo de las suyas ahí fuera. Tú eres un buen policía y una gran persona, Charlie. Ojalá hubiera más hombres como tú por el mundo, amigo.

—Gracias —dijo, claramente conmovido, y se lanzó a los brazos de Taylor. Los dos hombres se fundieron en un largo abrazo.

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