No mientas
Capítulo 31
31
1 de octubre del 2019. En algún lugar de Inglaterra.
Cuando la mente de Sarah regresó al presente sus sentimientos no paraban de hacer equilibrios con la pena, el remordimiento, la rabia, el miedo… Era lógico, su pasado dolía irremediablemente y su momento actual no era más consolador. Estaba encerrada, desconocía cómo se encontraba su hijo, estaba convencida de hallarse en manos de un loco y no dejaba de revivir en la cabeza su maldito pasado, un tiempo que nunca la iba a olvidar. Creía que todo eso ya había sido borrado de su mente, pero se equivocaba, estaba bien guardado en un rincón de sus recuerdos, esperando el momento oportuno para volver. Porque los errores te persiguen hasta la muerte, y las malas decisiones también.
—Mamá. —Sarah escuchó la voz de Tommy por el altavoz y se levantó veloz, sobresaltada, sacudiéndose todos los pensamientos.
—¡Tommy, Tommy, hijo! —clamó—. Tommy, cariño, ¿cómo estás?
Dime algo, campeón.
—Mamá, ¿es cierto que te llamas Sarah y no Lily? —preguntó el pequeño, obedeciendo las órdenes que le habían dado.
Sarah se quedó sin respiración y la sangre se le congeló. De repente le flaquearon las fuerzas y cayó de rodillas al suelo. Su mayor secreto acababa de ser desvelado a su hijo. Aquel desgraciado no se había conformado con retenerlos contra su voluntad, ni con sacarles casi seiscientas mil libras, además, hacía partícipe a Tommy de su secreto. Era un maldito bastardo, un
cabrón, un pedazo de mierda, pensó una y otra vez, nerviosa, enfurecida, angustiada… Comenzó a hiperventilar. Sarah no sabía si estaba a punto de sufrir un ataque de ansiedad o si la rabia que sentía, que crecía cual bola de nieve rodando por una ladera, aceleraba su respiración en exceso.
—¿Y también es cierto que tengo más familia? —continuó preguntando su hijo mientras ella luchaba por controlar su aliento—. Nunca me has hablado de mi tía Zoe ni de mi abuelo Archie.
—Tommy, hijo, no le escuches. No le hagas caso, te está engañando —
dijo inhalando y exhalando como buenamente podía.
—Pero… —Tommy no acabó la frase, una mano se lo impidió tapándole la boca.
Quienquiera que se escondiera debajo de la careta de payaso, que tanto pavor le daba al muchacho, le ordenó callar con un gesto, y él, atemorizado, obedeció sin rechistar.
—¡Tommy! ¡Tommy, hijo! —exclamó Sarah, desesperada ante el repentino silencio, y aguardó respuesta.
Retiró la mano de la cara del niño, que ni se atrevió a abrir la boca, tomó su portátil, salió de la habitación y cerró con llave. En cuanto Tommy volvió a quedarse solo respiró aliviado y luego lloró desolado. El llanto se lo producía el miedo y la confusión, pues no entendía por qué su madre tenía otro nombre y por qué nunca le había contado que tenía más familia.
—Tommy, dime algo, por favor —suplicó Sarah con un gimoteo, de forma persistente.
—Muy mal, Sarah —replicó aquella voz grave—. Tú eres la mentirosa, solo tú. Y debes saber que las mentiras son muy malas, actúan como el veneno y devoran las entrañas. Así que ten cuidado con lo que inventas, no vaya a ser que de tanto hacerlo te quedes sin alma.
—No metas a mi hijo en esto, maldito hijo de puta —escupió furibunda, controlando la respiración.
—Yo no le he metido, fuiste tú, Sarah. Y te creerás buena madre —le reconvino.
—Soy buena madre —aseguró con convicción.
—No, tú eres buena mintiendo, y por eso eres una mala madre.
—¡No soy una mala madre! —exclamó con soberbia.
—Sí. Sí lo eres, aunque te joda escucharlo. —Alzó la voz.
—Y tú qué sabrás cómo soy yo —escupió airada.
—Me basta saber que eres una mujer, porque, como todas las mujeres, eres una manipuladora, una zorra que sabe bien el poder que tiene entre las piernas, el que usaste para apoderarte del alma de un pobre desgraciado: Charlie Rider. Aunque reconozco que tienes un par de ovarios bien puestos, porque te liaste con un tío que es policía siendo tú una fugitiva. A eso lo llaman meterse en la boca del lobo, ¿verdad? Pero claro, lo tendrás tan encoñado que ni siquiera le importará quién eres con tal de follarte cada día,
¿a que sí?
—¿Quién demonios eres, de qué nos conoces? —demandó con tanta rabia como temor.
—Solo soy alguien a quien le gusta leer los periódicos y mantenerse informado de lo que ocurre en el mundo, aunque no tengo el placer de conoceros tanto como me gustaría. Bueno, ahora te tengo aquí y sí puedo conocerte, charlar contigo, preguntarte cosas… La verdad es que me intriga saber qué pasó entre las hermanas Stewart y por qué tú cambiaste de identidad y desapareciste. La prensa divagó bastante y no hubo consenso. Y
ahora, visto lo visto y teniéndote aquí, veo que daban palos de ciego. —Se echó a reír.
—¿Por qué nos haces esto? ¿Por qué, por qué, por qué?
—Joder, también eres una quejica, como todas las mujeres. —Resopló con desagrado—. Me das mucha pena, Sarah, y a tu hijo seguro que le produces vergüenza. Estoy convencido de que ahora Tommy estará preguntándose por qué le has mentido, por qué le has ocultado cosas de su familia, y pensará qué derecho tienes a hacerlo, y te odiará, y entonces se dará cuenta de que eres una mala madre, lo que yo te he dicho. Medítalo.
—No soy una mala madre y no tengo nada que meditar —soltó furiosa
—. Quiero a mi hijo por encima de todo, daría mi vida por él. ¿Lo has oído?
Entregaría mi vida una y mil veces por él, maldito desgraciado. ¿Me oyes?
—gritó fuera de sí.
El altavoz enmudeció; el silencio regresó al lugar y se apoderó del ambiente. Sarah pensó una y otra vez en quién demonios era aquel desequilibrado y sintió miedo, verdadero terror de lo que pudiera hacerles.
Si el miedo pudiera olerse, ese espacio apestaría, pues su cuerpo lo desprendía con violencia, con la misma que lo inhalaba y volvía a colmarse de él. El miedo se enroscó a su cuerpo cual serpiente, acelerándole el pulso y encrespándole la piel. El corazón le latía tan fuerte y apresurado que estaba a punto de salírsele del pecho, el brusco sonido fracturó el temible silencio que la envolvía.
Sarah segregaba y respiraba pánico, y empezó a faltarle el aire. Pero el descomunal miedo que padecía no pudo detener el paso del tiempo, y el mutismo prosiguió con firmeza su cuenta atrás, acercándola a hurgar en una herida que llevaba años tratando de cerrar, de olvidar, y que, de forma irremediable, dejaría al descubierto su inconfesable secreto.
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