No mientas

Eva Zamora · Capítulo 25 de 99

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No mientas

Capítulo 23

23

30 de septiembre del 2019. En algún lugar de Inglaterra.

La luz se encendió de nuevo. El fluorescente iluminó hasta el último rincón del habitáculo y cegó a Lily, sus ojos se habían habituado a la oscuridad predominante. Se incorporó del mugriento colchón y esperó expectante a ver qué ocurría. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde el último interrogatorio, no tenía la menor idea de qué hora era, ni si aún era lunes o ya martes. Lo único que le preocupaba era saber cuánto tiempo iba a estar ahí retenida, cómo estaba su hijo, si iba a poder verlo y cuántas veces más aquel hombre le haría la misma pregunta: «¿Cómo te llamas?». También se preguntaba cuántas veces más sería capaz de contestar lo mismo sin riesgo a decaer. Su voz ya sonaba agónica de tanto insistir en la misma respuesta, incluso la congoja que portaba empezaba a oírse lejana. Cuándo se daría por vencido aquel hombre, cuándo se convencería y la dejaría en paz, cuándo pararía de repetirle aquella corta frase que expresaba con tanta agresividad: «¡No mientas!». Pero sobre todo, Lily se preguntaba quién era y qué pretendía.

—¿Qué quiere? Dígamelo de una vez. —Lily miró hacia la pequeña cámara que había descubierto en un rincón del techo.

—Comprenderás que empiece a perder la paciencia —advirtió la áspera voz—. No imaginé que fueras tan testaruda.

—Y yo no comprendo qué quiere.

—La verdad, solo eso. Hasta ahora tu mentira solo te ha provocado un pequeño castigo: la oscuridad, el silencio y la falta de agua. Pero si sigues jugando conmigo tendré que castigarte de otra forma, o mejor dicho, tendré que castigar a otra persona.

—¡No, no, por favor, no le haga daño a mi hijo! —expresó aterrada, levantándose de golpe. Pensar que Tommy pudiera sufrir la arrastró al pozo amargo de la tristeza, donde halló un dolor inmenso, hondo, insondable.

—Pues responde de una vez a mi pregunta. ¿Cómo te llamas de verdad?

Lily rompió a llorar. No sabía hasta qué punto decir la verdad no sería más perjudicial y dañoso.

—¿Por qué quiere saberlo? —demandó sin meditar, en medio de su llanto.

—Así que Lily no es tu verdadero nombre.

—Yo no he dicho eso —gritó, pensando que ella sola acababa de echarse tierra en los ojos.

—Pero lo acabas de dar a entender, y ambos sabemos que no te llamas Lily, ¿por qué sigues resistiéndote a la evidencia?

—¿Tan importante es mi nombre?

—En realidad no porque yo ya lo sé, pero quiero que te rindas y lo admitas. Aunque lo que sí me importa, o más bien tengo mucha curiosidad, es por descubrir tu vida.

—¿Mi vida?

—Sí.

—¿Por qué? ¿Qué quiere saber de mí? —preguntó temerosa, consciente de lo que escondía y la cantidad de tiempo que llevaba haciéndolo.

—Quiero conocer ese tiempo que no sé por qué tanto te empeñas en ocultar. Tu pasado.

«Tu pasado». Esa corta frase se grabó a fuego en la mente de Lily. El pasado es un tiempo inamovible e imborrable que nadie puede cambiar, pero ella no quería recordarlo. De pronto, los recuerdos de esa época se sublevaron y afloraron en su mente con el ímpetu de un viento huracanado, arrasando todo a su paso y dejando un paisaje desolador. Sintió una oleada de angustia de pies a cabeza, tenía miedo. El miedo no dejaba de planear sobre ella y empezaba a adentrarse hacia su alma. Se humedeció los labios,

resecos por los nervios, el temor y la sed, y hurgó en su mente para hallar una réplica adecuada.

—El pasado es un tiempo olvidado que ya no importa. —Intentó que no se apreciase el temor en sus palabras.

—¡Oh!, no lo entiendes, Lily —pronunció el nombre con retintín.

—¡Claro que lo entiendo! —Elevó la voz un tanto exasperada, pensando que las mentiras tenían fecha de caducidad, y las suyas estaban a punto de hacerlo.

—Pues no me lo parece, porque yo solo trato de comprenderte.

—¿Comprenderme? —Esa información la desorientó.

—Sí, te lo explicaré. Verás, el pasado es lo más importante que tenemos, de forma ineludible condiciona nuestro futuro y por tanto nuestra vida. ¿Sabes de qué se compone la vida de cada persona? —demandó.

Se alargó un incómodo silencio.

—No —contestó ella al fin.

—Nuestra existencia se compone de tres cosas: recuerdos, secretos y mentiras. Y cada una de esas partes actúa sobre nosotros de una forma y nos convence a conveniencia. Por ejemplo, los recuerdos suelen ser seductores y siempre nos cautivan. ¿A quién no le gusta evocar cosas gratas o placenteras? Ese tipo de recuerdos son los que más añoramos y los que más a flote se encuentran en nuestra retentiva. Pero los secretos no son tan atractivos, pese a estar siempre envueltos en un halo de misterio. Suelen esconder una parte turbia, por eso la gran mayoría de veces tratamos de ocultarlos. Aun así, ni siquiera la oscuridad puede esconderse eternamente de la luz, y el enemigo más poderoso de los secretos, el remordimiento, suele traicionarnos al ponerlos al descubierto. Y lo peor de todo, y por desgracia lo que más abunda en nosotros, son las mentiras. Sin duda son un peso muerto sobre nuestro estómago, una carga que nos asfixia, nuestra mayor equivocación. Son peligrosas y nocivas y actúan igual que un cáncer.

—Guardó silencio.

Mientras ese hombre hablaba de secretos y mentiras, a Lily se le agitó el corazón. Porque ella tenía un secreto sobre el que había construido una vida basada en mentiras, y llevaba años guardándolo y ocultándolo a mucha gente, incluido su propio hijo.

—Hazme caso, no mientas más, la verdad es liberadora. Ya lo decía San Juan Evangelista: «Solo la verdad os hará libres». ¡Vamos, Lily, libérate!

Quítate de una vez ese opresivo peso de encima, empieza diciéndome tu verdadero nombre.

—Me llamo Lily Williams —reiteró, manteniéndose en sus trece.

—¡Qué no mientas, coño! —bufó, y de nuevo calló. Lily oyó cómo tomaba aire y lo expulsaba una y otra vez—. Está bien, parece que aún no estás preparada para soltar ese angustioso lastre —comentó con calma, hasta con tono amable. Lily se quedó asombrada con el cambio tan brusco de actitud, estaba en manos de un loco—. Pero terminarás diciéndomelo, lo sé, lo harás por el bien de tu hijo, al que voy a ir a ver ahora mismo y quizá le hable de su madre, de su verdadero nombre.

—¡No, no, no, espera! —avisó, alzando la voz—. No le metas a él en esto, déjalo al margen. Libéralo y yo te contaré todo lo que quieras.

—¿Tratas de negociar conmigo? ¿En serio? Aquí soy yo quien pone las reglas, no tú, ¿te enteras?

—¿Qué quieres? ¿Qué pretendes? Te lo ruego, suelta a Tommy, es solo un niño, un ser inocente. Me tienes a mí y casi seiscientas mil libras, ¿qué más quieres, joder? —chilló.

—¡Basta ya! —vociferó—. No pienses que me voy a tragar ese rollo de madre sacrificada porque ya me has demostrado que eres una egoísta. —

Adoptó un tono muy radical—. Si hubieras mirado más por tu hijo, ya me habrías dicho tu verdadero nombre…, Sarah —pronunció con énfasis.

A Sarah se le detuvo el corazón; ese hombre la había reconocido. Se sintió desamparada, tan falta de energía que por un instante pensó que iba a desfallecer, a caer de bruces contra el suelo y a morir sin remedio. Su peor temor tardó en llegar, pero ya había llegado, la habían descubierto.

—¿Te he dejado sin palabras, Sarah Stewart? —demandó la voz con un deje de sarcasmo—. Pues espero que en breve recuperes el habla porque en un rato volveré y quiero que me cuentes por qué desapareciste y cambiaste de identidad, tengo muchísima curiosidad por saberlo. Medita tu vida, regresa al origen y cuéntamelo. Mientras voy a ver a tu pequeño.

—¡No, espera, por favor! Es cierto, soy Sarah Stewart —se rindió a la evidencia—. Pero deja a Tommy aparte de este asunto, te lo suplico —

gimoteó, no podía permitir que su secreto dañara a quien más quería en este mundo—. ¿Me oyes? ¿Estás ahí? ¡Di algo, por favor! —voceó a punto de llorar.

Silencio. Eso fue lo que Sarah recibió en respuesta. Segundos después, una botella de agua cayó al suelo desde una pequeña trampilla que tenía la puerta de hierro que delimitaba su libertad. Ni siquiera se había percatado antes de ella, los minutos de luz habían sido muy pocos y su desesperación la cegaba más que la propia negrura del habitáculo. En ese instante la luz volvió a apagarse y una vez más la oscuridad lo gobernó todo.

A tientas, Sarah se acercó a la puerta, cogió la botella y se echó un largo trago de agua. Tenía la boca tan reseca que parecía hecha de lija. Valiéndose del tacto encontró la trampilla e intentó abrirla. Era imposible, cerraba desde fuera y seguramente estaba asegurada con un cerrojo. Se quedó allí sentada, con la espalda apoyada en la fría puerta y el alma rota. Echó otro largo trago de agua. Con el líquido deslizándose por su garganta nadó en sus recuerdos. Eran demasiados y había pasado mucho tiempo. Un nudo empezó a ahogarla, estaba hecho con todas las mentiras que ella había construido. El alma le dolió, porque ahí guardaba, cosido con hebras de fuego, el mayor de sus secretos; su corazón estaba marcado por él y ella plagada de vergüenza.

Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Sarah. Sabía que vivir con secretos y mentiras era igual de peligroso que jugar con fuego, que cada acto descubierto tendría inevitables consecuencias, y no solo para ella.

Pensó y suspiró.

¿Cómo podía contar una historia que comenzó mucho antes de que ella llegara a este mundo? Porque los hechos se remontaban al año 1982, cuando sus padres se conocieron, y fueron precisamente ellos quienes iniciaron aquel difícil camino que, cual riada, los arrastró a todos.

Como había dicho el secuestrador, el pasado, de forma irremediable, había marcado su futuro.

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