No mientas

Eva Zamora · Capítulo 50 de 99

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No mientas

Capítulo 48

48

1 de octubre del 2019. Londres.

A Andrew le gustaba mucho viajar, pero por ocio, no por trabajo.

Odiaba cada día más ese tipo de viajes, y por desgracia cada vez abundaban más en su vida.

Acababa de regresar de Madrid y estaba cansado y decaído. Durante el vuelo no había pegado ojo, pero tampoco había dejado de pensar, lo que no le había permitido relajarse. Pero en esta ocasión no podía culpar de su desvelo a su socio y a su habitual verborrea, porque, por increíble que pareciera, Austin Gates estuvo casi todo el tiempo callado. Se sentía acobardado por las múltiples turbulencias, aunque no había sido el único pasajero en esa situación. Y todo empeoró cuando sobrevolaban el canal de la Mancha y el capitán les ordenó no moverse del asiento y abrocharse los cinturones; iban a atravesar una tormenta. Tras aquellas palabras, la mirada de Austin se clavó en las mascarillas de cabina, como sopesando la posibilidad de usarlas si ocurría una despresurización del avión. Aquel pensamiento tan perturbador asustó a Andrew y le hizo cerrar los ojos para dejar de observar la cara de pánico de su socio.

Sin previo aviso, Alison se coló en la mente de Andrew. Se la imaginó en esa situación, en lo acobardada que estaría con el respeto que les tenía a los aviones y su poco gusto a volar. De forma irremediable, la vio santiguándose, como hacía antes de cada despegue, y recordó el diálogo que mantuvieron la primera vez que volaron juntos.

—Sabes que persignarte no te librará del miedo ni tampoco resguardará al avión de posibles daños, ¿verdad? —El tono de Andrew había sido más jocoso que censurador.

—Lo sé, pero tampoco creo que moleste a nadie.

—Por supuesto que no, solo trato de explicarte que…

—Andrew, me alivia, no le des más vueltas —le cortó.

—¿Dejas el vuelo en manos de Dios?

—¡Oh, no es eso! —replicó.

—¿Sabes que volar es el método de transporte más seguro? Está comprobado estadísticamente, cariño. —Le cogió las manos—. El año pasado hubo más de treinta y seis millones de vuelos en todo el mundo y solo diez accidentes.

—¿Y cuántos pasajeros sumaban esos vuelos que no llegaron a su destino? ¿Y cuántos supervivientes hubo? —replicó veloz como un rayo.

Andrew prefirió omitir el dato, a Alison no le iba a resultar muy esperanzador. A cambio, la observó plagado de amor y le besó el dorso de la mano, con la intención de calmarla.

Un repentino y retorcido pensamiento devolvió a Andrew a la realidad.

Abrió los ojos de golpe y sintió un brusco escalofrío, tan fuerte como un latigazo. El sudor le perló la frente cuando el puñetero pensamiento se transformó en pregunta: ¿Se salvaría si el avión se estrellaba?

Presa de la angustia, metió un dedo entre la corbata y se aflojó el nudo, también se desabotonó el primer botón de la camisa. Casi en un acto reflejo, se persignó, y por primera vez en su vida, aun siendo ateo, Andrew le rogó a Dios.

Quería vivir. Quería seguir al lado de Alison.

El avión aterrizó en Londres sin mayor problema, salvo algún pasajero mareado y el susto que el resto aún llevaba en el cuerpo. Andrew se alegró tanto de tomar tierra que sintió ganas de besar el suelo. Pero su alegría se empañó pronto, en cuanto avistó a Selma cruzando el aeropuerto, caminando en su dirección. Aunque iba con frecuencia, hacía mil años que no la había vuelto a ver, desde la firma del divorcio, y la inquietud lo gobernó. No sabía qué hacer, si saludarla o pasar de largo. No acabaron

enemistados, pero tampoco bien avenidos. Agachó la cabeza y giró sobre sus tobillos; era mejor salir de escena.

Mientras caminaba para abandonar la terminal, Andrew pensó en Selma. Se conservaba bien, habían transcurrido más de nueve años desde su divorcio, pero el tiempo apenas había dejado huella en ella. Suspiró, aún le dolía pensar en su equivocación, porque Selma fue un grave error. Nunca se enamoró de ella, solo se sintió seducido por una mujer guapa, inteligente y con gran sentido del humor. Era azafata de vuelo y la mayor parte del tiempo estaba fuera de casa, y Andrew empezó a estar harto de ver más su fotografía que su propia cara. Antes de cumplir el primer aniversario de boda el matrimonio atravesó su primera crisis, que se solventó con la decisión de Selma de volar menos horas. Pero la segunda crisis no se hizo esperar, y la solución propuesta por Andrew fue todo un bombazo para la azafata: quería tener un hijo. Por suerte, Selma se negó a ser madre, estaba convencida de que aún eran jóvenes, y la falta de acuerdo abrió una brecha insalvable en su relación. Meses después se divorciaron, no llegaron ni al segundo aniversario de boda.

Andrew siempre había deseado ser padre, desconocía la razón, pero era así. No sospechaba que su anhelo estaba producido por no haber tenido una familia completa, y que ese pensamiento estaba alojado en lo más recóndito de su subconsciente. Valiente idiota. No amaba a Selma y quería traer al mundo un hijo con ella, pobre criatura. De no ser porque el reloj biológico de Selma estaba inactivo, Andrew habría repetido el mismo error de su padre y su hijo tampoco habría tenido una familia al completo, y él jamás se lo habría perdonado. Por eso ahora, desde la distancia que otorgaba el tiempo, Andrew agradecía a la madre naturaleza su sabiduría, pues fue ella la que no impulsó el instinto materno en Selma, la que los salvó de cometer el mayor de los errores.

Dentro del taxi, camino a su casa en la calle Cannon, en la ciudad de Londres, Andrew pensó en la forma tan casual que tuvo Alison de llegar a su vida. La detective lo interrogó tras el robo en una entidad bancaria, pues él era uno de los testigos. Alison era una joven hermosa de cutis de porcelana, ojos verdes y melena parda que se cruzó en su camino cuando

sus treinta y cinco años estaban a punto de expirar. Exudaba una seguridad tan aplastante como cautivadora, y él se quedó enseguida prendado de ella.

Escudado en fingidas inquietudes sobre el robo, Andrew se acercó unas cuantas veces a las dependencias de Scotland Yard para ver a la detective.

Le bastaron dos charlas y un café para comprobar que Alison tenía una conversación de lo más interesante y además era simpática. Eso le hizo crecerse y, amparándose en la proximidad de su cumpleaños, se atrevió a pedirle una cita. Para su asombro, ella le dijo que sí, y a esa cita le siguieron otras, y comenzaron a salir.

Andrew siempre recordaba su trigésimo sexto cumpleaños de una forma especial, pues fue la primera vez que lo celebró con Alison y su maravillosa sonrisa, la que por entonces siempre vestía su semblante. La primera vez que su corazón se agitó de una manera desconocida. La primera y única vez que se enamoró.

En cuanto entró casa, Andrew estampó el maletín de cuero sobre la mesa del salón; estaba agotado. Apoyó las manos en el respaldo de una silla, se sentía falto de fuerzas. Suspiró profundo, los recuerdos lo estaban martirizando, más aún debido a la inminencia de su cuadragésimo sexto cumpleaños, para el que solo faltaban dos días.

La sensación de vacío lo ahogó.

Y la misma pregunta, la que no dejaba de hacerse año tras año desde que se divorció de Alison, revoloteó por su mente: ¿Cuándo volverían a pasar juntos un cumpleaños? Lejos de encontrar una respuesta, Andrew se preguntó si alguna vez volverían a ser pareja. Sabía que el amor no siempre podía salvar todos los obstáculos, pero también que él no podía compartir su vida con otra mujer que no fuera Alison.

Ella lo era todo para Andrew y, pasara lo que pasara, él siempre estaría cerca de Alison.

Siempre aguardaría su cariño.

Siempre albergaría la esperanza de que ella le diera una nueva oportunidad.

Siempre.

Siempre.

Siempre.

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