No mientas
Capítulo 2
2
27 de septiembre del 2019. Newhaven.
Lily Williams estaba a punto de cerrar el salón de té.
Eran las cinco y cuarto de una tarde en la que el sol se había visto empañado por alguna que otra nube gris preñada de agua. Normalmente, el Grandmum’s Tea cerraba a las seis, horario de verano que estaba a punto de expirar con el mes, y el resto del año, a las cinco de la tarde. Pero hoy Lily iba a echar el cierre un poco antes al no contar con la ayuda de Rose Matthew, su jefa, que estaba de viaje de negocios. En realidad Rose ya no era su jefa, hacía casi un año que Lily y ella se habían asociado, pero después de tanto tiempo a Lily aún se le hacía raro pensar en ella como socia.
Antes de apagar las luces y cerrar la puerta, Lily admiró una vez más el Grandmum’s Tea. Había quedado precioso tras su remodelación. Hacía unos meses que Rose y ella decidieron reformarlo y solo habían pasado un par de semanas desde que finalizaron las obras. Bajo sus instrucciones, había sido redecorado de forma primorosa. Ahora lo vestían suelos de madera noble y lo ocupaban mesas de mármol blanco y sillas de forja en color verde pastel. La amplia claridad corría a cargo de unas impactantes vidrieras, tan pulcras que casi parecían invisibles, que no solo comunicaban el interior del salón con el exterior, sino que iluminaban cada milímetro de las maderas teñidas de blanco y verde, los colores que abanderaban el negocio. Su negocio.
Suspiró.
Se sentía feliz.
Admiró el expositor de la repostería, gran protagonista en el salón. Las campanas de cristal lucían elegantes aguardando la hora de cobijar exquisitas tartas, muffins y galletas que Rose elaboraba con las recetas de su abuela. Pero a pesar de estar vacías seguían desprendiendo ese dulce y rico olor a pastelería que te hacía la boca agua.
Lily inspiró. Ni siquiera los cambios realizados habían eliminado el aromático y agradable olor a té tan característico del salón. Ese perduraba, estaba adherido de forma indeleble a las paredes del negocio y se había convertido en el alma de Grandmum’s Tea. Inspiró una y otra vez. Sabía que si se empeñaba, podía aislar las distintas fragancias que en ocasiones acompañaban a la del té: el frescor de la menta, la calidez del hibisco, la suavidad de la vainilla, la delicadeza de la flor de azahar…
Sonrió.
Adoraba su trabajo. Le gustaba su vida. Se sentía venturosa por cuanto tenía.
Cerró el negocio sin perder la sonrisa que iluminaba su rostro. Sacó el móvil del bolso y le mandó un whatsapp a Charlie, el hombre que le había robado el corazón, al menos la parte que no le pertenecía a su hijo, que era, sin duda, el centro de su vida, su mejor empresa. Admiró una vez más la pantalla de su teléfono, ocupada por la fotografía de un niño dulce y cariñoso, obediente y bastante maduro para su edad: Tommy. Sus diligentes dedos marcaron el número de su casa.
—Sí —contestó la dulce voz de la joven canguro.
—Hola, Amy, ¿qué tal?
—Todo bien, señora Williams.
—Genial. Pásame con Tommy, por favor.
—Ahora mismo —dijo, y Lily esperó.
—Hola, mamá.
—Hola, campeón. ¿Qué haces?
—Estoy terminando los deberes.
—Entonces ya vas con retraso —respondió mirando el reloj—. A estas horas deberías de estar duchándote.
—Ya, pero he tenido que buscar información en Internet para un trabajo y me ha llevado bastante.
—¿Ha estado Amy contigo mientras buscabas esa información? —
preguntó, pensando en lo poco que le gustaba que su hijo navegase por la red.
—Sí, tranquila, no lo he hecho solo. —Resopló molesto, poniendo los ojos en blanco.
—Perfecto. —Lily ignoró el malestar que su hijo trató de expresarle—.
Cuando llegue a casa quiero que tengas todo acabado y que estés preparado para cenar. Charlie se encargará de la cena.
—¡Bien! —exclamó feliz.
—¡Oye! —le reprendió Lily.
—Mamá, no te molestes, pero Charlie cocina mejor que tú.
—Falso, listillo —objetó—. Di que cuando Charlie hace la cena solo prepara lo que a ti te gusta y él sabe cocinar; es decir, comida basura. Nada de verduras, ni pescado, ni cosas sanas que debes comer aunque no te gusten.
—Prefiero a Charlie —replicó.
—Aun así, te quiero, ¿lo sabes?
—Sí, pesada, me lo dices todos los días.
—Antes te gustaba —comentó Lily con algo de asombro.
—Claro, cuando era un crío.
—Oh, usted perdone, señor Williams. No me daba cuenta de que pronto cumplirá once años, no es un adolescente, sino todo un hombre —ironizó.
—Me estás entreteniendo, mamá. Chao.
Lily suspiró con cierta melancolía mientras guardaba el móvil. Su niño estaba creciendo, era ley de vida, pero se preguntaba cómo podía haber pasado tan rápido el tiempo. Parecía que había sido ayer cuando dio a luz, cuando, tras un largo parto de casi dieciocho horas, le dejaron a Tommy en sus brazos.
La emoción del recuerdo le ablandó el alma y los ojos se le pusieron vidriosos.
Lily nunca olvidaría ese momento, el conciso instante en el que se detuvo el tiempo para ella, también su corazón, y, embelesada, admiró a su
bebé. Sintió que era el niño más bonito del mundo, el más perfecto. Tomó su pequeña manita, suave y caliente, y se emocionó con su tacto tan lleno de vida. Entre ellos se creó un momento mágico e indescriptible que los unió para siempre.
Madre e hijo conociéndose, sintiéndose; dos corazones a un único compás.
Lily lloró de alegría, de inmensa felicidad. Aunque una parte de ella, además, lo hizo por pena, pensando que Tommy crecería sin padre y que ella tendría que ejercer las labores de ambos progenitores. Pero no le daba miedo, pensaba darle tanto amor que nunca echaría en falta la figura paterna.
Sin embargo, la vida es caprichosa y a veces nos tiene reservadas gratas sorpresas con las que premiarnos, o al menos con las que compensarnos una parte del sufrimiento, y para ella fue cuando Charlie se cruzó en su camino.
El destino quiso que fuera así y que ese hombre se enamorase de ella sin remedio, y también quiso que ella volviera a abrir su corazón y empezase a amarlo a él. Hasta quiso que Tommy le cogiera cariño, algo muy importante para Lily, que se sentía feliz viendo que ambos se adoraban. Pronto Tommy comenzó a ver a Charlie como un padre, y Charlie vio en el pequeño a su hijo, aunque no fuera de su sangre. Porque el cariño nace del roce, no del ADN.
Viviendo de esa forma tan idílica, y con tanto amor que dar y tomar, Charlie y Lily decidieron aumentar la familia. Llevaban dos años intentando darle un hermanito a Tommy, aunque, paradojas del destino, por más que lo intentaban, el milagro de la vida no se producía. La pareja acudió a médicos especializados en fertilidad y, tras varias pruebas, los resultados dijeron que todo funcionaba de manera correcta. No había de qué preocuparse, Lily se quedaría embarazada cuando menos lo esperasen.
Solo era cuestión de tiempo.
Solo había que seguir intentándolo.
Solo debían obedecer los consejos de los profesionales.
Por ello, desde hacía unos meses la pareja únicamente hacía el amor los días que Lily era fértil; y esa noche ella estaba ovulando y además deseosa de amar a Charlie.
Justo cuando Lily arrancó el auto escuchó el sonido de un whatsapp y buscó el móvil por su bolso.
Me voy ya para casa, señora Williams.
Cenamos y nos vamos a la cama, que tengo
muchas ganas de usted. Presiento que esta
noche vamos a engendrar a nuestro bebé. Te
amo con locura.
17:28
Lily sonrió, guardó el teléfono y puso rumbo al colegio de Tommy. La tutoría era a las seis menos veinte y a este paso iba a llegar tarde. Aunque después de leer el mensaje de Charlie ya solo podía pensar en la noche que les esperaba y la esperanzadora posibilidad de la que él hablaba.
OceanofPDF.com