No mientas

Eva Zamora · Capítulo 96 de 99

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No mientas

Capítulo 94

94

4 de octubre del 2019. En algún lugar de Inglaterra.

Tommy no tenía reloj y no podía saber el tiempo que había pasado desde la última vez que el secuestrador le hizo una visita y le llevó comida, pero hacía bastante de ello. Poco después de que abandonara su habitación escuchó algo inusual: golpes, ruido, incluso le pareció escuchar algún grito.

Le resultó extraño, en ese lugar no solía oírse nada, predominaba un silencio que casi daba miedo. Era solo un niño a las puertas de la adolescencia, pero intuía que la situación no era la de costumbre. La rutina era fácil de aprender, por eso sabía que se había roto.

Tommy pasó bastante tiempo con la oreja pegada a la puerta, vigilante, atento a lo que pudiera ocurrir. Tras un largo rato volvió a la cama y se sentó en ella, estaba tan cansado que permanecer de pie agotó las pocas fuerzas que le quedaban. El pobre muchacho no imaginaba que la debilidad que padecía estaba originada por la sedación que ingería en la leche y que día tras día se acumulaba en su organismo.

Largo rato después oyó el ruido de la llave en la cerradura. Las pulsaciones del corazón se le aceleraron, como siempre cuando recibía la visita del secuestrador. En un acto reflejo, se encogió, se recogió las rodillas con los brazos y apoyó la frente sobre ellas. De nuevo el miedo le hizo un ovillo; era su postura de protección. Cuando la puerta se abrió, la angustia del pequeño escapó por sus poros en forma de microgotas.

—¡Tommy! ¡Tommy, hijo! —exclamó una voz familiar para el pequeño. Levantó la cabeza y emergió del caparazón que había creado con su cuerpo.

—¡Mamá! ¡Mamá, eres tú! ¡Eres tú! —Salió disparado de la cama.

Tommy se arrojó a los brazos de su madre y ella lo abrazó muerta de amor, temblando, llorando, repitiendo su nombre entre gemidos y sollozos, besándolo en medio de algún que otro alarido. Sentía en el pecho el ritmo de su corazón, los latidos de su pequeño estaban acelerados. No quería separarse de su calor, de su olor, de su hijo. Tommy también lloró. Lo hizo por infinitas causas, pero sobre todo porque al fin estaba con su madre, sintiendo su cariño, su protección… Todo cuanto una madre y solo una madre sabía dar. El llanto les hizo hipar a ambos, la cantidad de emociones que en ese momento les embargó fue incalculable.

—Mamá, te quiero, te quiero mucho —enunció Tommy con algo de dificultad, las palabras afloraban a saltos por las sacudidas del llanto.

—Y yo, hijo, y yo. No te lo puedes ni imaginar —aseguró estrechándolo más fuerte—. Pero no tenemos tiempo que perder, debemos irnos ya mismo. —Deshizo con rapidez el cálido abrazo.

—¿Nos deja marcharnos ese hombre? —demandó con inocencia.

—No exactamente, hijo. —Apretó los labios para contenerse de seguir llorando.

—¿Entonces? —demandó el pequeño, observando que su madre estaba temblando.

—Yo… Ha venido… Hemos luchado… —dejó la frase inconclusa.

—¿Lo has matado? —preguntó asombrado.

—No lo sé. No lo sé, hijo. —Sollozó—. Por eso tenemos que irnos cuanto antes, cariño. ¡Vamos! —Tomó la mano de Tommy, tiró de él y juntos echaron a correr.

Salieron de un lugar extraño, una especie de almacén o pequeña nave hecha de ladrillo. Parte de ella estaba enclavada en la ladera de una montaña baja, de ahí que hubiera tanta humedad y exceso de insectos; habían estado encerrados casi bajo tierra. El cielo se encontraba despejado de nubes y el sol los cegó. Se protegieron los ojos con una mano mientras

intentaban adaptarse a la claridad de la mañana. Tommy estaba muy aturdido, y aunque trataba de observar a su alrededor, le costaba.

—¡Venga! —exclamó su madre, de nuevo tirando de él.

El niño se soltó de ella y volvió a protegerse la vista, no podía soportar esa repentina luz.

—Vamos, hijo, no podemos quedarnos aquí. —Una vez más tiró de él, casi lo arrastró para que siguiera caminando.

—Me cuesta ver por dónde voy —alegó el pequeño en su defensa.

—Mejor caernos a arriesgarnos a que ese hombre nos atrape de nuevo.

—Siguió con el paso acelerado.

—¿Has visto quién era, mamá? —demandó, andando malamente.

—No, llevaba una máscara de payaso.

—Era tenebrosa. Me daba mucho miedo. —Sintió un escalofrío al recordarla.

—Pues muévete deprisa para no volver a verla, que te llevo a remolque, hijo —advirtió sin dejar de tirar de él.

Poco a poco los ojos de Tommy se adaptaron a la luminosidad del día y sus pies cobraron celeridad debido a la confianza de ver por dónde pisaba.

—¿Dónde estamos, mamá?

—No tengo ni idea. A ver si desde ese lado de la montaña se ve algo más.

De pronto, frente a ellos se mostró un paisaje que los dejó boquiabiertos. Se observaron tan aturdidos como sorprendidos.

—¡Mamá, estamos en Newhaven! —advirtió Tommy, contemplando la muralla del fuerte.

—Sí, y ahí está la playa —avisó contemplándola—. ¡Corramos hacia ella!

—¡Pronto estaremos con papá! —exclamó el pequeño, tirando esta vez él de la mano de su madre.

Ambos corrieron hasta llegar a la playa, a la que entraron por el brazo portuario más largo. Al llegar se vieron obligados a aflojar el paso, no era nada sencillo correr por la arena repleta de piedras, además de agotador.

Casi en la otra punta divisaron a dos personas paseando por la orilla.

Tommy los observó, eran un hombre corpulento y alto y una mujer menuda

y bajita. Su vista se centró en el hombre, su andar, su pose estirada, sus hombros anchos y alineados… El corazón le dio un vuelco.

—¡Mamá, mira! ¡Es papá! ¡Papá está allí! —exclamó asombrado, feliz, y corrió hacia él.

—¡Oh, Dios Santo, es Charlie! ¡Charlie, Charlie! —gritó ella, apretando el paso como pudo, con la emoción embargándola y ahogándola al mismo tiempo.

Charlie y Alison escucharon unos gritos, alguien llamaba al jefe de policía de Newhaven. Giraron la cabeza y vieron a un niño corriendo, detrás iba una mujer. Charlie aguzó la vista y observó. Eran su mujer y su hijo.

Eran Lily y Tommy. Asombrado, se lo comunicó a Alison y echó a correr hacia ellos.

Alison se quedó tan turbada con la noticia que por unos segundos solo contempló la escena. Vio a Charlie corriendo veloz para llegar al niño, y al pequeño acercándose a su padre. Su vitalidad había sacado unos cuantos metros de ventaja a su madre, quien rauda se aproximaba a ellos. El jefe de policía hincó las rodillas en la gruesa arena y extendió los brazos, esperándolo. Cuando el pequeño se fundió en los hercúleos brazos de Charlie, Alison sintió una emoción que le ensanchó el alma y echó a correr.

No sabía qué diantres había ocurrido, pero Lily y Tommy ya eran libres.

—¡Papá! —exclamó Tommy, abrazándose a Charlie con el mismo vigor que una enredadera se agarra a la celosía.

—¡Oh, Tommy, Tommy, Tommy! —Lo estrechó fuerte contra su pecho.

Lo quería a rabiar.

—¡Charlie, cariño! —Lily llegó a él y también se lanzó a sus brazos.

—¡Mi amor, mi pequeña! —La besó en la boca, en la mejilla, en la frente, por toda la cara hasta acabar de nuevo en sus labios.

Besó otra vez a Tommy. Los ojos de Charlie rutilaban con un fuerte resplandor. Los abrazó a ambos con ganas, los refugió en su pecho e irremediablemente rompió a llorar. Los tres lloraron, debían descargar la tensión que acumulaban. La emoción emanaba a chorros de sus cuerpos y emborrachaba los sentidos de todo aquel que los contemplara. A Alison se le anudó la garganta, había que ser duro como una roca para no enternecerse. Una lágrima llegó a sus ojos y se la sacudió de la cara antes

de que pudiera ser vista por nadie. Porque la detective no lloraba nunca delante de la gente, debía mantener su reputación.

Alison hizo intención de preguntar cómo se encontraban, pero no se atrevió a romper el emotivo reencuentro, la contagiosa plaga de emociones que, dadas sus circunstancias, le estaba afectando más de lo que debía.

Entendía que necesitaban unos minutos, y se los iba a dar. Móvil en mano, pensó que les concedería el tiempo que ella tardase en poner a su equipo y a la policía de Newhaven al tanto y en alerta. Con presteza, llamó a Taylor.

Mientras esperaba a que descolgara, las palabras de Flynn, el agente del FBI, resonaron una vez más en la mente de Alison: «Recuerde, detective Wood, con un raptor “bomba de relojería” puede encontrarse desde el peor de los finales al más insospechado, a veces hasta con uno feliz. Con ellos nunca se sabe, pueden cortar el cable rojo o el negro, o ninguno, o todos». La frase era una metáfora. Alison pensó que daba igual lo que hubiera ocurrido, por fin estaban libres, sanos y salvos.

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