No mientas
Capítulo 73
73
3 de octubre del 2019. En algún lugar de Inglaterra.
Se levantó sobre las seis de la mañana y se vistió. Había sido incapaz de pegar ojo en toda la noche, pero tenía hambre. Encendió el infiernillo y se preparó un desayuno contundente: panceta con huevos, salchichas, champiñones, tostadas, café y zumo de naranja. No tardó ni cinco minutos en dar buena cuenta de ello, solo le quedaba terminarse el café. Con la taza en la mano, se acercó a su cuarto de operaciones y como siempre observó las pantallas. Tommy estaba durmiendo, lógico, por el sedante. Sarah no dormía, estaba sentada en el colchón. Sonrió. Le apetecía saludarla. Apretó el botón que daba paso a la comunicación.
—Buenos días, Sarah, ¿qué tal has dormido hoy?
—¿Cómo está Tommy? —Ignoró su pregunta y contestó con otra.
—¿Dónde están tus buenos modales? Muy mal, Sarah.
—Buenos días. ¿Cómo está mi hijo? —insistió con un poco de acritud.
—Tommy está perfectamente, durmiendo, porque aún es temprano —
contestó mientras observaba al pequeño en la pantalla.
—¿Qué hora es? ¿Y en qué día estamos?
—Vaya, hoy estás muy preguntona.
—Por favor, ¿cuándo nos vas a liberar? Ya te he contado todo lo que querías saber. —Gimoteó.
—¡Oh, Sarah, no llores! Me parte el corazón escucharte así —declaró con toda la ironía que pudo reunir.
—No sé quién eres ni lo que te hemos hecho, pero sea lo que sea, te pido perdón. —Trató de hacer un llamamiento a su compasión.
—Quizá tú no seas la que me tiene que pedir perdón —dijo con una serenidad que a Sarah le erizó la piel.
—Entonces, ¿quién? ¿Charlie?
Un silencio ensordecedor imperó en el ambiente.
—Puede que él, o puede que la sociedad —contestó al fin—. Claro que… —calló un segundo—, vosotros sois parte de la sociedad, con lo cual también sois responsables —advirtió con sarcasmo—. Aunque excluiré a Tommy; es solo un niño y no le ha dado tiempo a hacer maldades, ¿verdad?
—Libéralo, por favor. Como bien dices, es solo un niño, una persona inocente.
—Deja ya de hacerte la buena madre, no te pega nada el papel, Sarah.
—¿Por qué te empeñas en acusarme de ser mala madre?
—Porque lo eres, ¿por qué si no?
—Tú no sabes cómo me comporto como madre —le reprobó molesta.
—Sé que le mientes a tu hijo, con eso me basta para deducir el tipo de madre que eres. Y te diré algo, las mentiras, hasta las más piadosas, devoran las entrañas.
—Hay verdades que por el bien común es mejor callarlas.
—¿Ah, sí? Pues yo te voy a contar otra verdad, aunque te duela, Sarah.
Es jueves y son las siete y doce minutos de la mañana. Hoy es el tercer día que estás aquí encerrada y aún no sé cuándo dejaré que te vayas. Mejor dicho, que os vayáis.
—¿Qué quieres de nosotros, maldita sea? —chilló asustada.
—Vuestra compañía, mujer, ¿qué voy a querer? Quizá también que alguien sufra un poco, pero eso ya son detalles, ¿verdad? —Hizo una pausa
—. Lo cierto es que me gusta verte, eres una preciosa mujer que despertará pasiones a más de un hombre. Charlie es un tipo con suerte, quizá con más de la que se merece.
—¿Qué te ocurre con él?
—A mí nada, ¿y a ti? Bueno, a ti tampoco te ocurre nada con Charlie, más bien será al revés, a él le ocurrirá algo contigo cuando se entere de quién eres en realidad. ¿Crees que le gustará saber que se ha estado follando
a una desaparecida? Quizá sí, ¿quién sabe? A lo mejor después de conocer tu verdadera identidad el jefe Rider quiere jugar al poli que caza a la chica mala. ¿Conoces ese juego, Sarah?
Guardó silencio. De nuevo llevaba la conversación por un terreno que la violentaba.
—Parece que no lo conoces, así que te lo explicaré. Verás, Charlie es un poli que te persigue y te detiene, te esposa para que no escapes, tú le suplicas que te libere y él te exonera de los cargos a cambio de una buena mamada. ¿A que es divertido?
—Eres repugnante —expresó con asco.
—Mide tus palabras, Sarah, porque a mí los insultos me la ponen dura.
Y si se me empina tendré que hacer algo para relajarla, o alguien tendrá que hacerlo. Piénsalo, podríamos divertirnos.
«Maldito bastardo, cerdo asqueroso», pensó guardando silencio, asustada, con el corazón acelerado tras oír su última frase.
Por fin el altavoz enmudeció. Sarah cerró los ojos y respiró aliviada: por el momento, el martirio había acabado. No entendía a qué se debía la tortura psicológica a la que la estaba sometiendo, claro que quién entendía a un lunático. Porque ese hombre, sin duda, era un desequilibrado, y por lo tanto, alguien muy peligroso capaz de hacer cualquier cosa y convertir sus amenazas en hechos. Un pánico cruel emergió de las profundidades de su corazón y Sarah se echó a llorar. Temblando, tanto de frío como de miedo, se dejó caer en el colchón y su pelirrojo cabello le cubrió la cara impidiendo que las lágrimas se deslizasen por sus mejillas. Estaba aterrada. Ignoraba las intenciones de ese odioso hombre, ignoraba contra quién tenía algo, ignoraba si hablaba en serio o solo pretendía asustarla, pero lo cierto era que ella estaba allí, apresada, y sería quien soportase su castigo, fuera el que fuera.
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