No mientas

Eva Zamora · Capítulo 41 de 99

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No mientas

Capítulo 39

39

1 de octubre del 2019. En algún lugar de Inglaterra.

La música continuaba envolviendo el húmedo y frío ambiente del cuarto y Sarah seguía tumbada en posición fetal sobre el mugriento colchón. Su mente había entrado en bucle y se hacía las mismas preguntas una y otra vez: ¿En qué lugar se encontraban? ¿Estarían lejos de casa o cerca? ¿Los estaría buscando Charlie? ¿Estaría la policía tras las huellas del loco que los mantenía retenidos?

Loco. Con la palabra danzando por su mente una sonrisa acibarada curvó sus labios. Ese loco se comportaba de forma muy inteligente y ella, la cuerda, parecía una tonta ingenua. ¿Por qué no le hizo caso a Charlie?, se reprochó. Él era policía, sabía cómo proceder en ese tipo de situaciones mucho mejor que ella, que se había dejado guiar por el miedo, el peor aliado a la hora de tomar decisiones porque invalidaba el sentido común.

Solo pensó en obedecer, confiando en la palabra del secuestrador y acatando las órdenes, creyendo que así liberaría a su hijo.

Sarah apretó los labios con la intención de contener el temblor que le provocaban las emociones, pensar que a Tommy pudiera ocurrirle algo le contraía el alma. Su hijo era lo más importante para ella, por él había sido capaz de cambiar su vida y la de otras personas. Y no se arrepentía; al revés, lo volvería a hacer una y mil veces con tal de tener a Tommy a su lado.

Los recuerdos la avasallaron otra vez. Se presentaron en su mente a fogonazos, saltando de una época a otra sin orden ni control, desquiciándola. Y Sarah volvió a hacer frente a esos acontecimientos que vagaban por su memoria. De nuevo se vio en la habitación de sus padres, oculta detrás de las cortinas, observando, siendo testigo del plan de fuga de su madre.

•

Leslie y James se besaron, rieron, se arrojaron a la cama y rodaron por ella sin dejar de besarse y de reír. Pero de repente un pensamiento cruzó por la mente de Leslie, cambiándole la felicidad por una profunda inquietud, y la sonrisa se le borró con la misma celeridad con la que abandonó la cama.

—¿Qué te ocurre? —demandó él, confuso por su actitud.

—Quiero llevarme a Sarah —avisó a James, a quien también le cambió la cara.

—¿Hablas en serio? —preguntó, cejudo.

—Por supuesto que sí. Quiero llevarme a mi hija.

—Tienes dos hijas —le recordó.

—Ya lo sé, no soy tonta, pero Sarah está más unida a mí, me necesita; Zoe solo quiere a su padre, mi presencia le es indiferente —advirtió con cierto resquemor.

—Solo tengo documentación falsa para nosotros dos, no he contado con ella. Nunca mencionaste nada de llevarte a una de tus hijas.

—Porque no pensé que este día iba a llegar tan pronto, James, ni que fueras a tenerlo todo preparado para largarnos sin contármelo antes.

—Quería darte una sorpresa, Leslie —expresó con amor.

—Y me la has dado, desde luego —sonrió—, pero quiero llevarme a Sarah, ¿o para ti es un problema que venga?

—No, por supuesto que no. —Negó con la cabeza.

—Pues entonces consigue una nueva identidad para ella y luego nos iremos. —Le acarició la mejilla con dulzura y añadió—: James, llevamos

dos años con esta aventura, dos años imaginando este momento, podemos esperar unos días más si es necesario.

—No, tiene que ser mañana —avisó él con gravedad—. No voy a correr el riesgo de que me pillen y jugarme la cárcel. He cometido un gran desfalco, Leslie.

—No pienso irme sin mi hija —expresó a modo de amenaza, apartándose de él, interpretando de pronto su papel de madre.

Leslie lo tenía todo bien planeado. Nunca se lo había contado a James, ni lo haría, pero llevarse a una de las hijas de Archie era su seguro. Si algo salía mal, siempre podría canjearla por una buena suma económica, o por la libertad. De un modo u otro, ella saldría bien parada del asunto.

—De acuerdo, tranquila —le solicitó James—. Le conseguiré papeles para mañana a primera hora, pagaré el doble si es necesario.

—Que no le cambien el nombre, por favor, no atendería a otro que no fuera el suyo y eso levantaría sospechas.

—Vale. En cuanto tenga los papeles vendré a por vosotras.

—Muy bien. Yo pondré de excusa el resfriado de Sarah para que no vaya al colegio.

—Perfecto. Te llamaré antes de venir, estad preparadas.

—Lo estaremos, no te preocupes.

—Te quiero, nena. —Volvieron a besarse.

—Y yo a ti. Y ahora vete.

James abandonó la habitación y cinco minutos después lo hizo Leslie.

La pequeña Sarah lloró con más fuerza en cuanto supo que se había vuelto a quedar sola. No sabía qué hacer, si salir de detrás de las cortinas o permanecer allí, estaba muy asustada. Su madre iba a marcharse con ese hombre y quería llevársela con ella, alejarla de su padre, de su casa, de su ciudad, de todo cuanto quería y conocía.

Por fin se atrevió a salir de su escondite y corrió despavorida hacia su habitación. Cerró la puerta con pestillo, se lanzó sobre la cama y siguió llorando. Se sentía muy triste. Si su madre la separaba de su padre, él la olvidaría y todo su cariño sería para Zoe. No quería irse, no le parecía justo, y rogó a Dios para que su madre cambiase de opinión y eligiese a Zoe en lugar de a ella. Se pasó toda la noche rezando, hasta que el alba despertó a

la mañana. Y Dios quiso ponerse de parte de Sarah, porque al final fue Zoe quien se marchó con su madre aquel día.

•

Cuando Sarah regresó a la realidad las lágrimas habían anegado su rostro sin siquiera ser consciente. Se las enjugó enseguida con las mangas del jersey de punto que llevaba puesto, que apenas la resguardaba de la frialdad de aquel agujero. Pensó en Tommy. Recordó que el día que fue secuestrado solo llevaba una camiseta de manga larga que no abrigaba mucho, pero que él adoraba. Era de Harry Potter, un regalo de Taylor.

Tommy era ferviente admirador del joven mago. Había visto las ocho películas muchas veces, pues Charlie se las regaló en su décimo cumpleaños. También tenía los libros, aunque con ellos iba más despacio, algo razonable debido a su edad. Dada la poca calidez de la prenda, y en previsión de que tuviera frío, Charlie le pidió a Tommy que cogiera su chaqueta cortaviento. El pequeño la llevaba con él, pero cuando salió a la calle a hablar con sus amigos la dejó sobre una silla del salón de té, y ya no volvieron a verlo.

De nuevo el dolor sobrecogió a Sarah. Tenía tantas ganas de ver a su niño, de abrazarlo, de besarlo, de protegerlo… El amor por un hijo es el sentimiento más incondicional y puro que existe en el mundo, aunque no siempre sea correspondido. A menudo, los hijos son egoístas con sus padres y no les entregan su amor de la misma forma que ellos, ni una cantidad parecida. Pero con el tiempo la gran mayoría de los hijos se convierten en padres, y la historia se repite. Aman a sus hijos de un modo incondicional, y sus hijos son incapaces de amarlos con esa intensidad hasta que son padres.

Y así por los siglos de los siglos.

De súbito, los recuerdos de Sarah se pasearon por los días posteriores a la fatídica fecha, cuando su madre los abandonó. Archie estaba roto. Era un padre destrozado, la pérdida de Zoe lo superaba. El dolor le ascendía desde las entrañas al cerebro, incinerándole el corazón a su paso. Contrató a los

mejores detectives privados para encontrar a su hija. No le importaba el dinero que costara; por suerte, podía pagarlo. Pasaron días, y semanas. Y

las semanas se convirtieron en meses, y nadie daba con Zoe. Ni siquiera tenían la menor pista de dónde localizarla, era como si se la hubiera tragado la tierra.

Durante todo ese tiempo, Sarah no se despegó de su padre. No dejó de abrazarlo, de regalarle besos y caricias, de consolarlo, algo que él necesitaba y valoraba muchísimo. Pero Sarah no solo lo hizo por amor, soterrado entre esas capas también había un interés, quería que su padre la quisiera tanto como a Zoe. Ahora que su hermana no estaba y ya no podía hacerle sombra, necesitaba que su progenitor la amara del mismo modo que a ella.

En ese momento una melodía captó toda la atención de Sarah y, por un momento, se bajó del carrusel de sus recuerdos. Sonaba One, la canción del conocido grupo de Dublín U2. Era una de las canciones favoritas de su amiga Maggie, por eso la había escuchado tanto en su pubertad. Y ella no solo la escuchaba, sino que la cantaba a pleno pulmón, añadiendo en alguna ocasión, por desgracia, más de un gallo a la letra cantada por Bono. Maggie no le daba importancia a sus gorgoritos y a Sarah le causaban risa, y cuanto más reía Sarah, más desafinaba Maggie.

De esa forma, entre grandes canciones, Sarah se adentró en la adolescencia sin su hermana gemela de la mano. No le resultó difícil; al revés, esa independencia le gustó casi en demasía. Ya no contaba con rivales y era el centro de atención de la casa. Todo el amor de su padre era para ella, ya no tenía que compartirlo con Zoe; o mejor dicho, ya no tenía que mendigarlo. Sarah hizo un excelente trabajo simulando lo apenada que estaba por la ausencia de su hermana, aunque en su fuero interno cada día se alegraba más de no tener a Zoe a su lado.

Pero la felicidad no era un estado constante ni eterno, no duraba para siempre, y el día que Zoe regresó todo volvió a cambiar para Sarah. Incluso empeoró más de lo que ella jamás hubiera sospechado.

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