No mientas

Eva Zamora · Capítulo 62 de 99

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No mientas

Capítulo 60

60

2 de octubre del 2019. En algún lugar de Inglaterra.

A su regreso de Brighton, por su mente no paraba de cruzar la imagen de la detective y su equipo yendo a la caza de Luke. Los había tenido vigilados desde que llegaron a la ciudad costera. Tenía que cerciorarse de que todo salía como debía. Cuando los vio entrar en la casa de Luke, decidió volver a su guarida.

Por el camino pensó que observaría la llegada de los policías desde la pantalla del ordenador, la cámara frente a la casa de Charlie daba buenos planos. Luego imaginó verlo en directo y sopesó seriamente la idea.

Entrando en Newhaven comenzó a encontrar razones para hacerlo. Nadie sospecharía de su disfraz de abuelo, el que había usado para secuestrar a Tommy. Si Luke les había dado la descripción del hombre que lo había engañado, distaba mucho de la actual, con cuarenta años más. Había cambiado la melenita castaña por un pelo corto y blanco, la barba espesa por una recortada y canosa, las gafas de color por unos cristales transparentes y había incluso añadido a su actual aspecto unas lentillas que le cambiaban el color de los ojos. Estaba irreconocible. Ni siquiera Luke podría asociar su imagen actual con la del hombre que lo había seducido. Se mezclaría entre la gente y los periodistas, se colocaría cerca de una de esas furgonetas y nadie repararía en su presencia. Sería testigo directo de su triunfo. Claudicó a su deseo después de tomarse algo en Grandmum’s Tea.

Y sin ningún tipo de reparo se presentó en casa del jefe de policía de Newhaven.

Se quedó absorto cuando vio llegar a la detective. Estaba alicaída. A la zaga iban uno de sus hombres y el agente de Newhaven, y ninguno mostraba buen semblante. Regresaban a casa de Charlie con las manos vacías y muy pocas esperanzas. Los observó con atención y sintió lo que cada uno de ellos padecía, eran conscientes de que estaban por completo a su merced. Mentalmente se aplaudió y se laureó.

Contempló a los periodistas. Estaban sedientos de noticias, y mientras un agente de la localidad dejaba entrar a los policías a la zona acordonada, se abalanzaron sobre el coche como buitres carroñeros. El vehículo entró en el territorio delimitado y sus ocupantes se apearon con celeridad.

Aceleraron el paso para llegar a la casa, pero sus prisas no detuvieron las múltiples preguntas que los periodistas lanzaban a gritos. Había de todo tipo, pero abundaban las carentes de filtro, de tacto e incluso alguna despiadada. Alison no abrió la boca. No tenía nada bueno que contar ni por supuesto iba a compartir su fracaso con nadie. No pensaba darle más satisfacciones de las justas a quien fuera que estuviera detrás de aquel horrible secuestro. Cómo iba a imaginar que con su silencio ya se las estaba dando.

•

Charlie esperaba en casa con desesperación, todavía no sabía qué había ocurrido. Alison no lo había llamado, Taylor no le cogía el móvil y el secuestrador no contactaba. El mediodía ya quedaba lejano, eran cerca de la una y media. Habían pasado casi cuatro horas desde su partida y la falta de noticias no presagiaba nada bueno. El jefe de policía tenía mareado a Brown de tanto preguntarle. El pobre agente ya no sabía qué excusa darle ante el comportamiento ausente de sus compañeros, ni de qué forma animarlo, y mucho menos cómo apaciguar su extremo padecimiento.

De pronto, Charlie escuchó barullo fuera y se asomó a la ventana.

Alison, Taylor y Lowell acababan de llegar y antes de traspasar el cordón policial estaban siendo asaltados por los periodistas. Sin dudarlo, salió disparado hacia la puerta, abrió y fue a su encuentro. Los ojos de Alison se toparon con los del jefe de policía, cuya mirada era una combinación de angustia, miedo y pesimismo. La vista de la detective resbaló hasta el suelo, era incapaz de soportar la desesperación y tristeza que danzaban por los ojos de Charlie. Trató de expresar un «lo siento», pero la sensación de fracaso inmovilizó sus cuerdas vocales ahogándole la voz.

Entre la masa de periodistas, hubo alguien que examinó con interés a Charlie en cuanto salió de la casa: exudaba miedo y estaba dominado por la tristeza. Tuvo que contener las ganas de echarse a reír. Le costó, pero lo logró. Mientras Alison y los agentes se aproximaban quedó claro que nadie pensaba decir nada estando la prensa cerca, pero no había duda de que Charlie se derrumbaría en cuanto supiera lo acontecido. Y así fue como ocurrió. A pesar de la distancia que marcaba la cinta policial, una imagen vale más que mil palabras, y nadie pasó por alto el encuentro entre el jefe de policía y la detective Wood. Todos los presentes fueron testigos de la cara de pánico de Charlie ante la reacción evasiva de Alison, y aquel gesto evidenció que algo iba mal, aunque el único que se sintió destrozado fue Charlie.

—¡Ohhh, se me parte el corazón! ¡Pobrecito! —musitó de forma cáustica, observando sin perder detalle y tratando de mantener la barba blanca bien sujeta a su barbilla. Sonrió ampliamente antes de abandonar el lugar; ya había disfrutado bastante.

Nada más llegar a su guarida observó las imágenes de las cámaras: Sarah y Tommy estaban bien, ambos permanecían tumbados, y el ajetreo se mantenía frente a la casa del jefe Rider. La expectación ascendía a cada momento y el número de periodistas aumentaba. Pensó en lo mucho que les gustaría a todos escuchar la conversación que se estaba manteniendo en el interior de la casa. ¿A quién no?, se preguntó. Después de lo que había presenciado, sin duda pagaría por oírla.

—Ya habrán imaginado que no voy a soltar a mis rehenes tan fácilmente y no pararán de preguntarse qué es lo que quiero. ¿Cuántas cábalas habrán

hecho ya? Seguro que infinidad de ellas. —Rio—. Infelices, tendré que llamarlos para seguir con la negociación. Pero antes voy a escuchar una de mis canciones favoritas, me la he ganado.

Se conectó con su móvil a YouTube y buscó un vídeo concreto. Cuando lo reprodujo, comenzaron a sonar los primeros acordes de Bohemian rhapsody, el emblemático tema de Queen. Canturreó la letra; le encantaba esa canción y se la sabía de memoria. Cerca del final, cantó a pleno pulmón.

— So you think you can stone me and spit in my eye? So you think you can love me and leave me to die? Oh, baby, can’t do this to me, baby. Just got to get out, just got to get right out of here. [3]

Dejó de imitar a Freddie Mercury y empezó a mover las manos como si estuviera tocando la batería, tal y como lo hacía Roger Taylor en el vídeo.

Las suaves notas del piano dieron paso a la voz de Mercury en un tono aterciopelado. Llegó la última frase.

— Anyway the wind blows…[4] —coreó, y el sonido del gong indicó el final de aquella actuación en directo.

En el vídeo, la gente enloqueció vitoreando al grupo y no puedo evitar emocionarse, como le ocurría siempre, y también aplaudió. Salió de YouTube y tomó una profunda bocanada de aire, debía recomponerse. La música le despertaba bastantes emociones, y aquella canción en particular, muchas más.

Tomó uno de los teléfonos desechables y marcó el número de Charlie.

Luego sonrió al recordar lo triste y asustado que estaba el jefe de policía, el sufrimiento que padecía. La sonrisa se le ensanchó pensando en lo que iba a hacer y en lo mucho que le apetecía jugar con la detective Alison Wood.

Tenía muchas cosas que contarle, aunque lo haría por partes para alargar la diversión.

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Una mentira no tendría ningún sentido a menos que sintiéramos la verdad como algo peligroso.

ALFRED ADLER

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